Los maestros están en casa, por Orlando Viera-Blanco* - Runrun
Los maestros están en casa, por Orlando Viera-Blanco*
La tragedia de Venezuela en sus últimos cuatro lustros es la adopción de un modelo que amputó la creatividad, el talento y la educación, podando nuestro sentido ético y de pertenencia

 

@ovierablanco

La cultura, a decir de la venezolana Ana Teresa Torres, es “marca fundamental de lo humano”. Cuando lo ideológico invade lo cultural, nuestras bibliotecas, festivales, orquestas, ferias literarias, en fin, nuestras creencias y tradiciones elevadas por la fuerza editorial, la magia de un teatro, el carácter de un museo o la belleza de nuestra música (inspirada en nuestros paisajes, mitos y leyendas), son un muro de conciencia. Es la irreverencia cultural, la resistencia al desalojo identitario y a la propaganda, que busca borrar nuestra memoria, nuestra historia y modo de ser.

Héctor Torres nos cuenta la vasta dimensión de nuestra tragedia: “Al chavismo se le hizo cuesta arriba, por esa vía (la literatura, las artes), consumar su agenda de apropiación del relato nacional”. Y se quedan solos, borrachos de revolución, violencia y utopías, pero vacíos de cultura y respeto por el patrimonio tangible e intangible de la nación: nuestra nobleza, nuestro gentilicio.

En casa están los mejores…

Vivir y hacer Quebec (faire Quebec) en Canadá, es la frase en mayúsculas y exclamación que coloca el profesor de francés en la pizarra el primer día de clases de cultura francófona. Porque antes de “Québec Livre” debes hablar francés. ¿Cómo lograr la adaptación sin historia en idioma materno? El orgullo quebequense por la paz, la no violencia, la revolución tranquile o quite revolution, nace de una actitud frente a la vida que lo da la cultura.  

En los años 60 células de terrorismo urbano en Montreal intentaron sumergir el ideal nacionalista, de independencia y liberación de Quebec en sangre, dolor y muerte. El liderazgo de hombres como Trudeau (padre), el ministro Lesage o el líder René Lévesque abanderaron el ideal monolítico y nacionalista “Maîtres Chez Nous” (los maestros están en casa / masters in our own home), que rompía con el mensaje mutilador de la lucha violenta, ideológica y radical.

¿Una narrativa política? No. Un mensaje inmensamente humano. La cultura que precede a la política. Ser libres es ser capaz… esa frase quedó como etiqueta de la revolución tranquila. Hizo posible una empresa histórica: Hydroquebec. Un poder hidroeléctrico que dio autonomía a la provincia, exportando kilovatios a NY y Ontario. Una antorcha de libertad que ilumina la etiqueta en casa están los mejores. Incluyendo los inmigrantes, motor esencial de desarrollo.  

Con ese grito de “guerra” (que fue de paz), Jean Lesage es elegido primer ministro en 1960. Nace la Revolución tranquila y mueren las bombas molotov. El crecimiento, prosperidad y desarrollo económico de Quebec fue su inversión en cultura, tradición e historia. Hasta el día de hoy el ideal de paz y multiculturalidad digna a propios y forasteros. Y, por cierto, siempre hay luz y agua…  

Nuestra tragedia

Venezuela ha sido casa de expertos, maestros y grandes talentos. Si algo debemos reconocer a la “cultura petrolera” fue la visión de desarrollo y urbanidad de Betancourt en su obra Venezuela, política y petróleo (comenzó a escribirse en 1937 y culmina en 1956). Fue la retina crítica de Betancourt al colonialismo petrolero sembrado por Gómez, que nos condujo a un rentismo inevitable.

Betancourt alerta en su obra “que el texto no se había escrito en prosa fría y aséptica y menos tomando el acomodaticio camino de la neutralidad asexuada…”. En ese afán favorece los ideales de inversión extranjera “en la medida que colabore a la modernización, desarrollo e industrialización responsable del país”.

La doctrina Betancourt puntualiza el alcance de las relaciones norte-sur. “Acción Democrática ha adoptado siempre una actitud mediata y responsable en lo que a EE. UU. se refiere. Hemos reconocido la realidad obvia de las ligazones que nuestro país tiene, en el orden político y económico, con la única gran potencia del continente americano; por ende, de poderosa gravitación universal (…). Partidos llamados por ineludibles responsabilidades a ejercer una influencia rectora en los rumbos de un país no pueden ni deben ser, en la América Latina, ni pitiyanquis ni yancófobos”. Betancourt anteponía los intereses de Venezuela a intereses propios, partidistas o colonialistas… Con el mismo ardor (no asexuado) combatió la revolución cubana y los ideales expansionistas de Fidel Castro.

Un prístino manejo del sentir nacionalista, desmarcándose de visiones socialistas y agoreras. Sentenció: “Los gobernantes venezolanos de 1946 estábamos −y estamos– convencidos de que nuestro país no puede saltar la etapa de desarrollo capitalista de su economía. El estado que atravesamos reclamaba una transformación… no una configuración a modelos socialista o comunista (ibid)”.

La tragedia que ha vivido Venezuela en sus últimos cuatro lustros es la adopción de un modelo que amputó la creatividad humana, el talento y la educación, podando nuestro sentido ético y de pertenencia. La Revolución tranquila de Quebec cimentó su desarrollo en la prosperidad cultural. Betancourt vio en el petróleo lo que Lasage vio en el potencial hidroeléctrico de Quebec. Los “maestros estaban en casa”, pero había que educarlos, universalizarlos. Y llegó el plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho con Carlos Andrés Pérez. 

Nuestra tragedia es el ser venezolano divorciado del ser cultural. Betancourt concibió al Estado “como estimulador, financiador y orientador de las actividades económicas que tenderían a hacer más abundante y variada la producción doméstica… y como Estado-empresario, para desarrollar algunas actividades directamente vinculadas al interés público (ibid)”.

Y nace el Guri, el plan hidroeléctrico madre de LATAM concebido desde 1947 por Betancourt; PDVSA (1975) de la mano de CAP y Rafael Alfonzo Ravard (la segunda empresa del mundo en patrimonio) y las industrias básicas de Guayana con Leopoldo Sucre a la cabeza, por nombrar solo algunas.

Los maestros siempre estaban en casa. La cultura del odio los hizo marchar. ¡Pero volveremos, volveremos…!

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