El símil que viaja en el tiempo, por Alejandro Armas - Runrun

El símil que viaja en el tiempo, por Alejandro Armas

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LA ESPADA DE BOLÍVAR DEJÓ DE CAMINAR por América Latina. La época en la que Hugo Chávez podía viajar por todo el continente desde México hacia el sur parece un recuerdo distante. Conservadores y liberales han desalojado, uno tras otro, los gobiernos izquierdistas que tanto entusiasmaron a los jerarcas de Caracas en la década y media pasada. Recuerdo que hacia mediados de 2017 Nicolás Maduro pronosticaba un viraje espectacular, una nueva sucesión de victorias electorales socialistas en el vecindario. Pobre intento de emular a la profetiza Casandra. La derecha luce cada vez más fortalecida en Latinoamérica. El despegue impresionante de Jair Bolsonaro es la manifestación más reciente (mi opinión sobre este personaje la expuse en el artículo justamente anterior a este).

Sería un error asumir que estos cambios son la única causa de la sobrecogedora pérdida de amigos del chavismo en América Latina, aunque sin duda es un factor. Esta debacle también tiene mucho que ver con la magnitud de la catástrofe en la que ha caído Venezuela política, económica y socialmente. La confiscación de funciones de la Asamblea Nacional, la represión espantosa de protestas, el hostigamiento de dirigentes opositores, la pobreza exorbitante y la estampida de ciudadanos que huyen hacia otras tierras conforman un cuadro ante el cual solo un puñado de aliados incondicionales de Miraflores cierra los ojos. La mejor prueba de que no fue un fenómeno puramente ideológico es que gobiernos de izquierda moderada que por años guardaron silencio sobre los atropellos cometidos en Venezuela alzaron la voz por primera vez, gritando “¡Basta!”. El caso más notable fue el Chile de Michelle Bachelet.

Este proceso ya estaba bastante avanzado cuando en 2017 los ecuatorianos fueron a las urnas. Los venezolanos opositores, emocionados por las derrotas de los compinches del chavismo, se llevaron un chasco al ver que Lenín Moreno, el delfín de Rafael Correa, salió airoso. Pero muy a pesar de su pasado e incluso de su nombre de pila, Moreno no ha parado de sorprender, dentro y fuera de su país. Ha tendido puentes hacia la oposición, ha roto con sus viejos correligionarios (incluyendo al propio Correa), ha promovido con éxito cambios constitucionales para restringir la permanencia de un individuo en la Presidencia (¡siendo él Presidente!)… Y, poco a poco, se ha distanciado del chavismo. La reacción oficialista en Venezuela no ha sido la más acertada para sus intereses. En vez de explotar hasta más no poder cualquier afinidad ideológica con la nueva elite ecuatoriana, el chavismo arremetió contra Moreno con su verborrea belicosa característica. Como resultado, Ecuador expulsó a la embajadora venezolana y viceversa. Tal vez el éxodo venezolano, del cual Ecuador se ha vuelto un gran receptor, hizo inevitable este desenlace.

De todas formas, el pleito con Moreno indica que el chavismo está dispuesto a resistir su aislamiento en la región. En un país petrolero donde las colas para llenar el tanque de gasolina pueden ser eternas, Maduro tendrá que destinar mucho más combustible a su avión, porque en vez moverse por las cercanías, la mayoría de sus viajes sería hacia las antípodas, a Asia, donde están casi todos los grandes amigos que le quedan.

En la actualidad, los venezolanos hacen cada día miles de comparaciones entre su suerte y la de los cubanos. Y con razón. El parentesco con la isla cada vez es más notable, tal como la extrema izquierda criolla ha soñado desde 1959. Sin embargo, el símil en algunos aspectos puede hacer como el científico de H. G. Wells y embarcarse en un viaje por el tiempo. En otras palabras, en ciertos asuntos tenemos mucho en común con la Cuba de otra época. Así sucede con el hecho de ser los parias del continente.

A principios de los años 60, a medida que la Revolución Cubana se radicalizaba y hacía explícita su orientación marxista-leninista, casi todos los demás gobiernos latinoamericanos procedieron a cortar lazos con la isla. Hubo algunas excepciones destacadas, como México. Pero en general, Cuba se volvió la oveja negra del rebaño. El clímax llegó con la cumbre de la Organización de Estados Americanos en Punta del Este, en enero de 1962, cuando una mayoría de miembros del ente internacional aprobó excluir a Cuba.

Si bien es muy cierto que, en el contexto de la Guerra Fría, las demás naciones americanas tuvieron su alineación con Estados Unidos entre las causas para proceder de esta forma, también lo es que el régimen de los barbudos no era una víctima inocente. La Cuba comunista quiso desde un principio replicar la avanzada desde Sierra Maestra en cada uno de los países latinoamericanos. Durante los 60, Venezuela fue sin duda el caso más resaltante: guerrillas comunistas intentando derrocar por la fuerza gobiernos electos democráticamente, que contaron con el respaldo técnico de Cuba para lograr su cometido.

La isla aislada (disculpen la cacofonía) supo resistir su situación con el juego bipolar de la Guerra Fría. A saber, convertirse en un satélite soviético en el Caribe y depender completamente del intercambio comercial con la Unión Soviética y otros regímenes comunistas. La extinción de este mundo desató la peor crisis en Cuba desde que Castro y compañía irrumpieron en La Habana. Fue el catastrófico Período Especial, caracterizado por una extrema carestía de cuanto bien pueda imaginarse. No obstante, y a pesar de algunos brotes de descontento, el régimen nunca estuvo muy amenazado y consiguió estabilizarse en la segunda mitad de los 90.

Hoy Cuba no está aislada. Ni siquiera en el continente, a pesar de que el gobierno de Donald Trump ha retomado el tono duro hacia el castrismo, con implicaciones prácticas aún inciertas. Pero el repudio del mundo democrático hacia las prácticas de Caracas no parecen extenderse a La Habana. Incluso la invitación a Cuba para que retome su puesto en la OEA sigue en pie. Mientras tanto, Maduro queda limitado a sus alianzas con Rusia, China y otros Estados no democráticos al otro lado del planeta. Las aproximaciones a Turquía, una nación que lentamente se ha hundido en las garras del autócrata Erdogan, son bastante llamativas.

Maduro podría tener un respiro regional con la invitación al ascenso de Andrés Manuel López Obrador en México. Este ha sido el único triunfo (al menos relevante) de la izquierda populista en América en los últimos años. Está por verse con cuántos mandatarios latinoamericanos coincidirá y si podrá aprovechar para intercambiar palabras con ellos, o incluso con el segundo al mando de Estados Unidos, Mike Pence.

Como sea, el aislamiento venezolano preocupa por una sencilla razón: No son solo los dirigentes oficialistas quienes se aíslan, sino todas las millones de almas que siguen en el país. Tener muy malas relaciones con los vecinos puede ser inquietante para los habitantes de una nación de emigrantes. Otra angustia más para una gente que ya tiene demasiadas.

@AAAD25 

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