Ese que está a tu lado por Gerardo Blyde

Ese que está a tu lado por Gerardo Blyde

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Nada resulta más peligroso para un gobernante que aparezcan en altísimos porcentajes de la población a la que gobierna, emociones como la inconformidad, la desesperación, la frustración constante, la ansiedad y la reprobación. Los seres humanos necesitamos sentirnos motivados y esperanzados. Cuando sucede lo contrario los psicólogos hablan del síndrome de Brunout.

Así como un individuo puede estar afectado por este síndrome cuando no se siente satisfecho consigo mismo o con lo que ha logrado en la vida y puede derivar en depresión, me atrevo a decir -con la venia de los profesionales de la psiquiatría- que un pueblo, un colectivo, también puede sentirse frustrado, inconforme, ansioso, a la deriva e insatisfecho con lo logrado hasta ahora, pero, lo que es aún peor, sin esperanzas de que en un futuro cercano esa realidad que lo agobia sufra cambios importantes que lo reanimen.

La esperanza, ese estado de confianza o certeza consistente en la convicción interna de que vendrán o sucederán mejores cosas que las que ocurren en el presente, está cada día más reducida en la población venezolana. Existe, sí, por el contrario, un sentimiento colectivo de que las cosas irán a peor en el corto plazo.

Adonde quiera que voy las frases -y sobre todo las caras- de la gran mayoría son las mismas: “¿hasta cuándo esto?” o “¿qué vamos a hacer?

Seguro estoy que ni el Presidente ni sus ministros, ni todos los cientos de altos funcionarios gubernamentales que han tomado como bandera la supuesta existencia de una guerra económica como excusa a lo que estamos viviendo, se han paseado por un abasto, un mercado o una farmacia. No salen de ambientes controlados o de actos muy bien montados donde sólo se rodean de un grupo de personas dependientes de los beneficios del Estado para recibir aplausos a cada frase que digan contra el imperio, contra la oposición, contra los empresarios y comerciantes, y contra el mundo entero que, según ellos, conspira para vernos más pobres a todos los venezolanos.

No hay publicidad oficial o cadena gubernamental que pueda ocultar lo que en nuestros pueblos y ciudades está ocurriendo. El síndrome de Brunout nos está abrazando como una niebla oscura que se va colando por todas partes. Aunque algunos se esfuercen en ocultarla, en no quererla ver, aunque cierren todas las ventanas y puertas de sus despachos ministeriales o de Miraflores, esa niebla se cuela incisiva por las rendijas, por debajo de las puertas y avanza peligrosamente por todos los rincones.

Ese portero que cuida la entrada del lujoso despacho ministerial, o ese soldado que está custodiando la garita de cualquier gran edificio gubernamental, tiene mujer e hijos en casa a los que la leche no llega sin tener que hacer una cola de horas o sin tener que pagar un sobreprecio enorme al revendedor de la zona. Ese mismo que tienes tan cerca, tú que estás empoderado y enamorado del alto cargo gubernamental que ejerces, está igual que el taxista en la calle o el chofer de metrobús, o el obrero de la fábrica, o el empleado de una oficina. Está allí callado escuchándote hablar sobre una guerra económica, sobre los abusadores acaparadores, sobre los chinos y los rusos, sobre los árabes y el imperio. Ese mismo se está preguntando qué nos pasó. Pero no encuentra respuesta.

A ese le dijiste que éramos ricos, que los fondos para todas nuestras necesidades estaban asegurados, que nos convertiríamos en una súper potencia. Ese -que tienes tan cerca de ti- ya no te cree. Y, lo peor, ya no cree en nadie.

¿Te volvería a creer si le hablaras con la verdad, si reconocieras todos los errores, si rectificaras en el modelo fracasado, si le señalaras que vienen tiempos difíciles que tendremos que atravesar en colectivo para recuperar una patria productiva para todos? Quizás te volvería a creer, no lo sé con certeza, pero lo que sí se siente y, sobre todo, se ve en los rostros de millones de venezolanos, es que ahora no te está creyendo.

Hace falta que nazca en todos nosotros un ideal colectivo, un sentimiento compartido, que se indique un camino claro al futuro con una conducción sólida y responsable, que señale sin ambages que lo que viene será duro, difícil, pero que tenemos futuro como país, como colectivo. Que dentro de ese futuro colectivo también está incluida la aspiración personal de cada individuo, de cada ciudadano. Hace falta una esperanza común.

Mientras insistan en culpar a todos, la desesperanza seguirá aumentando. Un pueblo defraudado y deprimido termina reaccionando. Esa reacción colectiva no está escrita en ninguna parte. Si el rechazo a todo es demasiado profundo, será un rechazo a todos, a ustedes e incluso a nosotros, para que nazca algo nuevo que sí tenga la capacidad de volver a enamorar.

@GerardoBlyde

El Universal 

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