Tres efemérides, por Alejandro Armas - Runrun
Alejandro Armas Ene 25, 2019 | Actualizado hace 2 años
Tres efemérides, por Alejandro Armas

HISTÓRICO. NO PUEDO PENSAR EN UN MEJOR ADJETIVO para calificar los hechos del 23 de enero de 2019. Tras año y medio de estancamiento, desorientación y yermas peleas internas, la dirigencia opositora dio un paso enorme. Son muchas primeras veces acumuladas en un solo día. En efecto, el país ha entrado a una dimensión desconocida, en la cual la incertidumbre y el temor asociado con la misma solo es compensado por la emoción reflejada en los rostros que desbordaron una de las encrucijadas más transitadas de Caracas. Muchos rieron, otros lloraron y aun otros manifestaron ambos síntomas sentimentales. Hay experiencias de éxtasis colectivo tan rotundas que pueden viajar, cual ondas sísmicas, y hacerse sentir a distancias enormes de su epicentro, para quienes guardan alguna conexión con su origen. Así fue como me estremecí en el momento telúrico, a pesar de estar en un rincón de Manhattan a miles de kilómetros de Venezuela, rodeado de caras extrañas, sin poder ver ninguna de las sonrisas y lágrimas tan abundantes en la corona de Suramérica en aquel momento. Sin poder escuchar vivas al terruño donde nací y crecí. Sin poder ver un tricolor estrellado, excepto por el que rodeaba mi muñera en un formato de goma.

Para la ocasión fue escogido el sexagésimo primer aniversario de un momento trascendental en la evolución de Venezuela, con la esperanza de que el simbolismo de la efeméride ayudara a movilizar a la ciudadanía. Acaso no hacía falta la coincidencia, puesto que la situación calamitosa en la que se encuentra el país da argumentos de sobra para expresar exigencias  de cambio. Y en efecto, la concurrencia fue enorme. Más que la “mamá de las marchas” fue el cabildo de cabildos, por usar el término que el liderazgo disidente empleó para referirse a las asambleas de ciudadanos de las últimas semanas y que tuvieron un éxito sorprendente. Fueron los actos políticos de mayor asistencia y entusiasmo desde que culminaron las protestas de 2017, muy a pesar de los intentos de ridiculizar la convocatoria con alusiones a una nostalgia vulgarmente romántica por episodios decimonónicos. Aunque estas burlas fueron esgrimidas desde una tribuna de pedantería malintencionada, no deja de ser cierto que ese “Venezuela nació en un cabildo”, proclama bastante pronunciada estos días, está equivocado. Como con el 23 de enero, el propósito sería dotar al momento actual de un aura patriótica que haga sentir a sus participantes ser herederos del proceso independentista. Aunque la intención no es mala, cabe hacer algunas aclaratorias históricas.

Venezuela como Estado independiente de España no nació el 19 de abril de 1810, pues los lazos con la monarquía borbónica no fueron rotos. Lo que sí ocurrió entonces fue que por primera vez en la colonia entre Maracaibo y Guayana se constituyó un gobierno en manos de personas nacidas ahí, en lugar de emisarios de la Corona nacidos en Europa. Pero el interés original de ese gobierno de criollos era preservar los vínculos de Caracas con quien era considerado su soberano legítimo. El capitán general Vicente Emparan tenía fama de afrancesado, de simpatizante de la usurpación del trono hispano por el hermano de Napoleón, lo cual produjo preocupaciones entre la elite nativa, la cual no podía ver con buenos ojos la importación de ideas revolucionarias galas asociadas con la rebelión de esclavos y total subversión del orden social en Saint-Domingue (y que en la colonia venezolana tuvo un débil reflejo en el alzamiento de José Leonardo Chirinos). Es en este contexto de ansiedad en el que se desarrolla el mítico cabildo abierto durante el cual Emparan habría preguntado a las masas caraqueñas si deseaban su permanencia en el cargo de gobernador, a lo que el pueblo respondió negativamente por instrucciones sacerdotales. No es mi intención discutir la veracidad de este relato un tanto infantil. El punto es que la gente reunida frente a la sede del poder no tenía idea de las implicaciones políticas que en efecto o en potencia tendría el repudio a Emparan. Aquel “no” distó de ser un reclamo liberal, patriótico o emancipador. Semejantes abstracciones no eran lo que aquella colectividad tenía en mente.

En cuanto a la elite que tomó las riendas dejadas por el capitán general, lo que hizo fue formar una Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Es decir, asumió un compromiso de encargarse de la colonia mientras el monarca estuviera en cautiverio bonapartista. Fue más de un año después, tras la expansión de ideas radicales mediante la Sociedad Patriótica y la convocatoria de un congreso de las provincias venezolanas, cuando los acontecimientos giraron hacia la independencia. Hubo muchas dudas y fue solo en los últimos días antes del 5 de julio de 1811 que se formó un acuerdo lo suficientemente grande entre los criollos como para declarar la Primera República. Argumentos de teoría política (y una que otra ambición de poder) privaron sobre cualquier nacionalismo incipiente.

Muy distinto fue lo acontecido casi siglo y medio más tarde, cuando al despotismo de Pérez Jiménez le llegó su hora. El énfasis en una sola fecha con motivo de celebración se presta para que, también, esta etapa de nuestra historia sea malinterpretada. No se trató de una épica colectiva en la que los habitantes de Caracas, cuya modernidad física contrastaba con los vestigios arquitectónicos presentes desde mucho antes de 1810, se alzaron espontáneamente, al punto de convencer al dictador de que su no renovable pescuezo peligraba y de que mejor era huir en el bovino alado. Fue más bien un proceso que se remonta a la segunda mitad de 1957. Cualquier vestigio de competitividad democrática fue eliminado de un zarpazo con la sustitución de unas elecciones, constitucionalmente mandadas, por un plebiscito que de paso se desarrolló bajo fraude grotesco. Ello persuadió a los partidos políticos no clandestinos a unirse a los que sí estaban proscritos para formar la Junta Patriótica. Dicha entidad tramó una exitosa estrategia de agitación contra la dictadura que poco a poco fue conectándose con la ciudadanía, empezando por valientes estudiantes que antes de que terminara el año ya estaban manifestando. Estas actividades, en conjunto con un inesperado agotamiento de la bonanza económica de los años 50, jugaron un papel determinante en el quiebre del respaldo al régimen por parte de todos los pilares sociales que lo legitimaban: la Iglesia, el empresariado y, por último, los militares. Fueron meses de activismo político y rebeliones que desembocaron en la huelga general iniciada el 21 de enero de 1958. Fue solo entonces cuando el estallido de descontento se masificó y se produjeron las célebres imágenes de las calles capitalinas tomadas por ciudadanos en alza. Al poco tiempo Pérez Jiménez escapó.

Lo que ha venido ocurriendo en Venezuela recientemente tiene mucho más que ver con el proceso concluido el 23 de enero de 1958 que con el 19 de abril de 1810. Una dirigencia opositora perdida en enfrentamientos fratricidas e incapaz de tomar acciones impactantes como parte de su misión de lograr el cambio político de pronto pudo cohesionarse en torno a una decisión y reconectarse con la ciudadanía decepcionada y frustrada. Para ello fue tendiendo puentes con los sectores de la sociedad civil que hoy la apoyan y volviendo a ganarse la confianza del venezolano común mediante convocatorias audaces. El ambiente ha sido tal que antes y después de este 23 de enero ha habido protestas políticas no convocadas por el liderazgo, en zonas humildes de Caracas y otras ciudades del país. Este es el espíritu del 23 de enero evocado por Luis Castro Leiva en su celebérrima alocución para recordar los 30 años de la efeméride, un espíritu que esta vez se resiste, en lucha metafísica, al fantasma que invocaron Marx y Engels al otro lado del Atlántico en 1848.

Pase lo que pase a partir de ahora, el 23 de enero de 2019 tiene un puesto asegurado en los anales republicanos de Venezuela, junto con el 19 de abril y su hermano homónimo de hace 61 años. Cierro con una cita atribuida a alguien que no fue amigo de la república original pero que, no obstante, es muy pertinente al país hoy: Alea iacta est. Toca a cada quien poner de su parte para que Venezuela halle el camino que tanto le urge al otro lado del Rubicón. Adelante, pues.