¿Cuántos se han ido?, ¿cuántos volverán?, por Armando Martini Pietri - Runrun
¿Cuántos se han ido?, ¿cuántos volverán?, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Muchos más volverán -diría el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer- sus nidos a colgar. Tienen que reconocer, salvo la minoría corrompida, acomplejada, asustada hasta los tuétanos, que esto no es una revolución.

Lo que chavistas llevan años desarrollando, entre robos, errores y corrupción, solo llega a nivel de catástrofe, al igual que la revolución castrocubana. La que dirigen los nefastos Castro es un colosal fracaso socioeconómico anidado en una astuta estrategia de propaganda y represión. La tragedia cubana es culpa de Fidel, el más siniestro que haya parido y conocido América. Se le escapó la vida entre discursos de interminable verborragia, palabrería y paja -estratégica, pero charlatanería-, profundización del poder militar y control social cavados en tierras secas de miseria y hambruna cubana.

A Chávez se le fue la existencia tratando de duplicar el modelo que finalmente lo dejó morir. A Maduro y a sus socios cohabitantes, amantes del diálogo y la negociación, atiborrados de errores pasados y presentes, con la propuesta verdulera de convivir en términos vergonzosos, se les está yendo el tiempo en resolver lo que no entienden, sin discernimiento ni carisma.

No tienen la menor idea de cómo se ajustan las cargas mientras se cruza el río, obstaculizando y perjudicando la solución. Lo demuestran años de pesadilla calamitosa e inviabilidad de ensayos constitucionales y diplomáticos negociados, a fin de restituir la libertad y democracia, sustituyendo a los patibularios que mantienen sojuzgada y cautiva a Venezuela.

La experiencia indica que las dictaduras comunes ceden ante apremios, presiones internas y externas. Pero los regímenes totalitarios, comprometidos en delitos de lesa humanidad, están dispuestos a arrasar antes que ceder el poder. El nazismo es un ejemplo.

Expropiaciones, salidas impuestas perjudican a la gran mayoría popular, la que, se supone, el castromadurismo necesita y protege. ¿O es que acaso el régimen está tan ciego y sordo que confía en que su parafernalia entretiene o distrae?

Contrarrevolución es lo que se opone a una revolución. Puede ser ideológica, activa en calles y actitudes, definida a grupos ciudadanos, sectores económicos o como vaya siendo necesario en cada país. ¿Cuál es la revolución y cuál la contrarrevolución? depende del cristal con que se mire, según quien defina una y otra.

Se abrió ante el oficialismo la alcabala de caída libre y, para la mayoría, una aparente rendija hacia la libertad. Quizá reflexionaron que disparar para frenar una multitud no era confiable, no solo porque al ordenarlo corrían el riesgo de una matanza de complicado manejo internacional ante quienes reclaman legitimidad, democracia, respeto por leyes y derechos humanos. También temieron que militares y uniformados, enmascarados o no, se animaran a apretar gatillos.

¿Se pueden detener a enfurecidos ciudadanos?, ¿a cuántos habría que dar de baja? ¿Qué estallaría primero, el miedo ciudadano hirviendo de emociones, o el temor de los castrenses de ser más represores de lo que han sido? Un despeñadero de furias y contrafurias, de esperanzas refrenadas y rechazadas.

El cangrejo bolivariano avanza de lado y hacia atrás. Para controlar que nadie pase muestran fusiles impresionantes, pero ineficientes contra el arrebato popular. Son uniformados enseñando dientes pero con hambre e incertidumbre del mañana.

Gobernar es hacer, no solo dejar caer. Chávez se murió creyendo que hacía una revolución sin entender que cada día más era un títere de ventrílocuos cubanos. Maduro envejece rodeado de guardaespaldas, payasos de ocasión, bufones utilitarios, hampones oportunistas; acosado por sus errores y el empeño inútil en ser lo que ni es ni podrá jamás llegar a ser: un líder apreciado, respetado y seguido.

 

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