La oportunidad para el referendo, por Jesús M Casal
Jul 23, 2018 | Actualizado hace 2 años
La oportunidad para el referendo, por Jesús M Casal

 

Cuando se hizo la convocatoria de una supuesta asamblea nacional constituyente por el jefe del Ejecutivo Nacional, de manera unilateral y usurpando la soberanía popular, sin dar a la ciudadanía la posibilidad de decidir mediante referendo si quería ejercer su poder constituyente, como tampoco la de aprobar las respectivas bases comiciales, no estaba prevista originalmente la celebración de un referendo sobre la nueva Constitución. Las críticas que surgieron al interior del propio oficialismo llevaron a adoptar la solución cosmética de que el Ejecutivo modificara las pretendidas bases comiciales que había dictado para exhortar a la futura ANC a efectuar dicha consulta. Jurídicamente todo esto es un gran dislate, ya que un órgano del poder constituido no puede imponer tales bases ni limitar, con su visión política, la actuación de una ANC en el ámbito específico de su función constituyente. Aunque el cuerpo espurio convocado por Nicolás Maduro no es una Asamblea Constituyente, al no ser expresión del poder constituyente del pueblo y, además, tal referendo aprobatorio es obligatorio por diversas razones.

En todo caso, ese exhorto a la supuesta ANC no encajaba en la ecuación que estaba permitiendo al gobierno convocar una constituyente sin pueblo y contra el pueblo. Esta convocatoria fue viable porque se prescindió del titular de la soberanía, el pueblo de Venezuela, que evidentemente hubiera rechazado por mayoría abrumadora una supuesta ANC que significaba la huida definitiva hacia la autocracia, todo ello a espaldas de la grave crisis humanitaria ya desatada. Pero ¿cómo explicar entonces que se prometiera la celebración de un referendo aprobatorio de la nueva Constitución, que seguramente iba a implicar una desautorización global de lo hecho arbitrariamente y despojando al pueblo de sus poderes más sagrados? Dejando de lado la opción de que ello fuera un simple señuelo para acallar críticas, sobre un referendo que jamás se realizaría, al igual que la eventualidad de que este perdiera su condición de tal y se organizase con los criterios antidemocráticos que se usaron para la integración del cuerpo espurio, había una alternativa que tiende a prevalecer: la destrucción del pueblo mismo como base de la legitimación democrática. Lamentablemente, la mal llamada ANC ha terminado siendo el ariete para derribar las últimas resistencias de una Democracia consagrada en la Constitución y formalmente preservada hasta entonces, aunque mínimamente, en lo electoral, pero que fue dinamitada desde sus fundamentos cuando el jefe del Ejecutivo desplazó al pueblo y ocupando su lugar instauró una constituyente a su medida.
Ese era por lo visto el objetivo principal de la denominada ANC: si ya se ha perdido el apoyo del pueblo, la respuesta democrática es aceptarlo y respetar los procesos electorales establecidos; mientras que la reacción autoritaria es la de liquidar la ya precaria institucionalidad electoral, preconizar la desconfianza en las elecciones e instalar en la conciencia colectiva la idea de que el voto ha perdido su valor, ello mediante el bloqueo de la renovada Asamblea Nacional, la vulneración de los principios constitucionales y democráticos relativos al sistema electoral y numerosas prácticas de abierto ventajismo y manipulación en los comicios.
La oportunidad para ese referendo tenía que ser, precisamente, una en que la oposición se hallare fracturada y desmoralizada, ante las escisiones suscitadas por esa arremetida inconstitucional, caracterizada también por la virtual cancelación de los partidos políticos de oposición; los venezolanos estuvieren frustrados y desesperanzados, azotados por una crisis económica y social de gran calado; y la emigración fuere en la percepción de muchos la única salida a esa situación dramática.
La clave para enfrentar esa verdadera ecuación de la constituyente presidencial tiene que estar justamente en la recuperación de la esperanza. No de una esperanza sostenida en la ilusión de un país próspero que hoy no existe ni en cerrar los ojos a la devastación de la nación que está siendo llevada a cabo, sino en la conciencia de que problemas tan serios como esos, a estas alturas, únicamente pueden ser afrontados exitosamente con un sentido superior de entrega a la salvación de Venezuela, sin personalismos o egocentrismos, con apertura a todos los descontentos y con el propósito de construir en común una agenda sencilla y auténtica para la recuperación que suscite en muchos la convicción de que, con independencia de las posibilidades de lograr el resultado esperado en corto plazo, se trata de una lucha moralmente necesaria y generadora de entusiasmo, por la que vale la pena luchar con el mayor empeño.