Ni que nos vayamos, por Pablo Osuna

centro cultural bod1

La Sala Experimental del Centro Cultural BOD brinda el escenario para la versión de estreno de la última obra de Lupe Gehrenbeck Ni que nos vayamos, nos podemos ir”..Una obra en un acto que cuenta “La historia de Elvira y su maleta…”. Indecisa, Elvira siente que debe irse del país. Hay razones suficientes. La ciudad violenta de todos los días, la política absurda que divide a la gente. Una de sus hijas se ha marchado y ahora sus nietos crecen lejos, en inglés y sin abuelos. Pero ella sabe que emigrar es darle la espalda a sus afectos, es renunciar al sentido de la vida expresado en cada detalle de su hogar, en los objetos que son un resumen de su vida, sus vecinos, sus costumbres. Su otra hija no piensa en partir, por el contrario está convencida de que el país necesita de cada venezolano para poder crecer y mejorar para todos. Elvira duda, obligada a emigrar con más de sesenta años. Y así transcurre el tiempo revisando a diario el precio de cada pertenencia puesta en venta como exhibiendo su desgarro. Solo le queda la esperanza de irse, si se va, convencida de volver. Así se podría resumir el contenido de esta obra sobre la emigración venezolana de Lupe Gehrenbeck

Sobre el escenario nomás entrar se aprecia el sillón que domina la escena al frente a la izquierda. No parece una imitación de Filas de Mariche o de la carretera del Junquito, se le nota el aire auténtico de un fauteuil Louis XIV y contrasta con el Notebook abierto que tiene dispuesto frente él. El limbo de una mudanza inminente se expresa en el emparedado de cartones al que se ha reducido el salón familiar. y que amenaza con derrumbarse sobre los poquísimos muebles a la vista. Una colección de porcelanas, retratos familiares, marcos de plaqué sin foto, copitas de licor de cristal de bohemia y jarras de platería. Las otras habitaciones de la amplia casa de clase media del este de Caracas podrían estar reducidas a su mínimo contenido. O estarán llenas de vida ajena, con los objetos y el mundo de los inquilinos que pueblan uno, dos y quizá hasta tres anexos.

En este único ambiente desesperanzado que sugiere un selfie de una clase en extinción la empleada Alberta (Simona Chirinos), el ángel de la guarda de la Sra. Elvira, descarga su trapo sobre cada reliquia familiar y sacude el polvo de los días que pasan y pasan sin resolución. Simona Chirinos conoce lo que le nace a su personaje pero sabe equilibrar perfectamente su presencia fuerte al lado de la fragilidad de su empleadora. Fantástica, fresca, ocurrente, protectora y celosa de la vida personal de Alberta que resume su dignidad y sus temores hasta que considera necesario compartirlos. Escuchamos a la Sra. Elvira (Caridad Canelón) resaltar con orgullo y sentimiento el valor de cada objeto que constituye su hogar, su presencia, su existencia. Buen gusto, Lladró, Capodimonte, pero sobre todo buenos recuerdos. Cada cosa tiene una calidad para resaltar incluso si fuera necesario mentir sobre el Resort de sky en los Alpes. La foto no será exacta pero ella estuvo allí, o cerca. Ella conoce, ella ha viajado, Elvira ha compartida una vida con un marido que ya no tiene ninguna vigencia física, pero que completa la foto con sus dos hijas cuarentonas para el marco vacío y ahora se halla envuelta en una lucha de la que no hay salida airosa posible. Caridad Canelón se pasea segurísima por todo el registro y es maestra de un control que le va bien al personaje: dice fuerte, susurra cuando es necesario, canta y conmueve sin resbalar nunca hacia lo cursi en su interpretación. Carolina ( Gladys Seco), angustiosa y soñadora  le insiste por Skype desde Miami que remate todo y que se venga a recuperar el afecto de los nietos, que abrace el futuro y la calidad de vida perdida a la que su madre se aferra en los objetos y en el recuerdo. Gladys Seco envuelve el afecto de la hija autoexiliada en su voz hermosa, cálida y fuerte. Y logra un suspenso sutil. Uno no sabe qué tan fuerte o endeble es hasta que su hermana la pone en cuestión. Candelaria (Nattalie Cortez) alta y firme como su moño de princesa nubia contradice y cuestiona las ilusiones de su hermana con la quimera norteña, convencida de que el país, tal cual ella lo ve, lleva el curso necesario para saldar la deuda social pendiente desde hace tantos años. Trabajo y coherencia, sentido y orgullo que preservan a Candela de la huída absurda y dolorosa. Nattalie Cortez llega con Candela para dejar en claro que no todo es como se ve a simple vista. Nos entrega un personaje con todos los rasgos de la fuerza y la certeza pero nos va abriendo poco a poco y en brevísimo tiempo, las grietas para los afectos y sus necesidades. Orgullosa y convincente pero sobre todo valiente para confesar sus mayores temores. Porque cada una de estas cuatro mujeres tiene algo más por decir y queremos saberlo. Más allá de su título enrevesado, de su tono discursivo, narrativo al inicio pero que por tino contrasta con sus réplicas frescas y reales, más allá de las estériles y excesivas rabietas sobre la intrascendencia o la banalidad de los uniformantes diseños de Ikea, Lupe Gehrenbeck nos regala una obra muy femenina, con momentos llenos de sentimentalidad que conmueven visiblemente no solo a las damas asistentes. A veces al filo cortante del vaso de cartón, como nos encanta a los venezolanos, telenoveléscos y profundos en un mismo arrebato y porque señalan directamente nuestros anhelos, nuestras angustias, nuestras pérdidas. Esta historia de Elvira y su maleta… es en todos los detalles un retrato posible de la Venezuela que ya es otra. La autora halla la clave del buen drama, la reducción de la anécdota a lo esencial, a lo digno de ser mostrado y nos recuerda a su mentor: el maestro de la síntesis teatral venezolana José Ignacio Cabrujas. Lupe Gehrenbeck tiene la delicadeza de darle cabida a diferentes voces como no suele ocurrir en nuestro día a día, en donde nos hemos acostumbrado a callar para no berrear, o para no convertir en violencia verbal nuestra frustración o nuestro inquinado resentimiento. Se tiene la impresión que bajo la menuda cuadrícula del entramado de la sala experimental un velo camuflado se cerniera sobre el país. No se sabe si para protegerlo o simplemente para hacerlo desaparecer del mapa Este ambiente embalado, escondido que nos muestra el director con el aporte de Elvis Chaveinte, envuelto en un aire permanente de mudanza, lleno de provisionalidad, como un centro de comando en un campo de batallas perdidas nos deja la esperanza de un haz de luz que se cuela y que nos ofrece la autora. De pronto cuatro voces de mujeres, logran abrir con su canto un pequeño, un único agujero y comienzan a forzar la malla.

Aquí dentro ganan carácter y se dibujan los personajes en cada detalle del acertado y preciso vestuario de Raquel Ríos: los pantalones de dama apenas al cuerpo, dignos y elegantes, los accesorios y las sencillas joyas al punto, el rostro pálido que se diluye en la horrible indumentaria del personal médico, o el moño de avispero y los labios rebosantes, dominantes de la hija fuerte. Bien por Oswaldo Maccio quien respeta la propuesta de la autora sin asumir riesgos innecesarios, consciente de que su mayor responsabilidad es llevar las riendas con un dedo solo, acaso recordar la medida, sin dejarse ver y nada más.

Apaguen los celulares, olvídense del pajarito y de su Twitt. Recuperemos un momento de reflexión sobre nosotros mismos. Vayan a ver esta obra que corre todavía este fin de semana merecidamente a sala llena.

NI QUE NOS VAYAMOS NOS PODEMOS IR, de Lupe Gehrenbeck. Dirección: Oswaldo Maccio. Elenco: Caridad Canelón, Nattalie Cortez, Gladys Seco y Simon Chirinos. Centro Cultural BOD, el viernes a las 8:00 pm, el sábado y el domingo a las 6:00 pm. La entrada cuesta 400 bolívares.

centro cultural bod1

La Sala Experimental del Centro Cultural BOD brinda el escenario para la versión de estreno de la última obra de Lupe Gehrenbeck Ni que nos vayamos, nos podemos ir”..Una obra en un acto que cuenta “La historia de Elvira y su maleta…”. Indecisa, Elvira siente que debe irse del país. Hay razones suficientes. La ciudad violenta de todos los días, la política absurda que divide a la gente. Una de sus hijas se ha marchado y ahora sus nietos crecen lejos, en inglés y sin abuelos. Pero ella sabe que emigrar es darle la espalda a sus afectos, es renunciar al sentido de la vida expresado en cada detalle de su hogar, en los objetos que son un resumen de su vida, sus vecinos, sus costumbres. Su otra hija no piensa en partir, por el contrario está convencida de que el país necesita de cada venezolano para poder crecer y mejorar para todos. Elvira duda, obligada a emigrar con más de sesenta años. Y así transcurre el tiempo revisando a diario el precio de cada pertenencia puesta en venta como exhibiendo su desgarro. Solo le queda la esperanza de irse, si se va, convencida de volver. Así se podría resumir el contenido de esta obra sobre la emigración venezolana de Lupe Gehrenbeck

Sobre el escenario nomás entrar se aprecia el sillón que domina la escena al frente a la izquierda. No parece una imitación de Filas de Mariche o de la carretera del Junquito, se le nota el aire auténtico de un fauteuil Louis XIV y contrasta con el Notebook abierto que tiene dispuesto frente él. El limbo de una mudanza inminente se expresa en el emparedado de cartones al que se ha reducido el salón familiar. y que amenaza con derrumbarse sobre los poquísimos muebles a la vista. Una colección de porcelanas, retratos familiares, marcos de plaqué sin foto, copitas de licor de cristal de bohemia y jarras de platería. Las otras habitaciones de la amplia casa de clase media del este de Caracas podrían estar reducidas a su mínimo contenido. O estarán llenas de vida ajena, con los objetos y el mundo de los inquilinos que pueblan uno, dos y quizá hasta tres anexos.

En este único ambiente desesperanzado que sugiere un selfie de una clase en extinción la empleada Alberta (Simona Chirinos), el ángel de la guarda de la Sra. Elvira, descarga su trapo sobre cada reliquia familiar y sacude el polvo de los días que pasan y pasan sin resolución. Simona Chirinos conoce lo que le nace a su personaje pero sabe equilibrar perfectamente su presencia fuerte al lado de la fragilidad de su empleadora. Fantástica, fresca, ocurrente, protectora y celosa de la vida personal de Alberta que resume su dignidad y sus temores hasta que considera necesario compartirlos. Escuchamos a la Sra. Elvira (Caridad Canelón) resaltar con orgullo y sentimiento el valor de cada objeto que constituye su hogar, su presencia, su existencia. Buen gusto, Lladró, Capodimonte, pero sobre todo buenos recuerdos. Cada cosa tiene una calidad para resaltar incluso si fuera necesario mentir sobre el Resort de sky en los Alpes. La foto no será exacta pero ella estuvo allí, o cerca. Ella conoce, ella ha viajado, Elvira ha compartida una vida con un marido que ya no tiene ninguna vigencia física, pero que completa la foto con sus dos hijas cuarentonas para el marco vacío y ahora se halla envuelta en una lucha de la que no hay salida airosa posible. Caridad Canelón se pasea segurísima por todo el registro y es maestra de un control que le va bien al personaje: dice fuerte, susurra cuando es necesario, canta y conmueve sin resbalar nunca hacia lo cursi en su interpretación. Carolina ( Gladys Seco), angustiosa y soñadora  le insiste por Skype desde Miami que remate todo y que se venga a recuperar el afecto de los nietos, que abrace el futuro y la calidad de vida perdida a la que su madre se aferra en los objetos y en el recuerdo. Gladys Seco envuelve el afecto de la hija autoexiliada en su voz hermosa, cálida y fuerte. Y logra un suspenso sutil. Uno no sabe qué tan fuerte o endeble es hasta que su hermana la pone en cuestión. Candelaria (Nattalie Cortez) alta y firme como su moño de princesa nubia contradice y cuestiona las ilusiones de su hermana con la quimera norteña, convencida de que el país, tal cual ella lo ve, lleva el curso necesario para saldar la deuda social pendiente desde hace tantos años. Trabajo y coherencia, sentido y orgullo que preservan a Candela de la huída absurda y dolorosa. Nattalie Cortez llega con Candela para dejar en claro que no todo es como se ve a simple vista. Nos entrega un personaje con todos los rasgos de la fuerza y la certeza pero nos va abriendo poco a poco y en brevísimo tiempo, las grietas para los afectos y sus necesidades. Orgullosa y convincente pero sobre todo valiente para confesar sus mayores temores. Porque cada una de estas cuatro mujeres tiene algo más por decir y queremos saberlo. Más allá de su título enrevesado, de su tono discursivo, narrativo al inicio pero que por tino contrasta con sus réplicas frescas y reales, más allá de las estériles y excesivas rabietas sobre la intrascendencia o la banalidad de los uniformantes diseños de Ikea, Lupe Gehrenbeck nos regala una obra muy femenina, con momentos llenos de sentimentalidad que conmueven visiblemente no solo a las damas asistentes. A veces al filo cortante del vaso de cartón, como nos encanta a los venezolanos, telenoveléscos y profundos en un mismo arrebato y porque señalan directamente nuestros anhelos, nuestras angustias, nuestras pérdidas. Esta historia de Elvira y su maleta… es en todos los detalles un retrato posible de la Venezuela que ya es otra. La autora halla la clave del buen drama, la reducción de la anécdota a lo esencial, a lo digno de ser mostrado y nos recuerda a su mentor: el maestro de la síntesis teatral venezolana José Ignacio Cabrujas. Lupe Gehrenbeck tiene la delicadeza de darle cabida a diferentes voces como no suele ocurrir en nuestro día a día, en donde nos hemos acostumbrado a callar para no berrear, o para no convertir en violencia verbal nuestra frustración o nuestro inquinado resentimiento. Se tiene la impresión que bajo la menuda cuadrícula del entramado de la sala experimental un velo camuflado se cerniera sobre el país. No se sabe si para protegerlo o simplemente para hacerlo desaparecer del mapa Este ambiente embalado, escondido que nos muestra el director con el aporte de Elvis Chaveinte, envuelto en un aire permanente de mudanza, lleno de provisionalidad, como un centro de comando en un campo de batallas perdidas nos deja la esperanza de un haz de luz que se cuela y que nos ofrece la autora. De pronto cuatro voces de mujeres, logran abrir con su canto un pequeño, un único agujero y comienzan a forzar la malla.

Aquí dentro ganan carácter y se dibujan los personajes en cada detalle del acertado y preciso vestuario de Raquel Ríos: los pantalones de dama apenas al cuerpo, dignos y elegantes, los accesorios y las sencillas joyas al punto, el rostro pálido que se diluye en la horrible indumentaria del personal médico, o el moño de avispero y los labios rebosantes, dominantes de la hija fuerte. Bien por Oswaldo Maccio quien respeta la propuesta de la autora sin asumir riesgos innecesarios, consciente de que su mayor responsabilidad es llevar las riendas con un dedo solo, acaso recordar la medida, sin dejarse ver y nada más.

Apaguen los celulares, olvídense del pajarito y de su Twitt. Recuperemos un momento de reflexión sobre nosotros mismos. Vayan a ver esta obra que corre todavía este fin de semana merecidamente a sala llena.

NI QUE NOS VAYAMOS NOS PODEMOS IR, de Lupe Gehrenbeck. Dirección: Oswaldo Maccio. Elenco: Caridad Canelón, Nattalie Cortez, Gladys Seco y Simon Chirinos. Centro Cultural BOD, el viernes a las 8:00 pm, el sábado y el domingo a las 6:00 pm. La entrada cuesta 400 bolívares.

TelegramWhatsAppFacebookX

centro cultural bod1

La Sala Experimental del Centro Cultural BOD brinda el escenario para la versión de estreno de la última obra de Lupe Gehrenbeck Ni que nos vayamos, nos podemos ir”..Una obra en un acto que cuenta “La historia de Elvira y su maleta…”. Indecisa, Elvira siente que debe irse del país. Hay razones suficientes. La ciudad violenta de todos los días, la política absurda que divide a la gente. Una de sus hijas se ha marchado y ahora sus nietos crecen lejos, en inglés y sin abuelos. Pero ella sabe que emigrar es darle la espalda a sus afectos, es renunciar al sentido de la vida expresado en cada detalle de su hogar, en los objetos que son un resumen de su vida, sus vecinos, sus costumbres. Su otra hija no piensa en partir, por el contrario está convencida de que el país necesita de cada venezolano para poder crecer y mejorar para todos. Elvira duda, obligada a emigrar con más de sesenta años. Y así transcurre el tiempo revisando a diario el precio de cada pertenencia puesta en venta como exhibiendo su desgarro. Solo le queda la esperanza de irse, si se va, convencida de volver. Así se podría resumir el contenido de esta obra sobre la emigración venezolana de Lupe Gehrenbeck

Sobre el escenario nomás entrar se aprecia el sillón que domina la escena al frente a la izquierda. No parece una imitación de Filas de Mariche o de la carretera del Junquito, se le nota el aire auténtico de un fauteuil Louis XIV y contrasta con el Notebook abierto que tiene dispuesto frente él. El limbo de una mudanza inminente se expresa en el emparedado de cartones al que se ha reducido el salón familiar. y que amenaza con derrumbarse sobre los poquísimos muebles a la vista. Una colección de porcelanas, retratos familiares, marcos de plaqué sin foto, copitas de licor de cristal de bohemia y jarras de platería. Las otras habitaciones de la amplia casa de clase media del este de Caracas podrían estar reducidas a su mínimo contenido. O estarán llenas de vida ajena, con los objetos y el mundo de los inquilinos que pueblan uno, dos y quizá hasta tres anexos.

En este único ambiente desesperanzado que sugiere un selfie de una clase en extinción la empleada Alberta (Simona Chirinos), el ángel de la guarda de la Sra. Elvira, descarga su trapo sobre cada reliquia familiar y sacude el polvo de los días que pasan y pasan sin resolución. Simona Chirinos conoce lo que le nace a su personaje pero sabe equilibrar perfectamente su presencia fuerte al lado de la fragilidad de su empleadora. Fantástica, fresca, ocurrente, protectora y celosa de la vida personal de Alberta que resume su dignidad y sus temores hasta que considera necesario compartirlos. Escuchamos a la Sra. Elvira (Caridad Canelón) resaltar con orgullo y sentimiento el valor de cada objeto que constituye su hogar, su presencia, su existencia. Buen gusto, Lladró, Capodimonte, pero sobre todo buenos recuerdos. Cada cosa tiene una calidad para resaltar incluso si fuera necesario mentir sobre el Resort de sky en los Alpes. La foto no será exacta pero ella estuvo allí, o cerca. Ella conoce, ella ha viajado, Elvira ha compartida una vida con un marido que ya no tiene ninguna vigencia física, pero que completa la foto con sus dos hijas cuarentonas para el marco vacío y ahora se halla envuelta en una lucha de la que no hay salida airosa posible. Caridad Canelón se pasea segurísima por todo el registro y es maestra de un control que le va bien al personaje: dice fuerte, susurra cuando es necesario, canta y conmueve sin resbalar nunca hacia lo cursi en su interpretación. Carolina ( Gladys Seco), angustiosa y soñadora  le insiste por Skype desde Miami que remate todo y que se venga a recuperar el afecto de los nietos, que abrace el futuro y la calidad de vida perdida a la que su madre se aferra en los objetos y en el recuerdo. Gladys Seco envuelve el afecto de la hija autoexiliada en su voz hermosa, cálida y fuerte. Y logra un suspenso sutil. Uno no sabe qué tan fuerte o endeble es hasta que su hermana la pone en cuestión. Candelaria (Nattalie Cortez) alta y firme como su moño de princesa nubia contradice y cuestiona las ilusiones de su hermana con la quimera norteña, convencida de que el país, tal cual ella lo ve, lleva el curso necesario para saldar la deuda social pendiente desde hace tantos años. Trabajo y coherencia, sentido y orgullo que preservan a Candela de la huída absurda y dolorosa. Nattalie Cortez llega con Candela para dejar en claro que no todo es como se ve a simple vista. Nos entrega un personaje con todos los rasgos de la fuerza y la certeza pero nos va abriendo poco a poco y en brevísimo tiempo, las grietas para los afectos y sus necesidades. Orgullosa y convincente pero sobre todo valiente para confesar sus mayores temores. Porque cada una de estas cuatro mujeres tiene algo más por decir y queremos saberlo. Más allá de su título enrevesado, de su tono discursivo, narrativo al inicio pero que por tino contrasta con sus réplicas frescas y reales, más allá de las estériles y excesivas rabietas sobre la intrascendencia o la banalidad de los uniformantes diseños de Ikea, Lupe Gehrenbeck nos regala una obra muy femenina, con momentos llenos de sentimentalidad que conmueven visiblemente no solo a las damas asistentes. A veces al filo cortante del vaso de cartón, como nos encanta a los venezolanos, telenoveléscos y profundos en un mismo arrebato y porque señalan directamente nuestros anhelos, nuestras angustias, nuestras pérdidas. Esta historia de Elvira y su maleta… es en todos los detalles un retrato posible de la Venezuela que ya es otra. La autora halla la clave del buen drama, la reducción de la anécdota a lo esencial, a lo digno de ser mostrado y nos recuerda a su mentor: el maestro de la síntesis teatral venezolana José Ignacio Cabrujas. Lupe Gehrenbeck tiene la delicadeza de darle cabida a diferentes voces como no suele ocurrir en nuestro día a día, en donde nos hemos acostumbrado a callar para no berrear, o para no convertir en violencia verbal nuestra frustración o nuestro inquinado resentimiento. Se tiene la impresión que bajo la menuda cuadrícula del entramado de la sala experimental un velo camuflado se cerniera sobre el país. No se sabe si para protegerlo o simplemente para hacerlo desaparecer del mapa Este ambiente embalado, escondido que nos muestra el director con el aporte de Elvis Chaveinte, envuelto en un aire permanente de mudanza, lleno de provisionalidad, como un centro de comando en un campo de batallas perdidas nos deja la esperanza de un haz de luz que se cuela y que nos ofrece la autora. De pronto cuatro voces de mujeres, logran abrir con su canto un pequeño, un único agujero y comienzan a forzar la malla.

Aquí dentro ganan carácter y se dibujan los personajes en cada detalle del acertado y preciso vestuario de Raquel Ríos: los pantalones de dama apenas al cuerpo, dignos y elegantes, los accesorios y las sencillas joyas al punto, el rostro pálido que se diluye en la horrible indumentaria del personal médico, o el moño de avispero y los labios rebosantes, dominantes de la hija fuerte. Bien por Oswaldo Maccio quien respeta la propuesta de la autora sin asumir riesgos innecesarios, consciente de que su mayor responsabilidad es llevar las riendas con un dedo solo, acaso recordar la medida, sin dejarse ver y nada más.

Apaguen los celulares, olvídense del pajarito y de su Twitt. Recuperemos un momento de reflexión sobre nosotros mismos. Vayan a ver esta obra que corre todavía este fin de semana merecidamente a sala llena.

NI QUE NOS VAYAMOS NOS PODEMOS IR, de Lupe Gehrenbeck. Dirección: Oswaldo Maccio. Elenco: Caridad Canelón, Nattalie Cortez, Gladys Seco y Simon Chirinos. Centro Cultural BOD, el viernes a las 8:00 pm, el sábado y el domingo a las 6:00 pm. La entrada cuesta 400 bolívares.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.