La imposible imitación de Bolivia, por Alejandro Armas - Runrun

Son varias las fechas que compiten por estar escritas en la partida de defunción de la URSS. Una de ellas es el 21 de diciembre de 1991, el día en que nací. Llegué al mundo cuando no solamente el socialismo soviético estaba expirando, sino que la “tercera ola” de democratización de Huntington estaba alcanzando su máxima altura y Fukuyama auguraba el triunfo definitivo de la democracia republicana. Latinoamérica no era la excepción. Para 1991, Cuba y Haití eran los últimos regímenes autoritarios en pie en al sur de Texas. Así que, como latinoamericano, por mucho tiempo me preguntaba cómo se sentiría atestiguar el fin de una dictadura en el vecindario.

Algo así como ver a los militares argentinos entregando el poder a Alfonsín o el derrocamiento de Stroessner en Paraguay. Finalmente pude experimentar esa sensación al comienzo de esta semana, cuando el régimen de Evo Morales se derrumbó cual castillo de naipes. Aunque fuera Bolivia y no Venezuela, quedé conmovido. No solo por mi rechazo a los despotismos de toda índole, sino por ser Morales un aliado firme del chavismo, que ha recibido regalitos pagados con dinero de todos los venezolanos.

Y hablando de venezolanos y Bolivia, como suele suceder cuando un dictador cae en cualquier lugar del mundo (sea Ucrania o Sudán), no tardaron en aparecer las interpretaciones de los hechos en el Altiplano señalando similitudes y contrastes con la causa opositora nuestra. Y, de nuevo, como suele suceder, algunas de las más repetidas entre dichas interpretaciones quedaron prêt-à-porter para las narrativas particulares de los sectores opositores. Me voy a referir a dos, argumentando que ambas están erradas por omitir diferencias clave entre los casos venezolano y boliviano.

La primera es fomentada por el bloque opositor que insiste en que los diálogos incondicionales y la participación en cualquier elección constituyen las únicas formas efectivas de lograr el cambio político en Venezuela. De acuerdo con este grupo, los bolivianos demostraron que las elecciones sí pueden ser el catalizador de la implosión de regímenes autoritarios, aunque las condiciones sean abrumadoramente desfavorables para la disidencia. Después de todo, los adversarios de Morales acudieron a las urnas con las mismas instituciones sometidas al Ejecutivo, produjeron aun así un resultado desfavorable para el Presidente y, cuando este lo desconoció, tomaron las calles en protesta hasta forzar una renuncia.

En otras palabras, demostraron que “si votamos, ganamos”, como rezó la consigna comicial de Henri Falcón el año pasado. Así que, de no haber sido por los “abstencionistas radicales”, Venezuela en 2018 hubiera vivido lo mismo que Bolivia hoy.

 

Tal explicación omite que, a diferencia de Falcón y compañía, la oposición boliviana sí tenía un plan para trascender el mero acto de votar en condiciones adversas. Una estrategia para sobreponerse a los posibles intentos de fraude que en efecto ocurrieron. La ciudadanía confió en la dirigencia, fue a votar en cantidades importantes, y cuando Morales trató de revertir el desenlace, se alzó para exigir el fin de los atropellos que niegan la democracia. Falcón, no me canso de repetirlo, no tenía tal estrategia. Cuando comenzó 2018, la oposición aun tenía mal sabor de boca por el fiasco de las regionales del año anterior.

Los partidos de la MUD tomaron parte y llamaron a votar alegando ser capaces de superar las trampas, tal como en las parlamentarias de 2015. En realidad no la tenían, y pasó lo que pasó. En ese contexto, Falcón lanzó su quijotesca candidatura. Pese a la experiencia de las regionales, no hizo más que seguir los pasos de la MUD. Se dieron las elecciones, Falcón denunció el resultado señalando los vicios que desde un principio se le advirtió que habría y…. Listo. Caso cerrado. No hizo más nada. No llamó a la ciudadanía a exigir que el proceso fuera declarado inválido, como sí pasó en Bolivia. Los niveles altos de abstención, excusa predilecta de este sector opositor para atribuir a otros el fracaso, en realidad no lo eximen de responsabilidad. Falcón tuvo que haber aprendido de la experiencia anterior para diseñar una campaña que sí generara confianza sobre la conveniencia del voto y capacidad para defenderlo. No lo hizo y su indisposición a llevar el reclamo postelectoral más allá de la palabra terminó de condenarlo.

Bien, veamos la otra interpretación. Esta sostiene que una dirigencia que aliente la protesta masiva es por sí sola capaz de destruir cualquier dictadura. Los bolivianos (y antes fueron los ucranianos, los sudaneses, etc.) manifestaron hasta ver a Morales caer. No hubo negociación de ningún tipo con el enemigo.

 

De acuerdo con este paralelismo, si el liderazgo opositor venezolano hubiera mantenido su llamado a protestar en las calles luego de las elecciones de 2013, Nicolás Maduro habría corrido la misma suerte que su amiguito boliviano. Era irrelevante que el país estuviera dividido en partes prácticamente iguales y que el chavismo representara a la mitad. Lo mismo sucede hoy en Bolivia y, no obstante, la disidencia se impuso sobre Morales.

En este caso, la diferencia obviada radica en los militares. Las Fuerzas Armadas bolivianas, aunque habían aceptado los abusos previos de Morales para mantenerse en el poder, resultaron ser mucho más institucionales y menos alineadas con la elite gobernante. En cambio, para 2013, los uniformados venezolanos estaban al servicio pleno del chavismo. Para muestra su reacción represiva a las protestas del año siguiente (y no veo razones para suponer que hubo un cambio determinante en apenas doce meses). Odio reconocerlo, porque supone un argumento cuasi pretoriano, pero los militares, como entidad capaz de ejercer la mayor coerción, tienen un papel determinante en estas situaciones. Si en Bolivia no se hubieran negado a suprimir las protestas opositoras ni instado a Morales a renunciar, el hombre seguiría hoy en el Palacio Quemado.

Se ha dicho que la disidencia boliviana no tenía el apoyo de las FF.AA., ni de ningún otro factor de poder, cuando salió a la calle. Empero, sí supo detectar que los vínculos entre el evismo y los militares no eran tan fuertes como para resistir la presión ciudadana exigiendo respeto al orden constitucional. Cambió la voluntad de una institución castrense que se había negado antes a apoyarla. Eso es poder en el más puro sentido weberiano. La oposición en Bolivia pudo desalojar al opresor sin negociar nada con él (excepto su salida del país) simplemente porque pudo, y me perdonan la tautología. Poder. Pregúntese usted si la oposición venezolana tiene ese poder. Naturalmente, no.

Por eso, es más probable que la movilización interna tenga éxito si se le combina con un elemento de presión adicional, como las sanciones internacionales, inexistentes en 2013. Y, también por eso, una salida negociada con el chavismo sigue siendo mucho más probable que otra en la que no se hagan concesiones.

 

Aun queda por ver el final de la película boliviana. No basta con haber expulsado a Morales. Ahora tiene que haber una transición que desemboque en elecciones libres y justas. Esperemos que así sea. Esperemos, y esforcémonos, porque los venezolanos también lleguemos a una situación en la que podamos sentirnos encaminados hacia un cambio para bien.

@AAAD25