La revolución se seca y el descrédito ahoga, por Armando Martini Pietri - Runrun
La revolución se seca y el descrédito ahoga, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Venezuela está molesta, obstinada, la economía desastrosa, la incompetencia de quienes presumen de dirigentes es intolerable. El país coincide, deben partir el coronavirus, el castro-comunismo-socialista, la usurpación, sus amigos cómplices y la contraparte apaciguadora colaboracionista. Apéndice pestilente, atenazador del interinato impidiendo liberarnos del insulto bufón controlado desde La Habana. Hay que deslastrarse de la partidocracia descompuesta que no deja avanzar.

Deben percatarse de que mientras se empeñan en atrincherarse, más los rechazan y desaprueban.

La ciudadanía, sin comprometer principios democráticos de criterio, libre pensamiento y opinión, debe considerar la necesidad perentoria de ruptura con los siniestros lacayos del castrismo-madurismo que ponen en riesgo el futuro y en peligro generaciones venezolanas.  

El régimen autoritario depende de la propaganda, censura y auxilio de oportunistas para mantener un barniz de legitimidad. Aunque, de momento, pareciera más ventajosa la apuesta de ocultar. La verdad y rendición de cuentas como principio están desechadas, son parte imprescindible del olvido voluntario y conveniente.

Es tradicional que una instalación de bombeo o tubería reviente y se complique hasta la imposibilidad de distribuir agua a densos sectores urbanos. Con la revolución castrochavista -lo de “bolivariana” es solo un decir político y propagandístico- un problema habitual se ha convertido endémico.

Al no llover, fuentes y embalses disminuyen, porque la pava de esta vergüenza es de extensión y permanencia máxima; además la infraestructura que las hidrosocialistas deben mantener se les hace barro entre las manos. El mantenimiento es gran ausente año tras año -y llevamos veintiuno-.

Lo que el oficialismo manosea lo estropea. Suerte de Midas tropical al modo cubano, uno de los mayores fracasos de la historia latinoamericana.

Debe ser sabotaje, naturalmente, empezando por la torpeza, negligencia, desidia y corrupción, fuentes inagotables del estropicio a la nación en el cual ha devenido la revolución de metáforas, fábulas, promesas incumplidas y engañosas. Por ejemplo, las gratificaciones de limosnas que el usurpador anuncia con cara dura, sonrisas irónicas de pantalla llegan tarde, son disminuidas por el otro saboteador, la hiperinflación; y cuando cobran, apenas adquieren una pendejada devaluada.

Es la tragedia de la revolución fracasada, una nación desvencijada, un pueblo decepcionado y en fuga, y un rival que habla, promete, pero poco o nada cumple. No crean en diálogos, acuerdos ni transiciones, la verdadera adversaria no anuncia ni cae en esas leyendas de bagatela y fantasía.

No es solo el castro-madurismo el falsario, también una parte contraria vanidosa y presumida.

El grave inconveniente tendremos que resolverlo los venezolanos, sin míticas invasiones, pero con ayuda internacional humanitaria, evitando que el castro-madurismo desagüe por completo las arcas públicas. Lo que no se han robado, lo han despilfarrado; como el agua cuando se derrama en las calles antes de llegar a los hogares. Asumiremos solventar la controversia a pecho, manos y boca seca, con decisión y coraje, superando la añagaza de donativos cicateros y el chantaje draconiano del Carnet de la Patria.

En la Venezuela castro-madurista no basta con ser venezolano para comer y disfrutar una mínima felicidad. Hay que ser militante o militar, creerle los embustes al oficialismo, aplaudirlos como focas, seguirlos como borregos, aunque solo sean esperanzas vanas.

Pero no se van, la verdad sea dicha, porque no saben qué hacer y ni a dónde ir los gozones holgazanes del pináculo revolucionario y, tampoco, los de la simulación contraria que los acompañan en la conchupancia reprensible del vagabundear sin ética ni moral.

Venezuela, se divide en tres toletes. Los que se fueron, un 15 % de la población, ahora envidiados; están los escuchadores de ilusiones, anuncios populistas y mentiras tanto del régimen como de sectores antagonistas blandengues, ambos con un 20 %; todos los demás, más del 65 % cada día más arrinconados y desesperanzados.

Se irán, pero qué triste papel histórico han cumplido, tanto los que sean puestos a la orden de la justicia, asociados, socios, partícipes encubridores y quienes tengan la ocasión indecente de regocijarse silenciosos en sus haberes robados a la nación.

¡Venezuela no puede sustituir unos delincuentes por otros!

 

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