Absolutismo opositor y 23 de enero, por Eddie A. Ramírez S. – Runrun

Absolutismo opositor y 23 de enero, por Eddie A. Ramírez S.

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Siempre hemos criticado a quienes arremeten en contra de determinadas actitudes de los diferentes grupos de oposición, todos los cuales son necesarios. Sin embargo, en esta coyuntura, en la cual se requiere más que nunca la unidad, consideramos necesario alertar sobre algunos hechos que podrían frustrar el desenlace que todos deseamos. Debemos dejar de lado las prédicas absolutistas. No es conveniente exigir coincidencia del cien por ciento en lo que se propone. Muchos compatriotas pecan de intransigencia. En su gran mayoría son ciudadanos que actúan de buena fe y que luchan por la democracia, pero por alguna razón no perciben que se requiere cierta dosis de flexibilidad, sin pisotear los principios.

En una situación política compleja es recomendable que los absolutistas bajen el volumen. Nuestro problema no es matemático, por lo que siempre habrá diferentes opiniones sobre determinado tema y ello es positivo. Lo grave es no querer ceder ni un milímetro a la hora de tomar decisiones en contra del totalitarismo. Tampoco es un problema jurídico y aunque lo fuese, cada abogado, sea constitucionalista o no, tiene su propia interpretación de la Carta Magna y, desde luego, abundan los aficionados al derecho. Como el problema es político, no suman los absolutistas que arman la de San Quintín, cada vez que la Asamblea Nacional y su presidente Guaidó deciden determinada acción.

El objetivo común de los demócratas es sacar a Maduro lo antes posible. Hay dos vías. Por la fuerza de las armas, como salió la dictadura de Pérez Jiménez, y la constitucional. Cualquiera de ellas es válida para desalojar un régimen que usurpa el poder y viola los derechos humanos. Como los civiles no tenemos armas, teóricamente pareciera que no queda otra que apegarse a la vía constitucional. Sin embargo, frente a una dictadura la Constitución es letra muerta, por lo que hay que seguir acorralando a Maduro para obligarlo a ceder en una negociación que abra las puertas a una elección con un CNE diferente, entre otros requisitos.

Juan Guaidó no se ha juramentado como presidente porque debe estar consciente de que apresurarse sería un saludo a la bandera, como fue la declaratoria de abandono del cargo. Está haciendo lo políticamente viable: calentar gradualmente la calle y apoyarse en los países democráticos del mundo. Se espera que ello pueda producir una fractura en la Fuerza Armada y en la gente que hasta ahora apoya a Maduro, lo cual debe conducir a una salida política.

Mientras Maduro pide cacao a la Unión Europea y a Trump, Juan Guaidó declaró que busca tender puentes con la Fuerza Armada y con el chavismo disidente. Está en lo correcto. Si no queremos botar la pelota tenemos que confiar y apoyar irrestrictamente a Guaido y a la Asamblea Nacional. Ojalá prive la sensatez. Probablemente este 23 de enero no se repita lo de 1958, pero será un paso firme para la salida del régimen.

Por otra parte, es inevitable comentar sobre las declaraciones de Eduardo Fernández, de Claudio Fermín y de Felipe Mujica. La trayectoria de Eduardo Siempre hemos criticado a quienes arremeten en contra de determinadas actitudes de los diferentes grupos de oposición, todos los cuales son necesarios. Sin embargo, en esta coyuntura, en la cual se requiere más que nunca la unidad, consideramos necesario alertar sobre algunos hechos que podrían frustrar el desenlace que todos deseamos. Debemos dejar de lado las prédicas absolutistas. No es conveniente exigir coincidencia del cien por ciento en lo que se propone. Muchos compatriotas pecan de intransigencia. En su gran mayoría son ciudadanos que actúan de buena fe y que luchan por la democracia, pero por alguna razón no perciben que se requiere cierta dosis de flexibilidad, sin pisotear los principios.

En una situación política compleja es recomendable que los absolutistas bajen el volumen. Nuestro problema no es matemático, por lo que siempre habrá diferentes opiniones sobre determinado tema y ello es positivo. Lo grave es no querer ceder ni un milímetro a la hora de tomar decisiones en contra del totalitarismo. Tampoco es un problema jurídico y aunque lo fuese, cada abogado, sea constitucionalista o no, tiene su propia interpretación de la Carta Magna y, desde luego, abundan los aficionados al derecho. Como el problema es político, no suman los absolutistas que arman la de San Quintín, cada vez que la Asamblea Nacional y su presidente Guaidó deciden determinada acción.

El objetivo común de los demócratas es sacar a Maduro lo antes posible. Hay dos vías. Por la fuerza de las armas, como salió la dictadura de Pérez Jiménez, y la constitucional. Cualquiera de ellas es válida para desalojar un régimen que usurpa el poder y viola los derechos humanos. Como los civiles no tenemos armas, teóricamente pareciera que no queda otra que apegarse a la vía constitucional. Sin embargo, frente a una dictadura la Constitución es letra muerta, por lo que hay que seguir acorralando a Maduro para obligarlo a ceder en una negociación que abra las puertas a una elección con un CNE diferente, entre otros requisitos.

Juan Guaidó no se ha juramentado como presidente porque debe estar consciente de que apresurarse sería un saludo a la bandera, como fue la declaratoria de abandono del cargo. Está haciendo lo políticamente viable: calentar gradualmente la calle y apoyarse en los países democráticos del mundo. Se espera que ello pueda producir una fractura en la Fuerza Armada y en la gente que hasta ahora apoya a Maduro, lo cual debe conducir a una salida política.

Mientras Maduro pide cacao a la Unión Europea y a Trump, Juan Guaidó declaró que busca tender puentes con la Fuerza Armada y con el chavismo disidente. Está en lo correcto. Si no queremos botar la pelota tenemos que confiar y apoyar irrestrictamente a Guaido y a la Asamblea Nacional. Ojalá prive la sensatez. Probablemente este 23 de enero no se repita lo de 1958, pero será un paso firme para la salida del régimen.

Por otra parte, es inevitable comentar sobre las declaraciones de Eduardo Fernández, de Claudio Fermín y de Felipe Mujica. La trayectoria de Eduardo amerita que se respete su opinión, aunque no la compartamos. Promovió la votación de mayo, la cual fue rechazada por los países democráticos, y constituye uno de nuestros principales activos. Además, pareciera contradecirse cuando en su reciente artículo dice que “ Más tarde o más temprano habrá que consultar al soberano en unas elecciones transparentes, bien organizadas y respetadas por todos los que participen en ella” ¿Es decir que acepta que la de mayo no cumplió con estos requisitos?

Claudio Fermín fue jefe de campaña de Falcón en la elección espuria, por lo que ahora declara que “Maduro es el presidente, no usurpa el cargo porque ganó los comicios. Claudio obvia que en esa elección fueron vetados los principales partidos y que solo un grupo minúsculo la acepta como válida.

Felipe Mujica declaró que el MAS no ha decidido si participa en la concentración del 23 de enero “porque primero queremos saber de qué se trata. Si vemos que esa movilización corre riesgo de convertirse en un evento de violencia que termine favoreciendo al gobierno lo diremos, nosotros no queremos ser responsables de actos que se cometan como en el pasado… No le damos mayor valor o menor a lo del tema de usurpador, Maduro es una realidad, el chavismo es una realidad”. Lamentable que niegue el derecho a la protesta y no achaque la violencia al régimen, como ha sido evidente. De acuerdo con que diga que Maduro es una realidad, pero eso no quita que sea un usurpador, lo cual Mujica elude.

No es de extrañar la conducta de algunos que, por decir lo menos, desde hace tiempo tratan con guantes de terciopelo al régimen Quienes son firmes opositores deben cerrar filas con Guaidó y recordar el espíritu de unidad que privó el 23 de enero de 1958.

Como (había) en botica: La intervención de los militares en la caída del dictador Pérez Jiménez se produjo gradualmente. Se logró después del fracaso del alzamiento de los tenientes coroneles Martín Parada y Hugo Trejo, el 1 de enero, y de la posterior expulsión del general Rómulo Fernández. Por último, ante las protestas de los civiles, el capitán de navío Vicente Azopardo alzó la flota y el coronel Quevedo y otros oficiales le quitaron el respaldo. Al final, dos de los más afectos al dictador, los coroneles Romero Villate y Roberto Casanova, también se le voltearon. ¡Todos a protestar el 23 de enero en contra del usurpador y en apoyo a Guaidó! ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

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