Pesadilla de inflación y autoritarismo por Alejandro Armas
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Pesadilla de inflación y autoritarismo por Alejandro Armas

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Bolívares

 

Los tripulantes de esta nave llamada Venezuela, conducida hacia lo que les pintaron como un mar de la felicidad revolucionaria en el que luego se echó anclas con la intención de no levantarlas jamás, pareciera a veces que hablaran más de números que en el Tecnológico de Massachussetts. Por desgracia, el objeto de estas tertulias no es la fascinante conclusión de algún estudio científico, sino cuál fue el monto que encontraron en la etiqueta del último paquete de café que vieron, el dígito por el que les ofrecieron un caucho, o los guarismos que descubrieron en el menú de un restaurante con fama de barato. En fin, los precios de bienes y servicios que han pagado recientemente, o que se negaron a pagar para no dejar sus bolsillos y cuentas bancarias vacíos.

El “¿Sabes cuántos bolos me costó tal cosa?” está por doquier: en la casa, en el trabajo, en el transporte público, etc. Atormenta o, peor aún, asfixia. Es como un gas tóxico que emponzoña y quebranta de tanto inhalarlo. Llega un momento en que es inaguantable y provoca exclamar “¡¿Es que no pueden hablar de algo más?!”.  Pero, ¿cómo le dices eso a una empobrecida colectividad, cuyos individuos pasan ronchas para conseguir comida y medicamentos y tratan de aliviar sus penas buscando comprensión y solidaridad en sus compañeros de tormento?

La pirámide de Maslow sirve para entender esta calamitosa realidad. No se puede pasar a los escalafones más elevados sin satisfacer primero las necesidades biológicas básicas. Una persona no puede detenerse con regularidad a comentar sobre una pintura, un tema de música pop, un poema, una obra de teatro, un artículo de una revista académica o las jugadas de una estrella deportiva, si es incapaz de comprar los alimentos que su hijo necesita para crecer sano, o las medicinas que sus padres o abuelos requieren.  Sencillamente no tendrán cabeza para todo aquello.

Para los de menos recursos es, desde luego, mucho peor. Antes de gastar casi toda la quincena tienen que pasar por colas de cinco, seis u ocho horas. El tiempo que no pasan trabajando se les va en una fila. Este fenómeno limita severamente el esparcimiento, como leí hace poco en un informe de la economista Anabella Abadi.

La inflación desbordada es una aguja que se clava con particular profundidad en la piel, y de las que más desesperación inyecta. La de Venezuela  es en este momento la más alta del mundo. En 2015 fue de 180,9%, mientras que el promedio global no llega a dos dígitos.

Pero no debe creerse que se tocó fondo. Ahora se corre un riesgo elevado de añadidura del prefijo “híper”. La acepción más reconocida de hiperinflación es que el aumento de precios mensual sea de al menos 50%. Todavía no hemos llegado a eso, pero nos acercamos peligrosamente, toda vez que el Gobierno insiste en aplicar las políticas que generan este fenómeno, como el financiamiento del gasto público con la emisión de dinero inorgánico y la sustitución del aparato productivo por importaciones limitadas y costosas.

La verdad es que hiperinflación no es algo nuevo y se ha dado en los más variados países, desde Alemania hasta Zimbabue, como en este espacio se expuso hace unos meses. En nuestro propio vecindario ha hecho su siniestro acto de presencia más de una vez, sobre todo en los años 80 y 90. Los brasileños experimentaron un terrible incremento generalizado de precios en la primera mitad de esta última década. Luego la economía del gigante sudamericano se estabilizó relativamente rápido, gracias sobre todo al Plan Real de Fernando Henrique Cardoso (algo que preparó el terreno para los años de prosperidad con Lula, mérito poco reconocido). Como con su vecino, los argentinos sufrieron una hiperinflación que hizo tambalear su frágil democracia tras la peor dictadura militar de su historia. La economía fue el flanco débil de Alfonsín, aunque la historia lo ha absuelto por su admirable defensa de los Derechos Humanos.

Quisiera detenerme en el caso peruano. En 1985, por primera vez un militante de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) llegó a la presidencia del país andino, y además lo hizo en el primer cambio democrático de gobierno que esa nación experimentó en 40 años. Ese hombre no era otro que un joven Alan García. Podrían sorprenderse con lo que sigue aquellos que lo recuerdan como alguien a quien Chávez más de una vez insultó y retrató como archienemigo (junto con Uribe y Fox) de la “patria grande” concebida por él. Porque el García de los 2000 no podía ser más diferente al de cuatro lustros antes. Con este el barinés muy probablemente habría tenido grandes afinidades (“¿tú me quisieras lo mismo que 20 años atrás?”).

El Alan García ochentero se caracterizó por su discurso y políticas de izquierda populista, de esas que parecen tener como guía Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano (el libro que Chávez obsequió a Obama). Heredó de su predecesor, Fernando Belaúnde Terry, una nación ya en severos aprietos económicos. Aunque al  principio aparentó un horizonte prometedor, el quinquenio de García fue una catástrofe para las finanzas nacionales peruanas.

En primer lugar, abandonó los intentos de liberalización moderada llevados a cabo por Belaúnde bajo supervisión del Fondo Monetario Internacional, y se abocó a una expansión desmedida del gasto público. No hace falta saber que políticas fiscales desordenadas son un primer incentivo para la inflación. Esta se volvió híper a partir de 1988, y dos años después, cuando García salió de la presidencia, había alcanzado la aterradora cifra de 7.649%, con un acumulado de más de 2.000.000% en cinco años. En 1987, en un arranque típico de Estados que culpan a otros de sus desastres y asumen controles absolutos como solución, intentó sin mucho éxito nacionalizar toda la banca del país, lo cual produjo una fuga enorme de capitales (a Luis Britto García, que varias veces ha sugerido a Maduro hacer lo mismo en Venezuela, le convendría estudiar este caso y otras instancias en las que la estatización bancaria se implementó completamente, como en México, también en los 80, con consecuencias escalofriantes).

Hay quienes creen que la inflación se mitiga creando nuevas monedas, o quitándoles tres ceros y poniéndoles cínicamente el apellido de “fuertes”. Así, García sustituyó el sol por su equivalente en quechua, el inti, sin resultados notables. También estableció límites al pago de la deuda externa, lo cual aisló a Perú de los mercados internacionales. En la Caracas de hoy, aunque hasta ahora no se ha hecho, la cesación de pagos es uno de los puntos de honor del asesor económico de Maduro, el español Alfredo Serrano, y de su pupilo criollo, el rápidamente defenestrado ministro Luis Salas.

Perú llegó a la última década del tercer milenio d.C. con estos alarmantes indicadores y casi sin reservas internacionales. Siempre hay por ahí algún “revolucionario” que dice que esos economicismos son irrelevantes, porque lo importante es lo social (como si el bienestar económico no debiera ir de la mano con el de la sociedad). Pues bien, si la pobreza al principio del gobierno de García era de 41%, hacia el final había subido a 55%, aunque otras mediciones la colocan en un monstruoso 80%.

El resultado de esta película de terror financiero, más una insurrección sanguinaria de Sendero Luminoso que bajaba de la sierra para internarse en el corazón de Lima, permitió en parte el ascenso a la máxima magistratura de un ingeniero agrónomo, desconocido en la política, llamado Alberto Fujimori. Para revivir la economía, “el chino” de inmediato lanzó un programa de impacto liberal conocido como “Fujishock”. Los controles de precio desaparecieron. Ello se tradujo en un primer aumento brusco entre los productos regulados, algunos de los cuales pasaron de tener un cero atrás a cuatro o cinco. Con el tiempo, no obstante, la economía se estabilizó, incluyendo una caída de la inflación. Esa es una de las razones por las que, cuando Fujimori disolvió el Congreso y otros poderes públicos en 1992, la mayoría de la ciudadanía lo aplaudió, a pesar de que ese fue el inicio de un triste período de despotismo.

Este relato hace del panorama actual de Venezuela algo preocupante. Claro que se puede vencer nuestra vertiginosa inflación. Pero alarma que, como ha pasado antes, el precio sea demasiado alto (valga la cruel metáfora). El riesgo asecha, incluso suponiendo que Nicolás Maduro salga de Miraflores. ¿Podremos recuperar nuestro bienestar económico sin entregarnos a un nuevo régimen autoritario y violador de Derechos Humanos? Ojalá.

Una última acotación sobre García, con punto a su favor. En su segundo mandato se abstuvo de los errores anteriores y mantuvo una política económica sana. Lo terminó con la popularidad por el piso, y de eso no se recuperó (llegó detrás de la ambulancia en los comicios primarios del mes pasado). Pero hoy Perú se mantiene como una de las economías de mayor crecimiento en el continente. Churchill decía que el político se vuelve estadista cuando deja de pensar solo en las próximas elecciones para considerar las próximas generaciones. Esa lección pocos dirigentes venezolanos la han aprendido, pero nunca es tarde para hacerlo.

 

@AAAD25

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