Reflexión urgente sobre el cambio urgente, por Alejandro Armas - Runrun

Reflexión urgente sobre el cambio urgente, por Alejandro Armas

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VEINTE AÑOS. PERDIDOS. DESPERDICIADOS. ARRUINADOS. Esa ha sido la consecuencia para el país de haber cometido el que sin duda ha sido el peor error colectivo en toda su historia como Estado consolidado. Es decir, tras el fin de las guerras civiles. Se dice que Venezuela entró al siglo XX no en 1900, sino en 1936. Difícilmente se puede afirmar que la nación haya pasado al siglo XXI. Al contrario, en algunos aspectos el retroceso nos ha puesto en posiciones propias del XIX. Esperaba que los únicos beneficiarios de la calamidad, dado su gusto por las efemérides propias, hicieran algún evento con los derroches de rigor y anunciaran algún otro de sus “brillantes” planes. Así de deprimidos estarán los ánimos en este diciembre que nada de eso sucedió.

Esta columna consagrada a la revisión del pasado no podía, naturalmente, dejar pasar tan triste aniversario. Dos décadas más tarde sigue resonando la pregunta “¿Cómo llegamos a esto?”. Aunque parezca mentira, la interrogante es aún pertinente, porque pareciera que, lamentablemente, no se ha aprendido la lección. La más que comprensible angustia por el hambre, las enfermedades que no tendrían por qué ser letales y tantas otras desgracias que abundan hoy en Venezuela pudiera estar produciendo las mismas inclinaciones que la llevaron a abrir las puertas del máximo poder a Hugo Chávez en 1998. Hemos llegado a un punto en que la consigna parece ser “Venga lo que sea con tal de que salgamos de esto”. Nadie con dos dedos de frente va a cuestionar la urgencia del cambio político. Pero sí creo que como sociedad debemos estar listos para cuando ese momento llegue. Pienso que es falso, como muchos pregonan hoy, que para iniciar la recuperación tendremos que someternos a un conjunto de “males necesarios”. Sobre tal posibilidad y su relación con los orígenes del chavismo me he propuesto escribir la columna de hoy. Sin más preámbulo, adelante.

Hacia finales del milenio pasado, Venezuela estaba atravesando un trance muy difícil. Acumulábamos dos décadas de estancamiento económico que se tradujeron en niveles de pobreza no vistos desde que la democracia irrumpió en 1958. Las elites políticas tradicionales, con unas pocas excepciones, estuvieron cegadas por los privilegios que habían adquirido mediante un juego de normas políticas, algunas expresas y otras tácitas, que ya se había agotado. Por ello, no supieron responder a tiempo y aunque algunas medidas fueron acertadas (como el fin de los controles de cambio y de precio en 1989 y la Agenda Venezuela de 1996), no pudieron frenar el descontento. Acaso no sea exagerado afirmar que reinaba un ambiente de crisis existencial.

Recuerdo que hace un par de años más o menos escribí en este mismo espacio sobre cómo este tipo de crisis es pasto fértil para liderazgos populistas y extremistas. Sin ánimo de jactancia puedo decir que ahora, en el ambiente académico en el que estoy sumido, he podido confirmar mi intuición de entonces. En su nuevo libro Cómo las democracias mueren (lectura que creo imprescindible para todo venezolano pero que seguramente es difícil de conseguir en el país), los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt arguyen que, en efecto, cuando en las sociedades predomina la percepción de un peligro para el modus vivendi colectivo y los gobernantes no logran aplacar esos temores, es el momento propicio para que un outsider demagógico irrumpa en la escena ofreciendo cambios radicales, sin respeto a las normas democráticas, para poner fin a todos los problemas. La fuente de la angustia puede ser algún incidente puntual que genere pánico, como un ataque externo. Pero también puede ser un proceso que se desenvuelve poco a poco, como la debacle política, económica y social venezolana de finales de los 90, pues el deterioro en la calidad de vida suele entrañar la preocupación de una decadencia aun mayor. Chávez cumplió ese papel de outsider a cabalidad. El caso venezolano de hecho es parte de la evidencia empírica usada para respaldar los argumentos teóricos del libro citado.

En lo personal, no me creo el tan cacareado relato de que Chávez engañó a quienes votaron por él en 1998. Lo que ocurrió es que los venezolanos cedieron ante los incentivos de la crisis y se negaron a ver señales explícitas sobre lo que su nuevo ídolo representaba. Chávez no solamente era el líder de un golpe fracasado contra la democracia que dejó varios muertos a su paso. Tras salir de la cárcel no dio señales de haber dejado su vocación para imponerse por la fuerza. Viajó a Cuba, donde Fidel Castro lo recibió como si de un jefe de Estado se tratara. Eso por un lado, y por el otro, su entorno de asesores incluía al neofascista argentino Norberto Ceresole. Imagine usted, amigo lector, semejante cóctel de influencias ponzoñosas. Estos eran hechos públicos y notorios, pero no importaron a las masas cuando acudieron a las urnas aquel 6 de diciembre. Tampoco importaron a buena parte de las elites políticas, intelectuales y culturales, que incorporaron sus vagones al tren del Movimiento Quinta República esperando llegar rápidamente a la locomotora y controlar al maquinista. Otro problema identificado por Levitsky y Ziblatt, quienes destacan el rol que tales elites deberían tener en la contención de políticos extremistas.

Los autores distinguen cuatro síntomas de comportamiento autoritario para alertar tempranamente al cuerpo político: rechazo hacia las reglas democráticas del juego o compromiso débil con las mismas, negación de la legitimidad de opositores, tolerancia o aliento a la violencia y disposición a recortar las libertades civiles de los detractores, incluyendo la prensa. Chávez cumplió con algunos de estos patrones antes de debutar como candidato, hizo un intento por disimularlos en 1998 y luego, como Presidente, los siguió de manera exacerbada. Aun así contó con un apoyo inmenso entre los venezolanos hasta su muerte. Pienso que el teniente coronel despertó entre millones una pasión que había estado dormida: el gusto por el caudillo, por el hombre de acción que se impone como sea. Una tara muy común en Latinoamérica que podría remontarse a la concepción de un monarca absoluto un el imaginario colectivo colonial. Tal como lo planteaban Bodin y Hobbes, la soberanía no se encontraría en la colectividad ciudadana, sino en un hombre de poderes ilimitados al que solo se puede obedecer. Esta es la explicación que encuentro para la conducta mayoritaria de los venezolanos ante Chávez.

Hoy, “crisis” es una palabra que se queda corta para describir la situación venezolana. Si el clamor por un cambio era grande en 1998, en la actualidad debe serlo mucho más. Y así como entonces Chávez fue para muchos el “como sea”, en el presente pudiera estar listo el ánimo nacional para otro fenómeno político de igual naturaleza. Hay señales preocupantes: venezolanos clamando por una suerte de Pinochet tropical que no solo dé al traste con el chavismo, sino que además replique los “males necesarios” del chileno. Afinidades peligrosas no solo por las razones coyunturales actuales, sino porque además revelan que la necesidad de algunos venezolanos por un caudillo, por un taita (como Boves, como Zamora, etc.) sigue vivita y coleando. Eso es lo que los lleva a pensar en los dirigentes por los que sienten predilección como figuras divinas, a las que no se les puede cuestionar nada. En algunos casos extremos, hasta un extranjero puede llenar ese vacío: Álvaro Uribe, Donald Trump, Jair Bolsonaro (quien por cierto cumple con los cuatro síntomas de alerta de autoritarismo), etc.

A ello se agrega el problema de las instituciones. Estas se encontraban en una situación endeble en 1998, lo que permitió la derogación de la Carta Magna de 1961. La institucionalidad que el chavismo legaría a quienes sea que, en un escenario hipotético, lo sucedieran en el poder sería mucho más precaria. Por lo tanto, incluso si surgiera un gobierno electo popularmente poco después del fin del régimen actual, correríamos el riesgo de vivir lo que Guillermo O’Donnell  bautizó como “democracia delegativa”. A saber, un ejecutivo encabezado por alguna figura caudillesca que use la gravedad de la debacle para comportarse como un dictador romano, con carta blanca para hacer y deshacer. En el proceso se ignora las posiciones de partidos políticos y se encarga a técnicos que gocen de la confianza del mandamás para que receten medidas. Los precedentes latinoamericanos de este tipo de régimen como sucesor del autoritarismo (e.g. Brasil y Argentina) fueron desastrosos e hicieron daño a la consolidación de democracias fuertes.

Si para algo puede servir la conmemoración del nacimiento de la tragedia venezolana (perdone, don Friedrich, que tome prestado un título suyo) es para la reflexión sobre cómo se llegó a esto. El punto no es señalar con rencor a quienes se equivocaron frente a la urna, sino entender qué pasó y aprender de los errores. Como dije antes, es indiscutible que Venezuela necesita un cambio, pero entre más hayamos hecho estas reflexiones, mejor preparados estaremos para enfilar el país hacia la dirección correcta en su momento. Mientras tanto, podemos deleitarnos escuchando a Omara Portuondo recitando versos de Guillermina Aramburu. Pero, eso sí: queriendo a Venezuela mucho más que veinte años atrás, porque así las cosas que uno quiere se podrán alcanzar, y el país dejará de ser un pedazo del alma que nos arranquen sin piedad.

@AAAD25 

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