Los desacertados y costosos símiles de la izquierda norteamericana, por Alejandro Armas - Runrun

Los desacertados y costosos símiles de la izquierda norteamericana, por Alejandro Armas

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LAS TENSIONES Y EXPECTATIVAS EN VENEZUELA siguen su ascenso alpino a medida que se acerca el 23 de febrero. El país está a punto de cumplir un mes como ocupante frecuente de las primeras planas y páginas home de medios a lo largo y ancho del mundo. Por supuesto, es en el continente americano donde el tema recibe mayor atención. El papel de primer orden que ha desempeñado Estados Unidos ha hecho de la crisis venezolana un asunto ampliamente discutido en los despachos, cámaras y pasillos donde la elite política norteamericana delibera. De hecho, el repudio a Miraflores ha logrado un verdadero milagro en el “imperio”. A saber, un acuerdo bipartidista en momentos de creciente polarización entre el gobierno de Donald Trump y sus adversarios demócratas. Sin embargo, el ala más izquierdista de este último partido se ha vuelto una voz que desentona el concierto. Los militantes de esta tendencia se niegan a reconocer el carácter del régimen e insisten en repetir diálogos demostradamente falsos como salida a la crisis, sea por simpatías ideológicas auténticas con el chavismo o por un empeño ciego en contrariar absolutamente todo lo que haga la Casa Blanca.

De todas las voces ruidosas en tal sentido, la más estridente sin duda ha sido la de Ilhan Omar, representante recién electa por el estado de Minnesota. Junto con una correligionaria, Omar es la primera mujer musulmana en el Congreso estadounidense. Es lamentable que semejante hito se vea maculado por las impresentables declaraciones de la señora tras su triunfo. Su propio partido la ha acusado de hacer comentarios antisemitas, lo cual la obligó a pedir excusas públicamente. En cambio, no se ha retractado de sus proclamas sobre Venezuela, que rayan en una defensa del chavismo con argumentos extraídos de Telesur.

La semana pasada, el encargado ad hoc de la política del Departamento de Estado hacia Venezuela, Elliott Abrams, se presentó en la Cámara de Representantes para una audiencia, durante la cual Omar fue su detractora más notable. La cosa es que la congresista, más que abordar detalladamente la situación venezolana, enfocó su perorata en cuestionar al interpelado por ser quien es. En honor a la verdad, es razonable que la figura de Abrams produzca polémica, y más aun entre simpatizantes de la izquierda, dado su pasado.

Abrams fue un prominente asesor en la política exterior de Ronald Reagan, primero como subsecretario de Estado para Derechos Humanos y Asuntos Humanitarios y luego como subsecretario de Estado para Asuntos Americanos. Desde esas posiciones estuvo estrechamente vinculado con la política estadounidense hacia Centroamérica en los años 80, uno de los peores aspectos de la última etapa de la Guerra Fría. Al parecer la congresista Omar insinuó que Abrams estaría cumpliendo el mismo rol de aquel entonces. No obstante, semejante truco retórico es abusivo por obviar las diferencias contextuales gigantescas.

Buena parte de América Central fue un baño de sangre durante la década de 1980. Guatemala, El Salvador y Nicaragua estaban inmersos en guerras civiles cuyo recuerdo es espeluznante. Los dos primeros comenzaron la década en manos de los típicos despotismos de derecha conservadora, enfrentados a insurrecciones guerrilleras comunistas. En Nicaragua era al revés, tras derrocar a “Tachito” Somoza, los sandinistas instalaron un gobierno de izquierda que hubo de lidiar con la oposición armada de grupos reaccionarios, la llamada “contra”. Pero en las tres naciones Washington apoyó firmemente las causas anticomunistas. Como en toda guerra civil, hubo atrocidades de lado y lado (excusen el lugar común), aunque varios estudios han coincidido en que la mayoría de los hechos cruentos fue responsabilidad de las fuerzas de derecha.

El Salvador es quizás el caso más recordado.  Entre los productos de esa carnicería están una estatua de monseñor Óscar Arnulfo Romero entre los mártires del siglo XX que adornan la fachada de la Abadía de Westminster (junto con Martin Luther King e Isabel de Rusia, integrante caritativa de la familia Romanov asesinada por los bolcheviques) y una película de Oliver Stone protagonizada por James Woods (notable simpatizante de la derecha estadounidense hoy, irónicamente). El más pequeño de los países en la cintura de América fue escenario de salvajadas como la Masacre de El Mozote, en diciembre de 1981. El perpetrador fue el temible Batallón Atlácatl, un cuerpo de elite del Ejército, entrenado en esa casa embrujada (desde la perspectiva de la izquierda latinoamericana) que es la Escuela de las Américas. Alrededor de mil campesinos fueron asesinados. Esta y otras abominaciones fueron perpetradas contra civiles sospechosos de colaborar con las guerrillas marxistas.

Como ya se dijo, durante la década el gobierno de Reagan fue uno de los principales soportes de la lucha anticomunista en Centroamérica, siempre con el argumento de la necesidad de evitar el surgimiento de otra Cuba. Volviendo a Abrams, en su momento negó que la Casa Blanca haya estado relacionada con grupos responsables de barrabasadas y desestimó los reportes de violación de Derechos Humanos cometidos por sus aliados centroamericanos. Sin sorpresas, su nombre salió a relucir en las investigaciones del Escándalo Irán-Contra, la venta prohibida de armas al régimen de los ayatolás persas (en guerra con Irak) y el uso de los fondos recibidos para financiamiento, también prohibido, a la oposición insurrecta nicaragüense. Abrams confesó más tarde haber ocultado información sobre el asunto al Congreso, y aunque le impusieron una condena de servicio comunitario y una risible multa de 50 dólares, el sucesor de Reagan, George Bush padre, lo indultó.

Dado este perfil del personaje, me resulta imposible hacer un elogio de Elliott Abrams. Sin embargo, las consideraciones de la congresista Omar no pudieran estar más erradas. Venezuela no es El Salvador o Nicaragua en los 80. No hay una guerra civil. No hay una disidencia levantada en armas, ni mucho menos cometiendo matanzas como la de El Mozote. El símil es grosero y ofende la inteligencia de cualquier persona informada, como no sea por el aparato de propaganda roja rojita que casualmente es fuente de muchos de los reportes usados por los admiradores extranjeros del chavismo para justificar sus posturas.

Al liderazgo demócrata le convendría hacer otro llamado de atención a Omar, tal como lo hizo por sus palabras hirientes hacia los descendientes de Jacob. El partido se ha puesto como propósito desalojar a Trump de la Casa Blanca con el voto de 2020, pero los comentarios de Omar y otros en el sector más izquierdista del partido podrían salirles caros. Con acierto relató The New York Times la semana pasada que la situación venezolana pudiera convertirles Florida en un pantano, y no me refiero a los Everglades. El estado no es leal a ninguno de los dos grandes partidos, provee un número enorme de delegados al colegio electoral y suele definirse por unos pocos votos. El sufragio de una pequeña comunidad, como la venezolana, puede hacer la diferencia. Trump lo sabe. Vean nada más el fervor que despertó su discurso en Miami esta semana. Mientras tanto, seguimos a la expectativa de lo que pueda pasar el 23 de febrero y más allá. A cruzar los dedos.

@AAAD25

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