Eso que va, se aleja y siempre vuelve, por Samuel González Seijas - Runrun
Eso que va, se aleja y siempre vuelve, por Samuel González Seijas

@lectordepaso 

No es el ciclo descrito por la sabiduría hindú, no es el de la rueda de nacimientos, muertes y reencarnaciones. No es Samsara. Es, apenas, creo, un hilo que lanzó el azar para que una vida pudiera, luego de consumada, asistir a otra. Dos hilos, entonces, dos puntas que a través de alguien encontraron continuidad para que lo vivo continuase, frágil pero insistente.

Conozco a alguien a quien esta semana el azar le puso en las manos ayudar de manera efectiva a uno de sus prójimos. Fue un azar tan contundente que parecía dirigido por una mano invisible. Este alguien fue informado de que unos medicamentos para el tratamiento contra el cáncer estaban disponibles para ser usados. La persona a los que pertenecían cerró los ojos para siempre y los frascos, pequeños y novísimos, no se usarían. Aunque no por mucho tiempo.

Este alguien que conozco supo que quien había fallecido era la suegra de uno de sus mejores amigos. La señora Ospina vivía en Guatire con su esposo. Sus hijos, en el extranjero. La eventualidad de la enfermedad hizo que una de ellas estuviera aquí, para acompañar, para servir, para amar. Y de este modo, este alguien que conozco supo del suplicio de intentar mejorar en Caracas la salud de la señora. Supo de las dificultades tejidas en los viajes de Guatire al Hospital Pérez Carreño para las quimioterapias, supo del calor y de los recorridos sobre el asfalto insoportable del trayecto, supo de las emergencias combinadas y atroces de la salud y de la falta de combustible. Este alguien que conozco supo que al final, el cuerpo de la Sra. Ospina no resistió lo suficiente, y que un evento cerebro vascular terminó derrotándola.

Y allí quedaron las medicinas, en estricta hilera de uso, a mano de la necesidad, esperando su turno para hacer el trabajo. Pasaron unos días. Pasaron como cuando van sacándose del clóset las ropas que no se van a volver a usar.

A este alguien que conozco le llegó al celular la petición de urgencia de unos medicamentos entre los que estaban aquellos que ya aparentemente no serían para nadie. Esta vez era la Sra. Da Silva, caraqueña, de tres hijos, dos adultos y una adolescente, habitante de Macaracuay, quien requería tener aquellos para su tratamiento, también del mismo origen que el de la señora Ospina. Y no se conocían. La rueda extraña de vivir, permanecer o irse las estaba presentando por vez primera, les estaba juntado las manos a una distancia francamente insalvable.

Algo que aquí quiere ser llamado azar les hizo darse un apretón. Ocurrió como en esas viejas películas en las que el personaje se aleja en un barco que acaba de zarpar y que, de pronto, en un movimiento decidido se saca el anillo de una de sus manos para lanzarlo al muelle y quien lo ataje no la olvide. Así, con serena desesperación.

Entonces, este alguien que conozco entregó a Gabriela, la hija más pequeña de la Sra Da Silva, los medicamentos que esperaba. Luego, me dijo por teléfono, con voz de quien se ha aliviado de algo que lo persigue, que si estas situaciones, estas conexiones pudieran verse, formarían un entramado espeso, sólido, sobre la ciudad. Como un tendido eléctrico en el que miles de cables se cruzan y hasta se enmarañan. ¿Cuánta gente en Caracas no andará a esta hora convertida en mensajero de estos azares? 

Porque la cadena o la rueda de la vida también puede ser eso: gesto entre desconocidos que apuestan por permanecer, por insistir, por dejar a otro la memoria incluso sin nombre de lo que fue una historia, un recorrido, una batalla propia y en silencio.

 

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