Mi Gran Capitán de Libertades, por Antonio José Monagas - Runrun

Mi Gran Capitán de Libertades, por Antonio José Monagas

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In memoriam al valiente C.C. Rafael Acosta Arévalo

NO SIEMPRE EL ENTRENAMIENTO de un marino, brinda la lección expedita de la que luego puede valerse el navegante para superar los escollos propios de cada circunstancia sucedida en alta mar. Muchas exponen tantos parajes inaccesibles, como impensables pueden ser. Por difícil que sea el transcurso o espinoso su recorrido, cada periplo representa una suerte de vida frente a la cual es posible que ni el conocimiento supere el arrojo necesario para salvar los obstáculos que esgrime la travesía marina.

Por eso el pensamiento de un hombre de mar, equivale a un rompeolas cuya construcción siguió al hecho de cimentar un malecón capaz de contener el paso del tiempo configurado desde el espacio. Pero no el espacio físico que puede soportar el golpeteo de cualquier aglomeración de transeúntes en un apresurado andar. Es de aquel espacio que mejor termina respondiendo al volumen de la conciencia cuando se apega a valores concebidos en la moralidad, la justicia y la ética. O sea, al espesor de una nación cuya estructura política resiste el embate del odio y la violencia que libera la actitud maldiciente de hombres de barro. Además, incapaces de erguirse sobre sus pies, pues la carga de sus resentimientos descomponen muy a prisa el contenido de sus cuerpos.

Es ahí cuando saltan las contrariedades como luces de bengala ante una impoluta sabana en tiempo de verano. Contrariedades que al rozar los límites de los derechos y las libertades que sirven al ser humano para movilizar sus ideas y plantar sus actitudes, colisionan con el sentido de la vida. Pero también chocan con los sentimientos sobre los cuales se depara el sentido de la democracia. O que casi pudiera asimilarse con el efecto de lo que se halla resguardado bajo el concepto de “política”.

Es pues absurdo admitir la pérdida de cualquier individuo que por algún mérito propio, halla ganado el derecho natural a vivir al solícito amparo del cielo grande e infinito. Es igualmente irrazonable o peor aún, insensato, aceptar que el hecho cruel de provocar la muerte de un ser humano, puede justificarse por al advenimiento de una causa ideológica que sólo beneficie a un ínfimo grupo de personas envalentonadas y convencidas que su proyecto de vida política está por encima de otro. 

Así que no hay razón o criterio lógico, para determinar el final de los días de quien manifiesta una opinión distinta de la que se arroga quien detenta el poder de turno. Nadie merece morir sacrificado en el oscuro escenario ocupado por un insolente patíbulo manipulado por nauseabundos administradores de una desvergonzada injusticia.  

Todo el país democrático, llora la impúdica ejecución del Capitán de Corbeta, Rafael Acosta Arévalo. Su infausta partida, fue provocada sin que la humanidad permitiese que la naturalidad de su condición de marino lo determinara. Y así encauzara tan originario proceso. Hermoso y correspondiente evento.

El mar no fue el entorno natural ante el cual debió rendir su último saludo militar. Tampoco, fue la corbeta como en efecto fue su embarcación de guerra. Seguramente, alguno de sus cañones, notará  la ausencia de su capitán. Por tanto, los mástiles de popa y proa, asomaran sus banderas a manera de rendir el justo homenaje a quien desde el puesto de comando, supo ordenar el pulsar de los cañonazos. Pero que además, sus estruendosos ruidos  seguirán retumbando como eco del clamor de libertades que el mismo mar, en furia, pregona. 

Capitán Acosta, ahora su corbeta, emprenderá nuevos derroteros. Su ruta será otra. Aunque, mantendrá la velocidad que usted estableció a sus motores. Sólo que el sonar de su barco, dejará escapar una nota de melancolía por su ausencia. Silbará a medio máquina. Pero a sabiendas de lo impredecible, sus marineros enviarán el mensaje de socorro mediante banderas y clave morse. 

El llamado de justicia llegará a tiempo. Entonces el viento será a favor del desplazamiento del buque en un mar de azules tristezas. Razón ésta por la que la reciprocidad será bien recibida a bordo entre una formación de marineros a su mando. Será su triunfo de vida, y eterno legado, Rafael Acosta Arévalo, mi Gran Capitán de Libertades. Q.E.P.D.

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