Opinión - Runrun

OPINIÓN

El Consulado, por Laureano Márquez P.

@laureanomar 

Es una vieja institución de la República romana (la antigua Roma, anterior al imperio mesmo, aproximadamente 500 años a. C.). Era un cargo anual (o sea, de un año), una forma de gobierno ejercida por dos personas a la vez (cargo colegiado, que llaman). Consulado originariamente se refiere a “los que caminan juntos”, queriendo significar con ello que ambos magistrados tenían similar poder.

Palabras emparentadas con consulado son consultar, consulta y jurisconsulto, nada que ver con insulto o insultar, que literalmente significan “asaltar” o “saltar sobre otro”, pero más concretamente “agredir de palabra”, “mofarse” o “hablar de una persona en forma cruel o despectiva” i.t.m.d.m (incluye también mentada de madre).

Los cónsules compartían poder administrativo y militar y su poder se fue diluyendo progresivamente hasta que el Senado los terminó pasando como algo decorativo por el forro romano, allá por los alrededores del arco de Trajano.

A los cónsules inicialmente se les llamó pretores. En latín el prefijo “prae” significa “el que va antes de” o “delante de” (no confundir con “pran”, aunque este vaya delante de todo el mundo). De allí palabras como “prejuicio” (antes del juicio), “precoz” (antes maduro) o “prepucio” (delante del pucio).

Lo que sí está claro es que el cargo estuvo primeramente limitado a los patricios (y patricias, para usar lenguaje inclusivo). Cuando se promulgó la ley Licinia (estamos hablando del 367 a. C., a eso de las once y media de la mañana) se dispuso que uno de los dos cónsules debía ser electo entre los plebeyos (aquí sí que no “antes de bellos” porque en ese caso sería “prebellos”. Al respecto ver: “mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo” -rojo rojito, naturalmente-).

Bueno, para hacerles el cuento corto, como dicen los cubanos, la institución del consulado fue perdiendo poder en los últimos años de la República hasta convertirse en un cargo meramente honorífico. Al final, Cayo Aurelio, Cayo Claudio, Cayo Julio César, hasta que terminaron callando todos.

Vino entonces el tiempo de Siervo Suplicio con lo que la República llegó, no ya al Séptimo Severo, sino al XXI Severo. Ya Cómodo en el poder, Sila situación no cambia, Caracalla nos llevará a las catacumbas, pero eso es otro terma.

Los cónsules vestían con una “toga praetexta” una toga con un tejido “antes de” -nuevamente- la toga (de allí “pretexto”, aquello que “se teje” para cubrir algo). Los zapatos: “calcei senatorii”, solo ellos sabían dónde les apretaban. Los cónsules tenían una escolta y 12 lictores (que no lectores, porque realmente eran bastante brutos).

Como dato curioso, en el año 59 a. C. el cónsul que hacía pareja con Julio César, Marcus Calpurnius Bibulus, no tenía manera de contrarrestar las imposiciones de aquel. De manera que en ese año todo sucedió como si César hubiese gobernado solo. Los romanos, a modo de broma, hablaban del año del consulado de Julio y César. La única decisión que uno de los cónsules podía tomar por sí solo, sin que pudiera ser vetada por el otro, era el nombramiento de un dictador en caso de grave crisis. En la práctica, Julio César, “in pectore”, ya se había autodesignado.

Aunque se refería a otra forma de consulado, vale la pena, para terminar, recordar al gran humorista Francisco Pimentel (Job Pim) cuando en tiempos de López Contreras lo designaron cónsul en Sevilla para, de alguna manera, resarcir los maltratos de la dictadura. En aquel momento dijo una frase que viene a cuento: “Este es un consulado bueno, pero consulado malo”.

 

P.D.: en otro orden de ideas, que alguien le abra la puerta a Walter antes de que la Tierra vuelva a girar una vez más sobre su eje.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El miedo a los aparecidos, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino 

Shakespeare, en el primer acto de Ricardo III, hace que el cortejo fúnebre de Enrique VII pase frente a su asesino. Cuando la urna está ante el homicida, el cadáver del rey se pone a sangrar. La obra, una de las emblemáticas de los tiempos modernos, recoge una tradición que remonta a Platón y fue difundida por Marsilio Ficino durante el Renacimiento, sobre la lenta separación entre alma y cuerpo que sucede después de la muerte.

Ya Ronsard había escrito sobre cómo los cadáveres sienten pasiones, alegrías y pesadumbres como las de los vivos, o como las que habitaron su cuerpo antes de dejar la existencia física. Esas pasiones, aseguró, “vienen por el aire para hacernos saber la voluntad de los dioses”. Además: “Aportan pestes, languideces, tormentas y rayos; hacen ruidos en el aire para espantarnos”. También delatan a los homicidas, como se ve en Ricardo III.

En la Antigüedad se consideraba que los muertos no estaban muertos del todo: podían hacer irrupciones, no pocas veces amenazadoras, en situaciones del presente.

Los difuntos, según algunos tratadistas influyentes, en especial cuando acababan de fallecer, se convertían en seres inmateriales y volátiles que podían asentarse a su manera en la realidad para cumplir propósitos pendientes, buenos y malos.

Agrícola, un médico famoso del siglo XVI, aseguró que se refugiaban en galerías subterráneas y que no solo se conformaban con mirar el desfile de los vivos: los podían atacar y maltratar, de acuerdo con su humor o con alguna cuenta pendiente. Pero, como se ve en el teatro de Shakespeare, podían hacer justicia. Se vuelve sobre el punto porque tal idea se incorporó a los usos del derecho penal de Alemania, en cuyas regulaciones se aseguraba que las personas fallecidas, debidamente interrogadas, podían ofrecer pistas sobre el delito del que fueron víctimas. “El muerto prende al vivo”, afirmaban policías y jueces.

Sobre el peso que ha tenido la idea de la permanencia de los muertos en la posteridad, y de la necesidad de tenerlos presentes para evitar percances que pueden ser costosos, se encuentra evidencia en los juicios contra  cadáveres archiconocidos, procesos que no fueron insólitos y se consideraron como imprescindibles.

Hay dos muy dignos de atención, trajinados por los historiadores. En 897 se desterraron de Roma los restos mortales del papa Formoso, quien fue exhumado para que los jueces leyeran expedientes sobre su nefasto pontificado y lo sentenciaran a ser ahogado en el Tíber. En Basilea, año del Señor de 1559, sacaron los despojos de un rico propietario llamado Jean de Brujes porque se descubrió que en realidad se trataba de David Joris, un activo promotor de la iglesia anabaptista. El descubrimiento de su identidad obligó a un juicio póstumo y a una ejecución del cadáver en plaza pública, que fue comentada durante años y divulgada en profusión de gacetillas. Si se ponían en el banquillo, era por compartir el postulado de que conservaban poder desde el más allá, o de que ese más allá podía permanecer en el más acá si no se metía la mano.

Pudiera completar tales anales la exhumación de Bolívar dispuesta por el comandante Chávez, ritual penumbroso para ver qué cualidades sacaba del santón nacional el desenterrador; novísima demostración de la influencia que la política concede a los difuntos, y de cómo los puede aprovechar, no sin temeridad, en sus planes de dominación.

Otras resurrecciones han promovido el comandante y sus sacristanes, pero no precisamente para buscar la concordia después de remover tumbas sino para traer los rayos, las languideces, las pestes y los ruidos que refería Ronsard. Mas, como ahora hablamos del más aparecido de los venezolanos, cuyas salidas de la tumba solo se han convertido en malignas después de las paletadas de tierra empujadas por los “revolucionarios”, quizá convenga dejar las cosas de este tamaño porque muchos seguirán con la esperanza de sentirlo de nuevo entre los vivos.

Debe recordarse que las danzas macabras que han prevalecido a través del tiempo son encabezadas por esqueletos que vencen el tiempo para atormentar a los hombres del porvenir; que el folklore del mundo está habitado por aparecidos amenazantes esperando en la penumbra a la vuelta de la esquina; que el cuidado de no visitar los cementerios de noche, ni a solas, se mantiene y respeta para que los durmientes no despierten, para evitar sus iras; y que, aunque no lo confesemos, rezamos y ordenamos misas tras el deseo de que los finados tengan realmente fin. ¿No son pruebas suficientes del miedo que provoca su segundo debut, aun en nuestros modernísimos tiempos?

 

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La pandemia es el progresismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Me ocupa y preocupa el tiempo posterior a la covid-19. El planeta funciona “en piloto automático”, ayudado por la inteligencia artificial. Sobre sus autopistas digitales corren las narrativas de conveniencia. Los caídos son estadísticas útiles para lo funerario, y de quienes detentan el poder sin acotamiento moral.

La conseja más trillada y a la que la pandemia le viene como anillo al dedo es la de la vuelta del hombre a la Naturaleza, que grita según la ONU. Obvia que la “primera guerra global” presente, que es virtual pues no tiene cara visible y ataca por las espaldas, nace de una imprudencia o el dolo – algún día se sabrá – de los operadores de la ciencia, servidores del establecimiento farmacéutico. Pero vayamos a lo concreto.

La experiencia de la “dictadura constitucional” –los estados de excepción o emergencia– durante el flagelo que cobra víctimas reales: unas 355.000 muertes equivalentes a los homicidios durante los regímenes de Chávez y Maduro en Venezuela, de suyo no atenta contra el Estado democrático. Eso, si se le administra y controla mediante contrapesos al gobernante que manda por decreto.

Las mejores gestiones de la crisis, cabe observarlo, han sido realizadas por los Estados con mejores índices democráticos en la región: Costa Rica, Uruguay, Colombia. Lo que preocupa y me mortifica es la deriva a mediano plazo.

En el pasado, así como las dictaduras militares del siglo XX se refugian en la tesis de la “seguridad nacional” para confiscar nuestras libertades, otro tanto hacen las socialistas del siglo XXI, los despotismos progresistas esgrimiendo la defensa de los excluidos, los discriminados, los carenciados de todo, a quienes se les niega el derecho al “buen vivir”.

Sobre las mieles del “autoritarismo constitucional” en boga es predecible que, con sus excepciones, los gobiernos intenten prorrogarlo. Ahora para cuidar del empleo y para alimentar los desnutridos o enfermos.

Argentina ha decretado por un año su estado de necesidad y urgencia. Las gentes de todas partes habrán de abandonar sus nichos o madrigueras con disciplina, en orden, en lo posible favoreciéndose el trabajo a distancia dada la eficacia del Deus ex Machina y con respeto temeroso por la Pachamama.     

El Gran Frenazo ocurre, casualmente, al concluir el año 2019, pasados 30 años desde el quiebre histórico de 1989, cuando cae el socialismo real y la Humanidad ingresa en la era de la biotecnología y la robótica. Como toda guerra, la bacteriológica del coronavirus deja daños materiales y psicológicos que habrán de repararse integralmente, sin retardos.

Urge subsidiar a los desempleados. Asistir a quienes se quedan sin acceso a la comida y las medicinas, como velar por el universo de las pequeñas y medianas empresas que se han paralizado, no sus obligaciones, y en lo sucesivo huérfanas de capital para reactivarse. No digamos de las grandes empresas que atienden a la demanda de bienes y servicios, las mayores empleadoras, al borde de la quiebra.

Será inevitable, entonces, que la “dictadura constitucional” busque la resurrección del Estado asistencialista y proveedor, un parque jurásico que por todos hizo y por todos pensó en el pasado siglo, volviéndose cárcel de ciudadanos. Es el mal necesario de la transición hacia la normalidad.

El asunto grave es que la emergencia –he allí los ejemplos ominosos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y también España– puede favorecer intelectualmente y como narrativa de opinión a quienes aún se afanan para sujetarnos a una emergencia constante y estructural, de largo plazo, con propósitos de dominio totalitario.

Ese es el debate que avanza por sobre la realidad de la pandemia. Se cuela en sus intersticios y distribuye ataques o provoca silencios deliberados. Juzga los comportamientos de los gobernantes con la balanza de caradurismo pandémico.

El progresismo regional y el global se mueve con rapidez. Quiere despejar obstáculos, uno de ellos la Casa Blanca.

Les sobran los tontos útiles, como los que ejercen censuras y abren canales de comunicación a conveniencia desde las plataformas digitales y sus redes, sirviendo a tirios o a troyanos, pero nunca a la verdad.

La reconfiguración del marxismo o socialismo real a raíz la caída del Muro de Berlín y en Occidente la asume el Foro de São Paulo, hoy el Grupo de Puebla, una reunión de condenados por la justicia. Busca reconstituirnos a su imagen y abusa de nuestras debilidades hispanas: la astucia, el fingimiento, la picardía, el servir a varios amos, el engaño, la desconfianza, el resentimiento, tal y como las describe el Lazarillo de Tormes. Callan a sus muertos. Son heraldo de los ajenos.   

Lo cierto es que luego del amago criminal chino, bajo protesta de la progresista Unión Europea, Donald Trump aísla a su nación el pasado 12 de marzo. Prohíbe los vuelos internacionales, pero lo siguen esquilmando. La España de Iglesias anuncia su cuarentena dos días después. La Cuba comunista once días más tarde. El México de López Obrador con un rezago de cinco semanas, predicando que “hay que abrazarse, no pasa nada”. Entretanto la colonia que es Venezuela dice tener 11 fallecidos y su vecina Colombia, de igual población, declara que los suyos son 803. República Dominicana, isla como Cuba y similar en habitantes, señala que han muerto 474 personas. El régimen castrista, comunista, socialista y progresista, admite para sí 82 víctimas. No más.

La pandemia del progresismo marcha. Las ciudades bajo claustro callan, por ahora.

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¡Yo tampoco puedo respirar!, por Eddie A. Ramírez S.

El vil asesinato de George Floyd por parte de un policía seguramente racista merece la condena mundial y justifica la ola de  protestas, aunque no la destrucción. El culpable fue imputado y aspiramos a que los otros policías involucrados también lo sean.

La sociedad estadounidense debe realizar mayores esfuerzos para que la discriminación racial desaparezca del todo. El grito de ¡No puedo respirar!  de un agonizante Floyd nos llena de indignación. En Venezuela los atropellos del régimen, avalados por fiscales y jueces, también nos hacen exclamar ¡No podemos respirar! 

En un país donde no se respetan las leyes y no impera la justicia, se impone la barbarie. En Venezuela los fiscales que imputan y los jueces que sentencian no aplican el significado de justicia del diccionario de la lengua, que la define como Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece; aquello que debe hacerse según derecho o razón. El concepto de justicia no admite confusión, aunque haya un grupo de plantas con ese nombre. 

Cuando los fiscales y jueces rojos fusilan a un escribidor de Twitter, a un manifestante, a un médico que informa del coranovirus, a un sindicalista, a un diputado, a un militar que no exclama ¡Chávez vive!, o a cualquiera que la narcodictadura considera que le estorba, ordenan el tradicional ¡atención, apunten, fuego!

En estos casos, donde el asesinato no implica necesariamente la muerte física del injustamente acusado y sentenciado, el pelotón de fusilamiento -integrado por seres de toga y birrete- dicta sentencias parecidas a una letanía de la muerte. Estas letanías no son iguales a la que le leyeron a Gardner en Utah cuando lo fusilaron en el 2010, sino algo profano y perverso como: Te miraré con mi rostro inexpresivo. No tendré compasión de ti, porque soy tu verdugo, tu destructor. Te condeno para asegurar mi riqueza.

Con frecuencia el condenado por estos jueces ha sido torturado previamente o a posteriori. En la cárcel sufre vejaciones y prohibición de visitas de familiares y amigos. A veces es asesinado, como los casos del concejal Fernando Albán y del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo. ¿Dormirán tranquilos esos fiscales y jueces? Probablemente sí, porque algunos son deshonestos y otros son fanáticos que justifican cualquier fechoría que les ordene cometer el régimen.

El último de estos asesinatos lo cometió la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Injusticia en contra de la Constitución que juraron defender. Sentenciar que la directiva de la Asamblea Nacional es la presidida por el desvergonzado Luis Parra, sin que haya pruebas de los diputados presentes, es una aberración.

Desconocer que la Asamblea instalada bajo la presidencia de Guaidó sí presentó la lista de los asistentes que formaron el quórum necesario, es un atropello a las leyes y a la inteligencia. Al respecto es obligatorio leer el artículo de Allan Brewer-Carías en El Nacional del 30 de mayo, titulado La fraudulenta y fallida magia del juez constitucional

Frecuentemente los medios recogen severas críticas, con razón, contra los militares por no ejercer la obligación constitucional de defender nuestra Carta Magna. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de que los fiscales y jueces, particularmente los magistrados de la Sala Constitucional, son los indicados en señalar las violaciones a la Constitución.

Si contáramos con magistrados legítimos y probos, solo los fanáticos y corruptos estarían en contra de que el régimen sea depuesto por cualquier vía y ya no disfrutarían del poder usurpado.

¡Yo tampoco puedo respirar!

Como (había) en botica

* Las acusaciones infundadas de Leocenis García en contra de Voluntad Popular evidencian de qué lado está.

* Gracias a Chávez-Maduro, el país “potencia petrolera” importa gasolina y además la raciona; vende 120 litros al mes a 5000 bolívares el litro (0,02 dólares) siempre que se tenga el carnet rojo de la patria. El resto será  distribuido  por amigos del régimen y vendido a 0,5 dólares por litro. No solo es discriminatorio, sino que incrementará la corrupción, el bachaqueo y el contrabando, y la barata no se conseguirá.

* Chávez-Maduro satanizaron el dólar. Afirmaron que no lo utilizarían y sería sustituido por el petro, el yuan, el rublo, el trueque y los “billetes” emitidos por los paramilitares rojos, como el Chavito, el Lionza, el Zamorano, el Panal y otros. Sin embargo, desde hace algún tiempo aceptó la dolarización y ahora, oficialmente, puso el precio de la gasolina en moneda del “imperio”.

* El régimen tiene aislado desde hace más de cinco semanas al teniente coronel Igber Marín Chaparro con la absurda acusación de que desde la cárcel estaba relacionado con la Operación Gedeón. Aun en el caso negado de que fuese cierto, no hay justificación para que lo tengan desaparecido.

* Lamentamos el fallecimiento de los amigos Raúl Antoni, quien fue gerente de Asuntos Públicos de Maraven y de Pdvsa; y de Jesús Pietri, ex gerente general de una de nuestras refinerías, cuando se producía gasolina para el mercado nacional y de exportación.

* ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

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La alegría y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar 

El año 1988 tuvo lugar el referéndum para que los chilenos se pronunciaran sobre el destino del régimen político instaurado por Pinochet. Aquella campaña electoral fue un laboratorio de nuevas ideas y concepciones de la comunicación política.

El debate sobre cómo debía enfocarse esa campaña enfrentó dos corrientes. Por un lado, la de los dirigentes tradicionales de las organizaciones que habían vivido la dictadura (socialistas, comunistas, democratacristianos). Todos con el pedigrí suficiente y la autoridad moral y política para hacer oír su voz; y, por el otro, una camada de chamos nacidos o educados en el exilio de sus padres en las mejores universidades norteamericanas y europeas.

Estos últimos terminaron imponiendo su posición sobre la manera de abordar el desafío electoral. Todo esto está recogido en una película que ningún dirigente político puede dejar de ver, titulada NO y a la cual remito para no tener que explicar los detalles de esa confrontación de ideas tan interesante.

Basta con señalar aquí que la consigna que presidió la campaña que llevó a la victoria al NO por más de 10 puntos, fue CHILE, LA ALEGRÍA YA VIENE, cuyo jingle y canción completa invito igualmente a escuchar. Su imagen fue un arcoíris con los colores de todos los partidos de que la apoyaban.

La tesis de presentar las atrocidades de la dictadura con su secuela de desmanes, crímenes y violaciones de los derechos humanos, que era la manera como se había concebido por años la estrategia política de la oposición, fue desechada. Se suponía que la alegría implicaba muchas cosas para el cambio en Chile, entre ellas la justicia y que no hubiera impunidad. Fueron magistrales en comunicar esa idea.

¿Por qué es útil tratar este tema hoy en Venezuela?

Pues porque siempre es necesario recordar que una de las funciones de la política es vender esperanzas. Convencer de que siempre se puede vivir mejor y, sobre todo, de que vale la pena luchar para eso. Por eso, matar la esperanza y provocar las condiciones para la desesperanza inducida, el síndrome de Estocolmo y la desmoralización son armas tan usadas por los regímenes que quieren bloquear los cambios.

Una de las celadas que suelen tender es la de magnificar su crueldad. Recordemos cómo nos trasmitieron en vivo y directo la muerte de Oscar Pérez, las imágenes de Requesens detenido.

Comunicar la idea de que son malos, que contra ellos no podemos hacer nada, y después lograr que nosotros mismos reproduzcamos su maldad es una de librito de todas las policías políticas del mundo, desde la Gestapo al G2.

Por eso, cuando se está en un ambiente tan feo, es bueno saber cómo hacemos para no embarrarnos de todo lo sucio que nos rodea. Habría que ver cómo desciframos el misterio de las garzas blancas que no manchan sus plumas con el barro del estero. O imitar la sabiduría del médico que no deja contaminarse del mal de su paciente, pues entonces no podría curarlo.

Hay un ejemplo maravilloso de cómo sortear lo feo y producir sensaciones que queremos comunicar positivamente. Ese ejemplo es Tosca, quizás la más conocida ópera de Puccini. Se trata de un verdadero thriller. Muestra la corrupción, la tortura, la traición política en la época de la invasión napoleónica a Italia.

Me imagino que Puccini sabía que esta tragedia sería imposible de vender como la historia desagradable que era. ¿Qué hizo? Pues le compuso dos de las más bellas y melodiosas arias que tenga ópera alguna: E lucevan le estelle y Recóndita armonía. Al escucharlas es evidente que lo escabroso pasa a un segundo plano.

O el de los renombrados científicos Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins, quienes descubrieron el ADN y por ello se hicieron acreedores del Premio Nobel. Preguntados por un periodista sobre el por qué habían representado su estructura con la forma y colores con las que la hicieron, respondieron “porque era más bonito así”.

Pues sí, llegado un momento, la alegría, la belleza, la esperanza, pueden llegar a ser ideas subversivas, pueden convertirse en un eje movilizador.

La mente humana está preparada para ello. De hecho existe un mecanismo que opera como una suerte de “tamiz hedónico” mediante el cual tendemos a olvidar los sucesos desagradables en favor de los agradables.

Es de preocuparse entonces cuando constatamos cómo el régimen venezolano logra tasas importantes de desesperanza inducida, de pesimismo militante, ayudado por legiones de escribidores y opinadores que les compran ese pescado podrido; por repetidores de su invencibilidad; por samuráis que se destripan a diario; por autoflagelantes de oficio; por propagadores de la tesis chimba según la cual “todos son iguales”; por los que meten en el mismo saco a víctimas y verdugos, a presos y carceleros.

Han logrado, entre todos, crear un engendro monstruoso de mil cabezas que hasta se alegra de que pongan preso o maten a un opositor porque, de acuerdo con sus estándares, la víctima, como los sospechosos de la Ley Robespierre, podría ser colaboracionista.

Esta actitud absurda evita el verdadero debate sobre los errores que el liderazgo opositor a Maduro ha cometido. Lo convierte en un debate de pasiones y no en uno de ideas.

Como dijimos arriba, no podemos curar a Venezuela si nos enfermamos del odio que combatimos, de la misma manera que los médicos y enfermeras no pueden curar a los enfermos de coronavirus si se contagian.

Valdría le pena incluir esto en el debate. Sería importante crear una fábrica de optimismo y alegría para usarlos como arma de cohesión. Una vez estuvimos por millones en la calle cantando aquella canción “quitarnos los miedos, sacarlos afuera, pintarnos la cara color esperanza, mirar al futuro con el corazón… 

¡SABER QUE SE PUEDE, QUERER QUE SE PUEDA!

 

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Cuarentena en familia, consejos para padres, por María Antonieta de Lozada*
Consejos para orientar a los hijos y manejar episodios de ansiedad ante el confinamiento por la covid-19.

Con la cuarentena en familia todos estamos experimentando un momento difícil, por inédito y prolongado, a causa de la pandemia de coronavirus. Por ello, la Lic. Zoraide Luglil y mi persona, psicólogas del Servicio de Conducta y Desarrollo del Centro Médico Docente La Trinidad, queremos ofrecerles orientaciones para mantener la armonía familiar durante el confinamiento. E incluso sacar provecho de ella.

A continuación sugerimos algunas claves para enfrentar los eventuales episodios de ansiedad de los hijos -y la propia como padres-, y mantener un ambiente emocionalmente saludable en la familia:  

Genera rutinas

Considerando que en este momento no solamente son padres, sino también maestros, es importante tratar de que el ambiente en el hogar tenga la menor carga de ansiedad posible.

Para ello es prioritario generar rutinas diarias. Estas implican establecer qué actividades o tareas va a realizar cada miembro de la familia y en que horario deberá hacerlas. Crea un horario que tu hijo pueda ver, donde se refleje lo siguiente:

* El tiempo de estudio

* Las horas de juego

* Tareas del hogar

* Ejercicio físico

* Otras actividades

Es importante que se respeten los horarios originales de irse a la cama, levantarse, bañarse, y las comidas del día.

Mantener una estructura diaria parecida a la acostumbrada disminuye los niveles de ansiedad.

Trata de cumplir los horarios establecidos, pero recuerda ser flexible en función de los imprevistos del día. Toda la familia está pasando por una situación novedosa y ambigua, por lo que los niveles de ansiedad pueden afectar a cualquiera en algún momento.

Aplica la inteligencia emocional

Para un adecuado manejo emocional toma en cuenta las siguientes recomendaciones:

* Fomenta un espacio para que tus hijos hablen de la situación mundial. ¿Qué saben?, ¿qué piensan?, ¿cómo se sienten?, ¿qué dudas tienen? Adapta esta conversación en función de la edad de tu hijo, y conversa del tema cada vez que te haga una pregunta. Eso significa que aún está procesando lo que sucede.

Si algún miembro de la familia está particularmente intenso debes practicar la paciencia y la empatía. Reconocer como válido su malestar y dar un espacio para que recupere su equilibrio.

* Para los niños podemos preparar una pared en la cual se pegue un papel bond donde podrá ir a rayar o dibujar cuando se sienta intranquilo, frustrado o molesto. Dar contención al estado emocional permitirá que el niño regrese más rápido a la rutina establecida.

Sácale partido a las circunstancias

La convivencia en momentos tan irregulares como estos puede ser una de las experiencias más enriquecedoras y placenteras, pero también pueden ser las más frustrantes. Los adultos necesitan saber cómo enfrentar el comportamiento difícil de los niños al tiempo que estimulan aquellas conductas deseadas en la casa.

No aflojes la disciplina

La disciplina en casa debe ser la misma que se practicaba antes de la llegada de la cuarentena. Aquellas conductas que no son aceptadas por el sistema de valores familiares deben seguir siendo sancionadas.

* Conversa con tu hijo de lo que hizo, recuérdale que eso no está permitido en la casa, establece el castigo adecuado en función de la magnitud de la conducta. Puedes practicar con las siguientes sanciones:

Tiempo fuera. Retirar al niño a un lugar diferente a donde se inició el problema y mantenerlo allí hasta que se calme, para posteriormente regresarlo a la situación inicial y reforzar el buen comportamiento.

Pérdida de privilegios. Puedes retirar algún privilegio al niño por su conducta, como ver televisión o jugar con la tableta. Eso sí, solo por ese día en que ocurrió el problema. Es importante que se le modele (actuarlo) al niño el adecuado comportamiento, ya que es más fácil que logre copiar ese modelo que hacerlo solo escuchando su regaño.

Refuerza lo positivo. La disciplina no es solo corregir el comportamiento inadecuado, también implica reforzar aquellas conductas que deseamos se realicen diariamente, más aun si pasan juntos todo el día.

Cada vez que el niño haga algo bueno o cumpla una orden hay que expresarle lo contentos que estamos por ello. Prestarle atención, reforzarle verbalmente a través de halagos, acariciarlo y decirle cómo nos sentimos cuando su conducta es la adecuada ayuda a que el niño entienda qué cosas son buenas y cómo debe comportarse.

De igual forma, podemos permitirle algún privilegio por hacer algo que se le pide, como jugar quizás un tiempo extra con la tableta, una merienda especial, ver televisión, jugar con él, etc.

 

* Lic. María Antonieta de Lozada es psicóloga de la Universidad Católica Andrés Bello con una especialización en Psicología del Desarrollo y más de 35 años de experiencia en psicología infanto-juvenil. En Instagram: @psicologiaonsite

Venezuela no ha entrado al siglo XXI, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub 

Cuando el dictador Juan Vicente Gómez murió, la gente decía que el país entraba al siglo XX con treinta y cinco años de retraso. Venezuela era una nación eminentemente rural, diezmada por las enfermedades y la pobreza endémica. Había sido manejada como una finca, cuyo único dueño era Gómez. Ni la propia Caracas lucía como una capital latinoamericana, pues la consentida del general andino era Maracay, desde donde gobernaba.

Si pocas personas pensaron que un día era posible repetir algo parecido, sin duda nadie imaginó que pudiésemos vivir algo peor. Porque hay que decirlo: a diferencia del chavismo, hasta el régimen gomecista tiene cosas que rescatar. Fundamentalmente institucionalizó la Fuerza Armada Nacional y acabó con las montoneras dirigidas por caudillos regionales.

Cien años después, podemos decir: Venezuela no ha entrado al siglo XXI. Pero más trágico aun, hemos retrocedido. Y no al siglo XIX, sino a los tiempos de las cavernas.

Es triste el nivel de atraso al que está sometido el pueblo venezolano. En todos los ámbitos de la sociedad hemos vuelto al primitivismo, no hay nada que el chavismo no haya destruido, como si se tratara del poder de arrase de un tsunami, no han dejado piedra sobre piedra.

Los servicios públicos en Venezuela se han convertido en una verdadera pesadilla. En pleno año 2020 ver venezolanos peleándose para llenar un tobo de agua es un verdadero crimen de Estado. Pero si hay algo que me preocupa, y mucho, es el abandono de la educación, un sector del país golpeado por los sueldos de hambre de maestros y profesores, pero también por la migración forzada. Los maestros, cuyo salario es de dos dólares al mes, se van a otros países así sea a hacer otros oficios con tal de sobrevivir.

Aunque muchos de los efectos de la destrucción de la educación no siempre son tangibles inmediatamente, por el futuro estos se acumulan y representarán un verdadero reto en todo proyecto de recuperación del país. Son cada vez más los niños que deben dejar las aulas de clases para ir a trabajar, abandonando incluso sus hogares.

La otra vez leí, de quien se dice llamar ministro de Educación Universitaria, que antes del chavismo no había becas, sino créditos. No solo había becas, sino que era posible para todo estudiante, cuyos méritos así lo permitieran, estudiar en las mejores universidades del mundo. El programa Gran Mariscal de Ayacucho fue creado en democracia; el chavismo lo desmanteló, al punto de que hoy sus becas, si acaso, alcanzarán para una empanada.

En estos 22 años de chavismo es mucho lo que hubiese podido lograr Venezuela en materia de educación, no solo por lo que significa haber tenido el poder durante más de dos décadas (y no cualquier tipo de poder, el poder absoluto), sino también por haber manejado los mayores ingresos de nuestra historia republicana.

Para que tengan una ilustración, la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial necesitó de unos trece mil millones de dólares para ser reconstruida a través del Plan Marshall; Venezuela entre 1999 y 2014 recibió en sus arcas más de 900.000 millones de dólares. Lo que significa un promedio de 56.000 millones anuales durante 17 años. Montos astronómicos e incalculables, como es incalculable el desfalco al que fue sometida la nación.

Con esa cifra ¿qué no se hubiese hecho? Yo pienso, por ejemplo, que centros de estudios con la misma o hasta mejor infraestructura que la Universidad Central de Venezuela en cada estado. Pero otras fueron las prioridades, muy alejadas del interés de todos los venezolanos.

Y aunque quieran hacerle creer al país que son para toda la vida, el chavismo es pasado. Una vez más nos tocará trabajar como nuestros antepasados para recuperar el tiempo perdido, formar a las nuevas generaciones y, sobre todo, instaurar en la memoria colectiva lo que significó esta etapa para todos.

 

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Qué le pasó a tu país, por Carolina Jaimes
Foto David Mark en Pixabay (Monumento a San Sebastián, Maracaibo).

@cjaimesb 

Juego en mi teléfono Apalabrados. Muy parecido al Scrabble, me entretiene y relaja. He conocido personas de todas partes de Iberoamérica, que viven en muchas partes del mundo. En estos días comencé una serie de partidas con un español que vive en Bali, y con las partidas comenzó el chat. Se confesó antimonárquico y simpatizante de la izquierda, aunque no le gusta Sánchez. A Iglesias, lo detesta. Le parecen hipócritas, corruptos, abusadores. Suena conocido, ¿verdad?…

“Estuve en Venezuela a final de los años setenta”, continuó. “En Caracas, una ciudad que me fascinó por cosmopolita, divertida, alegre. No dormí casi nada la semana que pasé allá. Durante el día visitas a lugares históricos, centros comerciales increíbles, restaurantes con la oferta gastronómica mejor y más variada que he visto en mi vida. En Margarita, un lugar al que sueño volver. Conocí todas sus playas y hasta consideré quedarme allá. En Mérida subí al teleférico más alto del mundo y cuando llegué arriba me dio un soponcio al que vosotros llamáis mal de páramo. No te imaginas la amabilidad con la que me trataron, gente que nunca en su vida me había visto. Fui a conocer el llano, el Estero de Camaguán es alucinante. Los morichales, imponentes. Pero lo que más me gustó es que las personas me invitaban a entrar en su casa a tomar un café delicioso que se llama “guallollo” (sic). En España no invitamos a las casas. Los cafés nos los tomamos fuera, a menos, que sea alguien familiar o amigo muy cercano. En Venezuela, era como si todos fueran familia”.

Cuando leí eso, sentí un dolor inmenso. En aquella Venezuela nací y crecí. La Venezuela posible. El país más promisorio de América Latina, con la gente más amable, hospitalaria y cálida del mundo. Y entonces, vino la pregunta lapidaria, precisa, lacerante: “¿qué le pasó a tu país?”.

“La respuesta”, le respondí, “me va a tomar indefinidas sesiones de chat. Puedo escribir veinte libros sobre lo que pasó en Venezuela y aun quedarías insatisfecho de mi respuesta. Porque es imposible de creer que un país que iba enrumbado a ser desarrollado y pujante, moderno y progresista, haya terminado como estamos hoy, con cerca de un 90 % de pobreza, más de 70 % de pobreza crítica, en crisis humanitaria, sin libertades, con un régimen autoritario y represor”.

“Lo siento, tía”, escribió. “Pero es que adoro Venezuela. Para nosotros saliendo del franquismo, era ir al paraíso terrenal. La libertad que se respiraba en tu país era increíble”. Le conté que cuando Colón llegó a las costas de Paria creyó haber llegado al paraíso. Por eso la llamó “Tierra de Gracia”.

“Pero ahora sois una “tierra de desgracia”. Lo veo en las noticias. Pero no pierdo la esperanza de que eso cambie, porque quiero volver”.

Yo tampoco pierdo la esperanza. Por eso estoy aquí, por eso me quedo. Terminé la conversación diciéndole: “el próximo guayoyo te lo vas a tomar en mi casa”.

 

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