¿Venderán herraduras en ese bodegón?, por Alejandro Armas - Runrun
¿Venderán herraduras en ese bodegón?, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Digan lo que quieran sobre marzo, excepto que fue un buen mes para César. Ah, funestos idus. Parece que el tercer mes del calendario que llevaba su nombre, luego rebautizado en honor a un pontífice, no es solo nefasto para dictadores romanos. Si seguimos así, se convertirá en una tradición igualmente funesta para los habitantes de otra malhadada república, dos milenios más tarde. En marzo del año pasado, Venezuela quedó en tinieblas por más de una semana. Este marzo, el coronavirus llegó al país. Claro, esa es una calamidad mundial, pero se añade a otra desgracia únicamente nuestra. Si en 2019 el país se quedó sin electricidad (¿o sin agua? ¿qué era lo que producía el Guri?), en 2020 se quedó sin gasolina.

Alto ahí, compatriota zuliano o guayanés que me lee. No me diga “¿Se quedó en 2020? ¡Será en Caracas! ¡En el resto del país estamos así desde hace años!”. Estoy perfectamente al tanto de que la escasez crónica de gasolina fuera de la capital es problema de larga data. Pero yo no estoy afirmando que el combustible escasea. Afirmé que no hay, que es diferente. Ok, es una hipérbole. Sí hay algo, pero la carestía se ha agravado muchísimo. No solo al régimen chavista por primera vez desde el paro petrolero de 2002 le es imposible eximir a Caracas del problema, sino que además, donde la escasez tiene bastante tiempo diciendo “presente”, ahora es mucho peor. Así me lo han informado contactos en Ciudad Guayana, Margarita, Cumaná, Puerto La Cruz, Maracay, Valencia, Barquisimeto, Punto Fijo Barinas, Valera, Mérida, San Cristóbal y Maracaibo.

Siempre he creído que la elite chavista es una especie de milagrero invertido. Alguien que hace prodigios que desafían toda lógica, pero con resultados catastróficos, en vez de maravillosos. Es así como el país con las reservas de petróleo más grandes del mundo (esas mismas de las que el chavismo tanto se ufana, como si el Chávez metafísico y eterno, que no muere, hubiera tenido la brillante idea de ponerlas bajo las riveras del Orinoco en el Paleolítico) hoy no tiene gasolina. Si uno taladrara el pie del Monte Fuji, no se conseguiría con nada ni remotamente parecido a esas gloriosas y, sobre todo, muy revolucionarias reservas de crudo venezolanas. Japón no genera ni una gota de petróleo. Y sin embargo, surtir el carro de gasolina en Nagoya es cuestión de un par de minutos. Nada de días de cola, sin siquiera garantía de poder llenar el tanque, situación “milagrosa” en la que los venezolanos se encuentran hoy por obra y gracia de la autoproclamada revolución bolivariana.

Si hay una imagen que me gustaría que se paseara por la corteza cerebral de todo venezolano cada vez que hace una de esas colas interminables, es la de Chávez encaramado en un tanque en el complejo industrial conocido popularmente como criogénico de Jose (llamativa la falta de acentuación), ondeando una bandera tricolor y gritando sus consignas patrioteras, emocionantes para la fanaticada pero desprovistas de significado. Ya lo dijo Laclau: la esencia del populismo es crear significantes vacíos. El libro de eslóganes del chavismo está lleno de ellos. “El petróleo es del pueblo”, “Pdvsa ahora es de todos”, etc. Esa era la, digamos, filosofía petrolera de Chávez. Pero no solo de él. También de personajes como Alí Rodríguez Araque, Rafael Ramírez, Bernard Mommer y otros. A diferencia de Chávez, varios de esos otros siguen por ahí, felices de la vida. Así que conviene tener esos nombres en cuenta para cuando llegue el momento de… Rendir cuentas.

La referida filosofía petrolera consistió en hacer de Pdvsa caja chica y núcleo operativo de las políticas sociales del gobierno. Si bien en la era democrática se usó el ingreso petrolero para financiar un Estado elefanteásico, aquel uso del hidrocarburo palidece al lado de lo que ha hecho el chavismo. Los gastos de la era “roja rojita” han sido exorbitantes y muchísimo más amplios, interviniendo en prácticamente todos los aspectos de la sociedad venezolana, aunque el resultado por lo general sea de calidad mucho peor. Así lo quiso Chávez, para consolidar rápidamente su liderazgo con promesas demagógicas e irresponsables. Pero además, Pdvsa no solo debía poner el dinero, sino la logística. Es así como a la empresa pública, al igual que los batracios expuestos a la radiación, le brotaron unas cuantas extremidades antinatura. En vez de preocuparse por su propia rentabilidad y operatividad, cosa ya bastante compleja por sí sola, tuvo que incurrir en actividades sanitarias, alimenticias y culturales. Además de extraer, procesar y vender petróleo, Pdvsa tenía que dar de comer a las masas, curar sus padecimientos de salud y entretenerlas (funciones todas que el Estado puede asumir, pero nunca con pretensión de dependencia permanente). Eso es lo que significa “Pdvsa ahora es de todos”. Tan de todos terminó siendo, que ahora a duras penas puede mantener esas actividades y ni siquiera puede producir gasolina como para mantener al país abastecido, su función original. Significantes vacíos.

A esta ampliación de los compromisos de Pdvsa, que desvió recursos financieros y humanos de la empresa que pudieron ir hacia el mantenimiento para sus funciones naturales, se agrega el odio a la meritocracia que por décadas fue uno de sus puntos fuertes. Chávez despreciaba las jerarquías corporativas determinadas por los logros individuales. Lo hacía en público y con desparpajo. Para él, y para sus herederos, lo importante era la lealtad. Contar con gente sin autonomía, que no se opusiera nunca a sus designios, por descabellados que fueran. Es así como la empresa se llenó de gerentes sin la preparación necesaria.

Por último, tenemos la opacidad plena en el manejo de recursos obtenidos de la mayor bonanza petrolera de la historia. Miles de millones de dólares esfumados. Sabemos que no fueron usados para financiar políticas públicas de calidad para el largo plazo. Pero tampoco se dedicaron al mantenimiento de la propia Pdvsa. Así que…

He aquí las causas de que la industria petrolera esté hecha trizas hoy, operando a unos niveles mínimos de su capacidad instalada. Desde luego, los administradores no dicen ni pío al respecto. Según ellos, todo es culpa del “bloqueo imperialista”, que no les permite conseguir los recursos para trabajar de forma decente. Pero resulta que el desmadre es muy anterior a las primeras sanciones que Washington impuso a Pdvsa en 2018. Bien lo sabe cualquier marabino o merideño, que por mucho más de un bienio, ha tenido que hacer colas de horas incontables para llegar a una estación de servicio. Si alguien quiere verificarlo con cifras, basta con tener una computadora con internet (bueno, eso no es precisamente sencillo en Venezuela, gracias a otro “milagro” revolucionario) y revisar los reportes mensuales de la Organización de Países Exportadores de Petróleo. De acuerdo con las cifras enviadas a Viena por Pdvsa, la empresa en febrero de 2014 produjo 2.878.000 barriles diarios (b/d). Dos años después, esa cifra fue de 2.529.000 b/d. Cuatro años después, 1.586.000 b/d. En febrero de 2020, apenas 865.000 b/d. Es decir, 70 % del bombeo desapareció en seis años. Venezuela nunca había producido tan poco petróleo desde la década de 1940. Chávez decía que para 2018 teníamos que estar produciendo al menos 6.000.000 b/d, una meta ridícula que no había que llegar a ver en retrospectiva para reír, tal como ocurrió con Fidel Castro y sus diez millones de toneladas de caña de azúcar.

El socialismo revolucionario siempre termina trayendo escasez. Cuba, principal modelo del chavismo por mucho tiempo, no es la excepción, ya que hablamos de ella. En el caso de la gasolina, históricamente dependió de otros. La Unión Soviética fue su proveedora hasta que colapsó. En el llamado “Período Especial” de los 90, la carestía de carburante fue tal, que los desafortunados antillanos tuvieron que olvidarse de los caballos de fuerza de un motor de combustión interna para recurrir a los caballos de fuerza literales que tiran de carretas. Pero al menos el castrismo en ese particular podía excusarse aduciendo que Cuba no es un país petrolero y que su vendedor desapareció. Sus discípulos venezolanos, en cambio… Digamos que superaron al maestro.

Esta semana trascendió a la prensa que, tras varios intentos, personal de Pdvsa pudo reactivar parcialmente la refinadora de El Palito, con miras a aliviar la escasez de gasolina. Para lograrlo, fueron usados repuestos extraídos del complejo refinador de Amuay, en peores condiciones aun, según la agencia Bloomberg. Un parque industrial que se canibaliza. Sin embargo, aquel reporte subrayó que no han sido corregidos desperfectos en el acceso a electricidad y agua (¡otro “prodigio” revolucionario!) necesario para producir combustible. Mientras tanto, el portal Hispanopost habla de discusiones en la elite chavista sobre la autorización a privados para importar y distribuir gasolina. Veremos si alguna de estas iniciativas prospera. De lo contrario, tal vez a los tan mentados bodegones les surgirá una oportunidad de negocio vendiendo herraduras.

 

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