La alegría y la política, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
La alegría y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar 

El año 1988 tuvo lugar el referéndum para que los chilenos se pronunciaran sobre el destino del régimen político instaurado por Pinochet. Aquella campaña electoral fue un laboratorio de nuevas ideas y concepciones de la comunicación política.

El debate sobre cómo debía enfocarse esa campaña enfrentó dos corrientes. Por un lado, la de los dirigentes tradicionales de las organizaciones que habían vivido la dictadura (socialistas, comunistas, democratacristianos). Todos con el pedigrí suficiente y la autoridad moral y política para hacer oír su voz; y, por el otro, una camada de chamos nacidos o educados en el exilio de sus padres en las mejores universidades norteamericanas y europeas.

Estos últimos terminaron imponiendo su posición sobre la manera de abordar el desafío electoral. Todo esto está recogido en una película que ningún dirigente político puede dejar de ver, titulada NO y a la cual remito para no tener que explicar los detalles de esa confrontación de ideas tan interesante.

Basta con señalar aquí que la consigna que presidió la campaña que llevó a la victoria al NO por más de 10 puntos, fue CHILE, LA ALEGRÍA YA VIENE, cuyo jingle y canción completa invito igualmente a escuchar. Su imagen fue un arcoíris con los colores de todos los partidos de que la apoyaban.

La tesis de presentar las atrocidades de la dictadura con su secuela de desmanes, crímenes y violaciones de los derechos humanos, que era la manera como se había concebido por años la estrategia política de la oposición, fue desechada. Se suponía que la alegría implicaba muchas cosas para el cambio en Chile, entre ellas la justicia y que no hubiera impunidad. Fueron magistrales en comunicar esa idea.

¿Por qué es útil tratar este tema hoy en Venezuela?

Pues porque siempre es necesario recordar que una de las funciones de la política es vender esperanzas. Convencer de que siempre se puede vivir mejor y, sobre todo, de que vale la pena luchar para eso. Por eso, matar la esperanza y provocar las condiciones para la desesperanza inducida, el síndrome de Estocolmo y la desmoralización son armas tan usadas por los regímenes que quieren bloquear los cambios.

Una de las celadas que suelen tender es la de magnificar su crueldad. Recordemos cómo nos trasmitieron en vivo y directo la muerte de Oscar Pérez, las imágenes de Requesens detenido.

Comunicar la idea de que son malos, que contra ellos no podemos hacer nada, y después lograr que nosotros mismos reproduzcamos su maldad es una de librito de todas las policías políticas del mundo, desde la Gestapo al G2.

Por eso, cuando se está en un ambiente tan feo, es bueno saber cómo hacemos para no embarrarnos de todo lo sucio que nos rodea. Habría que ver cómo desciframos el misterio de las garzas blancas que no manchan sus plumas con el barro del estero. O imitar la sabiduría del médico que no deja contaminarse del mal de su paciente, pues entonces no podría curarlo.

Hay un ejemplo maravilloso de cómo sortear lo feo y producir sensaciones que queremos comunicar positivamente. Ese ejemplo es Tosca, quizás la más conocida ópera de Puccini. Se trata de un verdadero thriller. Muestra la corrupción, la tortura, la traición política en la época de la invasión napoleónica a Italia.

Me imagino que Puccini sabía que esta tragedia sería imposible de vender como la historia desagradable que era. ¿Qué hizo? Pues le compuso dos de las más bellas y melodiosas arias que tenga ópera alguna: E lucevan le estelle y Recóndita armonía. Al escucharlas es evidente que lo escabroso pasa a un segundo plano.

O el de los renombrados científicos Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins, quienes descubrieron el ADN y por ello se hicieron acreedores del Premio Nobel. Preguntados por un periodista sobre el por qué habían representado su estructura con la forma y colores con las que la hicieron, respondieron “porque era más bonito así”.

Pues sí, llegado un momento, la alegría, la belleza, la esperanza, pueden llegar a ser ideas subversivas, pueden convertirse en un eje movilizador.

La mente humana está preparada para ello. De hecho existe un mecanismo que opera como una suerte de “tamiz hedónico” mediante el cual tendemos a olvidar los sucesos desagradables en favor de los agradables.

Es de preocuparse entonces cuando constatamos cómo el régimen venezolano logra tasas importantes de desesperanza inducida, de pesimismo militante, ayudado por legiones de escribidores y opinadores que les compran ese pescado podrido; por repetidores de su invencibilidad; por samuráis que se destripan a diario; por autoflagelantes de oficio; por propagadores de la tesis chimba según la cual “todos son iguales”; por los que meten en el mismo saco a víctimas y verdugos, a presos y carceleros.

Han logrado, entre todos, crear un engendro monstruoso de mil cabezas que hasta se alegra de que pongan preso o maten a un opositor porque, de acuerdo con sus estándares, la víctima, como los sospechosos de la Ley Robespierre, podría ser colaboracionista.

Esta actitud absurda evita el verdadero debate sobre los errores que el liderazgo opositor a Maduro ha cometido. Lo convierte en un debate de pasiones y no en uno de ideas.

Como dijimos arriba, no podemos curar a Venezuela si nos enfermamos del odio que combatimos, de la misma manera que los médicos y enfermeras no pueden curar a los enfermos de coronavirus si se contagian.

Valdría le pena incluir esto en el debate. Sería importante crear una fábrica de optimismo y alegría para usarlos como arma de cohesión. Una vez estuvimos por millones en la calle cantando aquella canción “quitarnos los miedos, sacarlos afuera, pintarnos la cara color esperanza, mirar al futuro con el corazón… 

¡SABER QUE SE PUEDE, QUERER QUE SE PUEDA!

 

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