El pulpo a la gallega y la política, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
El pulpo a la gallega y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar 

Excúsenos esta anécdota personal. La usaremos porque ilustra muy bien lo que queremos manifestar en esta nota. Corría el año 1972. Después de un par de años en Francia, regresábamos en un buque de la Línea C, el Verdi (alguien una vez me comentó que allí había regresado también Rómulo Betancourt, ¡una pelusa!).

Viajábamos en tercera clase (no había cuarta). En el amplio camarote se apilaba una docena de literas. Encima de la nuestra y a su lado, dos gallegos “hacían la América”. Una vez acomodados, comienza un debate que duró casi los 21 días de travesía. Uno de los gallegos -creo que el de A Coruña- sostenía, con la fruición del caso, al de Pontevedra que el “pulpo a feira” (que los legos llamamos pulpo a la gallega) se servía con patatas que se habían cocido con el pulpo en la misma olla. El de Pontevedra replicó, en 21 días con sus noches, que se trataba de un despropósito, que las patatas se salcochaban aparte y luego se chafaban en el plato para servir.

Con la paciencia del chamo que escucha a dos empecinados adultos, callé los primeros días de la travesía. Hasta que un día, seguramente ya en el frío Atlántico, después de haber traspuesto el estrecho de Gibraltar, me llené de valor y pregunté a cada uno cómo lo cocinaba, cuáles eran las opiniones de los comensales después de degustar aquellas dos técnicas de cocinado tan alabadas y defendidas por ambos. Mi sorpresa fue mayúscula. Ninguno de los dos había hecho jamás un “pulpo a feira”. Al jurungarles un poco más la lengua, ambos confesaron que lo que afirmaban eran referencias. Que las abuelas, las madres y las tías eran las que sabían los secretos del pulpo. ¿Quién lo iba a decir? Y yo que pasé más de la mitad de la travesía creyendo que compartía camarote con dos chefs gallegos de renombre.

Hoy en día, las redes sociales están llenas de esta clase de especialistas. Los hay por ejemplo quienes ya tienen, antes que todos los laboratorios del mundo, la cura del coronavirus: las pócimas, las infusiones, las carreras bajo el sol que nos recomiendan… están a punto de matarnos por envenenamiento o por aturdimiento.

Lo mismo ocurre con los especialistas del corazón (no los cardiólogos, que también los hay aficionados) sino los que dan consejos sobre amores, desamores, roturas de corazón, similares y conexos. No faltan obviamente los nigromantes, los profetas, los adivinadores del futuro que han convertido a Instagram, a Facebook y a Twitter en inmensas bolas de cristal para adivinar el futuro y dejar constancia de ello por escrito aunque sea en 140 caracteres.

Pero los que se llevan las palmas son los politólogos aficionados. Estos son un poco una mezcla de brujo, médico, adivino, filósofo y pare de contar. No es algo extraño y menos en Venezuela, donde la política se ha convertido en el pan nuestro de cada día.

La pesadilla que vivimos los venezolanos nos ha convertido a todos en especialistas y, repetimos, es hasta normal que ello ocurra. A nadie se le ocurre entrar a un quirófano a decirles a los médicos cómo hay que operar, pero con la política hay licencia para hacerlo con la mayor libertad. No se trata de un hecho negativo, todo lo contrario. Que los ciudadanos corrientes opinen siempre será mejor que a que se queden callados.

Es cierto que hay mucho opinador de oficio, incluso algunos de mala fe que, como nuestros chefs gallegos del barco, jamás han hecho un “pulpo a feira”. La mayoría de ellos hacen suya la enseña “si muero en Madrid que me entierren en Sevilla y si muero en Sevilla que me entierren en Madrid”. Ya sabemos que es por jorobar. A esos habrá que decirles “dejad que los muertos entierren a sus muertos y pasar la página.

Pero hay otros que una vez patearon el asfalto. Que fueron a las comunidades a llevar “la buena nueva” del cambio en Venezuela, que arriesgaron vidas y haciendas y que hoy solo son capaces de participar en un “tuitazo” o en el posicionamiento de una etiqueta, como mejor “sacrificio” por la causa.

Es verdad que no hemos logrado el cambio. Es verdad que los partidos y sus dirigentes han cometido errores. Nada más lejos de la intención de esta nota que la de justificar los errores o de “ningunearlos”.

Pero en descargo de todos debemos decir que nos enfrentamos a un adversario que decidió resistir con prescindencia de la opinión pública, la democracia y las leyes.

Las fuerzas democráticas han resistido, han logrado un maravilloso respaldo internacional y mantienen la figura a pesar de los perseguidos, los muertos y los presos. Pero es evidente que sin la participación comprometida de la sociedad civil será mucho más difícil avanzar, y lograr el cambio que más del 80 % de los venezolanos queremos.

Muchas veces hemos escrito en este espacio que en la política no basta la voluntad, es necesaria la voluntad organizada que es la única que produce transformaciones.

Es alentador que aún haya muchos compatriotas que mantienen la figura y siguen en la vanguardia. Cada día vemos cómo distintos foros se realizan debatiendo temas importantes. Han aparecido igualmente documentos firmados por personalidades relevantes, promoviendo gestiones.

Falta, sin embargo, el paso de la organización. Falta presionar, no solo a quienes detentan el poder, sino también a quienes le enfrentan. Las fuerzas que apoyan al Guaidó no pueden luchar solas y deben escuchar a quienes no militan en los partidos, pero hay que hacerse escuchar.

Es la hora de regresar a aquel maravilloso movimiento de voluntarios que se formó al llamado de la AN para ayudar en las tareas del gobierno interino.

Hace falta un gran movimiento social que haga suyas las dos más importantes consignas hacia el cambio hoy en día: la lucha por un Gobierno de Emergencia Nacional y por lograr condiciones para unas elecciones libres.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es