Intoxicados por Isaac Nahón Serfaty - Runrun
Intoxicados por Isaac Nahón Serfaty

 

El sentido que le damos a la palabra intoxicación varía dependiendo de donde nos ubiquemos en el espectro de la dolencia. Por un lado, está la intoxicación que nos produce malestar, dolor de estómago, reacción alérgica, dolor de cabeza. Por otro lado, está la intoxicación que nos produce alucinaciones, alegría (el “estar alegre” de los borrachos), euforia. Dolor y éxtasis resumen los extremos de la intoxicación. En Venezuela llevamos años intoxicados, pero en este últimos días la situación tiene visos de paroxismo. Hagamos un poco de toxicología.

 

Lo más evidente es el estado de intoxicación que ha producido en una buena parte de la sociedad venezolana la muerte del presidente Hugo Chávez. No es solamente el duelo normal por la pérdida de un ser querido (Chávez fue un ser muy querido para muchos). Es el estado extático de quienes adoran a un santo. Pero no seamos  ingenuos. No toda expresión extática es espontánea. La máquina de propaganda movilizada por el régimen tiene mucho que ver con esta intoxicación. Vea VTV por unos minutos y se dará cuenta de lo que le digo.

 

Hay otra intoxicación que corresponde más con la resaca. He escuchado en estos días a gente que me dice: “estoy harto, agotado, embotado”. Desde hace mucho tiempo los venezolanos vivimos en la tensión permanente que producen los grandes eventos, los grandes desenlaces, los grandes melodramas. Caracazo, 4F, 27N, la elección de Chávez,  la Constituyente, los referéndums, los paros, la Carmonada, el regreso de Chávez, los despidos masivos en PDVSA, el cierre de RCTV, el “gas del bueno”,  los presos políticos, la muerte de Franklin Brito, la enfermedad de Chávez, la agonía de Chávez, las mentiras sobre esa agonía, las fotos trucadas, las reuniones de cinco horas…Así podría ir enumerando nuestras “borracheras” socio-políticas que nos han producido tantas resacas.

 

Es una odisea bipolar, de extremos. Del éxtasis a la caída, de la gloria al ridículo, de la pasión a la resurrección, de la salvación a la condena. Es probable que hayamos crecido algo como sociedad después de años de shock en shock. Digo que es probable, porque tanto shock también revienta las neuronas. Tanta intoxicación dejará su huella, su trauma. Quién sabe si la historia de Venezuela será la del adicto que se redime ó la del junkie que desciende a los infiernos.

 

Como el alcohólico, habrá que comenzar por confesar alto y fuerte: “Estoy intoxicado, vivo intoxicado”. Si no hacemos un ejercicio de sinceridad brutal no saldremos de este dolor extático. Estoy hablando de unos y otros, de todos los  bandos, porque esta intoxicación no es exclusiva de una facción. Es un mal difuso que ha sido alimentado por el discurso del odio, racista, clasista. Escuchen a Maduro para confirmarlo: homofobia, referencias a los “apellidos” para alimentar la xenofobia (y quien sabe si el antisemitismo), la estrategia cubana de calificar al otro con términos despreciables.

 

Esta corta y atípica campaña electoral contribuirá a mantenernos intoxicados. Es inevitable. Para los que estamos con la libertad y la democracia, participar de la intoxicación será una acción en legítima defensa ante la arremetida de Maduro y su combo, quienes continuarán mintiendo, haciendo trampa, abusando del poder, torciendo la Constitución y las leyes. En un mes la intoxicación llegará a niveles que no habíamos visto antes, pues el régimen sabe que se juega mucho en esta elección. Pero todo pasará y nos despertaremos con la resaca. Es allí cuando podremos proponernos superar esta adicción a la confrontación, a la violencia verbal y real, al resentimiento, a la arrechera, para decirlo en venezolano.

 

Claro que como todo proceso de desintoxicación, pasaremos por el síndrome de abstinencia. Temblaremos (delirium tremens), sudaremos frío, estaremos tentados a volver a los viejos hábitos, los antiguos reflejos que tanto hemos cultivado desde hace unos 20 años, desde aquel día del “por ahora”. Pero la alternativa es mucho peor, es un abismo. Deberemos resistir a las provocaciones, a la “seducción” de estos mercachifles que han quedado a cargo del tinglado (lo siento, pero vuelvo al lenguaje de la polarización).

 

El proceso de “cura” tendrá que ocuparse de algunos de los grandes factores de intoxicación que nos aquejan:

 

  1. El militarismo que se nos ha impuesto como el gobierno de una casta que tiene privilegios y fueros.
  2. El odio como correa de tracción de la política que demoniza al “otro”.
  3. La violencia desbordada que apaga las vidas de miles.
  4. El paternalismo de Estado que crea una relación de dependencia transaccional entre régimen y población.
  5. La adicción parasitaria al petróleo que mutila nuestra creatividad e iniciativa.
  6. La corrupción como sistema que ha creado nuevas oligarquías y que sirve los intereses de algunas más rancias.
  7. El narcisismo y la banalidad que carcomen nuestra moral.
  8. La vulgaridad que se pretende confundir con lo “popular”.
  9. La trampa como estratagema de los poderosos.
  10. El desprecio por las “formas” de la ley.

 

 

Queda la opción de la purga, de la falsa idea de una purificación radical. Tenemos que descartarla por los horrores que encierra en su vientre. No hay solución mágica. La desintoxicación será lenta y trabajosa, como en toda co-dependencia.  Es posible que después de todo salgamos fortalecidos, es posible.

 Isaac Nahón Serfaty

Venezolano, periodista y profesor de la Universidad de Ottawa (Canadá)