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#EspañaEnAméricaSinLeyendas | El Requerimiento, o lo que se propone y no se puede hacer, por Elías Pino Iturrieta
El Requerimiento era coherente con los usos bélicos de la sociedad europea, pero su mudanza a las nuevas tierras fue un disparate

 

@eliaspino

Como consecuencia de la junta de Burgos celebrada en 1512, sobre cuyos objetivos se hizo una descripción en el artículo anterior, surgió la idea de buscar las maneras de dominar a los habitantes de las Indias sin que el asunto llegara a los extremos de una invasión grosera, o de un dominio despojado de los principios propios de la civilización cristiana y de las costumbres españolas. De allí surgió la idea de llevar a cabo un procedimiento llamado Requerimiento, propuesto por el jurista Juan López de Palacios Rubios en 1513. El procedimiento fue aceptado después de su examen en Valladolid por miembros de la Iglesia y figuras cercanas a Fernando el católico.

El Requerimiento estaba en consonancia con los usos bélicos de las sociedades europeas de los tiempos modernos, pero su mudanza a las nuevas tierras solo se puede considerar como un disparate.

Es un buen ejemplo de cómo las intenciones guiadas por la benevolencia del trono hacia los dominados, o por la necesidad de maquillar propósitos violentos, estaban condenadas al fracaso. Veremos ahora lo fundamental del asunto.

El Requerimiento era un documento de explicación, la divulgación de los motivos de la presencia española en ultramar con el objeto de evitar la guerra. Antes de derramar sangre, los cristianos debían exhibir la bondad de sus intenciones ante quienes se convertirían en enemigos solo si no aceptaban los honorables argumentos que les presentaban. Antes de actuar como guerrero, el conquistador debía ejercer el papel de pedagogo. Después, si no quedaba otra salida, podía a regañadientes terminar su trabajo en el campo de batalla.

Así se hacía en España hasta entonces, caballerosamente, sin que nadie fuera víctima de sorpresas injustas o arteras, y se haría con matemática fidelidad en las Indias. A primera vista estamos ante la consideración de unos destinatarios que merecen el respeto de los anuncios previos, como en teoría pasaba con los vasallos de la España de entonces, pero ya veremos cómo se trata de fórmulas sin posibilidad de aplicación práctica.

¿Qué se debía anunciar a los indígenas antes de hacerles la guerra, según las instrucciones de Palacios Rubios? Después de un somero relato sobre la creación del mundo, y sobre la existencia de un solo género humano creado por la voluntad de un solo Dios verdadero, se debía argumentar sobre la legitimidad del poder temporal del papa y del derecho indiscutible que tenía de donar a los reyes católicos y a sus descendientes las tierras encontradas a partir de 1492. Debido a la procedencia y a la trascendencia de las fuentes del poder que los requería, los destinatarios del mensaje se convencerían de las bondades de la nueva dominación, como sucedía en España con los vasallos cuando estaban a punto de sacarse las tripas por la defensa de sus causas. La posibilidad de pleitos se esfumaba debido al poder del razonamiento, de acuerdo con las ideas del promotor del Requerimiento.

Pero los indígenas estaban ante un rompecabezas que no podían soldar debido a su obvia incapacidad de responder sobre asuntos que jamás habían desafiado sus entendimientos, formados en otra concepción del mundo. Ni siquiera con la ayuda del Espíritu Santo. Si se agrega que les desembuchaban el discurso en español, mucho peor.

Estamos frente a un intento de trato respetuoso que no podía funcionar, pese a que lo había concebido un erudito de Valladolid, o precisamente por eso.

En una ponderada investigación (El gobierno de las Indias, Madrid, 2004), Javier Barrientos Grandon recoge un episodio narrado por Martín Fernández de Enciso, quien aborda a unos caciques de la región de Darién en 1535 para “requerirlos”. Vale la pena volver al relato del célebre conquistador:

Yo requerí de parte del Rey de Castilla a dos caciques destos del Cenú, que fuesen del Rey de Castilla, y que les hacía saber cómo había un solo Dios.

Respondiéronme, que en lo que decía que no había sino un Dios y que éste gobernaba el cielo y la tierra y que era señor de todo, que les parecía bien, y que así debía ser. Pero que en lo que decía que el Papa era señor de todo el Universo, en lugar de Dios, y que él había hecho merced de aquella tierra al Rey de Castilla, dijeron que el Papa debía estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que el Rey que pedía y tomaba la merced debía ser algún loco, pues pedía lo que era de otros. Y que fuese allá a tomarla, que ellos le ponían la cabeza en un palo – como tenían otras, que me mostraron, de enemigos suyos, puestas encima de sendos palos, cabe el lugar – y dijeron que ellos eran señores de su tierra, y que no había menester otro señor.

Una situación como la referida por Fernández de Enciso es colofón adecuado sobre el tema del Requerimiento. Un miramiento de esta especie, pensado como manifestación de respeto hacia los indígenas, solo podía tener sentido en la idea que manejaba del mundo y de la política un letrado de principios del siglo XVI español, quien jamás había estado ante un problema inédito como el sometimiento de hombres remotos y extraños que no sabían de las coronas ni de las cruces que ahora los conminaban. Pero otras figuras de la cultura de la época, como Francisco de Vitoria, vieron el problema con singular realismo y extraordinaria determinación. Lo veremos en el próximo artículo.