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OPINIÓN

Megasis, hecho en terrorismo, por Brian Fincheltub

En el fondo, el emblema del Ejército de los Guardianes de la Revolución Islámica. Foto en Wikipedia 

@BrianFincheltub

Con mermelada de dátil, champú de ajo, crema de canela y otras cositas más, inició sus operaciones en Caracas el primer supermercado iraní en Latinoamérica. Megasis, como se llama la cadena que ahora ocupa el espacio de la expropiada Éxito, promete impulsar la cooperación antiimperialista entre Venezuela e Irán a través de la comercialización de productos en nada más y nada menos que la mismísima moneda yanqui, dólar americano puro y duro y no a tasa del Banco Central, déjense de eso, a tasa del “dólar criminal”.

Es así como a la algarabía de la inauguración le siguieron caras largas y decepción de los primeros visitantes, quienes luego de calarse horas y horas de colas esperando las mismas megaofertas que antes se encontraban en los extintos abastos Bicentenarios, salieron aterrorizados y no precisamente tras enterarse de quiénes son los dueños del supermercado, sino por los precios megaastronómicos.

Entre las mismas integrantes de los comités CLAP que habían llevado para hacer bulto, se escuchaba “atrás quedaron los tiempos de lo regalado”. Y es que Megasis no es más que una especie de bodegón caraqueño, pero propiedad (del Ejército) de los Guardianes de la Revolucionaria Islámica, CGRI, cosa que por cierto, lo hace mucho más que un bodegón.

Sí, como lee, los Guardianes de la Revolución. El mismo grupo que ha sido declarado recientemente como organización terrorista por los EE. UU., y no precisamente por ser vendedores de alimentos.

El vínculo de los Guardianes de la Revolución Islámica con Megasis no es un invento mío.

Así fue revelado en una investigación hecha por el diario estadounidense The Wall Street Journal, la cual identificó como cabeza del conglomerado al empresario iraní Issa Rezaie, quien, por cierto, debe de haber visto en la Venezuela en ruinas algo más que no vio en ninguna otra parte del planeta: una oportunidad de oro ¿o uranio? para expandirse. ¿Un verdadero visionario no?

Por mi parte, desconocía que había tantos caraqueños que les encantara el champú de ajo o leer en persa. Todos lo sabemos, lejos de venir a suplir la enorme necesidad en materia de alimentación que viven los venezolanos, la llegada de Megasis al país tiene otras intenciones muy distintas.

Se trata de un mensaje claro que el régimen de los ayatolás le envía al continente: estamos cerca y vinimos para quedarnos. Lo hacen en plena pandemia, donde los países de la región están sumergidos en enormes crisis internas y no hay tiempo para la agenda internacional. Ese es quizás el problema de nuestros gobiernos, no entienden que los enemigos de la democracia y la paz jamás descansan. Mientras los iraníes avanzan, el régimen madurista abandona su vieja consigna “hecho en socialismo” y adopta una nueva: hecho en terrorismo. ¡Sálvese quien pueda!

 

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Víctor Maldonado Ago 03, 2020 | Actualizado hace 1 día
Camino de Oz, Víctor Maldonado C.

En El Mago de Oz “La niña estaba perdida, lejos de su hogar… Ya sabemos que el camino era largo, tortuoso y lleno de peripecias e incertidumbres. ¿Cuán largo era?”. Foto Lisa Runnels en Pixabay

@vjmc

Recientemente tuve una conversación con el buen amigo psiquiatra y antropólogo Luis José Uzcátegui. Hablábamos de la epidemia de desconfianza, la ausencia pertinaz de esa virtud cívica que nos transforma en seres solitarios y suspicaces. ¿Confiar en quién? ¿Confiar, por qué? fueron inmediatamente los temas de reflexión a los que derivamos. Yo me quedé pensando el tema, y de repente me vino una imagen, la vieja película El Mago de Oz, que data de 1939, hace ochenta y un años.

Confiar es “hacernos vulnerables” a los otros. Pero eso requiere lo que Weber llamaba “racionalidad”. Dicho de otra forma, para confiar hay que ser mutuamente predecibles, esa capacidad de cálculo que permite otorgarle probabilidad a la ocurrencia de una conducta, habiendo conjugado medios disponibles con finalidades que se consideran valiosas, en los márgenes no solo de lo probable, sino también de lo aceptable.

Lo que pasa en Venezuela es que no se puede confiar en nadie en la misma medida en que se hace imposible superar la trama de arbitrariedades que son propias de los regímenes totalitarios, y de las sociedades despojadas de todos los derechos y garantías, reducidas por lo tanto a una lucha por la sobrevivencia que al final todos saben que la van a perder.

Es cuestión de tiempo cuando todo se desvanece en el precario y fugaz imperio de las ganas.

En estas circunstancias, confiar es un riesgo que supera todas las probabilidades, porque en ausencia de esa racionalidad toda relación se envilece. ¿En quién vas a confiar? ¿Cuáles son las razones para hacerlo?

Ocurre que el venezolano está devastado en su disposición de confiar. Llevamos veinte años experimentando el sinsabor del que se siente engañado, defraudado, abusado en su buena fe. En la corta, pero intensa conversación, tanto Luis José como yo, tratábamos de hacer un inventario de las razones, pero dejábamos entrever nuestra preocupación porque la gente se siente demasiado lejos de un liderazgo que no les ha dado la talla. Las razones que están vigentes son para la desconfianza.

Experimentamos la desolación. No hay ruta, ni hay un Dios que camine delante de nosotros para guiarnos. No hay, no vemos, no sentimos ese vínculo providencial que “de día en una columna de nubes nos acompaña; de noche en una columna de fuego permanece para alumbrarnos” (Éxodo 13,22). Existe, y con razón, una sensación de abandono y de detención. No hay guías, tampoco camino.

La confianza hay que restaurarla, pero eso requiere que busquemos rápidamente aquel que en medio de los otros merezca ser el ungido. Para eso es necesario que se reensamblen en una sola persona tres características del liderazgo virtuoso:

1. la habilidad para comunicar y hacer lo que se debe hacer,

2. la benevolencia para compartir los pesares del camino sin desfallecer y sin cesar en las exigencias de seguir avanzando, y

3. la integridad para afianzarse en la verdad.

Eso que Aristóteles llamaba el logos, el pathos y el ethos. Si no se conjugan los tres, algo comienza a fallar hasta que la relación deja de tener sentido. Porque no hay que olvidar que la confianza es un vínculo que se debe cultivar y cuidar. No se puede dar por descontado. Tampoco se da por añadidura.

El Mago de Oz es un cuento infantil escrito por L. Frank Baum. En él se narran las peripecias de Dorothy, su perrito Toto, y tres compañeros de ruta, el espantapájaros carente de cerebro, el leñador de hojalata que no tenía un corazón, y el león cobarde falto de valor. La niña estaba perdida, lejos de su hogar, y su mascota era su único vínculo con sus querencias, a las que quería volver.

Todos los personajes se presentan como seres carentes y dependientes. Las circunstancias, entre otras cosas uno de esos tornados tan propios del medio oeste norteamericano, habían detonado un encuentro fortuito y una necesidad común. Ir hasta La Ciudad Esmeralda, donde regía un mago poderoso que podía resolver a favor lo que cada uno anhelaba para sí. Llegar no era fácil, pero Glinda, el hada buena del norte, le había dado los zapatos mágicos de rubí, y el dato de la ruta que debía recorrer: seguir el sendero de las baldosas amarillas.

Ya sabemos que el camino era largo, tortuoso y lleno de peripecias e incertidumbres. ¿Cuán largo era? ¿Qué obstáculos debían superar? ¿Qué iba a intentar la maléfica bruja del oeste? ¿Cómo iban a reaccionar los miembros del equipo? Y al final, ¿iban a conseguir lo que cada uno anhelaba?

Entre ellos acumulaban eso que se llama inteligencia emocional. Una buena capacidad para complementarse desde sus carencias (lo que uno no podía ser o hacer, tenía que esperarlo de los otros, en eso consiste la confianza), un buen desempeño ante las amenazas y las crisis que debieron afrontar, y entre todos, una apuesta a la perseverancia a pesar de las flaquezas y las dudas.

En el camino se fueron demostrando que eran capaces de calcular, idear estrategias, ser solidarios, apreciar a los otros, tener emociones, y demostrar valentía.

El espantapájaros no necesitaba cerebro porque pensaba, el leñador era capaz de tener sentimientos y actuar conforme a ellos, a pesar de no tener corazón, y el león había sido valiente y no había huido ante las amenazas porque tenía coraje. Fueron las circunstancias y las sinergias del equipo las que hicieron el milagro. En el cuento Dorothy es la líder que suma, invita al recorrer juntos, no desprecia a nadie, e insufla esperanza. Por eso era confiable, a pesar de que ofrecía una expectativa casi irrealizable. Y Toto siempre fue un perrito inquieto, que no se dejaba atrapar, un maestro de las evasiones, y un emblema de la lealtad. Siempre volvía a donde estaba su dueña.

El mago de Oz era un impostor. Todos le temían. Era para la ciudad la razón aparente, el quicio del orden social y la prosperidad de todos. Pero no era más que una puesta en escena de fuegos fatuos, sonidos rimbombantes y esa distancia mayestática que lo tornaba misterioso y todopoderoso. Sin embargo, era un viejito que había llegado hasta la ciudad porque era incapaz de manejar apropiadamente su globo aerostático. Y así como llegó se fue, sin poder devolver a Dorothy a su amada Kansas.

Las brujas malvadas tampoco eran tan poderosas como se asumían. Una de ellas murió aplastada por la casa de Dorothy cuando dando vueltas gracias al tornado aterrizó violentamente en un costado de Munchkinland, una ciudad de hombres muy pequeños. La otra, cuando quiso quemar al espantapájaros, desapareció ante el primer tobo de agua que la niña del cuento le echó sin querer.

El mal es sobredimensionado por nuestros propios temores. Eso no deberíamos olvidarlo nunca.

¿De qué se trata entonces? De confiar, sin esa prepotencia de los predestinados, sin los obstáculos de la adulancia, sin la duda que detiene, ni el excesivo análisis que paraliza. Hay que convocar al recorrido, tal vez sin conocerlo todo, pero teniendo un plan compartido, pretendiendo la buena fe de todos, eso sí, discriminando al que es compañero de ruta de los que son las brujas que entorpecen. En esa diferenciación reposa la virtud de la prudencia. Ser confiables es no errar al elegir a los que son amigos de los obvios adversarios.

Para confiar hay que recuperar la sensatez que siempre tuvo el espantapájaros, la compasión que nunca dejó de tener el hombre de hojalata, y el coraje que siempre tuvo el león “cobarde”. Juntos, ratificándonos mutuamente, podemos vencer esa sensación de impotencia que a veces nos aflige. Entre todos podemos demostrarnos que hasta las cosas más increíbles son posibles, teniendo presente que Dios es el guía de nuestros días y la lumbre de nuestras noches más oscuras, hasta que podamos recuperar ese hogar que damos por perdido: un país que mane libertad y prosperidad.

Que nada nos turbe.

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Llegó el lobo, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

¿Recuerdan el cuento del niñito y el lobo? Aquel niño que era muy mentiroso y siempre estaba anunciando que venía el lobo… La gente se asustaba, corría, se guarnecía, y él se burlaba a de todos, porque no era verdad. Pero un día sí llegó el lobo y se encontró frente a frente con el niñito. Gritó, pidió auxilio, se desesperó, pidió perdón… pero nadie le creyó y el lobo se lo comió.

Pido disculpas por el tema recurrente, pero en Venezuela, señores, ha llegado el lobo. El régimen se ha solazado de “lo bien” que ha manejado la pandemia.

Se ha dado bomba con aquella prematurísima “felicitación” de la Organización Mundial de la Salud, “por su comportamiento frente al coronavirus”. Las cifras oficiales eran –y siguen siendo– muy bajas comparadas con la región. Pero el aislamiento de Venezuela y la falta de gasolina pueden ser causas de su retardo en hacer de las suyas. Y encima, creer las cifras del régimen, a estas alturas, es un acto de ingenuidad por decir lo menos.

El hecho real es que no tomaron las precauciones que debían haber tomado –de hecho, las desestimaron– no sé si por estupidez, por soberbia o por ese sentido de predestinados que tienen, pero el coronavirus llegó para quedarse un buen rato y ahora es cuándo veremos lo que otros países mejor preparados que nosotros han sufrido. Otra paliza para la muy apaleada Venezuela.

Nunca se me olvidará, lo repito, la prepotencia de Diosdado Cabello (quien no sé si de verdad está enfermo) cuando ofreció mandarles un “tun, tun” a los miembros de la Academia de Ciencias cuando advirtieron sobre la propagación del virus.

Literalmente se me pararon los pelos de punta cuando leí un tuit de mi muy admirada y respetada Susana Raffalli, quien advierte que podemos estar frente a una emergencia funeraria.

Lo peor de todo esto es que este régimen que ha destrozado el país no tiene la capacidad de hacerle frente al coronavirus de manera alguna. Ni en logística, ni en instalaciones, ni en insumos… A ninguno de la alta jerarquía chavista pareció importarle que los médicos residentes de los hospitales ganaran la miseria de $5 al mes: sí, CINCO DÓLARES AL MES.

Y de ese grupete, los que están enfermos o han muerto, no están ni estuvieron en un hospital público, mucho menos en un CDI. Se fueron a clínicas privadas. ¡Qué rico es ser rico! Pero el dinero no compra salud… podrá pagarles las mejores clínicas, pero la salud, no. Tendrán que apelar a instancias más altas: pongan a trabajar día y noche a sus babalaos, a ver si son escuchados.

Y el pueblo, que se friegue. Tanto que lo han usado para mantenerse en el poder, ahora que el pueblo los necesita más que nunca, es cada día más obvio que les importa tres pitos.

Encima, montan una cuarentena radical que más parece un toque de queda, que afecta más a quienes dependen del día a día para comprar algo de comida. Y los jubilados, ni hablar. Cero empatía. Cero piedad. Cero compasión.

Llegó el lobo, compatriotas. Corran a sus casas. Cuídense. No salgan si no tienen que salir. Protejan a los suyos. Llegó el lobo, compatriotas. Y estamos en las peores manos en las que podíamos estar.

Solo las hienas terminarán riéndose.

 

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Jose A. Guerra Ago 02, 2020 | Actualizado hace 2 días
Licencia para matar, por José Guerra

“Licencia para matar”… guardias nacionales con armas letales en una protesta de 2017. Foto Luis Florido en Elpolitico.com.

@JoseAGuerra

Quienes siempre hemos defendido el rol de una Fuerza Armada Nacional apegada a la Constitución y las leyes, quienes hemos apoyado en la tribuna y en la acción a los integrantes de la institución militar, hoy nos consideramos asidos del derecho a criticar de forma pública acciones de integrantes de la Guardia Nacional Bolivariana, en su rol de garantes del orden público.

Mi relación con esta institución se afianzó durante las protestas de 2017, cuando en medio de las refriegas callejeras, nos tocó mediar con oficiales a cargo de la represión, con resultados no siempre auspiciosos. Nunca olvidaré a un oficial que se tapaba el apellido tallado en su uniforme, una vez en una manifestación en el Crema Paraíso de Santa Mónica y estando Fernando Albán y un señor con muletas conmigo, tratando de que los guardias no arrojaran las bombas lacrimógenas, ese oficial impartió la orden para que nos rociaran en la cara los gases tóxicos.

Pero también viene a mi memoria un intento de llegar al BCV a entregar una carta, exigiendo que el ex instituto emisor publicara los datos; el general Fabio Zavarse, hombre incondicional al régimen, me llamó y me dijo que el único que podía pisar el BCV era yo y, a la vez, impidió que los colectivos nos agredieran. En la entrada de la Asamblea Nacional siempre compartíamos respetuosamente con los guardias que custodiaban la institución, inclusive con los más duros en materia represiva. Allí noté que el descontento estaba presente en los uniformados.

Por eso condeno las acciones de guardias nacionales en Isla de Toas, estado Zulia donde un muchacho de dieciocho (18) años, Joel Albornoz, de oficio pescador, fue asesinado por el proyectil de un guardia, ante su exigencia de gasolina para poder faenar y alimentar a su familia.

Y también el caso del señor Carlos Chaparro, en Aragua de Barcelona, que el 26 de julio de este año, fue muerto por un capitán de la Guardia Nacional por protestar ante el abuso en la distribución de la gasolina.

No puede dejar de mencionarse la agresión hace un par de semanas de guardias nacionales a personas indefensas de la tercera edad, que en la plaza del BCV exigían que le paguen una pensión decente.

Y antes el caso de Geraldine Moreno, a quien un guardia le vació en la cara un cartucho de perdigones y la asesinó. Estos no son hechos aislados.

Por ello, parece que como compensación por la labor represiva, a la Guardia Nacional le hubiesen conferido una especie de licencia para matar. El problema para la Fuerza Armada como un todo, hoy desprestigiada, es que el pueblo no distingue entre los distintos componentes y habla de los militares, para referirse a quien tiene más presencia en la calle. Y este rechazo se ha agravado con el mercado negro de la gasolina y el tráfico de influencias, que los guardias en custodia de las bombas han hecho una práctica rutinaria. Propugnamos por una institución armada profesional, con salarios dignos, con apresto adecuado, al servicio de la nación, pero estos hechos hay que evidenciarlos. Por el propio bien de la institución.

2 de agosto de 2020.

 

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El método Raúl Cimas, por Juan E. Fernández

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Como comediante obviamente he tenido muchos referentes, ya les he contado muchas veces de la admiración que siento por mi querido amigo Laureano Márquez, por Andreu Buenafuente y qué decir de mi maestro Reuben Morales, que, para mí, es uno de los mejores teóricos del humor de nuestro continente.

Pero hoy les quiero hablar de un visionario, un genio de esos que nacen una vez cada 200 años en Albacete: Raúl Cimas. ¿Y qué lo hace tan especial? Que el tipo dio con la fórmula que llevará a las producciones audiovisuales al siguiente nivel. Cimas es un emprendedor, un empresario del entretenimiento que ha creado un modelo de negocio que llevará a la quiebra a Disney, MGM, FOX, y Paramount, pero ¿cómo?

Hace unos tres años, antes de que estuviésemos confinados por esto de la pandemia, Raúl Cimas inventó, sin saberlo, un nuevo sistema para filmar películas y series desde casa y con un presupuesto bastante acotado ¿Qué impulsó a Cimas a dar este paso trascendental para la historia del cine? Pues sin duda la modorra. Y el desgano de tener que bañarse y vestirse para ir a un set de grabación.

Paradójicamente, en la nueva normalidad, el sistema Cimas será el usado por las productoras más laureadas, hasta las menos conocidas y pobre de aquella compañía que no lo haga, pues estará condenada a desaparecer.

Seguro te estás preguntando ¿por qué el método Cimas es tan exitoso? Porque bajo este modelo de producción no necesitas pagar actores, ni pagar viajes, ni pagar nada…  

Para producir bajo el método Cimas, lo recomendable es contar con vecinos bastante variopintos, pues Raúl hizo muchas de sus superproducciones con gente que vive en su barrio. Personas que no son actores de oficio, pero que sin duda tienen un talento innato. Ver una de las Series de saldo o algún capítulo de Juancar qué te pasa, es una experiencia felliniana. Al final de este artículo les dejo un par de muestras para que vean de lo que les hablo.

Lo primero que debes tener en cuenta para iniciar la filmación de tu primer video bajo el método “Cimas” es la historia. Acá tienes dos modalidades: La primera, que llamaremos “Primera”; y la segunda, que llamaremos “Segunda”.

 La “Primera”

Consiste en versionar una serie o película, pero desde tu perspectiva. Tú y yo sabemos que no estarías plagiando nada, pero ya ves como son los estudios. Así que cambiales un poquito el nombre para que te evites una demanda. Te pongo un ejemplo: imagínate que quieres filmar tu propia versión de Pinocho; te recomiendo que no lo llames así, más bien titúlalo “Mi hijo se quedó duro”, o “Qué palo de hijo tengo” (palo de madera obvio).

 La “Segunda”

Ya es una cosa más trabajada, pues, tal vez dentro de tu barrio, o en tu edificio hay una o varias historias que contar. Así que haz una reunión con la persona que más sabe de la historia del barrio. “El portero”, o tal vez alguna señora jubilada que siempre está asomada al balcón cual centinela. Ella puede ser de gran ayuda para escribir el guion.

Ahora bien, para entrar en este mundo de la nueva producción cinematográfica, creada por el gran Raúl Cimas, y que está llamada a salvar la industria del entretenimiento pospandemia, tienes que vivir en un barrio abierto. No me refiero a que las puertas estén abiertas, sino donde los vecinos sean de todas las etnias posibles. Es decir, si vives en un barrio de ricos donde todos son rubios, no hay nada que hacer, y si vives en un barrio donde todos son de color (de color negro), pues tampoco. Recuerden aquel viejo dicho de la cocina que aplica también al cine: en la variedad está el gusto. Porque imagínense que quieran hacer una peli de kung fu, o un homenaje a Bruce Lee o Jackie Chang y no tengan a un chino…

Ahora bien, si decides seguir con tu idea ¿No sería genial contar con una app donde puedas pedir el personaje que te falta? Por ejemplo, si te falta el chino para rodar Dragón simplemente lo solicitas a la aplicación y un delivery te lo lleva hasta el set de filmación, es decir, a la sala de tu casa.

Solo espero que Raúl Cimas pueda leer esto porque me gustaría plantearle un par de nombres para la app que hará universal El Método Cimas, y que lo hará millonario a él: Uber Film o ¡Filmemos Ya!, con esos nombres no puede fallar.

Y ya para terminar, cumplo con mi promesa: acá les dejo dos ejemplos del maravilloso resultado de filmar bajo el sistema inventado por este hijo ilustre de Albacete:

Juancar que te pasa: Las bragas de la señora remedios

Juego de tronos

 

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Discusión por la libertad, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La libertad no es solo un estado de bienestar humano. También es un proceso que toca intereses y necesidades. Y desde el cual se movilizan organizaciones e instituciones que le imprimen forma, sentido y esencia al país que circunscribe al hombre político. Pero también al hombre económico y al hombre social como ser racional. Como ser inteligente y objeto de respeto en ámbitos donde imperen la tolerancia, la solidaridad, la dignidad y la verdad.

La libertad debe considerarse como la conjugación de actitudes frente al abanico de posibilidades que tiene todo individuo en procura de su proyecto de vida.

Es decir, del proyecto de vida conveniente a su pensamiento y desempeño en el fragor de la sociedad. Razón le sobró al poeta español Ramón de Campoamor cuando expresó que “la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe”. La libertad debe enfocarse partiendo de esta perspectiva; lo contrario sería caer en un saco de vacuas explicaciones que no llevan a destino alguno.

Se ha escrito y dicho con abundancia sobre tan trascendente concepto, solo que no muchos lo comprenden. Y menos lo asumen como criterio de ejercicio político-gubernamental.

Interpretando a Otto Von Bismark, político alemán del siglo XIX, hay quienes como él aseguran que la libertad es un lujo que no todos pueden darse. Sin embargo, de cara a esta disertación, conviene considerar que, como valor, la libertad encierra solo lo que su praxis es capaz de dispensar. Afirmar que el hombre ha nacido libre no necesariamente deja ver que la libertad habrá de ampararlo en el curso de su vida.  

Es ahí cuando la libertad debe entenderse desde otros enfoques. Aquellos que sitúen su importancia más allá de las contingencias de la política, de la economía y de la sociología. No obstante, su importancia se halla cuando las realidades se prestan a dotar al hombre de las condiciones que han de permitirle una vida exenta de cadenas. Justo, es la razón que le endosa la justicia a la cual se supedita como ejercicio de vida.

Por eso, a decir del escritor y periodista mexicano Carlos Fuentes, “la libertad no existe, sino es su búsqueda. Y esa búsqueda, es la que hace libre al hombre”. Precisamente, en virtud de lo que esa búsqueda compromete, es por lo que el mundo se convirtió, literalmente, en un campo de batalla. Batalla esta que no solo ha requerido de recursos bélicos. También, se ha visto apuntalada en la palabra dirigida a excluir y, al mismo tiempo, a exaltar realidades primadas por valores de igualdad, tolerancia, solidaridad y responsabilidad.

Es entonces que luego de ver tanta agua correr hacia el mar, resulta perturbador dar cuenta de situaciones contradictorias precedidas y presididas por causas tendentes a frenar y trastornar la libertad como el derecho humano que en esencia es. Las mismas, particularmente apremiadas por la mezquindad de sistemas de gobiernos obtusos. En manos de resentidos, egoístas e individuos de pensamiento retrógrado.

Ha sido una cruda pelea entre la luz y la oscuridad bajo la cual muchos gobernantes han pretendido encerrar las libertades. El mismo Simón Bolívar manifestó en sus históricas correspondencias, su apego a las libertades. Su discusión por la libertad le distinguió como hombre ganado a la institucionalidad establecida por las libertades. A pesar de las dificultades que engendra mantenerlas por encima de las tiranías. Lo contrario, implicaba cultivar un país de esclavos. O sea, una sociedad que podía prestarse a fungir de cómplice de toda usurpación, para vivir hundida en la miseria.

La libertad, aunque sumergida en las más urdidas condiciones de penuria política, económica o social, siempre se caracterizará por su vehemencia. Una razón que solo puede brindarle su interpretación ante los hechos que la acosan y buscan someterla.

Por eso, las realidades apuestan a que su valor siga concibiéndose en terrenos en los que adquiere sentido su naturaleza epistemológica y fáctica. De ahí que debe haber siempre lugar para reivindicarla en todas sus dimensiones. Por eso bien vale una discusión por la libertad.

 

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Cómo evaluar a Juan Vicente Gómez, por Alejandro Armas

Juan Vicente Gómez en 1928. Foto restaurada por Wilfredor en Wikimedia Commons, dominio público.

@AAAD25 

Cada 23 de enero inundan las redes sociales, como almas en pena. Son los admiradores de Marcos Pérez Jiménez, afligidos por el recuerdo de lo que, según ellos, fue el punto de partida de la decadencia venezolana. De un cáncer cuya primera etapa fue la hegemonía de AD y Copei, y la metástasis, el chavismo. Recuerdo que en algún momento del año pasado, atónito por semejante nivel de ignorancia reaccionaria, hice un comentario sarcástico en Twitter desdeñando a estos neoperezjimenistas como un puñado de “progres” e instando a celebrar al verdadero redentor de Venezuela: Juan Vicente Gómez.

Pues bien, tristemente aquella ironía mía se volvió realidad. Este último 24 de julio, a propósito de los 163 años del nacimiento del “Bagre”, descubrí una nueva cloaca digital poblada por confesos y orgullosos fanáticos suyos.

Al igual que sus hermanos neoperezjimenistas, a estos neogomecistas los distingue una aversión muy visceral a la democracia y los DD. HH., así como una intolerancia extrema a todo lo que sea de “izquierda” (y por “izquierda” entienden todo lo que no se cuadre con su conservadurismo rancio y patriotero). Están convencidos de que solo un mandatario autoritario, a quien no le tiemble el pulso para torturar y asesinar, será capaz de impedir que se apodere de Venezuela una izquierda destructora, bien sea moderada (adeca) o extrema (chavista).

Además, para justificar sus ansias filotiránicas, tienden a exaltar de manera exagerada (y no pocas veces mentirosa) los logros de Gómez y Pérez Jiménez. Con este último se enfocan en el cliché de las obras de infraestructura. En cuanto al Benemérito, el legado que nos presentan es algo más intangible y, por lo tanto, más difícil de evaluar. Vale la pena, no obstante, hacer el esfuerzo, de cara al surgimiento perturbador de una corriente de opinión que lo reivindica.

Quiero comenzar aclarando que, a diferencia de Pérez Jiménez y el mito palurdo creado en torno suyo, Gómez sí dejó una Venezuela considerablemente mejor que la que tomó. Fue de esos personajes que marcaron un antes y un después en la historia nacional. Después de todo, no es poca cosa poner fin a las guerras civiles que durante el siglo XIX frustraron cualquier estabilidad política y desarrollo económico para el largo plazo. Tampoco lo es construir un Estado moderno y pagar una deuda externa que al país por poco le costó antes su soberanía territorial.

Todo bien hasta ahora, pero… Aunque no me lo crean, mi objeción no se afincará en la brutalidad de Nereo Pacheco ni en las condiciones inhumanas de las mazmorras de La Rotunda y el Castillo San Felipe. Estos horrores fueron inexcusables, incluso para estándares de aquellos tiempos, pero la putrefacción moral de los neogomecistas sí les permite justificarlos y hasta aplaudirlos. Y como además son conocidos por todo aquel con un mínimo conocimiento de la historia venezolana, prefiero poner la lupa en otro lugar.

Gómez no actuó guiado por una aspiración ilustrada y altruista de ver a su país salir del atraso y la miseria.

Fue simplemente uno de tantos caudillos que vieron en el poder político una oportunidad de oro para el beneficio personal de ellos y sus allegados. Como Monagas, Zamora, Crespo y, por supuesto, su compadre Castro. Pero Gómez fue más astuto que sus predecesores y se dio cuenta de que la estabilidad de ese poder político y los privilegios asociados pasaban por una transformación verdadera en el ordenamiento de la nación, encarnado sobre todo en unas Fuerzas Armadas profesionales y relaciones positivas con las potencias del mundo (especialmente con Estados Unidos).

Así que la estructura que construyó Juan Vicente Gómez no era una casa del pueblo. Era su casa. En otras palabras, no era una república con autoridades despersonalizadas e imperio de la ley, sino un Estado monárquico, faraónico, donde la única ley era la voluntad privada del dueño. Basta con recordar que en 27 años de dictadura gomecista, Venezuela no tuvo una, ni dos, sino seis constituciones. Hay quienes sostienen que en realidad fue la misma ley suprema, reformada varias veces. Pero esta es una distinción baladí, ya que, como sea, los cambios obedecían a los caprichos y necesidades de Gómez. Por supuesto, el déspota se valió de este poder absoluto para enriquecerse, junto con su entorno cercano.

Este fue, a mi juicio, el mayor pecado del gomecismo. Señalarlo no es anacrónico. Soy el primero en desestimar la condena a figuras históricas por quienes los examinan con un lente moral contemporáneo (caso del grueso de los atacantes de estatuas). Pero eso no quiere decir que todo juicio de esa naturaleza sea anacrónico. Hay que empaparse de historia de las ideas para entender la mentalidad de las personas en tiempos del evaluado.

Si hacemos el examen con los principios del siglo XX descubriremos que las autocracias como la de Gómez ya eran cosa caduca. Las tesis republicanas circulaban desde el Siglo de las Luces y habían ganado bastante terreno. Esto era así no solo en el Occidente desarrollado. Hasta en Latinoamérica ya habían echado raíces. Prueba de ello es el hecho de que, para finales del siglo XIX, todos los Estados latinoamericanos se identificaban como repúblicas (otra cosa es que en la mayoría de ellos las elites políticas no practicaran lo que pregonaban).

No es cierto que un pasado lleno de guerras civiles obligara a imponer una dictadura férrea como garantía de paz y desarrollo, como sugiere el harto desmentido “cesarismo democrático”. Argentina lo demostró. Al igual que Venezuela, la vecina austral estuvo sumida en querellas intestinas entre caudillos luego de lograr la independencia. El último de esos caudillos fue Bartolomé Mitre. Pero tras consolidar su poder en el campo de batalla en 1861, Mitre no se volvió un Gómez rioplatense. De hecho, no suprimió la Constitución vigente, que había sido redactada ni más ni menos que bajo la protección de su rival, Justo José de Urquiza. Mitre fue presidente por seis años, como lo establecía la Carta Magna, y no volvió a gobernar más nunca, a pesar de que cuando dejó el poder le quedaban 38 años de vida por delante.

Fue así como Argentina salió de lo peor de sus guerras civiles no solo como un Estado moderno, sino como una república.

Ciertamente no una república democrática (el sufragio universal masculino no fue una realidad sino hasta 1916, mientras que el voto femenino no vio luz hasta 1947), pero república al fin. Hubo posteriormente otras guerras civiles menores, pero nada que interrumpiera el orden constitucional (así como Gómez tuvo que lidiar con revueltas que no lograron derrocarlo). Vuelvo a mencionar la fecha del triunfo de Mitre: 1861. Noten que todo esto ocurrió medio siglo antes de que Gómez comenzara su dictadura. ¿Es entonces anacrónico condenar su falta de visión republicana?

La Venezuela pacificada, por el contrario, tuvo que esperar a que Gómez muriera para dejar de ser un coto privado. Le tocó a Eleazar López Contreras despersonalizar el poder, convirtiéndonos así en una república moderna, preludio para la democracia por venir y que marcó la cumbre de nuestro desarrollo cívico y prosperidad socioeconómica. Tal faena debió requerir mucha gallardía del “Flaquito”,  teniendo en cuenta las intenciones conservadoras de Eustoquio Gómez y otros matones, deseosos de establecer una dinastía. Antes de ser consciente de esta realidad, veía en López Contreras a uno de los mandatarios venezolanos menos memorables. Ahora creo que fue uno de nuestros mejores presidentes.

Podrá parecer tonto preocuparse por un grupo de venezolanos reivindicando a nuestros dictadores más crueles y señalándolos como modelos que deberíamos seguir hoy, en nombre de ideas de extrema derecha, cuando estamos obligados a lidiar con un régimen autoritario de extrema izquierda.

Pero no me canso de repetir que es muy importante pensar desde ya el tipo de gobierno que queremos luego de que la pesadilla actual termine.

Yo al menos me opondré rotundamente a un imitador de Gómez o de Pérez Jiménez. Así que preguntémonos: ¿qué peso tienen estas corrientes residuales de pensamiento en la opinión pública? Me aventuro a decir que poco, pero quizá no tan poco como me gustaría.

Recientemente tuve la oportunidad de leer la tesis de grado de Daniela Torres para optar a la licenciatura en Estudios Liberales por la Universidad Metropolitana (2020), a propósito del surgimiento de tendencias de la nueva extrema derecha en Venezuela, a las que la autora se refiere como “derecha no tradicional”. Entre los rasgos que definen a esta ideología, menciona la aversión al pluralismo (p. 15). Ello explica la admiración por dictadores que suprimen la competencia democrática entre ideologías opuestas.

Esta investigación se enfoca en el movimiento venezolano ultraconservador Rumbo Libertad. Torres señala que la recepción de su activismo en redes sociales pudiera sugerir que “las ideas publicadas con una ideología de derecha no tradicional generan en las personas interés de conocer más sobre su contenido” (p. 57). Rumbo Libertad tiene por ejemplo muchos más seguidores en Twitter (88.337 al momento de escribir estas líneas) que partidos que han conseguido cargos de elección popular en años recientes, como La Causa R (17.885) o Avanzada Progresista (16.437).

No es un movimiento explícitamente neogomecista o neoperezjimenista. Más bien pareciera que ha hallado en dos extranjeros (Donald Trump y, sobre todo, Jair Bolsonaro) sus principales referentes.

Sin embargo, a todos los podemos considerar parte del ecosistema de “derecha no tradicional” descrito por Torres. De hecho, me consta que al menos uno de los activistas más prominentes de Rumbo Libertad ha usado su cuenta personal de Twitter para difundir mensajes que reivindican a Gómez y Pérez Jiménez.

Creo por todo lo anterior que este no es un problema que debamos pasar por alto. Es necesario exponer los desatinos autoritarios de estos grupos, cosa que solo se puede hacer efectivamente con argumentos veraces. Ello incluye desarmar sus cultos a dictadores. Si denunciamos a los aduladores de Castro y Pol Pot, no veo por qué los que hacen otro tanto con Gómez y Pérez Jiménez merezcan un trato más indulgente. No se los demos.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Presos con covid-19, por Carlos Nieto Palma

Presos hacinados en un calabozo de Polisalias, en Altos Mirandinos, estado Miranda. Foto en el pódcast Voces del desamparo.

@cnietopalma 

Después de 4 meses de que la covid-19 llegara a Venezuela sin que se hubiesen reportado casos de privados de libertad con esta terrible enfermedad, comenzamos a ver la aparición de esta pandemia en centros de reclusión en Venezuela.

Habíamos advertido muchas veces, desde este espacio, de los peligros que representa la llegada del coronavirus tanto a las cárceles como a los centros de detención preventiva. Era imposible cumplir con las medidas básicas para evitar la propagación de la enfermedad por el grave hacinamiento que existe en estos sitios. A esta situación se suma la falta de higiene y enfermedades preexistentes como la tuberculosis y la desnutrición, que ya ocurre desde hace varios años.

Riesgo de contagio masivo

Igualmente, a pesar de las innumerables recomendaciones que se han hecho desde la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la única medida que ha tomado el Estado venezolano, es suspender las visitas de familiares y el otorgamiento de unas cuantas medidas sustitutivas a la prisión. Algunas bajo una medida algo turbia que existe en el Código Orgánico Penitenciario llamada Régimen de Confianza Tutelado, a la que,  en mi opinión, le están dando una aplicación diferente a la estipulada en la norma.

Dijimos en artículos anteriores que la llegada de la covid-19 a nuestras cárceles sería una gran tragedia porque las posibilidades de contagiar en forma masiva a los demás presos eran evidentes. Principalmente por el hacinamiento extremo que vivimos en las cárceles y centros de detención preventiva, que impide que las medidas de prevención como el distanciamiento social, lavarse las manos con frecuencia y el uso del tapabocas sean imposibles de cumplir.

Lamentablemente, y con gran dolor, hoy debo de decir que ya el coronavirus llego a la población penitenciaria de Venezuela.

42 casos de presos con covid-19

Al momento de escribir estas líneas tenemos 42 casos confirmados por autoridades regionales de los estados Miranda, Lara y Nueva Esparta.

El primer caso de un preso contagiado con coronavirus en la entidad larense se detectó el 22 de junio en un comando vial de la Policía de Lara que se ubica en Tintorero, municipio Jiménez. Específicamente en el kilómetro 22 de la carretera Panamericana que comunica a Lara con los estados Zulia y Trujillo. Dicho caso fue anunciado por la gobernadora del estado, Carmen Meléndez. El segundo caso lo dio a conocer Meléndez el pasado 30 de junio en un programa radial que tiene. Se encuentra en un CDP de la Guardia Nacional Bolivariana, ubicado en el peaje Jacinto Lara del municipio Torres, frontera con Zulia.

El día 15 de julio, la alcaldesa del municipio Guaicaipuro, Wisely Álvarez, indicó que hay 4 reclusos contagiados en la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), ubicada en Los Teques, capital del estado Miranda. Mientras que en la cárcel de Ramo Verde hay uno. En ese recinto se encuentran privados de libertad un número importante de los presos políticos de Venezuela. Esto nos da una cifra de 5 reclusos con covid-19 en el estado Miranda.

Los últimos casos de covid-19 de reclusos en Venezuela las dio a conocer el representante del régimen de Nicolás Maduro en Nueva Esparta, Dante Rivas. El vocero informó el pasado sábado 25 de julio, a través de sus redes sociales, que 35 reclusos dieron positivos a COVID-19 en el Centro de Detención Preventiva (CDP) de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), ubicado en el sector Sabanamar de Porlamar, municipio Mariño.

Síntomas sin despistaje

Aun y cuando en los reportes que dan diariamente diversos representantes del régimen, nunca han hablado de esto. Estas cifras, sin embargo, se basan en declaraciones de voceros autorizados.

Como siempre ocurre, la ministra para el Servicio Penitenciario, Iris Varela, guarda silencio o miente en casos como estos. Algo que no debe extrañarnos.

Quiero finalizar expresando mi preocupación por esto: en los últimos días en las cárceles de Lara, Carabobo y Miranda han ocurrido varias muertes causadas por tuberculosis y desnutrición. Igualmente, en diferentes centros de detención preventiva del país se han reportado cuadros febriles y problemas respiratorios. Sin embargo, a muy pocos se les ha practicado la prueba para determinar si hay más presos con covid-19.

Mientras no se atienda a los reclusos en Venezuela y se les practique la prueba de despistaje será muy difícil determinar cuántos tienen la enfermedad o no. Lo cierto es que ya llegó y lamentablemente creo que para quedarse.

Es responsabilidad del régimen garantizar el respeto a los derechos humanos de los reclusos y la salud es uno de estos. En las manos de sus funcionarios está la solución.

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