Los cómicos también lloran, por Juan E. Fernández “Juanette” - Runrun
Los cómicos también lloran, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Esta semana recibí la noticia de que Luis, uno de mis amigos de la infancia, falleció el miércoles pasado.

He pasado unos días de m… porque Luis murió por esa terrible enfermedad que es el cáncer. Sumen a la ecuación que mi amigo transitó la enfermedad en Venezuela y justo con una pandemia en pleno desarrollo… Bueno, me prometí que rendiría este pequeño homenaje a Luis tal y como vivió: haciendo chistes todo el tiempo (o tratando).

A Luis Figueroa lo conocí en primer grado del Instituto Técnico Jesús Obrero, en la zona “F” del barrio 23 de Enero. Corría 1985. Compartimos paseos, vacaciones y hasta juegos de fútbol; pero él dentro de la cancha y yo fuera de ella. Paso a explicar: yo nunca he estado ganado a hacer deportes, y por ende al resto de los compañeros no les gustaba tenerme en su equipo; pero Luis siempre, para hacérmela más fácil, me decía “Tranquilo Juancito, tú eres el director técnico, solo tienes que gritar a los jugadores lo que tienen que hacer”. Yo gritaba como un loco y nadie me hacía caso, pero la verdad me sentía bien.

Y así era él, un tipo que tenía unas salidas geniales a través del humor. Con decirles que me contó Pedro Luis, otro de nuestros compañeros del colegio, que hace unos años, cuando Luis era cajero en un banco y comenzaba a faltar el dinero en efectivo en Venezuela, Luis vio a Pedro en una fila enorme para hacer un retiro de plata, entonces Luis se acercó y le dijo: “¡Pero dónde estaba metido, señor! Pase, que lo estábamos esperando”. Mientras entraban al banco, Luis les decía a los clientes “a todos los vamos a atender, pero el señor es VIP.

La verdad es que, si nos ponemos a enumerar todas las historias de este tipo, protagonizadas por Luis Figueroa, nos da para escribir un libro como la Biblia o El Quijote.

Luis enfermó hace casi 4 años. De hecho, la última vez que lo vi fue antes de irme de Venezuela. Lo fui a visitar al hospital y casi nos echan porque durante las dos horas que estuve ahí, nos reíamos a carcajadas. No me acuerdo de qué hablábamos, pero sí que le dije: “Ya chamo, no te agites, que te puede hacer mal”, a lo que él contestó: “Pero guebón, tengo un tumor cerebral no insuficiencia respiratoria, mientras no me pegues en la cabeza está todo bien”.

Seguimos hablando y riendo a más no poder, al punto de que una enfermera entró y dijo: “Señores bajen la voz, esto es un hospital; si siguen con el desorden los mando a sacar”. Entonces Luis le dijo: “Señora no me diga eso, porque con las ganas que tengo de irme de aquí, nos ponemos a cantar y a saltar en las camas…”. La enfermera no aguantó la risa, y sinceramente yo tampoco. Esa fue la última vez que nos vimos en persona.

Cuando me mudé a la Argentina, nos escribíamos, pero cada vez menos, pues, el día a día y otras cuestiones de la migración que ahora no vienen al caso, consumían el tiempo. Hace unas semanas supe por tu mamá, mi querido Luis, que tenían que operarte de vuelta, pero no quisiste esperar, preferiste irte. Sé que ahora estás tranquilo, haciendo reír a todos allá arriba.

Y sí, gente, les cuento que los cómicos a veces también lloramos… es más, siempre lloramos; el tema es que no lo hacemos en público porque podría afectar nuestra imagen… A menos que seas Buster Keaton.

Hasta la semana que viene.

 

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