A la hora de construir una alternativa de cambio en Venezuela, el tema de la ética política no es un elemento secundario. No es verdad que el dinero no huela
Decía Lenin que el dinero era “material del viejo mundo para construir el nuevo mundo” y vaya que Lenin sabía lo que decía. Era una autoridad en la materia. Estando exiliado en Suiza fue enviado por los alemanes en un tren blindado hasta San Petersburgo en cuya estación desembarcó postulando las famosas Tesis de abril, cuyo resumen era: “fuera los ministros burgueses del gobierno provisional” y “todo el poder a los soviets”. Los alemanes también sabían lo que hacían. Con Lenin en Rusia y bien provisto de fondos, la caída del zarismo era cuestión de días. Dicho y hecho, ya en octubre los bolcheviques estaban asaltando el Palacio de Invierno e inaugurando la era de las revoluciones socialistas en el planeta.
Hecha la tarea de derribar a la monarquía de los Romanov, le tocaba la segunda: sacar a Rusia de la guerra y permitir a los alemanes concentrar su esfuerzo bélico más al oeste. Esta segunda tarea también fue cumplida a cabalidad. Lenin firma la paz de Brest-Livstok, argumentando, con ese dominio del lenguaje que le era característico, que lo hacía obligado porque ya “los cañones enemigos apuntaban al corazón de Petrogrado”. Quizás la frase le quedó bonita, pero nunca pudo zafarse de la sospecha del soborno alemán cuando, por primera vez en la historia, se firmaba una paz no con los ganadores de la guerra, sino con los perdedores. ¡Cosas veredes!
Varios años después, en la segunda guerra mundial, los británicos esta vez sobornaron al entorno del general Franco para “persuadirlos” de que España se mantuviera neutral en el conflicto y para que no apoyase (como hacía presumir la cercanía ideológica entre los dictadores) al régimen de Hitler y a la Italia de Mussolini. También tuvieron éxito. Contra todo pronóstico, Franco permaneció neutral y privó a las potencias del eje del control de la entrada del Mediterráneo y con ello dificultó el aprovisionamiento de sus tropas en el norte de África y facilitó, posteriormente, el desembarco de los aliados en el sur de Italia.
Como podrá observarse, el dinero, como las armas, no tiene ideología, depende de quién y cómo se use. Ya Vespasiano lo advertía a Tito, su hijo, cuando este le reconvenía por haber gravado el uso de las letrinas con un impuesto. Se dice que puso una moneda en las narices de su hijo y le pregunto si le olía a algo. Cuando este le respondió que no, le agrego: “pecunia non olet”, o sea, que el dinero no huele, aunque venga del orine.
Hoy en día se debate en muchísimos círculos sobre la pertinencia o no de profesar una ideología. Todavía densos sectores de la vida política, en muchos países, siguen pensando que ello es necesario. Y, aunque en ocasiones se confunda ideología con doctrina o con principios, sigue este siendo un tema al que se le acuerda una relativa importancia.
Pues bien, cada quien podrá escoger la posición que considera más conveniente, pero lo que hoy sí pareciera una evidencia es que hay una “ideología” que compite con una ventaja pasmosa con las que ya conocemos. Se trata de la ideología del dinero, que ha logrado ganar seguidores en la izquierda, en el centro y en la derecha.
En efecto, si hoy hiciéramos un mapa universal que reflejara los escándalos de corrupción, veríamos cómo el mundo entero está salpicado de este estiércol y que los gobiernos y los personajes involucrados pertenecen a las más variadas orientaciones políticas. Incluso, la construcción de estos entramados requiere de una ingeniera financiera planetaria en la que “colaboran” entre sí estas elites, procurándose ventajas comunes y protecciones de todos con todos.
Esta nueva ingeniería del dinero es el sueño cumplido de muchas organizaciones políticas que se fijaron como una de sus metas llegar a tener una organización supranacional que les represente en parlamentos regionales y mundiales y que, además, les permitiera tener picas en Flandes en muchos países donde existen partidos que le son afines.
En el caso de la izquierda de estirpe marxista, este anhelo ha estado siempre presente: Marx fundó la Primera Internacional; los socialistas y los socialdemócratas, fundaron la Segunda; los comunistas, la Tercera y los trotskistas la Cuarta. Ninguna de ellas logró el objetivo de cobijar bajo su dirección política a los pueblos del mundo. Las divisiones, las purgas, las pugnas internas y lo poco probable de su oferta quimérica, les impidieron lograr lo que se proponían.
Sin embargo, las cosas cambiaron con el tiempo y, aquí en América Latina, Odebrecht se convirtió en la verdadera Quinta Internacional. La que logró integrar bajo la bandera cuestionable, pero que muy pocos rechazaban, a partidos y liderazgos de izquierda y de derecha. Esa bandera fue la del cohecho, la de la comisión y la del soborno.
Hoy mismo hay presidentes y líderes políticos encausados y presos en América Latina, precisamente por haber cedido ante esa vorágine que la constructora brasileña desató en la región para hacerse de contratos y privilegios en casi todos los países.
En Venezuela están a la vista las consecuencias de la expansión de esta ideología del dinero opaco. Solo basta reproducir los episodios de la última purga interna del régimen instalado, para no tener que agregar ningún otro argumento.
Esta metástasis es la consecuencia de un cáncer que comenzó cuando Chávez aprobó su Plan Bolívar 2000. Y cuando, más adelante, abolió el financiamiento público de los partidos. Sabedor de que él controlaría el Estado de manera absoluta, puso a casi todo el liderazgo político a medrar de empresarios (casi todos afectos al régimen) o del propio gobierno, para financiar su actividad proselitista.
Por eso es tan importante que, a la hora de construir una alternativa de cambio en Venezuela, este tema de la ética política se ponga como uno de los más importantes que un nuevo liderazgo deba poseer.
No es un elemento secundario. No es verdad que el dinero no huela.
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