El aviador, un antecedente por Sebastián de la Nuez - Runrun
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El aviador, un antecedente por Sebastián de la Nuez

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Diez meses estuvo encerrado en el Helicoide, esa especie de limbo, Rodolfo Pedro González, “el aviador”, hasta una madrugada de 2015 cuando sacó una correa, se la anudó al cuello y se ahorcó, liberándose de todo. Una visita de aquella misma tarde lo puso muy nervioso. Quizás el caso del aviador y la forma en que acabó sus días guarde parecido  con una reciente noticia escandalosa

 

LOS MARXISTAS DE corazón, que los hay, han dicho que el idealismo es una filosofía reaccionaria. Rodolfo Pedro González fue un idealista, tan ingenuo y tan idealista que votó por Hugo Chávez en 1998. Ese  voto, junto con el de otros como él, le costaría la vida.

Rodolfo era un hombre vulnerable, que se exasperaba fácilmente, tradicionalmente adeco y con molesto aparato de ortodoncia metido en la boca. Esa noche que va del 12 al 13 de marzo de 2015 llamó a sus dos hijas, Ivette y Lissette, a su mujer Josefa y a su hermano Domingo, quien había permanecido muy cercano a él durante el proceso (murió el año pasado). Rodolfo se encontraba azorado, estresado, perturbado: necesitaba urgentemente, dijo, que le llevaran su cédula de identidad al día siguiente a las 7:00 am porque unos funcionarios del Ministerio de Prisiones le habían dicho que probablemente lo trasladarían a un recinto de presos comunes, quizás Yare.

Todos trataron de tranquilizarlo. En vano.

A cierta hora de la madrugada algún reo en el Helicoide, del mismo pasillo donde el aviador pernoctaba, escuchó un ruido extraño y dio la voz de alarma. En su propia casa no se enteran si no es por unas primas que viven en Filadelfia (Estados Unidos): llamaron a Ivette y ella fue donde Lissette a decirle; miraron en Twitter a ver qué estaba circulando por allí y, en efecto, se encontraron con una primera declaración del jurista José Vicente Haro. Haro defendía a personas presas en el mismo lugar donde pernoctaba González y por ellas, seguramente, se enteró. No se le ocurrió llamar a los familiares sino meterse en Twitter directamente. En realidad, no lo conocían personalmente.

Viuda e hijas no fueron informadas oficialmente hasta el día siguiente, a las puertas de ese paquidermo que alberga entes oficiales y donde caben todo tipo de encierros. No las dejaban pasar, en principio, pues no era día de visita. Estando allá abajo les entró la llamada de la Fiscalía, cuya representante ya se encontraba dentro. Fue esta funcionaria quien les informó. Al fin accedieron al recinto. Solo Ivette, la hermana menor de Lissette, quiso entrar a ver el cuerpo de su papá, tirado todavía justo donde había caído puesto que todavía debían llegar los investigadores a tomar nota. Ni Josefa ni Lissette quisieron verlo. La fiscal informó del procedimiento: ir a la morgue, ir a declarar, firmar esto y aquello. En casos así, cuando fallece una persona custodiada por el Estado, la Dirección de Derechos Fundamentales de la Fiscalía se encarga de la investigación. Pero nunca, luego de ese día, los familiares del aviador han sabido nada acerca de las conclusiones. Tampoco han sabido quiénes fueron los funcionarios de Prisiones que hablaron con Rodolfo González la tarde anterior ni qué le dijeron ni si, en todo caso, era cierto que recibió la amenaza del traslado a Yare o donde fuera.

Rodolfo Pedro González murió porque supo que le tocaba, que no tenía escapatoria, que su condena era irreversible. Murió porque en alguna ocasión, o en varias, había comentado abiertamente, en el comedor donde recibía visitas, que si le metían tantos años de cárcel no aguantaría y se mataría.

Para ese momento una parte de él ya había muerto, su mejor parte, esa porción del alma o de la psiquis que lo había impulsado desde pequeño, aquella en que se soñó pilotando un avión.

El mismo espíritu que se quedó con la boca abierta ante La guerra de las galaxias. Lissette recuerda que cuando se estrenó el primer capítulo de la saga, Rodolfo estaba allí, a las puertas del cine, primer chicharrón, arrastrando a su hija de 8 años. Él no se ocupaba de las calificaciones escolares ni de asuntos similares, era el terreno de Josefa. Se ocupaba, más bien, de llevar a las hijas al mar. Las enseñó a nadar, a lanzarse del trampolín en Morrocoy o Margarita. Coleccionaba primero las películas de George Lucas en VHS, luego en DVD. Desde chiquito quería ser piloto pero su madre se había negado en redondo a subvencionarle ese capricho, por los peligros que entraña. Después de que la buena señora falleció, y tras sacarle rentabilidad a un local que había heredado en el centro de Caracas, se montó en el primer avión que le dejaron. En el sillón del piloto. Era el Aeroclub Caracas y le dieron su licencia.

“Era un hombre muy impaciente, pero alegre”, dice de él Lissette. “Le gustaba ayudar a todo el mundo, solidario. Él no regañaba por notas en el colegio, pero sí cuando uno se iba a una fiesta y regresaba dos horas más tarde de lo establecido. Ese peo te esperaba era con mi papá”. Lissette es hoy en día una solvente investigadora y docente universitaria en Sociología.

Lo único que tiene la familia sobre la visita de los funcionarios del Ministerio de Prisiones es el testimonio de él: lo iban a trasladar. Oficialmente no se ha admitido nada ni hay documentación sobre tal visita. Lo cierto es que él había dicho más de una vez aquello de que no aguantaba una condena a largo plazo, que prefería matarse. La familia no le creyó. En diez meses solo había salido del Sebin para verse en un par de ocasiones con su odontóloga, por lo del tratamiento de ortodoncia. Una concesión francamente graciosa.

Hay tres jóvenes en el mismo expediente que comenzó a forjarse el día en que lo fueron a buscar a su casa de Macaracuay, en abril de 2014. Allí mismo está incluida Josefa, no debe olvidarse que ella fue a llevarle algo al Helicoide y allí mismo la dejaron encerrada, los benditos del Sebin, saltándose cualquier procedimiento legal. Los otros tres fueron puestos en libertad luego de que murió el aviador. Renzo Prieto, el último, en mayo de 2018. El juicio no ha empezado, seguramente nunca empezará. Lo que hubo, cuando Rodolfo vivía, fue una audiencia preliminar, aquella en la cual un juez de control decide si hay motivos para la acusación y con cuáles cargos. Esa audiencia terminó en octubre de 2014, es decir, seis meses después de que lo encerraran. Y desde ese entonces hasta que murió no había pasado nada; ni siquiera un tribunal asignado. Después de su fallecimiento sí hubo cierta prisa: fue asignado un tribunal. Sin embargo, las primeras audiencias se suspendieron. Una porque uno de los detenidos pidió que el juicio fuera grabado y, como no había cámaras disponibles, se suspendió el acto. En la siguiente no se presentó la Fiscalía; después, no pudieron ser trasladados los muchachos implicados en el caso. Luego, algo de última hora… En fin. Desde noviembre del año 2017 no se han convocado más audiencias.

Josefa sigue metida en ese expediente, nada ha prescrito. Josefa no anda tranquila de los nervios. Si le toca ir al tribunal, se pone mal; incluso algunas noticias la han afectado mucho. A Josefa, por cierto, no le han devuelto ni las computadoras ni nada de lo que se llevó el Sebin de su agencia de viajes en Chacao. Como tampoco han devuelto las PC que decomisaron en dos casas familiares, ni las tabletas, ni los teléfonos móviles, incluyendo el de la señora que limpiaba donde Ivette. Así de cleptómano es el Estado madurista.

Lissette lo admite pero enseguida reacciona: “Sí, esto nos destruyó la vida que teníamos. Pero la vida sigue. No nos quedamos en estado de postración, gracias a Dios. Yo creo que al gobierno no le importó lo sucedido. Es mi impresión. Creo que al Estado venezolano le importa bien poco los derechos de los opositores. Le importa menos incluso cuando son gente desconocida, como mi papá, que no era una persona influyente.”.

Al menos, Diosdado Cabello no se metió más con el aviador en su programa de televisión. Era uno de sus temas favoritos.

A veces, bajo algunos regímenes, la muerte se convierte en un asunto administrativo, una especie de abstracción. Si la muerte es una abstracción, la vida también lo es. Solo es concreto el poder, su engranaje y su mecánica. Lo demás es prescindible, ya que es tan abstracto. Un cinturón o correa que pasa los controles usualmente estrictos en el Helicoide. Un señor mayor que habla pendejadas en la calle y que ahora dice que él no aguanta una condena larga, que preferiría matarse. Abstracciones de un medio desquiciado.

Cuando los reos traspasan las puertas de las dependencias policiales en Venezuela, ya han perdido la mitad de su vida, probablemente la mitad que valía la pena vivir. A partir de entonces se las verán solos con su lado oscuro. Hubo unos bidones de gasolina en un patio. Lo de los bidones fue la coartada perfecta para que Diosdado Cabello y Nicolás Maduro —en ese orden— armasen una histérica campaña contra este idealista torpe y ciclotímico. Apoyó a los guarimberos de su zona en 2014. Habló lo que no debía, probablemente locos planes para tumbar al gobierno, y lo escuchó en mala hora quien no ha debido escucharlo.

Después de todo, seguía siendo un iluso, un idealista, un individuo propenso a exasperarse.

Eso pudiera ser un común denominador. Aprovechar las debilidades de quienes entran en esas sombras, explorarlas a conciencia, sacarles partido hasta límites insospechados. Si eres un experto en la materia o estás debidamente asesorado por gente con sesenta años de experticia en estas lides, tienes el éxito garantizado. Puedes hacer que el idealista se cuelgue o que el buen cristiano se tire por la ventana. La muerte es, nada más, un asunto administrativo.

La familia del aviador nunca olvidará el funeral multitudinario. El liderazgo democrático se hizo presente y, sobre todo, el liderazgo del movimiento estudiantil y de eso que después se llamó la resistencia en las protestas de 2017. Gaby Arellano (que aún no era diputada) dio un discurso al lado del féretro. Rodolfo la había conocido, la había apoyado. Había quien se presentaba de este modo: “Usted no me conoce, vine desde Barquisimeto a mostrar mi solidaridad”. Era una sensación rara, dice Lissette, pues sentía como si el acto no perteneciera a su propia familia sino que era algo mucho más extenso, más abarcador.

Algo semejante deben haber sentido los familiares de Fernando Albán en estos días. La solidaridad del venezolano deberá resistir y superar este atroz esperpento que administra muerte.

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