En los arrabales, por Antonio José Monagas - Runrun

Entender las conflictos actuales, no es tan sencillo como pudiera pensarse. Mucho menos, los problemas que describe la historia. O los desafíos que pauta el futuro. Cualquiera de estos escenarios no siempre lucen como oportunidades, que en caso de analizarse bajo la lente de la teoría científica, pudieran servir de razones para dejar atrás el espejismo de una vida de riqueza fácil y progreso cómodo. Es el inconveniente de muchos venezolanos. Todos, tentados por imaginarios construidos desde el populismo roñoso. Venezolanos que no comprenden que los caminos que ilustra todo discurso elaborado con intención proselitista, no coincide con los parajes que recorre el hombre honrado, honesto, estudioso y trabajador.

La ley es ilusoria a ese respecto. Pintan realidades casi imposibles de alcanzar. Aunque no tanto ni siempre, desde el deseo del legislador. Pero su interpretación jurídica, social o política, colide con cada situación en la que su argumentación busca exaltar las condiciones prescritas por la normativa en cuestión. El pacto social que bien describieron científicos de la estatura intelectual de Rossueau, Hobbes, Locke y Montesquieu, fundamenta los derechos políticos que respaldan la vida del hombre en libertad. En consecuencia, destaca la necesidad irremplazable de alcanzar la distribución social como vía para evitar el abuso del poder y así resguardar la libertad de los ciudadanos.

Pero la palabra se distanció profundamente de la realidad. Y que fue razón para que los anarquistas hiciera suya la tesis que derivó como contraposición a tan quimérica postura que confabuló contra las libertades a las que el hombre se pliega por condición natural.

 

Cualquier alusión a la confianza como prestación moral al hecho de rendirse ante la palabra disfrazada de excesos políticos, siempre ha sido motivo de conflictos que la historia bien refiere. Al fin, la historia es fiel cronista de cuantos eventos contradijeron expresiones que pintaban los sueños más vehementes de todo ser humano, anhelante de mejores condiciones en todo lo posible.

Es ahí cuando la política se torna ambigua en cuanto a la diferencia que se establece entre su decir y su mandar. Por eso no hay un concepto de política que salve ventajosamente esa brecha. Y de haberlo, como en efecto pueden haberlos, comprometen la moral, la conciencia, la ética, la ciudadanía, la verdad, la justicia y la igualdad. He ahí el detalle. De manera que el hecho de revisar la situación con algún nivel de seria indagación, no hace difícil dar cuenta de cómo el ejercicio de la política califica bajo una palabra: ironía.

Buena parte del accionar de la política, es cual galimatías o desórdenes que buscan desfigurar realidades. Mientras estén sucediéndose confusiones bajo el ardid que trama la promesa trazada a instancia del discurso o de los lineamientos transcritos como normas, la praxis política justifica los inconvenientes que trabaron sus manifiestos compromisos.

Quizás el Talmud, libro religioso y político del judaísmo rabínico, escrito entre el siglo III y el V, cuando refiere que “el poder de un gobierno es la ley”, exageró. La petición de quienes demandaban un sistema legislativo que garantizara el orden del sistema, fue traducida tal como fue pretendida por la ambición política y que se mantiene en el tiempo. Ni antes, ni ahora, se gobierna apegado a la ley. Tal declaratoria, se redujo a una aspiración a partir de la cual el ejercicio de la política juega el triunfo que cada circunstancia persigue. Y tal reto, brinda las prebendas que la ocasión y la cultura política del gobernado permite y que se convierten en recursos a manipular desde el poder político.

Todo gobierno se sujeta a la coerción cuya capacidad de imposición le proporciona los recursos de fuerza necesarios para mantenerse en el poder. De ahí se insuflan las doctrinas militaristas y populistas para enraizar y enquistar al poder que se corresponde con dichos hechos.

 

De ahí se arraigan los problemas que derivaron la crisis de horrendas consecuencias que ahora padece Venezuela. Crisis ésta que sigue avizorando reveses y avatares relacionados con consecuencias de mayúsculo calibre. Por mencionar algunas, cabe distinguir: el aumento desproporcionado del emigración de venezolanos hacia el mundo libre, la reaparición de enfermedades tropicales extintas hace décadas, con que el país es ahora lugar de conexión del tráfico de drogas hacia Norteamérica y Europa, el abandono de recién nacidos por falta de recursos y de atención en materia de salud y de alimentos, la carencia de servicios públicos y de todo lo que fundamenta la movilización del venezolano, el incremento desmesurado de la morbilidad y mortalidad por causas injustificadas.

En fin, Venezuela se fracturó en tantas partes que hasta su contabilidad se tornó un problema de enfoque político. Y esto, ha incitado conflictos que tienden a atravesar cuanto ámbito de realidades sea posible. Precisamente, es el trazo de un proceso cuyo graficado revela la declinación que establece en su recorrido. Es la razón de la persistente anomia que cunde a Venezuela. O sea, la falta de normas propias de la estructura social generando así incapacidad en el individuo para sumarse al desarrollo de la sociedad.

Tan serio problema, consumió la escasa ciudadanía que restaba de generaciones que dignificaron el crecimiento del país con su aporte en todos los sentidos y manifestaciones de vida. Es triste reconocerlo, pero no hay duda que por la obcecación de la política en curso, con su mancha socialista, Venezuela quedó enganchada en el estadio más insípido y mísero del subdesarrollo. Es decir, en los arrabales.