Prisioneros de la indiferencia y la indolencia, por Antonio José Monagas - Runrun

No siempre el desdén, alcanza a marcar la indiferencia frente a lo que una vez pudo ser anhelado. Y es porque cuando se actúa con pereza, desgana, desidia o indolencia, se pone de relieve la tosquedad con la que se trata al otro. Sin embargo, el problema no se presenta bajo condiciones abierta y libremente manifiestas.  El hecho que puedan lucir excelsas, no lo hace de obligatoria incidencia por cuanto, muchas veces, pueden pasar inadvertidas. No sólo ante la vista. Sino fundamentalmente, ante la conciencia. O incluso, ante el sentido común. 

Precisamente, ese es el problema que políticamente surge cuando de apatía o de indiferencia se padece cual enfermedad provocada por la ausencia de ciudadanía. O también, por la ignorancia o la insensibilidad de quienes viven sujetos a las formalidades de una sociedad que su dinámica la lleva a ser displicente o despreocupada de lo que sucede a su alrededor. 

Aunque excepcionalmente, se ha observado que la indiferencia puede solucionar todo lo que acontece en el contexto de crudas realidades personales, en política, no es exactamente así. Muy por lo contrario, en política, o en medio de su praxis, la indiferencia provoca tantos estragos que sus consecuencias se tornan tan catastróficas como caótica es cualquier crisis que alcance y perjudique la funcionalidad social, política o económica de una sociedad.

A este respecto, puede inferirse que en Venezuela, tanto como en otras realidades apresadas por dictaduras o tiranías de realengo cuño, los problemas que inducen el caos que sacude espantosamente su idiosincrasia, es en buena medida todos aquellos que califican bajo el implante de la indolencia. Bajo su perverso amparo, se incita la práctica política que caracteriza los tiempos de crisis que corren. Tiempos estos que impulsan a quienes viven del ejercicio de la política, más en cargos de alta responsabilidad gubernamental, a actuar y a elaborar y tomar decisiones al margen de cualquier sentimiento. O sea, llamados por el resentimiento más rastrero y visceral. 

No hay consideración alguna ni hacia el otro, ni hacia las cosas que hacen. O hacia las ocupaciones laborales que por ley le corresponden. Especialmente, a decir de los preceptos prescritos por la Constitución de la República. Todo pareciera apuntar a hacer de la política, la mejor excusa para afirmar: “todo me da igual”. Frase manida en grado superlativo por la misma vulgarización en que la política sumida en estos tiempos de incoherencia total, se ha visto estúpidamente apellidada, “revolucionaria”.

Ahora Venezuela, se convirtió en un país donde las palabras se desvanecen creándose un ambiente en el que se extinguió la fuerza que movía montañas. Fue así como apenas quedó pululando una especie de silencio cómplice. Tal cual, como aire que incita el perverso influjo de la indiferencia y de su cómplice, la indolencia.

En política, la indiferencia tanto como la indolencia, juegan cualquier posición en la que la crueldad se ausenta. Aunque sea por un instante. Pero es exactamente ahí, cuando su preeminencia saca a flote los recursos que articulan sus alevosos y predeterminados movimientos. Es cuando sus efectos inciden en apresurar criterios políticos que rebasan los límites de la desesperanza y la maldad para entonces irrumpir un mundo ocupado por el desinterés, la sordidez y la dejadez. Un mundo aislado de las cuestiones que configuran la vida común de un constructivo y positivo entorno social. 

Por eso, la indolencia apostó a convertirse en la razón para que Venezuela transmutara su condición de país de gente magnánima, a ser un país oscurecido, afligido, reventado, humillado, apesadumbrado, enterrado y postrero. Y ganó con el apoyo de la desvergüenza como encubridora. Todo, por causa del desvergonzado desparpajo de la indiferencia que mantiene inanimada la gente. Siempre doblando la cerviz ante las oprobiosas decisiones del desalmado régimen “revolucionario”. Gente dormitada por la flojera y la obligada comodidad a la que insospechadamente conducen la indiferencia y la indolencia. 

Es la Venezuela de la escasez múltiple regida por el “manual del egoísmo, la envidia y la miseria (propia del socialismo nauseabundo)”.Es la Venezuela que progresa “hacia atrás” y su desarrollo ocurre en los espacios formados por la inmundicia política del “socialismo del siglo XXI”. Es la Venezuela en la que los venezolanos, apostados en cualquier bando, se encuentran tristemente: prisioneros de la indiferencia y la indolencia.

@ajmonagas