Cuentos de Cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró III - Runrun
Cuentos de Cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró III

Un maleteado en cuarentena, una muerte sin gasolina, una epidemia de talleres online, una cotidianidad con más ciclos que una lavadora: estos son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrun.es, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el tercer lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo. ¿Quieres formar parte de este recuerdo colectivo? Echa tu cuento. Haz click aquí.

 

Necrosis 

El paraíso, eso parecía aquel país. En unos pocos años trabajando duro y con un mínimo de conciencia que escaseaba en la mayoría de los locales, podías tener lo que quisieras y más. La inseguridad siempre fue un problema, pero para quien huye de guerrillas, carros bomba y la violencia desmedida de carteles, cuidarte las espaldas es un hábito y los atracos no asustan. 

En 40 años había logrado su meta económica: una empresa textil tan grande como para viajar a la casa materna cuando quisiera y alinearse a la absurda obsesión caribeña por el buen escocés, pero tan pequeña como para tener tiempo de hacerlo. Sin embargo, las cosas habían cambiado y este paraíso que lo recibió se convirtió en el nuevo gueto de Varsovia con él adentro, un Pablo Escobar dando órdenes y una costosísima moneda extrajera circulando. 

Desde hace años su esposa tenía cáncer y, a pesar de la necrosis social incontenible, visitaban regularmente el oncólogo a 300 kilómetros de casa. Se había agarrado con uñas y dientes a la vida; “es una arrecha”, solía decir, más por la necesidad de alimentar la esperanza que el orgullo. Pero como todo lo que no tiene mucho sentido en el territorio de lo absurdo, la gasolina escaseó y ya no pudo viajar a tratarse su mal. 

La tarde más negra de su vida, después de decirle adiós a su mujer, se sentó en la mesa sin ella y por primera vez tuvo la respuesta exacta a la pregunta que se repitió durante 20 años: “¿Y qué es lo peor que puede pasar?”.

Adriana Pérez Manzano

Venezuela

 

El exilio de Zapato 

 

 

La decisión de exiliar a Zapato no fue tomada de un plumazo. Horas antes estuve reunida con Aspiradora buscando la solución que le permitiese vivir dentro de casa. Ambas discutimos sobre la posibilidad de limpiar su suela con cloro cada vez que regresara del mercado, pero concluimos que era una tarea muy laboriosa. Otra propuesta que pusimos sobre el tapete fue la de permitirle quedarse en el vestíbulo, pero Aspiradora alegó que Zapato era muy confianzudo: sin darnos cuenta lo encontraríamos instalado en el dormitorio. Al final, estuvimos de acuerdo en que lo más sensato era enviar a Zapato a vivir al pasillo de afuera. Desde el closet, Calcetín Blanco aplaudió nuestro veredicto. Día 18.

Isabel Elena Manrique

Venezuela

 

Adiós, Miami / Hola, Miami 

 

Durante la cuarentena, una furia de aprendizaje se apoderó de la gente. Innovaciones tecnológicas, arte culinario y “coaching”. Una misteriosa compulsión nos lanzó a inscribirnos en una gran variedad de cursos. “Busca y encontrarás”, dice la Biblia, ¿o es @LaDivinaDiva? 

Busqué y encontré un grupo: Escritura Terapéutica. Sonaba bien y me uní a ellos para participar. La moderadora propuso como ejercicio contar qué haríamos al terminar la cuarentena. Y esto es lo que yo dije: “Cuando termine la cuarentena iré a Miami a ver a los amigos y a ese amor por el que, como cantaba Gardel, ‘guardo escondida una esperanza humilde / que es toda la fortuna de mi corazón’”. 

Vivo en Atlanta y hace un tiempo pensé que, para romper la rutina del trabajo, recordar viejos tiempos y examinar opciones de futuro, me convenía viajar a Miami. Completé los preparativos del viaje y esperé a que llegara el día. Pero dice la sabiduría popular que “el hombre (y la mujer, por aquello del lenguaje inclusivo) propone y Dios dispone”. Y dispuso que un huracán, monstruo climático, se acercara a la ciudad de Miami. Planes cancelados. Otra vez sería. 

Nueva oportunidad, ya acercándose la primavera: búsqueda de vuelos, pasaje y, de repente, #Quédateencasa. Un virus peligroso se contagia por secreciones, se sospecha que se mantiene vivo en los metales, se transmite si te miran feo y si te abrazan mucho. Y, como aquella película del cine venezolano de los ochenta, Adiós, Miami. 

Para el tercer intento prepararé todo en absoluto secreto, no vaya a ser que el destino o Bill Gates, o el cambio climático, Greta Thunberg, el gobierno chino o Donald Trump den al traste con mis planes haciendo aparecer extraterrestres criaturas precedidas por la voz de Orson Wells, como en La Guerra de los Mundos, o al estilo de un episodio de Perdidos en el espacio, serie que acostumbraba ver en el querido televisor a blanco y negro tomando un gran vaso de Toddy.

Lucienne Beaujon

Venezolana en Estados Unidos.

 

Maleteado en cuarentena 

 

 

El lunes pidió delivery de carne, pollo, frutas, vegetales, cerveza, artículos de limpieza, medicinas, etc, etc.
Pidió todo a casa de su novia: para él y para la novia.
El martes salió de su casa a las 8:00 am
Estuvo en casa de la novia hasta la 1:00 pm.
Volvió a su casa con abundante mercado y muchas historias de fruterías, farmacias panaderías y estación de gasolina.
Llegó directo a bañarse, por seguridad. Dijo que, además, estaba cansado del ajetreo en la calle.
Al quitarse las medias, conocidas de su esposa -de esa de ligas poderosas que marcan la piel en la pierna- no tenía ni una pequeña línea de presión después de pasar toda la mañana en la calle.

Pedro Álvarez. 

 

Hacer de todo y de nada

 

 

En estos días me han preguntado: “Y ¿qué más? Cuéntame qué has hecho”. Al responder me he sorprendido de todo lo que he hecho. Todo depende de si tengo agua, Internet o luz. Trabajo, arreglo y disfruto mi casa. Salgo una vez por semana al supermercado, practico la distancia social. Veo películas y series. Pido cuando puedo un delivery de comida preparada. Tomo sol y ya tengo color. No he ido a trotar y engordé unos kilos. He “ido” a misa en línea o por la tele. Me reúno con mi familia y amigos por WhatsApp o Zoom; nos enteramos de todo, nos reímos y disfrutamos a distancia. Resiembro plantas y cambio otras de sitio. He hojeado en el celular varias revistas gratuitas. Leí un muy buen libro y ahora disfruto por tercera vez Cien años de soledad del gran Gabriel García Márquez. No he ido a una coronarumba. Pongo música y bebemos lo que tenemos. En línea veo conciertos, obras de teatro, paseo por museos y, en Semana Santa, hasta visité los siete templos. 

Aprendí a lavarme bien las manos, quitarme los zapatos cuando entro a casa, limpiar el volante y las manillas del carro con alcohol, a lavar bien las frutas y dejarlas como si fueran de plástico. Me cubro bien la boca cuando estornudo o toso, me quito bien guantes y tapabocas sin tocar la piel ni la cara. He visto y borrado sin ver una pila de empalagosos videos de autoayuda, los buenos días con florecitas y tazas de café (que no sé de dónde sacan tantos), las ocurrencias de la gente desde sus balcones y los memes de los negros funerarios de Ghana. 

Si estás aburrido u obstinado de estar en casa, recuerda todo lo que has hecho desde el día uno. Necesito poco para sentirme bien. Después de que esto pase nos echaremos los cuentos y nos preguntaremos: “¿Cómo pasaste la COVID-19?

Alfredo Graffe. 

Venezuela.