El caso Globovisión por Elías Pino Iturrieta @EliasPino - Runrun
El caso Globovisión por Elías Pino Iturrieta @EliasPino

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La venta de Globovisión es un asunto privado, en principio, pero de notables repercusiones en el ámbito público. Sus propietarios están capacitados para negociar su venta según convenga a sus intereses, sin que nadie se entrometa. Es una operación pactada dentro de unas exigencias de licitud sobre las cuales no cabe el reproche, no en balde se trata de un negocio de particulares como otros que se han venido realizando desde tiempo inmemorial en medio de una situación de trato o acuerdo que no ofrece materia para la discusión. Pero no se puede comparar con la oferta que yo haga de mi casa a un amigo porque resolví buscar nuevo domicilio, o simplemente porque necesito el dinero. De allí la posibilidad de comentar el tema en el periódico, como si no se tratara únicamente de una operación de compraventa que incumbe a quienes la realizan.

Un medio de comunicación a través de cuyo mensaje se establecen nexos con grandes porciones de la población deja de ser privado, en sentido estricto. Forma parte de la cotidianidad de una multitud que no sólo se acostumbra a un contacto llevado a cabo desde la intimidad del hogar o en espacios de mayor amplitud, sino también a convertirlo en parte de sus exigencias, de lo que quiere ver y escuchar como si fuese parte de quienes se ocupan de dirigirlo o animarlo. Conscientes de ese fenómeno, las personas que manejan el medio se preocupan por el parecer de la audiencia. El caso Globovisión no sólo interesa debido a tal motivo, sino especialmente al hecho de que sus propietarios se anunciaron en la última década como portavoces de un contenido de naturaleza política que lo distinguió del resto de los medios televisivos que pertenecen a particulares. Fue tan elocuente el anuncio, así como fueron elocuentes las maneras de convertirlo en realidad todos los días a través de diversos espacios de su programación, que se estableció una sinonimia entre la señal del canal y el antagonismo con la “revolución”, una relación cálida y habitual entre quienes formaban las filas de la oposición y los fieles compañeros o los infaltables ductores cuya opinión se procuraba como asunto de necesidad, muchas veces como cuestión de vida o muerte para fortalecer batallas y escaramuzas contra el gobierno, aún como bálsamo de las derrotas. De cómo fue tal relación da cuenta el hecho de que el público quiso involucrarse, mediante contribuciones en plata contante y sonante, en la cancelación de una multa de la que fue objeto el canal de su militante preferencia.

Pero hay otro elemento de relevancia en el asunto. El monopolio del régimen sobre la opinión pública, hasta la pretensión de una hegemonía que permita la utilización de todos los aspectos de trascendencia en materia de comunicaciones en favor del gobierno, sin dejar espacios libres de manipulación, agrega preocupación a la compraventa del canal y produce cualquier tipo de suspicacias. El hecho de que se perciba una sensación de orfandad es inevitable, por lo tanto. El hecho de que se multipliquen sospechas, hipótesis y temores sobre el caso es lo más normal del mundo, también. No sólo porque parece inminente que Globovisión deje de ser lo que fue, sino también debido a que se piense que terminará navegando según quiera el gobierno que navegue. Tal vez se exagere, pero hay abono suficiente para las prevenciones y las dudas. De lo contrario, ya se hubiera solucionado lo que parece un paso sin mayores inconvenientes: el advenimiento de una nueva directiva y el anuncio de los planes de una flamante administración que congenie con quienes han formado hasta ahora la audiencia fiel de todos los días y quieren mantenerse en su costumbre.

No es un asunto trivial el que se aborda. En nuestros días la TV es fundamental para la política, dice Perogrullo, gracias a cuya sabiduría termina uno preguntándose por los espacios que tendrá en adelante la figura de Henrique Capriles, por ejemplo, tan incómoda para el frágil y nervioso gobierno y tan necesaria para grandes masas cada vez más insatisfechas que han tenido, hasta ahora, la posibilidad de seguir los pasos de su líder poniendo Globovisión. A lo mejor queda Capriles confinado a los espacios de la prensa escrita, únicamente, o a fugaces apariciones en la pantalla chica, limitaciones que conviene sopesar cuando se está ante la alternativa de cambios de importancia en un casa privada y pública que lo tuvo como habitante estelar. Seguramente tendrán qué pensar mucho la MUD y los comunicólogos sobre el problema, no en balde implica, en caso de que pinte más tarde como sugiere el boceto, trabas inevitables en el tratamiento de situaciones vitales para la oposición y para la sociedad toda: las denuncias y los planteamientos de rutina, iniciativas de trascendencia, análisis de temas tan acuciantes como los que siguen pendientes en el CNE y en la AN, más un largo etcétera.

Quizá la situación conduzca a la revisión de las maneras de trabajar a través de las redes sociales, entendidas de manera diversa, menos triviales y placenteras, más activas y certeras que en el pasado y puestas al servicio de situaciones en las que todavía no se han estrenado en Venezuela, en caso de que se cierre de veras el portón que parece destinado, si no a la clausura plena, a ser estrecho corredor. ¿Veremos en adelante un canal con aduana, guardias y alcabalas que no tenía? Tal vez. De allí que no estemos ante el negocio común y corriente de unos acomodados empresarios, sino ante una transacción que incumbe al común. 

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@eliaspino

Fuente: El Universal