La manía de las comparaciones incompletas sobre sanciones, parte 2, por Alejandro Armas - Runrun

La manía de las comparaciones incompletas sobre sanciones, parte 2, por Alejandro Armas

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SI USTED ES DE LOS QUE me honra con la lectura habitual de esta columna, probablemente notó en la entrega pasada que el título acababa con una la palabra “parte” y el guarismo “1”. Si mal no recuerdo, es la primera vez que escribo un artículo para este espacio en dos porciones. Me pareció que era lo conveniente, dada la extensión del texto. Antes de entrar en materia, haré lo mismo que los programas de televisión transmitidos por episodios. Es decir, un breve recuento de lo visto en la emisión anterior, para quienes se la perdieron. La semana pasada hice un ejercicio comparativo entre el régimen venezolano y otros cuatro que han sido objeto de sanciones norteamericanas para demostrar que, a diferencia de lo que muchos han sugerido, el hecho de que las experiencias ajenas no hayan precipitado un cambio político no significa que el caso criollo necesariamente tendrá igual suerte. Hay circunstancias diferentes, como el nivel de vinculación con las democracias occidentales y  la dependencia de ciertos recursos para obtener ingresos, que hacen que cada aplicación de sanciones se dé en un contexto único. No son solo las sanciones, sino ellas mismas más su contexto.

Ahora bien, si es equivocado asumir que las medidas punitivas contra Miraflores están condenadas al fracaso, es igualmente desacertado creer que su éxito es una garantía. Tal seguridad fue transmitida recientemente por John Bolton, el agresivo asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump. Para reforzar su argumento, Bolton evocó las sanciones impuestas en los años 80 a Nicaragua y Panamá. En ambos casos, la década concluyó con el fin de regímenes autoritarios (o cuasi autoritario en el caso nicaragüense), la realización de elecciones y el ascenso al poder de opositores. Bonito, ¿no? Ni los hermanos Grimm ni Disney pudieron pensar en finales más felices. Pero cabe preguntarse, por supuesto, cómo se llegó a eso y si realmente las sanciones estadounidenses fueron el impulsor definitivo.

La verdad es que las sanciones económicas son un aspecto relativamente poco conocido de la política de Washington hacia el gobierno de Daniel Ortega y la dictadura de Manuel Antonio Noriega. Mucho más recordadas, por lo drásticas, son otras medidas que veremos más adelante. Reagan llegó a la Casa Blanca en 1981 decidido a hacerles la guerra a dos cosas: el socialismo revolucionario y el narcotráfico. Respectivamente, estos objetivos impulsaron los conflictos con Nicaragua y Panamá. En el primer caso, Washington rápidamente impuso un embargo comercial como parte de sus esfuerzos por extirpar como fuera el sandinismo, ante el temor de que hubiera una nueva Cuba en América Central. En cuanto a la nación istmeña, los vínculos de Noriega con la venta de estupefacientes y su rechazo a la restauración del orden democrático llevaron a Estados Unidos a suspender la cooperación económica y militar con Panamá a partir de 1987, así como otras penalidades económicas. Tanto en Nicaragua como en Panamá, las sanciones y otros factores produjeron daño económico severo.

Sin embargo, en ambos casos hubo factores adicionales que los alejan considerablemente de Venezuela hoy. Dos años tras el derrocamiento de la dictadura de Anastasio “Tachito” Somoza, Nicaragua se vio envuelta en una guerra civil horripilantemente cruenta entre el gobierno sandinista y la “contra”, rebeldes de derecha financiados por Estados Unidos. Esta carnicería, con violaciones de Derechos Humanos a la orden del día, tuvo su propio impacto en la economía, más allá de las sanciones. Asimismo, el gobierno de Ortega tomó una serie de medidas destructivas, incluyendo controles de precios y la emisión de dinero sin respaldo (los venezolanos conocemos bien los efectos de ambos). Según cifras del Banco Mundial, entre 1985 y 1990, el producto interno bruto se redujo a menos de la mitad. El país cayó en hiperinflación. Se disparó el porcentaje de personas en situación de pobreza. Nicaragua estaba exhausta y arruinada en todos los sentidos para 1990, cuando hubo elecciones en un clima de tensión enorme y que dieron la victoria a la opositora Violeta Barrios de Chamorro. Ortega cedió el poder… Aunque lamentablemente nunca dejó de buscarlo de nuevo.

En Panamá no hubo guerra civil, pero sí otro pequeño detalle: una intervención militar estadounidense. Entre 1987 y 1989, de acuerdo con una investigación de la Universidad de Stanford (Acosta, 2008), el PIB se desplomó casi 25%. El Banco Mundial estima una contracción mucho más modesta (13%), pero de todas formas estremecedora para un bienio. Aun así, Noriega siguió aferrado al poder, con una actitud desafiante (su perorata esgrimiendo un machete pasó a la historia). Muy a pesar de sus orígenes como agente de la CIA, intentó procurarse el respaldo de Cuba y Nicaragua para hacer frente a Washington. En mayo de 1989 hubo elecciones que Guillermo Endara, candidato al frente de una coalición disidente, estaba ganando hasta que la dictadura suspendió el proceso. Finalmente el sucesor de Reagan, George Bush padre (quien conocía bien a Noriega por haber sido brevemente director de la CIA), decidió enviar tropas al istmo en diciembre para poner fin a la crisis. Esa fue la “Operación Causa Justa”. Las tropas estadounidenses ocuparon Panamá por poco más de un mes. Noriega fue capturado y enviado al norte para ser procesado por sus delitos. Endara fue juramentado como Presidente. Entre más o menos 250 y 800 panameños (depende de la fuente de las cifras), murieron, más 23 estadounidenses y un periodista español.

Conclusión: Tanto en Nicaragua como en Panamá hubo situaciones de violencia armada que en un caso contribuyeron y en otro caso forzaron la salida del poder de sus sendos regímenes. Por ello, los símiles de Bolton están lejos de ser completos y rigurosos. No sirven para asegurar el éxito de las sanciones dirigidas al chavismo. Naturalmente, solo cabe esperar que los propios autores de esta política punitiva auguren que saldrán airosos. Ningún gobierno toma medidas admitiendo en público que duda sobre su efectividad. Pero nosotros, los ciudadanos comunes que intentamos interpretar lo que los gobiernos hacen, no tenemos esas restricciones.

Hay señales de que las sanciones anunciadas la semana pasada sí han inquietado al régimen. En primer lugar, por primera vez fue el chavismo el que se retiró de las negociaciones con la oposición, probablemente convencido de que no le sirven para deshacerse de las penalidades y de que, por el contrario, tendría que dialogar bajo presión severa hasta hacer concesiones significativas. Un reporte de la agencia Bloomberg reveló este jueves que Ziraat, el mayor banco de Turquía (controlado por el Estado) suspendió sus servicios al Banco Central de Venezuela por temor a las represalias de desafiar las sanciones de Washington, muy a pesar de que el gobierno de Recep Tayip Erdogan ha insistido en defender al chavismo. No hay alianza incondicional y más aliados clave, como Rusia y China, podrían eventualmente darle la espalda a Nicolás Maduro y sus camaradas. No obstante, seguimos en la zona de la incertidumbre.

 

@AAAD25

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