El guión perfecto del hambre, por Antonio José Monagas - Runrun
El guión perfecto del hambre, por Antonio José Monagas

TODO PROCESO, POR ESPURIO QUE SEA O NO, se apega siempre a un esquema. Éste, aun cuando haya sido forjado desde la improvisación o la inmediatez, busca considerar un curso expedito en la realización de  sus objetivos con el propósito de garantizar la continuidad de sus momentos, fases o estrategias a seguir. Vivencias de este tipo, han caracterizado el quehacer de la economía. Pero nunca tan bien logradas, como en el recorrido de la política.

Particularmente, porque el ejercicio de la política requiere, casi siempre, adosarse a prácticas presurosas que den con la respuesta perseguida. Así se desarrollan los hechos políticos, indistintamente de si las realidades invocadas o prometidas son contravenidas por la incontinencia de variables nuevas o acumuladas que configuran los procesos como tales.

Desde que Carlos Marx, consideró la posibilidad de forjar un sistema político que respondiera a lo que circundó alrededor de lo que llamó “socialismo”, la economía sobre la cual se movilizaba el mundo liberal comenzó a sentir los zarpazos de realidades que intentaban constreñir libertades y derechos en nombre de causas políticas que contrariaban su discurso.

Nunca, el ideario marxista logró amoldarse a las situaciones políticas donde buscaba introducirse. Tampoco, terminó de fraguar las realidades que cuestionaba. Siempre caía en el problema de cerrar una brecha casi imposible de comprender. Todo esto sucedía, a pesar de las condiciones de agobio que padecía la economía de mediados del siglo XIX. La distancia entre la palabra escrita o pronunciada y las realidades zanjadas por las diferencias en juego, siempre tendía a imponerse por encima de cualquier esfuerzo por contraerlas.

Así, con esta caracterización de las realidades políticas, económicas y sociales que pretendía aplicar una doctrina política-ideológica cargada con crasas deformidades funcionales, como en efecto vino engrosándose, la historia del desarrollo de los pueblos supeditados al comercio que marcaba la movilidad socioeconómica y sociopolítica del naciente siglo XX, comenzó a marcar el ritmo de los tiempos. Particularmente, como resultado de la primera revolución industrial que se suscitó a mediados del siglo XIX lo que animó actitudes empresariales que dieron al traste con el sistema esclavista que para entonces venía empleándose como modelo de trabajo.

En medio de dichas condiciones, se debatían (a cuchillo) las diferencias entre capitalismo y socialismo. De hecho, el socialismo, comenzó a ser objeto de cuestionamiento por parte del aberrado capitalismo que venía llevándose a cabo en medio de sociedades cuyos esquemas de trabajo eran fuertemente explotadores y brutales. No obstante, el socialismo empezó a develar sus debilidades ya contenidas en las obras de Marx: El Capitalismo, y el Manifiesto Comunista. Ello le deparó consistentes rechazos que devinieron en procesos políticos bastantes conflictivos. Aunque también insulsos, dado el carácter furibundo de muchos de sus seguidores militantes.

Por su parte, el capitalismo entendió buena parte de las críticas que concienzudos estudiosos de la teoría económica, le hacían. Aunque muchos cuestionamientos resbalaban en la testaruda corteza que resguardaba sus criterios. Sin embargo, la teoría del desarrollo, introducida a consecuencia de crasas equivocaciones cometidas tras presumidas interpretaciones del capitalismo como modelo económico, acució importantes reflexiones muchas de las cuales fueron descifradas por organismos financieros internacionales. Así derivó lo que luego se denominó, un Estado de Bienestar cuyo funcionamiento fue complementado por la acepción de lo que igualmente se llamó: socialdemocracia. O sea la combinación más ecuánime posible entre un capitalismo desmesurado y un socialismo hegemónico y autoritario. De esa forma, importantes disposiciones alcanzaron relativo “buen puerto”. Sobre todo, en países que extremaron juicios capitalistas y que repercutieron en perjuicio de grandes núcleos de su población.

Por consiguiente, importantes objetivos de desarrollo económico y social trazados por medidas gubernamentales elaboradas al amparo de esos mismos organismos financieros internacionales o de asesoría y consultoría económica, lograron contener la furtiva desesperación de intransigentes modelos de mercado cuyas respuestas en poco o nada satisfacían el clamor de un desarrollo que buscaba el mayor equilibrio. Por consiguiente, buscaba combinarse la significación del concepto de valores, ciudadanía y progreso lo que le otorgó importancia a la condición y concepción de “democracia”.

Para entonces, mientras esto sucedía, el socialismo había fracasado donde pretendió ser introducido. Si bien algunos movimientos políticos lograron establecerse bajo la influencia del socialismo, no necesariamente repercutió en el modelo económico aplicado desde la cúpula del poder político. Aun cuando, casos como China son, de alguna manera, la excepción “forzada” de la regla pues con el tiempo se impuso un modelo mixto que supo combinar con algún éxito condiciones ex profeso del capitalismo con algunas socialistas derivando un comportamiento cuyo dominio no puede ocultarse.

Pero advertir lo que otros países ha dejado ver, a consecuencia de la aplicación (a oscuras) del socialismo, es casi delinear un cuadro de fatalidades o realidades desperdigadas por causa de tantos hechos que no tienen razón de justificarse. Hechos éstos que explican calamidades tales como una inflación desmedida, condiciones de calidad de vida desperdigadas, servicios públicos a nivel del subsuelo, condiciones sociales que desagregan la familia, entre otras de igual pegada.

Por donde esto se analice en vista de armar un cuadro de las crisis que la historia contemporánea política universal, no es difícil inferir el horrible retrato que las realidades pudieron estructurar toda vez que los modelos económicos trazados desde el socialismo, particularmente, (léase caso Venezuela), han pretendido inculcar a fuerza de medidas de coerción y represión. Peor aún, sin medir consecuencia alguna. Es decir, así ejercicios de gobierno de tan atroz calaña, dieron con la mejor forma de prescribir el modelo perfecto de instigar el hambre de naciones enteras. De esa manera pudo prepararse y luego aplicarse, en países zarandeados por las circunstancias, como Venezuela, el guión perfecto del hambre.