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Historia de las Historias

Lo que nos espera, por Eddie A. Ramírez S.

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Parece que, después de las dudas de algunos, nuestra dirigencia tiene claro que estamos frente a un régimen dictatorial que viola constantemente la Constitución y reprime sin ningún escrúpulo a quienes se oponen. Ahora hay que proceder acorde con el diagnóstico. Lo que nos espera puede ser malo o bueno, según actuemos como Lord Halifax o como Churchill.

Recordemos que, ante los primeros éxitos de Hitler, Lord Halifax quería que Gran Bretaña firmara la paz aprovechando la intermediación ofrecida por Mussolini. A este planteamiento la posición de Churchill fue que era inaceptable una paz bajo la dominación de Europa por los nazis. Halifax no era un colaboracionista, sino un patriota apaciguador temeroso de que si no aceptaban la paz se perdería el imperio británico. Para bien de la humanidad se impuso la tesis del León inglés, en cuyo escritorio tenía un letrero con palabras de la reina Victoria durante la guerra de los Boers: “Las derrotas no existen. No estamos interesados en esas posibilidades”. A pesar de las críticas de muchos de los suyos, Churchill mantuvo a Lord Halifax en Asuntos Exteriores argumentando que “si iniciamos una pelea entre el pasado y el presente perderemos el futuro”.

Esto es válido para el caso de algunas actuaciones de la MUD. Sin duda que causa escozor su lentitud de respuesta y la torpeza como participó en el diálogo, sin estrategias, cediendo las únicas armas que eran la presión de la calle y los diputados por Amazonas, además de designar a negociadores inadecuados. La última cita de Churchill también es válida para el caso de Henry Falcón y de Rosales. No simpatizo con muchas de las posiciones de los citados, pero ambos tienen seguidores y puntos a favor por lo que no debemos caer en el error de tildarlos de traidores.

Evidentemente no tenemos otra vía que seguir luchando, para lo cual hay varias opciones. Insistir en el referendo revocatorio: La designación de El Aissami como vicepresidente no fue para reprimir. Ello lo puede hacer Maduro con Reverol o con cualquier otro, como lo ha hecho desde un principio. La jugada de Maduro es para evitar ser defenestrado antes de tiempo, ya que a nadie se le podría ocurrir promover un revocatorio para que quede El Aissami de presidente. Elecciones regionales: hay que presionar para que se realicen y las probabilidades de que los demócratas ganemos la mayoría es muy alta. Políticamente es importante ya que debilitaría al régimen, pero entendamos que no es la panacea. Los nuestros serán asfixiados económicamente y más de uno será encarcelado con cualquier pretexto o destituido por el sumiso TSJ. El país seguiría cuesta abajo.Asamblea Constituyente: algunos compatriotas han dedicado tiempo y talento con miras a la convocatoria de una Constituyente. Esta opción tiene sus más y sus menos, pero debe ser evaluada para determinar si el momento es propicio.

Negociación con grupos disidentes del oficialismo: la idea sería constituir un frente amplio con participación de esos disidentes, los partidos de oposición y representantes de la sociedad civil. Negociaciones con equipo del gobierno: no deben descartarse por el fracaso del pasado. Fuimos a ese diálogo sin prepararnos y con negociadores novatos. Podríamos reiniciarlo sujeto a que el gobierno fije elecciones regionales a corto plazo, acepte las decisiones de la Asamblea Nacional y libere a los presopolíticos. Además de estas condiciones previas, la nueva carta sobre la mesa debería ser elecciones generales anticipadas o un gobierno de transición. Acciones de calle: son imprescindibles para lograr el cambio, pero solas no bastan.

Salir del régimen no es suficiente para enrumbar el país. El reto está, según plantea José Antonio Gil Yepes en su excelente libro ¨Escenarios de Venezuela 2017-2030¨, en lograr consensos para pasar de los gobiernos autoritarios y rentistas a otro que sea pluralista y orientado a la producción. Este trabajo de Gil Yepes amerita ser discutido por políticos y no políticos, para evitar que un nuevo gobierno nos venda más de lo mismo aunque con brochazos de democracia.

El precio del petróleo probablemente se mantenga por debajo de los 50 dólares el barril y las probabilidades de nuevos préstamos no se visualizan y, de lograr algo, los montos no serán suficientes. Se mantendrá la escasez de medicinas, alimentos y repuestos, la inflación seguirá aumentando al igual que las protestas. Si el régimen no incrementa la represión puede caer y si la aumenta también. Por ello le conviene negociar y ceder, siempre y cuando perciba una oposición unida y dispuesta a confrontar.

Como (había) en botica: El expresidente de facto pronunció un discurso sin contenido y ante un espejo. Muchos actúan como nuestro distinguido Dudamel y prefieren no criticar las violaciones del régimen a la Constitución. No se puede pedir que todos los venezolanos tengan la entereza moral para protestar. Descalificarlo no tiene sentido. Allá cada quien con su conciencia. Los “ejercicios cívico militares anti imperialistas” fueron una pantomima. Por lo menos pudieron cambiarse la camisa roja por otra menos visible a las supuestas fuerzas invasoras. Lamentamos el fallecimiento de Diógenes Madrid, impulsor del cultivo de la uva y del Centro Vitícola del Zulia ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

 

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Franco el bolivariano por Elías Pino Iturrieta

FranciscoFranco

 

En 1971, Ernesto Giménez Caballero escribe “El parangón entre Bolívar y Franco”, fragmento de un libro que circula en Madrid con el título deBolívar regresa a España, en el cual se informa sobre contactos de representaciones diplomáticas de América Latina con el dictador. En sus páginas abundan las loas para Isabel la Católica, “reina fundadora” de una comunidad de pueblos que de nuevo procuran la unión. Como prólogo de la publicación se incluye “El Generalísimo define”, texto que considera a don Simón como “uno de los grandes héroes de la emancipación americana, síntesis genial de esta raza nuestra, creadora de pueblos para la libertad”.

Como Franco suscribe las letras, los lectores desprevenidos estarían de acuerdo en calificarlo de bolivariano, esto es, como discípulo de las ideas del inspirador de su entusiasmo. Pero tal vez solo esté arrimando la sardina de la Independencia para la brasa de la Hispanidad, no en balde aprovecha la ocasión para hablar de la existencia de una raza encarnada en un conjunto de pueblos cuya vocación conduce a la realización de grandes hazañas, entre ellas una escaramuza pasajera de padres e hijos que por fin se juntan en la familia marmórea de siempre para ascender otra vez a la cumbre de la historia. No pasa de allí el Generalísimo, pero Giménez Caballero se ocupa de revelar la definición que quedó pendiente y que convierte a su jefe en bolivariano.

Se sabe que Giménez Caballero fue propagandista del fascismo en España, promotor de la Falange y letrado cercano a Franco, trabajos en los que llegó al extremo de asegurar cómo el Caudillo superó al insurgente en la tarea que se propuso contra la monarquía. Franco se inspiró en Bolívar, de acuerdo con el panegirista, porque fue “gran lector y meditador sobre esa auroral y precursora figura hispanoamericana”. Pero cuando se refiere a la fuente como “auroral” y “precursora” apenas habla de un comienzo de historia, de la raíz de una planta que no ha crecido o que dará frutos debido al trabajo de una figura o de un suceso del porvenir. ¿Quién es esa figura? ¿Cuál es el suceso?

Leamos un fragmento de “El parangón entre Bolívar y Franco”: “Había que substituir una monarquía hereditaria –planteó ya Bolívar– que era la estabilidad, la continuidad y el orden de tres siglos, por un sistema republicano que era lo contrario, lo que él llamó ‘El hemisferio de la anarquía’. Y para ello solo cabía un presidente vitalicio (continuador del rey) con derecho de elegir su sucesor (continuidad del príncipe) y con un Senado hereditario (transformación de la antigua aristocracia). Y ese fue el gran triunfo político de Franco al encarnar tal pensamiento: presidente o jefe de Estado vitalicio, con un Senado o Cortes orgánicas. Y –son palabras textuales de Bolívar– ‘un ideal príncipe hereditario que asegure la continuidad, pero con mérito propio. ¿Qué fueron los príncipes hereditarios elegidos por el mérito y no por la suerte, sino los monarcas más esclarecidos? Harían la dicha de sus pueblos”.

La maniobra de Giménez Caballero parte del fracaso de la Constitución de Bolivia, cuya monarquía sin corona no se convirtió en realidad por el rechazo que produjo en los sectores liberales de Lima, Quito, Bogotá y Caracas. Ni Bolívar ni los bolivarianos pudieron superar el escollo, para que el proyecto de una república autoritaria condujera a la decadencia política del proponente y a la desaparición de Colombia. El designio de Bolívar fue “como arar en el mar”, concluye el escribidor, mientras el futuro “hace la interpretación decisiva: la del auténtico pensamiento bolivariano realizado en la historia: ni siquiera por el propio Bolívar, sino por Francisco Franco”.

De lo cual se deduce que Giménez Caballero fue un franquista redondo y sin fisuras, hasta el punto de disfrazar a su líder de bolivariano partiendo de una analogía cuyo anacronismo solo tiene cabida en los espacios de la propaganda política más burda. Sin negar que el cesarismo español del siglo XX pudiera encontrar mejores argumentos en la tela del uniforme de Bolívar, hispanidad aparte. Pero también sin dudar que, si alguien ya se atrevió a asegurar que Franco perfeccionó la obra inacabada del Libertador, cualquiera puede decir lo mismo sobre Chávez y Maduro.

 

 

El Nacional

Mar 31, 2015 | Actualizado hace 5 años
Liderar con el ejemplo por María Elena Arcia Paschen

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En días pasados tuve la fortuna de asistir a dos eventos el mismo día, cuyos protagonistas generaron un importante impacto en los presentes y que me confirmaron que tanto el talento, el compromiso, como el amor por nuestro país trascienden las circunstancias puntuales que estamos viviendo.

Se trató por una parte de la toma de posesión de la nueva junta directiva de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y el magistral discurso de su Presidente Eugenio Hernandez-Bretón quien de una forma fresca, inteligente y sin adornos (algo no tan usual en los académicos) nos invitó a reencontrarnos con el gentilicio y el país que nos da albergue y confiar en que el talento y la honestidad bien pueden trabajar juntos. Fue un momento muy emotivo y transparente en el cual siempre estuvo presente su intención de ilustrar a sus pequeños hijos sobre la importancia del buen actuar recordándonos que sólo somos un fragmento de la historia, pero también la hacemos.

Esa misma noche participé en una charla con Hillo Ostfeld en la cual, escuchando sus experiencias como sobreviviente del Holocausto,  empresario exitoso y líder de la comunidad judía en Venezuela, pude entender como nuestra voluntad y decisión de sobrevivir nos permite superar las adversidades para abrirnos nuevas oportunidades.

Fue realmente emocionante escuchar de una persona que ha luchado para sobrevivir una experiencia devastadora de intolerancia,  como los venezolanos le permitimos recobrar la fe en el ser humano.

Soy fiel creyente en que, por naturaleza, el hombre es bueno y que en ocasiones requerimos de “estímulos” que nos motiven a sacar lo mejor de cada uno de nosotros.

Luego de escuchar y reflexionar sobre esos 2 eventos  hay algo que queda muy claro y es que la mejor forma de guiar, liderar y estimular es con el ejemplo, siendo coherentes en el pensar y en el actuar.

Este debe ser el mensaje para todos aquellos venezolanos que desean participar en la laboriosa tarea de rescatar al país del primitivismo en que nos encontramos y guiarlo a la senda del progreso.

Es el ejemplo el que nos llevará a querer parecernos y así reconstruir un país de valores donde el esfuerzo personal y el buen actuar sean las aptitudes a emular, desechando los antivalores que se han intentado sembrar con complicidad y enorme irresponsabilidad de parte de quienes, por un error histórico, ostentan el poder. Aún cuando éstas no son cosas de Dios, pudiera éste exigir sus responsabilidades conjunta y quizás, hasta simultáneamente, con las Instituciones de la Patria…

Ejemplos en nuestra sociedad hay muchos que nos demuestran que somos más quienes compartimos una visión de integridad y valores por lo que, de este grupo de personas, deberán salir quienes nos representen y guíen en la tarea que tenemos por delante.

Obviamente que eso requiere de enormes dosis de humildad y grandeza de espíritu, las cuales siempre van de la mano, y algo de astucia para saber como hacerlas funcionar en beneficio del país.

Aún cuando señalé inicialmente que soy de aquellas que cree, casi religiosamente, en la bondad del ser humano debo también reconocer que muchas veces he ignorado las señales de alarma por querer preservar la fe en la naturaleza del hombre. Esto simplemente lo menciono para que pueda servir también de enseñanza a otros en este largo caminar.

Quienes de una u otra forma hemos asumido un compromiso con el futuro del país, y mas aún aquellos que en este próximo evento electoral pretendan representarnos, deberán convertirse, para el resto de sus compatriotas,  en el ejemplo de seriedad, honestidad, trabajo y de esta forma servir de modelos para las próximas generaciones.

 

@malarcia

Hacer historia por Elías Pino Iturrieta

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Es cierto que el autoritarismo ha determinado, en grandes tramos temporales, la política venezolana. Desde la Independencia, la influencia de un solo hombre poderoso, o relativamente poderoso, ha marcado la marcha de la sociedad. Sobran evidencias sobre tal fenómeno, pero lo adecuado sería llamar la atención sobre un enfrentamiento entre la arbitrariedad y la institucionalidad, a través del cual se observa el desarrollo de dos tendencias que han chocado cuando han tenido oportunidad sin llegar a un desenlace definitivo. Se trata de una lucha librada en el tiempo que puede encontrar la meta en nuestros días, cuando vivimos el trabajoso capítulo de una evolución susceptible de acceder a resultados de trascendencia.

Cuando hablamos de historia generalmente nos separamos de ella, como si fuese en esencia obra de los antepasados, o como si ella se dirimiera de preferencia en los campos de batalla, pero la hazaña de fabricar una sociedad es una trama sin solución de continuidad en la cual se incluyen los empeños y las esperanzas de una carrera como la que se experimenta hoy en medio de grandes escollos y de la cual todos formamos parte sin alternativa de dejación. Estamos envueltos en un acontecimiento de carácter colectivo cuyos rasgos se relacionan con capítulos anteriores de una búsqueda de libertad, o de un consentimiento de las opresiones que ha tenido desarrollos fundamentales. La encrucijada frente a la cual estamos nos pone en la posibilidad de vincularnos con victorias o fracasos anteriores, de seguir tejiendo la madeja de un hilo cuyo origen es antiguo y de cuya extensión somos responsables ahora como lo fuimos en los siglos XIX y XX.

Pese a que parece disminuido, el desarrollo del movimiento que se ha formado en los predios de la oposición guarda relación estrecha con capítulos del pasado que no han encontrado establecimiento sino de manera fugaz, pero de cuya consolidación puede depender la culminación de un anhelo de republicanismo que apenas se ha desarrollado a medias debido a la presión de factores como el personalismo y el militarismo. En la última década, el republicanismo ha cobrado un auge que se manifiesta en una mayor presencia de los individuos convertidos en ciudadanos, especialmente entre los sectores juveniles, alejados ahora de la indiferencia de otras épocas frente al bien común. La prolongación de un personalismo anacrónico, pero también el tamaño de los disparates que ha promovido, han servido de alimento a un interés por los asuntos públicos que parecía paralizado o que apenas a veces se asomaba con reticencias, han puesto en marcha un motor que tenía tiempo sin encenderse pero que  puede hacer carreras de largo aliento. Los animadores de ese motor son gentes sencillas de todos los ámbitos que ocupan el centro de la escena tras el propósito de introducir reformas sustanciales en las maneras de entender la vida y las formas de administrarla, quienes ocupan el papel de protagonistas de una historia tan histórica como la sucedida antes, en los llamados tiempos heroicos, pero sin necesidad de proclamar la guerra ni de desenvainar la espada como los chafarotes de antes.

Sin mesnadas de lanceros, se está fraguando un nuevo proceso histórico contra las reliquias de un pasado nefasto, contra los restos de una colectividad pasiva y parasitaria que puede tener las horas contadas. De allí el surgimiento de un masivo movimiento heterogéneo que solo a medias se preocupa por el magnetismo de un líder, o por lo que pueda hacer él desde las alturas, porque quienes lo integran están hartos del papel de borregos que no pocas veces hicieron los antepasados y porque están dispuestos a participar en un renacimiento que no puede ser obra de un solo individuo sino de todos en general. En eso consiste la historia, desde el nexo con lo que se ha hecho o se ha dejado de hacer hasta ahora, pero también desde la imperiosa necesidad de cambiarla antes de que la permanencia de un personalismo mediocre y autoritario la paralice o la estorbe todavía más.

@eliaspino

El Nacional

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Sobre el 4 de febrero por Elías Pino Iturrieta

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El 4 de febrero de 1992 se tiene que observar desde la actualidad, por supuesto, pero nuestro tiempo agobiado por las dificultades tiende a sacar cuentas benévolas sobre el sistema de gobierno contra el cual se produjo la intentona militar. La actualidad habitualmente mira desde un estrecho prisma, y deja de lado realidades sin las cuales no se puede entender lo que sucedió entonces y sucede ahora. Una expresión manida de nuestros días (“éramos felices y no lo sabíamos”) permite el entendimiento del asunto según se quiere plantear aquí.

En 1992, como consecuencia de una cadena de errores cuya existencia se advierte después de la primera presidencia de Caldera, ocurre un deterioro creciente de los partidos que ejercían el control de la sociedad desde 1958. Las fortalezas fundacionales de la lucha contra Pérez Jiménez eran o parecían escombros, y los liderazgos mostraban un decaimiento sin paliativos. La expansión de las corruptelas, pero también del desencanto popular por las noticias de numerosos escándalos protagonizados por altos funcionarios que contaban con la blandura de los tribunales, marcaban una atmósfera que invitaba a distancias prudenciales. Las toldas más importantes (AD y Copei), servidoras eficaces de la sociedad en lapsos que se sentían remotos, eran ahora, para vastos sectores de la colectividad, clubes de contratistas distanciados de la gente sencilla. Nada esperanzador salía de su seno, nadie capaz de atraer de nuevo a las multitudes, ningún mensaje digno de ser creído. La reedición de CAP, que va del gozo al foso en cuestión de dos años, descubre los colmillos de una jauría que solo mira de reojo la democracia cuando quiere pasar inclementes facturas. La reedición de Caldera es apenas un salvavidas de limitado aliento, ante los desafíos de una navegación turbulenta que no podían atender unas supuestas generaciones de relevo que eran solo eso, unas cosas supuestas, unos figurines sin plataforma, un deseo sin encarnaciones cabales. ¿Éramos felices y no lo sabíamos?

Una pregunta sin respuesta que le conceda fundamento, si vemos la absurda manera de responder ante la intentona golpista. La dirigencia presumida y miope no se detuvo a calcular la gravedad de la militarada, debido a que permitió su incubación y el crecimiento de sus tentáculos y ahora no podía ponerse a ponderar las agallas de una criatura que había alimentado con la desidia que usualmente acompaña la prepotencia. La fiera no podía ser domada en 1992 por falta de domadores. Una conspiración caracterizada por la mediocridad y la improvisación contaría con el adocenamiento y la ligereza de sus antagonistas. Pero también con la indiferencia de la ciudadanía cada vez más ganada por la antipolítica. De allí el entusiasmo con el cual fue recibido por los pasivos espectadores el engendro antirrepublicano de los “Notables”, señorones que, como si cual cosa, a cuenta de sabios y encumbrados, se estrenaron como salvadores sin que nadie hubiese pedido salvamento. Sin embargo, la gente aplaudía porque se quedaba tranquila en el paraíso de su incuria. De allí a búsquedas estrambóticas, como las candidaturas presidenciales de Irene Sáez y Alfaro Ucero, solo hizo falta un paso. ¿Éramos felices y no lo sabíamos?

La pretendida felicidad tampoco encuentra soporte en la decadencia del elemento militar, pues los cuarteles no podían librarse de la descomposición   de esas apocadas horas. De sus academias surgieron los jefes del cónclave que debutó el 4 de febrero de 1992, hijos legítimos de la medianía de sus preceptores. No eran sino la representación de un declive generalizado que debía mostrarse en su forma más descarnada para que se tuviera cabal noticia de lo mal que marchaban las cosas, para que se ventilaran a juro los errores y las omisiones de los hechos históricos que caminan derecho hasta que se vuelven chuecos, para que no quedaran dudas sobre el abismo cavado entre todos sin consideración de la gran obra realizada por la democracia representativa en su período estelar. Los debutantes de febrero están ahora en las alturas del poder como testimonio, ojalá último, de una época que se debe recordar con pinzas antes de que pase a mejor vida.

 

@eliaspino

El Nacional 

Compra y venta de periódicos por Elías Pino Iturrieta

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El asunto de la libertad de expresión merece un tratamiento cuidadoso, a través del cual se contemplen los matices que lo distinguen. No es tema que se deba tratar en sentido panorámico, debido a las maneras que han caracterizado su ataque en Venezuela desde el advenimiento del chavismo. ¿Por qué la preocupación? En atención a la trascendencia del problema, desde luego, vital para la preservación de la democracia que todavía nos queda; pero también debido a cómo ha sido examinado por los periodistas, es decir, por las personas involucradas directamente con un oficio que experimenta limitaciones capaces de estorbar su trabajo en términos particulares.

Hace ocho días, en una primera reunión con los expresidentes Pastrana y Piñera, los periodistas insistieron en denuncias sobre el caso Globovisión, mientras los enigmáticos tratos sobre la compra y venta de periódicos ocuparon segundo plano. No caben reproches sobre la conducta de quienes se han sentido lesionados por las modificaciones ocurridas en un canal de televisión como consecuencia del cambio de patrón, pero conviene distinguir entre los manejos que produjeron el cambio y los trajines relacionados con lo que se ha visto en el escandaloso caso de los impresos que estrenan propietarios flamantes.

¿Cuál es la diferencia? El canal fue adquirido por un señor con nombre y apellido que, con el derecho que legítimamente asiste a quien tiene la sartén por el mango porque guardaba dinero para hacerla suya, modifica la orientación de su nuevo predio, la anuncia y la convierte en realidad. Estamos ante un caso como el de don Guido, ese caballero andaluz de Antonio Machado que quiere sentar cabeza de una manera española y olvida las francachelas y las manzanillas para dedicarse a los altares y a las cofradías hasta cuando doblan las campanas por su beatífica muerte. Tal vez este don Guido de nuestras cercanías (a quien no conozco personalmente ni está en la libreta de mis citas próximas) buscó una metamorfosis drástica de sus vivencias y le dio por informar a su modo desde la pantalla chica. No deja de ser una maroma curiosa, una cabriola de las más llamativas, pero capaz de resistir objeciones debido a que se llevó a cabo sin ocultamiento para que los habitantes de la casa y los espectadores asumieran las consecuencias. Como sucedió, en efecto: muchos renunciaron a su trabajo, mientras centenares de destinatarios cambiaban de canal. Fue el precio que debió pagar nuestro tropical y adinerado don Guido para hacer realidad un anhelo secreto, o un capricho personal, o un trato que fue de su conveniencia.

La diferencia con el caso de la adquisición de impresos es ostensible, y grave de veras, por el simple hecho de que no sabemos a ciencia cierta quién los compró. Sabemos quién los vendió, operación que no es digna de la vuelta al ruedo en medio de ovaciones, pero obedece a una voluntad personal en torno a la cual apenas es permisible una irritación por el hecho de que permite el ocultamiento de la identidad de los compradores. Después de la operación los impresos cambiaron drásticamente el rumbo para producir informaciones, o para ocultarlas, sin que sepamos a quién criticar por una nueva y deplorable navegación que no solo se ha ocupado de cambiar la imagen de las publicaciones, sino también la esencia de sus contenidos. ¿Quién es el responsable de la metamorfosis? ¿Quién quita y pone ahora informaciones y opiniones en términos sectarios y autoritarios? ¿Quiénes nos ponen a leer solamente lo que ellos quieren? ¿Quiénes censuran y expulsan periodistas o columnistas, sin tomarse la molestia de una explicación decente? ¿Quiénes manejan ahora un proyecto que es lo más parecido a una patente extendida a corsarios anónimos y tendenciosos? Misterio bolivariano.

La poca atención que se prestó a estas criticables operaciones de compra-venta de periódicos en la primera reunión llevada a cabo entre dolientes y expresidentes aconseja un tratamiento realmente equilibrado del asunto de la libertad de expresión, en el cual se eviten las generalizaciones para poner el ojo en lo que más importa sin detenerse demasiado en consideraciones o agravios personales. Yo contemplo todos esos negocios con el pañuelo en la nariz, pero, si tengo que escoger a la fuerza, me quedo con don Guido.

 

@eliaspino

El Nacional 

Votos, mentiras y excusas por Elías Pino Iturrieta

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Los resultados de las elecciones internas del PSUV, el pasado domingo, han destacado un rasgo predominante del chavismo: la necesidad de mentir, la existencia de una especie de perentoria misión de engañar a la sociedad. El chavismo lleva quince años en un reiterado ejercicio de patrañas, que sus afirmaciones sobre su fracasado evento electoral ponen de bulto.

No es fácil el ocultamiento de lo que pasa ante la vista de todos. Ni inventar lo que no pasa. No se puede cambiar una realidad que ha discurrido sin disfraz entre los hombres que caminan por las calles en un día de asueto, o tienen tiempo de sobra para escuchar los comentarios de los vecinos sobre las vicisitudes de la calle. Fue lo que ocurrió el domingo anterior ante el desarrollo del proceso anunciado por el PSUV para la escogencia de delegados. La gente salió a sus ocios, o simplemente se asomó por la ventana, para constatar el fracaso de lo que se anunció como un capítulo esencial de democracia interna. No hubo tal capítulo y, por lo tanto, tampoco se advirtió la existencia de un avance de democratización pregonado con bombos y platillos. ¿Por qué? Porque nadie lo vio, pese a que se trataba de un evento público; porque no se formaron aglomeraciones en los centros electorales, porque el anuncio no se materializó ante la vigilancia de la comunidad convertida en reportera de su cotidianidad.

Sin embargo, los voceros del gobierno y del PSUV llegaron a una conclusión distinta: la diana sonó en la madrugada para que los acólitos saltaran presurosos de la cama, como en los tiempos entusiastas del comandante eterno; las colas fueron gigantescas, como las de Mercal y Daka; la gente se peleaba por votar, como si persiguiera un frasco de detergente; reinó la alegría, en medio de un proceso festivo y prometedor. Tales fueron las afirmaciones de los voceros del oficialismo, para tapar con un dedo el Sahara de la ausencia de militantes. Más todavía: el presidente Maduro, en eufórica intervención, llegó a asegurar que acababa de ocurrir un hecho histórico que cambiaría la trayectoria de los partidos y de la política en general.

No estamos ante un asunto novedoso porque, como se afirmó al principio, la mentira y la tergiversación de la realidad son consustanciales al chavismo, pero el tamaño de la patraña pone de relieve el empeño de hacerle fraude a la opinión pública. Aun frente al desmentido abrumador de un hecho que jamás sucedió, pese a que no se puede ocultar ante nadie la descomunal ausencia de votantes, tan brutal que ni siquiera la pudo inventar un canal tan embustero como VTV, han pretendido la mutación de la ausencia en presencia, del desgano en entusiasmo y de la decadencia en apogeo. Se ha inventado un fenómeno concreto, se ha fabricado de la nada, con la ayuda de los medios de comunicación que dependen del erario o que son sus desvergonzados colaboradores.

Y no faltó la explicación risible sobre la inexistente comparsa, capaz de conceder mayor relieve a la indecente propagación de una falsedad. Hubo votantes de sobra, afirmó uno de los voceros más calificados del PSUV, tantos que no vamos a detallar el número por motivos estratégicos. No conviene que nos vean tan fuertes, quiso decir. Es preferible pasar agachados, se atrevió a sugerir. La estrategia aconseja modestia, también asomó. Una excusa tan hilarante, tan carente de asidero, no exhibe la fortaleza de una organización política sino una evidente decadencia. También patentiza la debilidad de los argumentos que fabrican en unos laboratorios lampiños de ideas.

Pero, como la realidad no admite manipulaciones tan groseras, ni explicaciones distinguidas por una flojera que no debe permitirse un gobierno que respete a la ciudadanía y se respete a sí mismo, debemos pensar en una conducta de displicencia frente al pueblo, en un desprecio del parecer ajeno, capaz de permitir la reafirmación de un divorcio frente a los asuntos relativos al bien común que se incrementa sin solución de continuidad. Gracias a pormenores como el que se ha comentado, se agiganta un rasgo de gélida indiferencia, o de descomunal prepotencia, que permanecerá mientras sigan en el gobierno quienes lo encarnan.

 

@eliaspino

El Nacional

La lección de la ULA por Elías Pino Iturrieta

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Tal y como van las cosas en la comarca bolivariana, uno se debería regocijar ante el desarrollo de cualquier evento electoral. Que voten en un sindicato o en un colegio profesional para elegir sus representaciones, por ejemplo, nos indicaría la existencia de postigos a través de los cuales penetra todavía un oxígeno vivificante frente a las pretensiones autoritarias del régimen. Que la gente tome posiciones enfáticas y civilizadas por una candidatura, mientras en la AN su presidente apenas permite el amago de una discusión, no deja de convertirse en aliciente para quienes se aferran a un pedazo de luz en medio de creciente oscurana. Sin embargo, no todo es edificante en este tipo de torneos que indican, en principio, la existencia de una voluntad democrática. Por desdicha, como en el caso de las elecciones todavía pendientes de la ULA que se comentará a continuación, convocan penumbras cuando deben procurar lo contrario.

Seguramente esperará el lector que solo se arremeta aquí contra los jóvenes del PSUV y de agrupaciones afines, que reaccionaron con violencia ante la derrota que conocían de antemano. Desde luego que no se pueden tener palabras cordiales para quienes disparan armas de fuego, queman papeletas y obligan a la postergación de un proceso relativo al bien común, mientras   amenazan de muerte a sus compañeros y a sus profesores. Nadie en sano juicio puede contemplar con ojos apacibles esa conducta propia de delincuentes, en especial cuando mancilla el recinto universitario. No solo por lo que ellas solas expresan de degradación y barbarie, sino también porque pueden ser el anuncio de futuros extremos ante elecciones de mayor trascendencia, como serán las de diputados a la AN. Desde aquí se condenan sin vacilación por lo que significaron hace poco en Mérida y en localidades aledañas, pero también por lo que pueden pronosticar para el año entrante en materia de zozobra y miedo.

Pero la conducta de los partidos opuestos al gobierno, o por lo menos la de uno de ellos, remite a una preocupación no menos importante. Desde sus direcciones nacionales y en función de intereses sectarios, se inmiscuyeron sin respeto ni misericordia en un episodio electoral que han debido considerar con meticulosa moderación debido a las fisuras que se advierten en el seno de la oposición, y que no sugieren desenlaces capaces de remendar el capote de unas diferencias evidentes. En las elecciones universitarias han debatido los partidos desde la época de la democracia representativa sin que nadie se rasgue las vestiduras; el campus ha sido, desde la segunda mitad del siglo pasado, teatro de encuentros y desencuentros de las fuerzas políticas mediante una participación que no ha llamado al escándalo. Sin embargo, hoy la situación es diferente. La existencia de un bloque todavía compacto del oficialismo y los tumbos que han dado la MUD y sus ramificaciones, clamaban por una concertación estudiantil y por la atemperada influencia de los líderes nacionales. Varios de ellos, lamentablemente, se hicieron presentes con ostentación. En lugar de formarse, la deseada concertación se volvió lucha estéril que no promete buenos frutos en lo adelante.

Entre los numerosos detalles preocupantes que sucedieron en el primer capítulo de las elecciones de la ULA, protagonizados por un sector de dirigentes de la oposición, destacan dos por su protuberancia: el anuncio premeditado de resultados falsos, antes de que la autoridad electoral se pronunciara; y la acusación de inconfesables tratos, que no existieron ni existen, entre uno de los partidos en rivalidad y la gente del gobierno. No es una conducta como la practicada por los bachilleres del oficialismo, pero se parece bastante. No es un disparo de arma de fuego, pero deja heridas de difícil cicatrización. No es una invitación a la unidad futura, sino la manera más expedita de impedirla. El hecho de que las zancadillas no dependieran de una reacción intempestiva de un grupo de jóvenes, sino quizá de un plan tramado en Caracas, conduce a una mayor y más comprensible alarma.

De todo lo cual se deduce que son buenos y hacen falta los eventos electorales, si no se convierten en corrientes revueltas que trastornan el curso del río de mayor caudal.

 

@eliaspino

El Nacional