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La Petrolia, casi un cuento de hadas

Runrun.es15 julio, 20116min219

La historia y sus historias


La aventura de La Petrolia parece un cuento de hadas. Fue una empresa petrolera casi familiar. El relato comienza con un médico que también era ingeniero y químico, y se llamaba Carlos González Bona, quien recorría a lomo de mula los pueblos del estado Táchira en misión profesional. En 1870, el médico observó en la quebrada La Alquitrana que cruzaba la hacienda de don Manuel Antonio Pulido, un aceite que manaba de la tierra: lo examina y comprueba que es petróleo. Así se lo advierte al hacendado, y le aconseja que lo explote. Por obra del azar y de la magia del destino, la primera compañía venezolana de petróleo nació en una hacienda de café.

El 3 de septiembre de 1878, Manuel Antonio Pulido obtuvo una concesión para explotar el  petróleo de La Alquitrana, en las cercanías de la población de Rubio, en el estado Táchira, otorgada por el Gran Estado de Los Andes, “para explorar y explotar un globo de terreno mineralógico de cien hectáreas, y el cual globo, según el derecho concedido, contiene hulla y del que han sacado alquitrán o brea”, como refirió el historiador Rafael Rosales en 1976.

No hubo necesidad de exploración: el petróleo estaba a la vista. La concesión fue otorgada por un periodo de cincuenta años. Para acometer el negocio, Pulido formó la “Compañía Nacional Minera Petrolia del Táchira”, el 12 de octubre, un gran nombre, sin duda, con otros cuatro socios: José Antonio Baldó, Ramón Maldonado, José Gregorio Villafañe, Pedro Rafael Rincones y el médico-descubridor González Bona. La compañía se constituyó con un capital de 100.000 bolívares. En 1884, el Presidente Guzmán Blanco ratificó la concesión.

Uno de los fundadores, Pedro Rafael Rincones, viajó a Pensilvania en 1879 para conocer los pormenores de la industria. Cuando regresó a Venezuela, trajo un equipo de perforación vía Lago de Maracaibo, y del pequeño puerto, desarmado el equipo, fue transportado a lomo de mula y en algunos trechos, por bueyes hasta  las instalaciones de la explotación. No corrieron con fortuna, la barrena se rompió al poco tiempo, y tuvieron que arreglárselas con picos y palas. De los pozos poco profundos sacaban el petróleo con cubos o baldes.

La influencia del petróleo en la vida cotidiana de la región andina debió ser considerable porque como anota Edwin Lieuwen en Petroleum in Venezuela,  en 1882 refinaban kerosén, gasolina, y gas-oil para las comunidades vecinas, a las cuales suplían a precios moderados. Constituyó una atracción inesperada, y de distintos lugares acudían visitantes a observar el suceso. “Desde  su hacienda La Mulera salió muy temprano un domingo el general Gómez, en compañía de su hermano don Juancho”, cuenta Rosales. (…) “Allí un peón extrae el viscoso mineral que pronto alcanzará expectativa nacional y mundial. En una totuma observa el futuro hombre fuerte aquel material viscoso y negro, que buen auxilio suyo fue en los 27 años de su garra dictatorial”.

“…Desasistida de todo apoyo estatal, esta empresa venezolana tuvo un desenvolvimiento lánguido y al margen del éxito. Inició su producción con algunas docenas de barriles de crudo”.  Así escribió Rómulo Betancourt, (1956), y añadió: “En 1912, veintiséis años después de iniciar sus actividades, la producción diaria apenas alanzaba a unos 60 barriles. (…) Estos son los idílicos comienzos en Venezuela de una industria que allí, como en todas partes, iba después a escribir su historia con sangre, atropellos y exacciones”. La Petrolia fue un sueño y en sueño se quedó.

SIMÓN ALBERTO CONSALVI

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