Diálogo y bostezos, por Alejandro Armas - Runrun
Diálogo y bostezos, por Alejandro Armas

@AAAD25

Una vez más el prospecto de un posible diálogo entre el régimen chavista y la dirigencia opositora está en el aire. Hace un año, tan solo los rumores de un intento de negociación pudieron haber enfurecido a los ciudadanos identificados con la disidencia, que se sienten comprensiblemente frustrados por el resultado nulo de experiencias similares pasadas y que han encontrado en las redes sociales el último reducto para expresar estos y otros disgustos. Ni hablar de hace dos años, como se pudo constatar tras la revelación de las conversaciones auspiciadas por los descendientes pacifistas de los vikingos.

Hoy, en cambio, la reacción ha sido en buena medida de indiferencia. Twitter no ardió en las a menudo exageradas acusaciones de colaboracionismo y traición. Diría que el cambio se debe a la indiferencia generalizada del venezolano hacia la política en general, producto a su vez de la decepción con el liderazgo opositor por no poder este lograr el cambio de un régimen impopular pero hasta ahora inamovible.

“El juego está trancado”, reza una sentencia harto manida pero certera en cualquier conversación coloquial sobre el cada vez menos apasionante tema político nacional, que ipso facto recuerda a los interlocutores por qué el tema no apasiona en primer lugar. La elite gobernante sigue haciendo gala de su poder ilimitado. La oposición prêt-à-porter sigue excusando su papel en la simulación de democracia. Y la oposición que sí busca un cambio real sigue con su falta de estrategia concreta para cumplir su objetivo, con el resultante estancamiento.

Pues bien, aunque odie decirlo, creo que más estancamiento es lo que viene, a pesar de los supuestos intentos de rearmar la mesa de negociación (en serio, amigos, más allá de las mejoras para todos los venezolanos que supondría poner fin a este drama nuestro, imagínense lo poco estimulante que es para alguien que se dedica profesionalmente a estudiar la política el hecho de que su objeto de estudio es desdeñado por casi todos sus conciudadanos).

De mantenerse las circunstancias actuales para la consideración de un diálogo, ni siquiera cabe esperar la descarga iracunda que ha acompañado a otras aproximaciones entre oposición y régimen.

Lo digo porque no habría ninguna aproximación. Las condiciones y expectativas asomadas en público por ambas partes no lo permiten. Son exigencias que ninguna aceptaría sin perder su esencia. Con esto no pretendo equiparar al chavismo y sus adversarios en la asignación de responsabilidades por la crisis venezolana. Esta columna ha sido antes plataforma para la refutación de tal argumento. Solo estoy describiendo lo que creo que va a ocurrir, sin entrar en el terreno de juicios morales. Veamos en qué consisten las diferencias insoslayables, comenzando con la oposición.

Juan Guaidó la semana pasada enarboló un llamado “Acuerdo de Salvación Nacional” y se comprometió a designar delegados para negociarlo. El acuerdo contiene un conjunto de exigencias que, mutatis mutandis, se reflejan en las del Estatuto para la Transición emitido en 2019 e, incluso, los objetivos de la oposición apenas se instaló la Asamblea Nacional electa en 2015: comicios libres y justos en todos los niveles, hasta el presidencial; liberación de presos políticos, regreso de los exiliados, un esquema de justicia transicional y el ingreso de ayuda humanitaria, con la añadidura obvia de vacunas contra la covid-19.

Todas estas son demandas sensatas en el marco de una transición democrática negociada, y aunque todas tienen elementos políticos en su composición, me quiero detener en la más política de todas, que es la referente a comicios. Realizar elecciones presidenciales libres no sería, a fin de cuentas, otra cosa que pactar una transición. Porque con el descontento de las masas brutalmente empobrecidas, es fácil prever lo que supondría para el chavismo ir a elecciones limpias. Por lo tanto, llegar a ese desenlace requeriría una preparación en la que ambas partes de alguna forma comparten el poder. Y esas son precisamente las razones por las que el régimen ha rechazado el planteamiento en intentos de diálogo anteriores. Sería renunciar a su monopolio permanente sobre el poder, con todos los privilegios asociados. No veo indicios de que haya cambiado de parecer.

Más aun, y así pasamos al examen de las expectativas del otro lado, en vez de hacer concesiones a la oposición encabezada por Guaidó y sus aliados, el régimen disparó su propia batería de exigencias. Bajo una capa de su neolengua habitual para presentarse como la parte agraviada en una disputa, está condicionando cualquier acercamiento hacia la oposición a la renuncia de sus mecanismos de presión efectiva. Ello reduciría el liderazgo disidente a otro sector más de la oposición prêt-à-porter, quedándole solo margen de maniobra para participar en el juego político siguiendo las reglas que garantizan la hegemonía perpetua del chavismo, sin importar la voluntad ciudadana.

En conclusión, es muy poco probable que el juego político se “destranque”, para bien o para mal, con estas circunstancias. Del régimen no se puede esperar nada, porque apuesta por mantener el statu quo, con o sin diálogos. Así que la pelota sigue del lado opositor de la cancha. Y si a duras penas puede esperarse por la vía discutida en este artículo algún cambio por el cual la política venezolana vuelva a ser interesante, lo único que le queda al liderazgo opositor es redoblar esfuerzos hacia lo que no ha podido hacer en los últimos años: buscar formas de presión más efectivas que sí precipiten una transición real negociada con el régimen. Quizá entonces el diálogo resultante no provocará bostezos, ni furia, sino esperanza.

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