De tiranías, saboteadores y mentiras, por Iván Gabaldón Heredia – Runrun
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De tiranías, saboteadores y mentiras, por Iván Gabaldón Heredia

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SÍNTOMA INEQUÍVOCO DE LA TIRANÍA es la negación sistemática de todos sus errores. Incapaz de aportar soluciones a los problemas, levanta montañas de mentiras y culpa de cada fracaso a un enemigo ad hoc. Está escrito con sangre en el manual del culto a la personalidad: el líder supremo quedará libre de toda mácula. Él no es un hombre, él encarna la voluntad del pueblo hecha hombre. Pónganle los ganchos a los culpables, esos saboteadores apátridas, fascistas y terroristas.

No se trata de un método original del socialismo del siglo XXI. Llegó desde Cuba en notas garabateadas décadas atrás por los alumnos cubanos de la KGB. Agitprop. Compromat. Nomenklatura. Contrarevolución. Revisionismo. Diversionismo. Sabotaje. Vigilancia. Gulag. Los soviéticos hicieron de la persecución estatal una aberración de mil cabezas y los cubanos aprendieron bien la lección.

En la URSS las variaciones del delito de sabotaje eran infinitas. Las acusaciones podían venir de cualquier parte y el sistema alcanzaba su cúspide cuando eran niños quienes denunciaban a sus propios padres. Bastaba el artículo 58 del Código Criminal para enviar a un ciu-dadano al gulag o al paredón. La confesión era solo una formalidad inducida con tortura, pues el veredicto estaba decidido de antemano. Si la revolución te está investigando, algo debes haber hecho. Te tocan diez años y cuando estés allí, por cualquier error, tuyo o nuestro, te damos diez o veinte años más.

Durante dos décadas el método ha sido aplicado con bastante eficacia en Venezuela, aunque con el aderezo burlón de nuestra idiosincrasia tropical. Expropiar, reprimir, vigilar, encarcelar, silenciar, secuestrar, torturar, asesinar, robar, mentir, confundir, engañar, adoctrinar, envilecer, repartir un poquito a cambio de quitarlo todo. Aferrarse al poder por todos los medios al son de la salsa, aunque el tirano ni siquiera sepa bailar. Seguir robando. Y en cuanto a producir riqueza y valores… eso nunca fue parte del método.

Pero se escuchan voces agoreras en las propias filas de la revolución. Para sorpresa de muchos el tirano original resultó mortal y el sustituto más mediocre que su padre. Se pavonea con disfraces de dictador tropical, talla XXXL, mientras los pozos de petróleo se secan y el país colapsa a su alrededor. Custodiado por mercenarios, celebra su propia estulticia bailando desnudo. Es objeto de burla, ese mecanismo de defensa psicológica contra la desesperanza. ¡Maduroooo…! La gente, simplemente, no se lo cala más. Hasta los chinos lo miran desde lejos con los ojos más apretaditos que de costumbre.

Así las cosas, un día cualquiera, la nación entera se queda sin electricidad. Los días con sus noches se encadenan en anomia disfuncional, escenario perfecto para la multiplicación de las tragedias. Casi todos sabemos que la culpa la tienen las hijas predilectas del régimen, Oclocracia y Cleptocracia. Pero la tiranía, en voz de un psiquiatra que escapó del manicomio, acusa a los saboteadores.

El primer indiciado es el enemigo externo, ese Pérfido Imperio de siempre. Ha utilizado sus cañones electromagnéticos invisibles para sabotear en un instante silencioso al complejo hidroeléctrico del Guri. El segundo es el enemigo interno: un periodista “fascistoide” llamado Luis Carlos Díaz, culpable de pensar y hacer pensar. Lo secuestraron mientras pedaleaba su bicicleta rumbo a casa, por terrorista, fascista y saboteador. La orden fue excretada directa-mente por un tenebroso jefe de matones que, vestido de fascista y hablando como tal, denuncia fascistas por televisión.

Lo primero indigna pero da risa. ¿Cómo será el contraataque de la indómita revolución “bolivariana”? ¿Apuntarán hacia Houston sus cañones retóricos y descargarán la munición infinita de su propia coprofagia? ¡Imperio del Norte, temblad! ¡Hemos nombrado a Jorge Arreaza jefe de artilleros!.

Lo segundo indigna, a secas. La acusación es ridícula pero la realidad es contundente: el peso total de un estado policial envilecido se ensaña nuevamente contra un ciudadano de carne y hueso. La comunidad internacional protesta y el régimen anuncia que por ahora la aniquilación no será física, solo moral. El disidente ha sido silenciado, queda bajo vigilancia y sometido al vasallaje del régimen de presentación. Su esposa, también periodista de convicción democrática, está dando la batalla contra el cáncer. Magnífico, comentan los esbirros con sonrisa aviesa. Así tenemos por donde apretar. Más les vale no hacer ruido.

La acusación contra Díaz es inverosímil pero según la lógica perversa de la tiranía es inobjetable. Al opinar sobre el eminente colapso del sistema eléctrico nacional el saboteador realmente habría instigado dicho colapso. Stalin asoma su rostro bigotudo para recordarnos que, aunque en la URSS la ley no establecía específicamente el delito de intención, la hipotética preparación de un delito era tan punible como el crimen ya cometido. La dialéctica revolucionaria no admite diferencia entre la intención y el crimen en sí mismo, eliminando así la presunción de inocencia y demostrando su superioridad pragmática sobre la tradición legal occidental. Si la revolución te está investigando, algo habrás hecho.

Bajo esas premisas los esbirros hacen diligentemente su trabajo mientras el tirano vocifera discursos exultantes por televisión. Celebra la supuesta lealtad de un pueblo heroico que ha resistido durante días las penurias impuestas por el sabotaje apátrida. El problema ya ha sido resuelto, anuncia, somos testigos de otro triunfo épico de la revolución. Sus peroratas aún reverberan en el aire cuando, apenas días después, el sistema eléctrico colapsa nuevamente. La revolución no conoce el pudor y recicla las mismas excusas: ¡apátridas, saboteadores, terroristas! ¡Los tenemos identificados!. Y como toda mentira es mejor cuando se le agregan detalles, se nos deja saber esta vez que el sabotaje ha sido cometido “con un fusil”.

En su indulgente fantasía estalinista se les escapa un pequeño detalle: su ídolo Stalin habría enviado a todos los oficiales a cargo del sistema eléctrico directamente al paredón, empe-zando por los de mayor rango, para ser fusilados por idiotas. Por permitir reiterados sabotajes a las instalaciones bajo su custodia y por autosabotearse en su infinita ineficiencia. El momento sería perfecto para una buena purga de la nomenklatura. Nada como el terror para mantener en línea a los cómplices necesarios.

Pero no estamos en la URSS y nuestro bufón tropical no es Stalin, aunque su vanidad le haga creer frente al espejo que el bigote le otorga cierto parecido. Tras la máscara de la ideología se esconde la única misión que le queda a la revolución bolivariana: seguir raspando la olla mientras puedan. Encerrados en su propia trampa, ciegos y sordos ante el horror de un país que muere cada día bajo el peso de tanta malicia y mediocridad, siguen encaramados en su montaña de mentiras. ¿Por cuánto tiempo más?.

Intuimos que duermen poco y mal, pues la lógica apunta a que el régimen tarde o temprano va a caer. Algunos ya han hecho maletas y otros han puesto sus familias a mejor resguardo en países llenos de shopping malls. La tiranía caerá, nos dice la voz de la esperanza, como caen todas las tiranías. Como caerá también la de Cuba, esa que ellos tanto admiran por confundir lo viejo con lo eterno. Pero el panorama es complejo y a diferencia de los tiem-pos de la Guerra Fría con sus bloques claramente definidos, el conflicto actual es asimétrico, tóxico y multipolar. A pesar de los renovados bríos de la resistencia democrática, ni la paz ni el futuro están garantizados. Mientras tanto el éxodo se acelera, pérdida incuantificable de un capital humano que el país necesita más que nunca.

Aleksander Solzhenitsyn, quien no solo logró sobrevivir a la URSS sino que además la desnudó ante el mundo, escribió en su lúcido y terrible Archipiélago del Gulag: “El poder ilimitado en manos de gente limitada siempre conduce a la crueldad”. En sus palabras al recibir el Premio Nobel señaló: “Todo hombre que haya celebrado la violencia como método deberá inexorablemente elegir la falsedad como principio”. Y completando un diagnóstico que se aplica perfectamente a esta vapuleada Venezuela, vaticinó: “Solo se puede mantener el poder sobre la gente mientras no se le haya quitado todo. Cuando le has robado todo a un hombre, ya no lo tienes en tu poder – es nuevamente libre”.

Ya casi nos lo han quitado todo, hasta la luz y el agua. Si llega el momento de ser libres, en medio de la celebración y con la mirada puesta en el futuro, nos servirá bien recordar otra frase de Solzhenitsyn: “Una gota de verdad puede contrarrestar un océano de mentiras”. Necesitaremos un océano de verdades para reconstruir a Venezuela.

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