Los tres ligaditos, por Sebastián de la Nuez - Runrun
Los tres ligaditos, por Sebastián de la Nuez

De izq. a der., Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias y Baltasar Garzón. Fotos de Wikimedia Commons / Composición: Runrun.es

@sdelanuez 

Es posible que tengamos que convivir con la covid-19 durante meses o años, dicen científicos virólogos y otros expertos. Ya hay experiencias previas. La gente tiene que envalentonarse y saber que el enemigo es invisible. El izquierdismo trasnochado se le parece, por cierto: es completamente invisible pero circula. Hay que lavarse las manos a fondo.

¿Cómo saber si el izquierdismo por el cual nos sentimos seducidos (porque apunta a la justicia social y todas esas cosas bonitas) es, en realidad, un izquierdismo ansioso de perpetuarse, ciego de rabia y soberbia?

¿Cómo saber, si es invisible como el coronavirus y no lo vemos echar espuma por la boca? Yo no he visto a Pablo Iglesias echar espuma por la boca, pero tampoco, nunca, vi a Chávez en eso.

En todo caso, hay que estar conscientes: ese tipo de izquierdismo es una patología, una covid-19, un síndrome enquistado en las neuronas de mucha gente, que lo lleva y quizás es asintomática… a menos que se le escape algo en un tuit. Hay venezolanos que añoran su juventud tirapiedras en la tierra de nadie de la UCV. Como diría Bob Dylan, ¡ah!, pero entonces éramos más viejos de lo que somos ahora.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio (eso lo ha dicho no Dylan sino Serrat, izquierdista visible y sin rabia).

La verdad es que toda esa ideología revolucionaria, estacionada durante tanto tiempo al borde de la Historia y repleta de resentimiento, sirvió de trampolín al chavismo. El chavismo, o su detritus (usualmente madurismo), es la fase superior y acabada de hornear de la izquierda fracasada.

Una carretera secundaria es el feminismo militante, negado a ver la violencia de manera holística, como fenómeno social y no sectorizado por género, compartimentado. El partido Unidas Podemos, en España, busca su target en la rabia de las mujeres, sea justificada o no. Y el gobierno de Sánchez anda en lo mismo: de allí la burrada que cometieron ambos el 8 de marzo, al promover la expansión del mortífero virus a sabiendas de que la pandemia ya era inminente.

La pubertad es una enfermedad que se cura con el tiempo pero en el entretanto produce fantasmas, empuja a desatinos y aventuras suicidas para salvar al mundo.  Durante mucho tiempo, Venezuela vivió en la pubertad. ¿Lo sigue haciendo?

Allí es donde entronca esta historia con Rodríguez Zapatero, Baltasar Garzón y Pablo Iglesias. Los tres son producto de una España indignada pero también corrupta; los tres son la propia defensa del chavismo en Europa.

La corrupción de estos tres personajes es por revanchismo: España les debe algo. El franquismo les debe algo (por supuesto, a toda España, no solo a ellos). Su vecindario, seguramente, les debe algo. El dueño de Zara o de Repsol les debe algo y ellos van a sacárselo, mediante chantaje o sirviéndole como intermediarios ante gobiernos latinoamericanos. Los tres han hecho política, carrera y dinero haciendo uso del carácter noble, pero también ofuscadamente adolescente, del pueblo español.

Erich Fromm, que sabe de cabellos en la cabeza de cada quien porque es su especialidad, dijo que el carácter es el destino del hombre. A los españoles, sobre todo a seguidores del PSOE y de Izquierda Unida, se les ha caído la baba siempre por la infame satrapía castrista. Lo primero que hizo Sánchez al encaramarse al poder fue viajar a Cuba, departir con Raúl, su pana Raúl.

Una noche estaba Baltasar Garzón en el principal auditorio de Casa de América, en un foro sobre Derechos Humanos en América Latina. Habló bien, habló con datos. No es ningún improvisado. Al final me le acerqué y le propuse una entrevista, le dije que saldría en un portal venezolano, que él podía decir cosas interesantes. Me miró por un instante y me dijo que hablara con Pepito Pérez en su Fundación. Traté de que me diera un teléfono pero ya estaba atendiendo, ágil, a otras personas que requerían su atención.

Conseguí los teléfonos, llamé a «Pepito Pérez» y, como temía, nunca estuvo para mí.

Baltasar tiene una Fundación, okey. En sí mismo él es toda una institución. Pero no tendría por qué temer a ningún periodista venezolano radicado en Madrid, ¿no? Lo hubiese entrevistado con delicadeza y le habría preguntado cosas directas y sencillas como «¿cuánto dinero tiene usted, juez, en su cuenta en Andorra?»

¿Qué es la izquierda, hoy en día? Una consigna, un talismán, un muñequito vudú que hace milagros todavía. El parapeto de una cúpula enquistada en el poder en uno de los países más hermosos y ricos del mundo, cúpula apoyada por gobiernos que una vez fueron comunistas pero hoy no se sabe lo que son, porque su ideología, si la tienen, es pastosa, informe, invisible para las entendederas del resto del mundo.

Al menos, antes el mundo sabía a qué atenerse.

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Ha habido gente en el Twitter burlándose de los venezolanos que creyeron (y siguen creyendo) ver en Trump un salvador, alguien que con poder bélico le dé una lección definitiva al narcogobierno. Pero he aquí que a Trump, fiel a su naturaleza atrabiliaria, se le salió alguna barrabasada sobre Guaidó y enseguida salieron los nostálgicos de la izquierda fracasada con un «qué, ¿van a seguir creyendo?, ahí lo tienen al Trump, ¿qué dicen ahora, ah?»

Resulta que es una ingenuidad y una bobería pretender que los venezolanos, ese pueblo que padece lo indecible, no cifren sus esperanzas en quien sea. Es una crueldad de los que no saben empatizar, ni tienen agallas para ponerse en los zapatos de los más desdichados, los que permanecen.

Los venezolanos creen en Trump porque no tienen otro remedio sino asirse de cualquier clavo ardiendo, no importa qué clase de clavo, para conservar alguna esperanza de cambio.

En fin. No se puede destruir al virus SARS-CoV-2, que ha penetrado en las paredes celulares, bebiendo galones de agua caliente. Con eso no haces nada. Solo irás al baño con más frecuencia. Lo que debes hacer es estar bien claro en que si el periódico El País es amigo de Sánchez y de Zapatero y les hace la pelota a ambos (como se dice vulgarmente en España), y Sánchez gobierna con Iglesias, e Iglesias y Baltasar tienen el mismo carácter revanchista y saqueador, ¿qué demonios más necesitas para saber el resultado de esa ecuación?

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