La primera cita, por Juan Eduardo Fernández “Juanette” - Runrun
La primera cita, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Esa no solo fue la primera cita de mi hijo, también fue la primera vez que descubrí que no podré estar siempre para protegerlos

 

@SoyJuanette

Sentir mariposas en el estómago, probarse cinco camisas distintas, verse al espejo cincuenta veces y peinarse más que John Travolta en Grease… Había olvidado todos los niveles por los que pasa una persona cuando tiene una cita, y más si es tu primera vez.

Aquel viernes no fue distinto a los otros. Y, después de escribir el artículo del lunes y tener varias reuniones, finalmente a las 18 camine las 20 cuadras que separan mi casa de la de mis hijos para buscarlos. Quiero aclarar que camino porque me gusta, no vayan a pensar que es porque soy un rata y no quiero gastar un viaje en colectivo… Aunque viéndolo bien, si aquí en Buenos Aires llegan a quitar los subsidios al transporte en Capital, hasta mis hijos van a tener que caminar.

En fin, para mí los fines de semana son como una fiesta de amigos desde hace 5 años. Siempre fue lo mismo: los viernes busco a los chicos, llegamos a casa, pedimos pizza o empanadas (a veces las dos cosas), tomamos gaseosa y vemos algo en la tele o jugamos a la Play. Los sábados son más vertiginosos, porque generalmente salimos a conocer algún lugar de Buenos Aires.

Por ejemplo, algunos hallazgos de nuestros sábados durante estos cinco años han sido la casa de Ernesto Sábato en Santos Lugares, Tierra Santa, el Parque de La Memoria, el Mercado de San Telmo, El Banderín y muchísimos otros. En cuanto a los domingos son más tranqui porque desayunamos tarde, comemos fideos con tuco o pesto, reposamos y luego se viene el regreso a la casa de mis hijos.

Pero aquel fin de semana sería muy pero muy distinto. Yo algo sospechaba porque, cuando veníamos en el colectivo, mi hijo que es muy pero muy hablador estuvo callado todo el viaje. Y en la noche, cuando siempre se come 4 porciones de la pizza de muzza de Pin Pun, solo se comió dos. Luego de cenar y cuando su hermana fue al baño, mi hijo me dice:

−Pa´, tengo algo que decirte…

Obviamente al escucharlo se me subieron los colores al rostro. Suspiré fuerte, mantuve la compostura y le respondí:

−¿Qué pasó?

Acá quiero aclarar que mi hijo es muy tranquilo. Tal vez sonará a cliché, pero créanme, a mi hijo le da paja hasta caminar; nunca nos dio problema de ningún tipo… pero ahora pasa por ese trance llamado adolescencia, que fue inventado por la naturaleza para probar los límites de los hijos y la templanza y la paciencia de los padres.

Mi hijo se tomó unos segundos y me dijo: me voy a encontrar mañana con una chica en una plaza cerca de la escuela y tienes que dejarme ir.

En ese momento me di cuenta, por el tono de su voz y sus frases en imperativo, que mi niño, aquel con el que jugaba, al que le preparaba panchos y veíamos dibujitos, había dejado de ser un niño y encima estaba flechado.

Por supuesto que lo interrogué como si fuera yo un agente de la KGB: ¿quién es?, ¿cómo la conociste?, ¿de dónde es? Y luego de escuchar atentamente sus respuestas le pregunté si su madre, es decir mi exesposa, sabía de esto. Claramente no sabía, porque ¿para qué le iba a decir él? Para eso estaba yo…

Ahí le dije que lo hablaría con su madre y si estábamos los dos de acuerdo, entonces iría. A mi comentario el respondió viéndome fijamente a los ojos y con el ímpetu de esos entrenadores de ventas que te dan fuerza para que conquistes el mundo: “Papá si hay alguien que pueda convencer a mamá ese eres tú; confío en que lo puedas hacer”.

Tengo que confesar que su comentario me dio mucha risa, pero no lo demostré. Solo asentí con la cabeza para aceptar la misión y procedí a llamar a mi ex.

Tras debatir de la inseguridad, las enfermedades de transmisión sexual y otras verduras finalmente accedimos, pero con la condición de que nos mandara la ubicación en tiempo real. A regañadientes aceptó. 

Ese viernes nos las pasamos mi hijo, su hermana y yo buscando el atuendo correcto que usaría mi preadolescente en esta su primera cita. Esa noche ni él, ni la madre ni yo dormimos. A la mañana siguiente se despertó muy temprano, desayunó y junto con su hermana comenzaron a ensayar peinados y atuendos para aquel evento trascendental.

A eso de las 11 de la mañana de un sábado, vi como mi hijo se subía a un colectivo para ir al encuentro de su doncella. Lo que él no sabía es que segundos después yo tomé un taxi y usé una de las frases más usadas en las persecuciones tanto en cine como en TV: “Siga a ese colectivo”.

El tipo no entendía nada, imagino que pensó que yo era un esposo celoso siguiendo a su mujer, y durante todo el viaje me veía con cierta lástima. Pero cuando vio que se trataba de un joven (por supuesto le expliqué que estábamos siguiendo a mi hijo porque tendría su primera cita), entonces me miro inquisitivamente, y la verdad no sé si me creyó. Me bajé del taxi y sigilosamente seguí a mi hijo hasta la plaza.

A todas estas su hermana, quien era mi cómplice, seguía los pormenores vía WhatsApp desde mi departamento. Y la madre, desde su casa, no despegaba los ojos de la ubicación de su hijo, que recibía por Google Maps.

Llegó la hora de la cita, mi hijo comenzó a impacientarse pues la chica aún no venía. Pasados ya 15 minutos mi hijo sacó su celular y la llamó, no tengo mucha experiencia en eso de leer los labios, pero juro que entendí cuando le dijo: “No te preocupes, lo entiendo, otra vez será”. Los padres de la joven no la habían dejado venir a la cita, porque vivía lejos y no tenía quién le acompañara.

Tras cortar, sus ojos se llenaron de lágrimas, y los míos también. Fui testigo del momento justo en que mi hijo descubrió algo que yo aprendí hace muchos años: enamorarse duele.

Mi hijo se secó las lágrimas, me llamó y cuando sonó mi teléfono obviamente quedé en evidencia. Él volteó hacia donde estaba yo. Pensé que se enojaría, pero ni siquiera me preguntó qué hacía yo en la plaza; por el contrario, se acercó hasta mí, nos dimos un abrazo y nos fuimos los dos a casa con el corazón destrozado.

Justo cuando íbamos de regreso caí en cuenta que lo había seguido para protegerlo, para que no le ocurriera nada, pero hay una triste realidad: hay cosas de las que no lo podré salvar, y que pueden hacer más daño que un punga: la desilusión, por ejemplo.

Esa no solo fue la primera cita de mi hijo, también fue la vez que descubrí que no podré estar siempre para protegerlos.

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