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Carta a los cancilleres, por Laureano Márquez

Cancilleres_

 

Señores cancilleres de América:

 

Cuando éramos niños, a toda una generación de venezolanos se nos enseñó a cantar en los colegios  el “Himno de Las Américas”, un himno que nombraba a todos los países de nuestro continente  y nos hablaba de los ideales y valores que nos unían, la libertad entre los mas preciados. Hoy Venezuela vive un tiempo de desesperación e incertidumbre. La desolación y la muerte cunden por todos los rincones del país como si fuese epidemia.  Un pueblo se ha rebelado en contra de  un gobierno que tendría que garantizar su  libertad y bienestar, pero que se ha convertido en el principal enemigo de los ciudadanos a los que  masacra y tortura contradiciendo todos los principios y acuerdos de Derechos Humanos vigentes en nuestro continente.

Nunca como ahora el pueblo venezolano necesita de acompañamiento: la tragedia que se cierne sobre nosotros va más allá de lo imaginable y soportable. La represión que se evidencia en contra de los manifestantes es criminal, en todos los sentidos de la palabra crimen: asesinato, tortura, robo, encarcelamiento sin juicio, en fin, la brutalidad ejercida en todas sus formas. ¿Y por que millones de venezolanos han tomado las calles de manera irreversible?, ¿por qué una nación entera se ha declarado en rebelión?, se preguntarán ustedes. ¿Cómo se siente un venezolano hoy? Estas son algunas de las sensaciones que se han apoderado de nosotros:

  • La incertidumbre acerca de nuestro futuro.  Hemos perdido la razonable esperanza de libertad y progreso a la que tiene derecho un país.  Nuestra economía está destruida, nuestro país quebrado, luego de la bonanza petrolera más extraordinaria de nuestra historia. Niños desnutridos, población emigrando, huyendo. Por primera vez esta semana se habló de “balseros” venezolanos en aguas de Colombia. Una ministra fue sacada del gobierno por ofrecer las cifras de mortalidad infantil que son espeluznantes.
  • Venezuela no era  -ciertamente- una democracia perfecta, pero hoy somos una democracia desmantelada, un estado fallido: no existe la división de poderes. La Asamblea Nacional, electa por votación popular ha sido anulada, las salidas electorales bloqueadas, los opositores encarcelados, los medios de comunicación cerrados. Como salida el régimen ofrece una asamblea constituyente en la que la representación, como en el fascismo italiano, no proviene  directamente del pueblo, sino de organismos colegiados, gremiales, sectoriales siempre, de modo que el gobierno pueda garantizar la mayoria de apoyo.
  • Nuestro sistema sanitario está colapsado. No hay medicamentos, suplementos medicos, equipos. Han vuelto a aparecer enfermedades anteriormente erradicadas. Sentirnos que no podemos enfermarnos, pero el gobierno nos enferma.
  • Estamos en medio de  una guerra de fuegos entre la inseguridad que genera el gobierno y la del hampa, que nos ha llevado a estar entre los países más peligrosos del mundo.

 

¿Qué queremos?,  señores cancilleres:

  • Poder votar para elegir a nuestros gobernantes y que puedan sufragar todos los ciudadanos.
  • Que nuestra constitución se respete.
  • Que la Fuerza Armada no asesine a nuestros jóvenes en las calles.
  • Que la corrupción que nos desangra termine.
  • Tener comida en los supermercados sin colas de 8 y 10 horas.
  • Trabajo decente y remunerado.
  • Un gobierno eficiente.
  • Transitar calles, correr en los parques, ser libres, salir de la cárcel de nuestros hogares.
  • Justicia independiente.
  • Militares imparciales.
  • Funcionarios decentes.
  • Queremos progreso, libertad, el derecho a pensar, a disentir sin ser agredido, a opinar diferente sin ser mancillado.
  • Ir a una farmacia y conseguir medicamentos.
  • Que los salarios medio alcancen.
  • Queremos en definitiva -señores cancilleres- sentir que un poco de razonable felicidad es posible para todos bajo el sol cálido de en esta tierra.

 

Sabemos que eso lo tenemos que lograr por nosotros mismos, ejerciendo nuestro derecho soberano. Por eso está la población en la calle, por eso se lucha. No queremos que nadie nos haga la tarea, sería indigno y contraproducente. Pero qué bien le sentaría a nuestra esperanza deshilachada un apoyo moral contundente de ustedes, sentir que, al menos, esta angustia es compartida y es de todo el continente americano.

 

@laureanomar

Rochela vive, la lucha sigue, coplas por Reuben Morales
Radio Rochela
Escribí estas coplas a propósito de los 10 años de ausencia de RCTV y del programa para el que trabajé, Radio Rochela

Por más que lo intenten,

cayéndonos a muela,

sigue en la memoria

la gran Radio Rochela.
Solo basta con fijarse

cómo está mi Venezuela.

Más bonito era un desfile

del gran “Miss Chocozuela”.
Destruyeron la economía.

La volvieron un parapeto.

Los indicadores nos asustan

cual desnudo de Pepeto.
Ahora nuestra quincena

es un deporte extremo.

Siempre que uno paga

dice “Agua, que me quemo”.
Con entrar a una bodega,

del tiro te quedas bizco.

Más barato era el abasto

de Manina y el Portu Francisco.
Y si tienes un negocio

escasean hasta las ventas.

No te dan pa’ cortejar,

ni ser Casanova 90.
¿A dónde nos lleva el estrés?

¿Será al manicomio de Bárbula?

Estos bichos chupan la sangre

que no chuparon los Párgula.
Los encabeza un presidente

a quien le falta mucho estudio.

Basta con escucharlo

Mejor habla Gustavo El Chunior.
Y parece no ser legal,

porque no es venezolano.

¿Será su papá Restrepo

del sketch de “Los colombianos”?
¡No entremos en desespero!

¡No guindemos el paltó!

Recemos a nuestro Diosito,

también al hermano Cocó.
Hace falta un líder

que a todos tienda la mano

y además sea inteligente

así como el gran Laureano.
Que siempre promueva vida.

¡No más muertes, por favor!

Ni en el barrio de los Jordan.

Ni en el country de Waperós.
¡Que se unan los partidos!

¡Ya no metan más la pata!

Aprendan del P.I.P.I.

del veterano Charly Mata.
¿Cuando será el día

que se acabe esta mofa

y el presidente en cadena

cante esta estrofa?
“Se va la audición.

Que les vaya bien.

Pedimos perdón

por lo de recién”.
Ya basta de los velorios

con gente llorando en misa.

¡Que vuelva Radio Rochela

y nos regrese la sonrisa!

 

Carta a un médico venezolano, por Laureano Márquez

JoséFranciscoMata

FOTO: Andrés Kerese / Prodavinci

 

Querido doctor:

Quiero que sepas que los venezolanos estamos orgullosos de ti, que estamos clarísimos: sabemos que nuestros médicos son los mejores del mundo y los más humanos. En ningún otro lugar se ejerce la medicina como en nuestro país, en el que hasta en una piñata puedes tener una consulta ambulatoria con uno de los papás del amiguito de tu hijo. En Venezuela uno no va a una consulta impersonal, como hace la gente de otros países; aquí tu médico es tu amigo y conoces a su esposa y vas a la graduación de su hija; si lo encuentras en el mercado, pregunta por tu salud y averigua si te estás tomando la pastillita. Él no revisa tu historia porque se la sabe de memoria: la ha hecho parte de la suya y ves en ella los colores de todas las plumas fuente de sus años y los tuyos, porque la relación de un paciente con un médico en Venezuela es “hasta que la muerte los separe”. Tu médico envejece contigo; podrá pasar de los noventa, como el Dr. Otto Lima Gómez, pero tu confianza en él no merma, porque lo hallas cada vez más sabio, más bueno y hasta más elegante; pero especialmente porque él sabe lo que tú tienes no a partir de los exámenes de sangre, sino del examen que hizo de tu alma en la mirada triste con la que entraste a su consulta y porque su mano en tu hombro es la mejor medicina. Estamos tan orgullosos de ustedes, queridos amigos médicos, tan conmovidos con su quehacer, que no hallamos las palabras exactas de gratitud en esta dolida hora en la que ustedes sacan las balas de los cuerpos de los hijos de esta tierra, caídos en una guerra a la que van con “un canto infinito de paz”.

Ser médico en la Venezuela de estos tiempos es un acto de heroísmo y de amor, de ingenio y de creatividad para salvar vidas en medio de esta tragedia artificial llamada gobierno, que lleva dieciocho años destruyendo lo mejor de nosotros, lo más bueno, lo más noble, lo más sagrado. Seguro que hay algo —los alumnos lo sabrán— en nuestras escuelas de Medicina que hace que quien salga de allí sea dueño de un alma especial, no solo plena de sabiduría, sino lo más importante: de sensibilidad y virtud. Es como si en una cápsula de Petri se hubiesen mezclado la ciencia de Razetti, la santidad de José Gregorio y el sentido de la justicia de Vargas. Ahí están los muchachos de la Cruz Verde, los estudiantes de Medicina, salvando, ayudando, sembrando vida donde otros se la roban. Son nuestros superhéroes, nuestros salvadores, nuestra certeza de que no toda esperanza ha sido arrebatada por la maldad, de que esta tierra es esencialmente de gente buena y solidaria, inteligente y pacífica, por más que el mal, la crueldad y el terror se hayan apoderado temporalmente de las riendas de nuestro destino envileciéndonos a todos; es “el vil egoísmo que otra vez triunfó”: Boves redivivo siembra de muerte los campos de Venezuela. En medio de esta debacle están ustedes, los médicos, más que ejerciendo la medicina, haciendo milagros. Junto a ustedes, las enfermeras y enfermeros, porque si el médico salva vidas, la enfermera salva al médico.

Querido amigo: gracias por dar la cara por la salud y recibir heridas de aquel de quien te vengarás salvando la vida de su hijo o la suya propia. Gracias por tu humanidad toda, por la santidad de tu vida cotidiana, por las causas que apoyas en los lugares más remotos, por actualizarte cada día en un país al que ya no llegan las revistas de medicina. Gracias por hallar un sustituto al remedio que no se consigue, o por dármelo tú mismo, aunque en ello se te vaya la vida cruzando el mar. Gracias por las consultas que no causaron honorarios cuando me suponías pelando. Gracias, pichón de médico, que saliste a una calle insegura a entregar tu vida salvando a tu hermano; ojalá que el que te arrolló siempre encuentre médicos y medicinas; ojalá que viva para siempre. Gracias, doctor, muchas gracias, que Diosito me le pague, como dicen nuestras abuelitas cuando salen de tu consulta. ¡Ah! y no te preocupes: Carujo, esta vez, también pasará, porque “es el hombre de bien el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro sobre su conciencia”.

 

@laureanomar

El miedo a morir, por Laureano Márquez

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En un trabajo de Luis Castro Leiva, El dilema octubrista, sobre la penúltima dictadura, se reproduce un diálogo entre dos dirigentes opositores al régimen, ambos luchando en la clandestinidad. Eran ellos Jorge Dáger, un importante dirigente de izquierda, y Antonio Pinto Salinas, secretario general de AD, asesinado más tarde por la Seguridad Nacional fingiendo un enfrentamiento (en honor a la verdad, aquí se ha fingido siempre). Según el relato, Pinto Salinas llegó al lugar en que se hallaba enconchado Jorge Dáger y lo primero que observó fue una pistola sobre la mesa, cosa que llamó la atención del dirigente adeco, pacifista a ultranza (lo llamaban “el apóstol de la no violencia”), quien le inquirió sobre el propósito del arma. Dáger respondió argumentando que la necesitaba para defenderse por si venían a matarlo. Se trabaron en una discusión sobre el uso de la violencia hasta que Pinto Salinas concluyó que, por su parte, había decidido no matar a toda costa, aunque ello implicase que tuviese que morir, porque —le dijo—: “amo la vida, la vida toda y no solo la mía”. El diálogo concluye con esta formidable frase de Pinto Salinas: “Veo con tristeza que es inútil discutir porque tú estás alienado: le tienes tanto miedo a morir que le has perdido el miedo a matar”.

Este diálogo no ha perdido ninguna actualidad en los difíciles tiempos que corren. La crueldad se ha instalado en Venezuela con la misma saña y dureza con que lo ha hecho en otros momentos álgidos de la historia. Cuando tendríamos que creer —ya en pleno siglo XXI— que los relatos de barbarie serían cosa del pasado, se tienen noticias de aberrantes atrocidades que ya no son cuentos que llegan de boca en boca, como en otros tiempos, sino que en esta época de tecnología e inmediatez se saben al instante, cuando no en vivo y directo. De tanto presenciar atrocidades y propiciarlas, se pierde la sensibilidad por el otro, por su dignidad. Los que murieron asesinados esta semana en Táchira, dos ciudadanos, uno de 33 y otro, un joven de 17 años y todos los asesinados, tenían sueños y esperanzas por un país diferente; buscaban vida, incluso para el autor de su muerte. Truncar la vida por medio de la violencia, aplicada con toda la intención criminal, es una aberración. Si esto lo hace quien está obligado a garantizarla, es crimen de lesa humanidad, porque la eternidad tardó millones de años en engendrarnos, civilizarnos a lo largo de siglos duros, de hambres y batallas, de dolores profundos, glaciaciones y fieras. Detrás de cada hombre está la humanidad toda, la historia toda. El que asesina, también se mata a sí mismo, aunque no lo sepa, porque mató al médico que ese niño pudo ser para hacer mejor al país, que es suyo también; al músico, al campesino que siembra lo que comemos —quizá la papa que se comió la semana pasada—. Toda vida es sagrada, toda vida debe ser preservada a toda costa.

Es arar en el mar pedirles a los personeros del régimen, que parecen vivir una especie de extraño caso de enajenamiento colectivo, que mediten sobre estas cosas trascendentes; el inmediatismo los ciega. Bolívar dio una definición de gobierno bastante sencilla: es aquel que produce la mayor suma de felicidad. Venezuela no está feliz. No es verdad, señores funcionarios, que aquí no está pasando nada. Un país se alzó contra el mal gobierno; la gente no aguanta más; hay desesperación, que es mala consejera. Destruir el país para someterlo no es buena idea. Reinar sobre ruinas y cadáveres no es una victoria. Nuestra historia ha acumulado demasiadas crueldades, una larga lista de atrocidades flotan en nuestra memoria colectiva como fantasmas. Están volviendo. Es lo razonable, lo justo y lo digno atajarlos, no invocarlos; menos auspiciarlos. Los venezolanos de esta hora nos sentimos atrapados y sin destino; el miedo a morir se está apoderando de todos y eso es muy malo. Porque, como decía Sun Tzu: “Colócalos en una situación de posible exterminio, y entonces lucharán para vivir. Ponles en peligro de muerte, y entonces sobrevivirán. Cuando las tropas afrontan peligros, son capaces de luchar para obtener la victoria”. A las pruebas me remito.

Laureano Márquez May 10, 2017 | Actualizado hace 2 años
Vislumbre, por Laureano Márquez

Venezolanas

La palabra viene de la unión de dos voces latinas: vix, que significa “apenas” y luminare, que significa “alumbrar”. Vislumbrar algo es, entonces,  “medio ver” algo que está ahí, pero que todavía no se ve bien. En el amanecer se vislumbran los objetos que han quedado ocultos por la noche. No se ven todavía del todo, pero tenemos el indicio de que —si el mundo no se acaba antes— los vamos a ver pronto.

Así como la noche está irremediablemente condenada por la salida del sol, a los regímenes fracasados solo les queda la fuerza para sostenerse, pero hasta el uso de la fuerza agota. Al que reparte palos todo el día se le cansa el brazo y no llega a la casa con ganas de abrazar a su esposa. Al que se pasa todo el día lanzando “gas del bueno”, algo también le llega a él; y al que tiene hijos adolescentes, en una refriega con “el enemigo” se le puede presentar la duda de si aquel con la franela en la cabeza al que le lanzó un perdigonazo no sería su hijo. Cuentan que una de las razones por las cuales los nazis se inventaron “la solución final” fue porque a sus soldados les era muy penoso pasarse el día fusilando judíos; a las tres o cuatro horas de estar en ello, les era inevitable albergar la duda de por qué lo hacían y de si aquellos seres en una de esas no serían también gente. Comenzaron a enloquecer, a caer en el alcoholismo, a suicidarse.

Algo se termina en Venezuela y se vislumbra algo diferente. La neblina de los gases no deja ver bien todavía qué será, pero la historia no es una reflexión inútil; el conocimiento del pasado es como una lámpara sobre el oscuro presente, que nos ayuda también a vislumbrar cómo podría ser y, especialmente, como valdría la pena que fuera.

Menéndez Pidal, en su introducción a la Historia de España —no olvidemos que el 60,76% de la nuestra se corresponde con la suya— dice que el tiempo de los Reyes Católicos fue, con mucho, el mayor período de la grandeza española y que ello no fue obra de la casualidad ni del azar, sino de hechos muy concretos: Castilla venía del nefasto reinado de Enrique IV, llamado “el impotente”, que la  había llevado a su peor momento de ruina, con el tesoro exhausto, la población descontenta y hundida en la miseria, los nobles desmoralizados, teniendo por única  justicia el capricho del rey y —encima— la  moneda devaluada como consecuencia de la corrupción. Al morir Enrique, asciende al trono su hermana Isabel, casada con el heredero del reino de Aragón. Isabel y Fernando unificaron España y protagonizaron lo que Menéndez Pidal considera el momento cúspide de esa nación.

¿Cuál fue el secreto? Según el historiador —y el mérito es de la aguda visión política de Isabel— los Reyes Católicos se ocuparon de que en España hubiese, quizá por vez primera,  justicia imparcial y, además,  para las labores de gobierno escogieron a los más capaces, sin importar si eran nobles o plebeyos, e incluso si habían sido enemigos en algún momento; la inteligencia privaba por encima de todo. Esto produjo un efecto multiplicador, se regó como una mancha de aceite: una cadena de capaces escogiendo a más capaces como subalternos, no por adulación, sino por ingenio y preparación; un círculo virtuoso, como el rector de la UCAB. La reina tenía una habilidad extraordinaria para detectar el talento y es fama que guardaba un libro donde anotaba los nombres de las personas que destacaban por su inteligencia. Cuando le tocaba proveer un cargo apelaba a su “diccionario” de gente capaz.

Dice Menéndez Pidal, al referirse a este vuelco inusitado de su tierra, lo siguiente: “De la decadencia más baja al florecimiento mayor de un pueblo no hay más que un paso”, pero es un paso difícil de dar pasar del “lodazal de las codicias particulares al terreno de las nobles aspiraciones”, porque requiere un acto de voluntad que deseche el oportunismo, la viveza y la indolencia.

Vislumbro que Venezuela va a renacer si somos capaces de asumir el compromiso. Si lo sabemos hacer como es, sorprenderemos al mundo con nuestro brillo. Las nobles aspiraciones no son otra cosa que hacer coherente el país que se sueña con el que se practica cada día, el compromiso ético con la honestidad. Si logramos dar ese paso el florecimiento vendrá, porque inteligencia es lo que aquí sobra. Ese  diccionario te lo tengo, Isabel, desde la A hasta la Z.

A quien pueda interesar, por Laureano Márquez

Carta

 

Hay comentarios que muestran el talante de un alma, la atrofia espiritual de un ser. Es evidente que Venezuela está agotada, extenuada, abatida, exhausta… ¿Cómo te lo explico con un sinónimo que te llegue a la poca humanidad que has optado por dejar en ti? No obstante, no incurriré yo contigo en la misma deshumanización con la que miras a tus compatriotas. Me gustaría que fueras mejor, que la historia te recordara de una manera menos triste de la que, ciertamente, lo va a hacer. Me gustaría también que callaras más, porque tus palabras se vuelven contra ti. Es que también la palabra inoportuna y ordinaria es una forma de tormento.

Venezuela está harta de muchas cosas, pero sobre todo harta de la maldad que representas, de la contradicción entre tu prédica y tu criminal acción de cada día, de que tortures a tu pueblo en nombre del amor. Cansados de tus acciones soeces que ofenden la bondad y la cultura de nuestra gente,

Esta semana vimos al joven Hans Wuerich caminar desnudo hacia una de esas máquinas de agresión que los chinos nos han vendido como parte de su cooperación con el pueblo de Venezuela. La verdad es que a este muchacho lo único que le faltaba era una corona de espinas para ser continuación de la pasión de la Semana Santa que acabamos de pasar: desnudo, como Jesús, cuyas ropas echaron a suerte los centuriones; su desnudez fue el acto sagrado de cargar con la nuestra; con nuestra indigencia de leyes y justicia, de moral y de respeto. No me cabe duda de que cuando este tiempo pase —porque quiero que sepas que pasará— la imagen de Hans quedará como el Ecce Homo venezolano de este momento, cargado con todas las amarguras, con todos los dolores, perdigones y maltratos que le infligiste.

En su libro El 18 brumario de Luis Bonaparte, encontramos esta frase de Marx —Carlos, no Groucho—: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez, como farsa”. Ya vivimos la tragedia: la ruina de Venezuela en el momento más esplendoroso de su historia petrolera. La fatalidad de que, insurgiendo en contra de la corrupción, la injusticia y la pobreza, se haya edificado el régimen más corrupto, injusto y empobrecedor de toda nuestra historia, que ya es bastante decir. Superada la tragedia, los acontecimientos vuelven a repetirse, como diría Marx, como farsa, es decir: engaño, mentira, patraña, simulación, fingimiento… Es una pena, porque estoy seguro de que alguna vez soñaste algo distinto, cuando no eras poderoso y estabas del lado de la mayoría maltratada… Somos actores en el drama de la vida, pero también es verdad que somos seres libres de desechar el mal y optar por lo bueno y lo justo, por lo bello y noble. El que representa una farsa se llama farsante. Lo peor que le puede suceder al farsante es creerse su propia farsa.

Me despido con las palabras con las que el general espartano Leónidas despidió a Efialtes, el traidor que condujo a los persas para aniquilar a su propia gente: “Ojalá que vivas para siempre”.

@laureanomar

Laureano Márquez Abr 21, 2017 | Actualizado hace 3 años
Los 500 mil, por Laureano Márquez

Milicianos

 

Un fusil cuesta alrededor de 500 dólares, belga (o sea de Bélgica). Ponle 2000 $ con el sobreprecio correspondiente (siendo bastante conservador, para que no lo llamen a uno exagerado). Multiplico en mi celular 500 mil fusiles por el precio, para saber de cuántos dólares estamos hablando en total. Mi celular me responde que es “1e9”. Como soy de humanidades, no entiendo esta cantidad, pero vi lógica en filosofía, lo cual ayuda en la vida. Luego, para entender mejor, divido ese número raro, imaginando la construcción de -digamos- 100 escuelas. Me salen que con esa inversión en armas se podrían construir 100 centros educativos de 10 millones de dólares cada uno. Me pregunto, como en el final de la Lista de Schindler: ¿cuántos enfermos de cáncer se salvarían?; ¿cuántos recién nacidos saldrían de la condena de una muerte segura?; ¿cuántas medicinas, cuántos kilogramos de trigo se podrían importar?; ¿cuántos comerían completo?

La historia demuestra de manera fehaciente que cuando en una nación en conflicto se arma a uno de los bandos, el fin es uno solo: propiciar el exterminio. Venezuela toma el peor de todos los caminos, el de la confrontación civil, azuzada por quien tiene el mandato de ser garante de la paz. Siento que la escritura se torna inútil, que el humor ya no cabe, que la sonrisa se desdibuja, que las palabras no son suficientes y que los hechos nos sobrepasan. Ya los llamados a la esperanza se vuelven dialéctica vacía y recuerdo que para los antiguos griegos no había mal mayor que la esperanza ciega, sin esfuerzo creativo tras ella. En Venezuela toda la creatividad que mueve a otros países a tener cultura, bibliotecas, museos, ciencia y progreso, está solo al servicio del mal, de la destrucción, de la muerte. Inventamos nuevas maneras de hundirnos cada día. Quisiera poder decir que un futuro promisorio nos espera a la vuelta de la esquina, pero no alcanzo a vislumbrarlo por esta senda, en un país que -es vox populi- tiene todo para alcanzarlo. Quisiera alentar a mis compatriotas a algo, pero honestamente no sé a qué alentarles. Creo que solo nos queda mostrar -como se está haciendo- nuestra determinación cívica, pacífica e irrevocable de cambiar.

Escribo estas líneas en la víspera del 19 de abril, fecha en que en Venezuela se conmemora el primer intento de vida independiente. La historia menuda cuenta que Emparan, el capitán general español, fue llevado al balcón de la casa vecina a la Casa Amarilla y desde allí preguntó a la multitud:

– ¿Me queréis por vuestro gobernador?

Repite la leyenda que el padre Madariaga tras el hizo la señal negativa con su dedo providencial y el pueblo grito:

– ¡Nooo… no te queremos!

Así comenzó la aventura de este bravo pueblo que 207 años después de ese hecho no ha podido lanzar de forma definitiva el yugo que le oprime.

Doscientos años de vida independiente y aun sin rumbo. Vuelvo al comienzo: creo que 500 mil fusiles son demasiados fusiles, demasiados tiros ha tenido ya nuestra historia. Bastarían solo 59 disparos de cada uno de ellos para convertir a la nación entera en un cementerio, en un país de 500 mil habitantes. Solo una certeza me invade en esta hora: cuando esta locura termine, cuando recobremos la razón, habría que prohibir por ley y para siempre los fusiles. Me parece que fue Talleyrand el que dijo: “las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse sobre ellas”.

@laureanomar

 

De la maldad ... por Laureano Márquez

Miraflores3

 
Estamos en Semana Santa, ningún otro tiempo como este -dedicado al arrepentimiento- para hablar acerca de la maldad. El término viene del latín “malitas” que alude a la calidad de malo. “Doblada es la maldad que es so celo de amistad”, reza el castizo refrán para significar que doble se torna la maldad usada en contra de una persona cuando quien la produce, finge, además, amistad. Sí doble es en contra de una persona, cuánto más no lo será cuando alguien hace mal a un pueblo entero, fingiendo amistad con él.

Tradicionalmente se distinguen tres tipos de males: el mal físico, que incluye el sufrimiento, la enfermedad o las catástrofes naturales; el mal moral, que es el que un sujeto causa a otro y el mal metafísico imperfección de las cosas eternas.

Nuestro gobierno es malo en todas las posibilidades y acepciones del término: es malo metafísicamente porque su maldad es infinita. Es malo moralmente: hace daño premeditada y alevosamente. Abusa de la ignorancia de la gente para inducirla a practicar el mal como si fuese el bien y -como si lo dicho fuese poco- es causante directo del mal físico del pueblo, del sufrimiento que le produce con las múltiples formas que ha diseñado para torturarle. Le hace sufrir con el uso desproporcionado de la fuerza en contra de gente desarmada, con la corrupción e incapacidad que ha dejado la salud de los venezolanos en la peor calamidad que se conozca en este siglo. Este Gobierno produce el sufrimiento del hambre, el de la inseguridad. Este gobierno ha colocado a una nación en los límites de la supervivencia. Este Gobierno es malo no solo en términos de la manera como práctica la maldad, sino además en el sentido en que lo malo es sinónimo de incapacidad, es decir, en términos de ignorancia, incompetencia, ineficacia, ineptitud, inutilidad, nulidad y torpeza. Nuestro gobierno es una catástrofe elegida por nosotros, por nuestro voto debe salir.

El sentimiento que mueve al mal –contrariamente al amor que es el que mueve al bien- es el odio. Este es un régimen que surge de la animadversión, del resentimiento de quienes llegaron al poder no para gobernar y edificar, sino para estimular la hostilidad y la aversión, sentimiento que por su naturaleza básica y primitiva, se siembra con facilidad y rapidez en el corazón de la gente, pero se requiere mucho tiempo y paciencia curar las heridas que produce. Quítele usted a este régimen las limosnas repartidas caídas del festín petrolero del que se embriagaron y encontrará a la Venezuela que nos llegan: una nación empobrecida, destruido su aparato productivo, su sistema educativo y sanitario. Venezuela es hoy país más peligroso e inseguro del globo terráqueo, porque la delincuencia ha sido la aliada de gran destructor en la aniquilación de los venezolanos. Y lo peor: una nación con sus fundamentos morales en ruinas.

A Venezuela le llegó la hora de sacudirse la maldad. Por eso hay que ser particularmente asertivos en este tiempo, porque no hay otro y tener claro el rumbo tanto como el destino. Descendimos a los infiernos y menester es resucitar. No está de más convertir en lema de este tiempo esta frase Nietzsche:

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Tiempo de exorcismo es, pues, esta Semana Santa.

@laureanomar