
La semana pasada fue terrible para quienes no cuentan con un iPod o cualquier reproductor MP3 y dependen de la radio para entretenerse en el carro. Cadenas presidenciales de lunes a viernes, todas de varias horas. Además de escuchar a Maduro decretar otro feriado para la administración pública y ordenar que Venezuela abandone su absurdo huso horario actual (sin mencionar ni por asomo que esa fue una idea de Chávez), atestiguamos que una exaltada señora prácticamente proclamó seguidores de Satanás a todos quienes no apoyan al Gobierno, así como un espectáculo de rap revolucionario recargado de groserías para el que el horario infantil por lo visto no existe.
Claro, en ninguna de las transmisiones forzadas del verbo miraflorino faltaron las amenazas contra la nueva Asamblea Nacional. Todas menos una: la del martes, cuando se instaló la Comisión de la Verdad convocada por Maduro para “investigar” delitos vinculados con el acontecer político desde 1999 hasta hoy. Entonces, naturalmente, no podía haber ofensas ni juramentos de revancha, ya que la idea del acto era transmitir al mundo la imagen de un Ejecutivo siempre dispuesto a tender puentes con sus adversarios.
Eso no implicó que de nuevo se abusara de este recurso comunicacional, idealmente usado en situaciones de emergencia, para difundir propaganda chavista. Esta vez Maduro optó por hacer un extenso “análisis” rojito de la historia nacional. El mandatario criticó a quienes nunca hablan del pasado y defendió la importancia de entender de dónde venimos. Hasta aquí pudiera decirse que tiene razón. Historia casi nunca aparece entre las pocas materias que los chamos disfrutan en el colegio y, aunque no se supone que todo el mundo sea erudito en esos asuntos, a veces alarma el grado de falta de conocimiento. ¿Creen, por ejemplo, que Chávez hubiera avanzado tan fácil si todos los venezolanos estuvieran al tanto de que su visión política es insistir en un modelo que ha fallado dondequiera que se implemente?
No obstante, hay personas que sí se interesan por la trayectoria del país y del mundo a través de los años y que procuran defender su estudio de la sumisión a cualquier forma de poder interesado en manipularlo (si han honrado a quien escribe con varias lecturas de esta columna, de seguro habrán notado que aquel es uno de sus propósitos). Desde esa posición no es demasiado difícil hacerle cuestionamientos a Maduro en su faceta de profe de historia.
De vuelta a su arenga del martes pasado, escuchamos al Presidente reiterar una tesis que él y el resto del chavismo han repetido más que el relato de las tres calaveras de Colón y la versión infantil de Venezuela heroica de Eduardo Blanco en nuestros salones de clase. Resulta que, bajo el lente carmesí del PSUV, los cuarenta años de democracia civil que precedieron la irrupción del comandante barinés aparecen como un período de dictadura vil y sanguinaria.
Según este nuevo relato de la evolución de Venezuela, no hay ninguna diferencia entre la pasantía de Rómulo Betancourt por Miraflores y la de Jorge Videla por la Casa Rosada, como tampoco se puede distinguir entre Luis Herrera Campins y Augusto Pinochet. Todos son bestias que se confunden fácilmente en el mismo manual de demonología. Los unen, dicen los sabios rojos, una sumisión absoluta al imperio norteamericano, una obediencia ciega a los preceptos del fascismo neoliberal (¡¿?!) y, por tanto, una persecución fanática e implacable de los nobles luchadores sociales cuyo único pecado fue la firme determinación de librar a la patria grande de aquellos vicios.
Como ya se dijo antes en este espacio, criticar aquella forma de contar la historia no pasa por desechar el recuerdo de los miles de suramericanos masacrados en latitudes más meridionales por sus ideas de izquierda. Tampoco debe implicar borrar del disco duro los excesos cometidos en nuestra propia tierra, que los hubo. Pero sí abarca responder a comparaciones infelices entre los dos casos, o entre lo que ocurrió entonces y lo que pasa ahora. Llamar “Plan Cóndor 2.0” a las recientes derrotas electorales y políticas de los compinches del chavismo, además de absurdo, es un irrespeto a quienes sí sufrieron en carne y hueso aquella barbaridad bautizada como el buitre andino.
A Maduro y compañía tampoco les gusta admitir que, mientras los monstruos del Cono Sur tuvieron sus orígenes en golpes de Estado (como los del celebrado 4 de febrero, pero exitosos) y prácticamente prohibieron la oposición a sus regímenes en todas sus denominaciones, en Venezuela los gobiernos del mismo período se formaron por la voluntad de los votantes, y fue contra esas decisiones soberanas de la ciudadanía que una minoría que se creía más ilustrada que todos los demás se alzó en armas. Los que dejaron la alternativa de la revolución a punta de fusil a finales de los 60 fueron amnistiados y reincorporados a la vida política civil.
Pero hubo unos grupos que no cayeron en la “trampa burguesa” de la pacificación y optaron por seguir con la aventura subversiva. Al igual que con la oleada rebelde original, el Estado tuvo una reacción fuerte, en la que no siempre se respetaron los Derechos Humanos de los alzados.
Maduro, en el ya aludido discurso, mencionó el caso del dirigente de la Liga Socialista Jorge Rodríguez, padre de quienes hoy son el alcalde de Caracas y la canciller de la República. En 1976 fue detenido y enviado a los calabozos de la Disip por estar supuestamente vinculado con el secuestro de William Niehous, presidente de la fabricante de envases de vidrio Owens-Illinois en Venezuela. A qué se debió esta operación es difícil saber. David Nieves, otro de los implicados, mucho después confesó el sinsentido de todo eso. Todavía en uno que otro blog chavista se argumenta que el gringo era un agente de la CIA en Latinoamérica, involucrado en el derrocamiento de Allende, algo que nunca se ha demostrado. En fin, a Niehous lo tuvieron tres años en cautiverio antes de su rescate por autoridades locales, un delito no menor.
¿Y Rodríguez? Lo torturaron hasta la muerte poco después de su aprehensión. Eso nunca debió ocurrir. No lo justifica el hecho de que el dirigente estuviera vinculado con un plagio. Un crimen no se paga con otro (algo que deberían saber los fans de los linchamientos de hoy). Sin embargo, el postulado del PSUV por el cual esta desgracia era más regla que anomalía choca un poco con el hecho de que los perpetradores del brutal homicidio fueron denunciados por el fiscal general de la época, José Ramón Medina, y puestos tras las rejas.
El asesinato debió conmocionar al adolescente Nicolás Maduro, militante de la Liga Socialista en esos tiempos. Cuarenta años después, para transmitir ese sentimiento, describió con lujo de detalle el momento en que José Vicente Rangel, entonces senador por el MAS y defensor de los izquierdistas detenidos, levantó en brazos el cadáver ensangrentado de Rodríguez para sacarlo de la pocilga donde lo tenían.
Pero si, como el chavismo dice, estos episodios eran el resultado de una acción sistemática y premeditada por parte de la clase política imperante para destruir a sus enemigos, no se entiende por qué Rangel desaprovechó una valiosa oportunidad para castigar al matón máximo. Carlos Andrés Pérez era presidente cuando mataron a Rodríguez y, según la lógica “neohistórica”, el principal autor de la fechoría. Cuatro años después, acabado su primer período, el Congreso se prepara para enjuiciarlo por la transacción corrupta del buque Sierra Nevada. Al final el gocho se salvó por el voto de un solo senador. ¿Adivinen quién? Si Rangel hubiera actuado de otra forma, tal vez Pérez nunca hubiera sido electo para otro quinquenio, y Venezuela se habría ahorrado la “entrega” a los diablos neoliberales del Fondo Monetario Internacional y el trauma del Caracazo. ¿No será que en el fondo el veterano político sabía que la realidad era diferente a como hoy la pintan?
Seas cuales sean sus razones, Maduro pudo hacer las cosas más entretenidas interrogando al respecto a Rangel, que lo antecedió en el evento con unas palabras. Claro que no hubo preguntas de este talante. El jefe de Estado no quería que nada dejara dudas sobre su análisis. A alguien tan selectivo a la hora de interpretar el pasado no deberían ponerlo en una clase verdadera. Cuando Maduro salga de Miraflores, lo mejor será que lo haga con una lista de oficios en la que “profesor de historia” aparezca tachado.



