La farsa de los espacios, por Armando Martini Pietri - Runrun
La farsa de los espacios, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Ir a elecciones en dictadura para conservar e incluso conquistar espacios no es más que una bufonada y excusa conveniente. Los espacios en forma de cargos pueden ser fuentes de ingresos, transacciones, servicios políticos y en más o en menos popularidad y votos; pero la verdadera representación, legítima voluntad ciudadana, no está en los cargos sino en la estima, valoración, conciencia y respeto de los ciudadanos.

Se comprende -en democracia- que un partido político quiera “conservar” o “conquistar” espacios, pero a su vez debería vislumbrar lo que realmente importa: las emociones auténticas, el respeto y la credibilidad del ciudadano, sea o no elector.

Los estadistas y políticos formales, que hicieron pedagogía y fortalecieron lealtades, defendiendo la libertad y la democracia, tienen sus espacios en el reconocimiento genuino, prestigio y sentimiento de estimación de la gente.

Sin embargo, han pasado demasiados años y ahora hay que llenar de nuevo los vacíos éticos, racionales y emocionales que han dado pie a esta anomia de país.

Existe una nueva realidad. La que conocen los venezolanos que, en los últimos tiempos, han vivido la economía en caída ruinosa en medio de torpezas, corrupción y maldad. La leyenda petrolera se ha desmoronado y con ella se fracturó el entorno moral, social, económico y político.  

De un país pródigo a nación de emigrantes

Los de mayor edad recordarán con estupor, incapaces de transmitirlo a los más jóvenes, la imagen de aquella Venezuela pródiga y cordial que recibía a centenares de miles de otras latitudes, en busca de libertad, tranquilidad, oportunidades y democracia. Así, son muchas las familias venezolanas que nacieron de judíos europeos y de musulmanes, esa extraña y poco comprendida lejanía en la cual mezclábamos a libaneses, palestinos y sirios en el genérico cariñoso de “turcos”.

Los venezolanos de hoy, en vez de orgullo y generosidad cordial, tienen la vergüenza de ser en buena medida una diáspora mendicante, que huye de su nación devastada. Migrantes dispuestos casi a cualquier cosa por ganar lo necesario no solo para su propia supervivencia, sino para enviar las remesas que sostienen a quienes resisten aquí.

La política minúscula

La misma crisis se muestra en argumentos de políticos decadentes que justifican concurrir a unas elecciones a sabiendas de que serán manipuladas a gusto del régimen empobrecedor.

Son políticos de ambiciones largas y compromisos cortos. A quienes solo les importa la propia y pequeña conveniencia del usufructo del poder; militantes aprovechadores de frágil y negociable moral, incapaces de abarcar un gran reto nacional. Actores que no entienden que la política de verdad debe ser una ola emocional, con la conciencia clavada en la voluntad de servir a su patria. No comprenden que la grandeza está en servir, no en ser servidos. Proclaman democracia confundiéndola soterradamente con cargos para ellos.

Espacios que codiciosos, oportunistas y sinvergüenzas reclaman porque se proclamaron exchavistas, pero en realidad siguen siéndolo. Son y han sido partícipes y cómplices en delitos que ahora simulan condenar solo para parecer oposición, y algunos idiotas se creen el cuento. Utilizan sufragios como coartada para proponerse ellos y sus compinches como defensores de los derechos humanos, cuando han sido sus violadores.

Los cargos en tiranía son franquicias

Los espacios son solo oficinas en un régimen opresor y tiránico que exige obediencia resignada, miente con descaro y manipula sin escrúpulos. Cargos públicos, en principio para servir a la ciudadanía, no pasan entonces de ser franquicias, canteras de comisiones y tableros para negociar contratos, votos y lucro.

El espacio pretendido es para el amigo, el cálculo político, para el retorno encubierto de los delincuentes y ladrones de las finanzas públicas. De modo que no es la alcaldía, representación legislativa o municipal, el espacio que hay que plantear como reto y defender como compromiso; es mucho más, es la patria, es el destino defendido a conciencia con la verdad y con un claro desafío a la ruina socialista. Pero de esos, tristemente, tenemos pocos. El régimen tiene más negociando participación, connivencia, cohabitación y colaboración a cambio de mirar para otro lado cuando los obedientes sumisos se hacen cómplices, billetera de por medio.

El castrismo venezolano lleva ya 21 años engañando a los más pobres y necesitados, a los que juró defender y proteger. Sin embargo, impone el modelo cubano que trocó prosperidad y emprendimiento por férreo control en manos de los más incompetentes, corruptos y cínicos. Para este modelo no hay espacios democráticos posibles. Ni nadie honesto que quepa en ellos.

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