Juan E. Fernández, autor en Runrun

Juan E. Fernández

Los ñoquis del 29, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
La costumbre de comer los “ñoquis del 29” fue traída, como muchas otras, por los inmigrantes italianos que vinieron a vivir a la Argentina. Pero el domingo 29 de enero pasó algo especial…

 

@SoyJuanette

Argentina no deja de sorprenderme. Cada vez que salgo a la calle me muestra su cara más linda, pero también a veces, solo a veces, su parte más ruda, peligrosa, intolerante. Eso fue lo que descubrí gracias a “Los ñoquis del 29”.

Tal vez yo busqué que me pasara pues desde que llegué, hace siete años, me he encargado de que mis hijos no solo aprendan, sino que practiquen las costumbres de este gran país que es Argentina. Es por eso que además de comer torta frita cuando hace frío, les enseñé a tomar mate, ver futbol y escuchar rock nacional. En nuestra casa se come pasta todos los domingos, porque acá tenemos costumbres más italianas que en la propia Italia.

¿Por qué se celebran los ñoquis del 29?

La leyenda cuenta que, en el siglo VIII, San Pantaleón predicaba y curaba enfermos en Venecia. Se dice que, un 29 de julio, el santo fue invitado a comer por una familia de pescadores. ¿Saben que le sirvieron? Ñoquis. A partir de ahí los pescadores gozaron de salud y buena fortuna.

Es decir, esta costumbre fue traída, como muchas otras, por los inmigrantes italianos que vinieron a vivir a la Argentina. Es por eso que se comen ñoquis todos los 29.

Pero el domingo 29 de enero pasó algo especial, algo que ocurre con poca frecuencia: se alinearon los planetas y no solo era domingo sino también 29, es decir, teníamos que celebrar los ñoquis del 29 un domingo. ¿Se puede comer ñoquis un domingo? ¿Los ñoquis entran en la categoría de pasta? Luego de hacer algunas investigaciones antropológicas, descubrí que, en efecto, está permitido.

En fin, desde el viernes 27 de enero ya mis hijos comenzaron a pedirme que me preparara pues, usualmente los 29 no se consiguen ñoquis por ningún lado, así que hay que comprarlos con tiempo. Pero ¿Por qué hacer las cosas hoy, si las puedes dejar para mañana? Ergo me relajé el viernes, y el sábado no fue distinto ¿Qué podría salir mal?

Llegando el día “D”, es decir el domingo 29, me levanté muy temprano para “ganarle al sistema” y me fui a la tienda de pastas. Acá quiero detenerme para explicar, para quienes no saben, lo que es una tienda de pasta: es un establecimiento donde se vende cualquier tipo de pasta, fideos, y hasta salsas, cuya elaboración es artesanal, aplicando “la ricetta della nonna”. En Buenos Aires hay una en cada cuadra, y los domingos es el lugar de encuentro de los vecinos.

Recapitulando, cuando llegué a la primera tienda de pastas, encontré una fila como la que hacemos para sacar el pasaporte, pero aun más larga, y como no quería hacer tanta fila, porque ya hice bastante fila para comprar comida antes de salir de Venezuela, decidí ir a otra tienda de pastas.

¿Qué paso cuando llegué a la otra tienda de pastas? Encontré una fila mucho más larga que la de la primera tienda que visité. Así que decidí volver a ese primer lugar, y hacer la fila… A todas estas ya eran las 11:30 a. m., por lo que ya tenía varios mensajes de mis hijos en el WhatsApp no solo recordándome que me habían pedido que no lo dejara para después, sino diciéndome que no solo los decepcioné a ellos como padre, sino también a la Argentina, porque ¿cómo no vamos a comer ñoquis los 29?

En aquella fila aprendí lo que es capaz de hacer el ser humano por una bandeja de ñoquis. Vi los ojos la miseria humana, en ese momento descubrí que, las señoras del barrio tienen un sistema infalible, el cuál bauticé como “la impunidad de las ancianas” (decirles viejas es un montón).

Resulta que mientras la mayoría hacemos la fila bajo el inclemente sol porteño de enero, llegó una señora con un bastón y le dijo al primero de la fila:

–Hijito, perdóname, solo voy a entrar a preguntar si está listo mi pedido.

Y como nadie se va a poner a discutir con una ancianita, no solo porque se ve feo sino porque ya está claro que tienes la discusión perdida, la dejó entrar. Una vez en el negocio, esta señora agitó su bastón en señal de victoria, sostuvo la puerta y se metieron 4 viejas más. Al final no llegué a comprar los ñoquis, pues, “las señoras” los compraron todos.

Tras el incidente, le conté a Julio, el conserje de mi edificio (quien es el oráculo de la sabiduría porteña) y me explicó que es un modus operandi que aplican las ancianitas en todas las tiendas de pasta de la ciudad. Además, me reveló que Julia, su esposa, era parte de una de estas células de viejitas. Y que si quería los ñoquis, me los podía conseguir a un “módico precio”.

Fue así como terminé transando, en el sótano de mi edificio, una bandeja de ñoquis con salsa boloñesa con la esposa del conserje. Si, debo confesar que participé de un acto de corrupción, pero lo hice no por ver la sonrisa de mis hijos, sino para no calarme los reclamos de un par de adolescentes.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Maduro es Videla?, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”

Venezolanos protestan en Argentina por la anunciada visita de Maduro. Imagen de @RicBenedetti en Twitter

¿Por qué Maduro es Videla? Ambos tienen sobre sus hombros sendas acusaciones por crímenes de lesa humanidad

 

@SoyJuanette

Por años he tratado de buscar en el humor un refugio que me aleje de la política, y de las desgracias del mundo, pero bueno a veces pasan cosas que te vuelven a meter en el pozo. Eso es justamente lo que me está pasando ahora mismo.

En este momento los venezolanos que hacemos vida en Argentina estamos pendientes de la llegada (o no) de Nicolás Maduro, quien está invitado a la Cumbre de la CELAC. Lo que para nuestra colectividad es una falta de respeto, por decir lo poco.

Pero ¿por qué nos afecta tanto que venga Maduro a la Argentina? Bueno, lo explico así: ¿se imaginan que en los 70 u 80 Carlos Andrés Pérez o Luis Herrera recibieran a Pinochet o Videla?

¿Cómo se sentirían los chilenos y argentinos que vivían en Venezuela? Lamentablemente ni Juan Carlos Gené ni Tomás Eloy Martínez viven para decírnoslo, pero imagino que estarían arrechísimos.  

Anoche, mientras veía por televisión a algunos compatriotas manifestando frente al Hotel Sheraton de Buenos Aires, leí una pancarta que decía “Maduro es Videla”, y esa es la respuesta a la pregunta que por años me hicieron muchos: ¿Maduro es Videla?

Resulta que cuando llegué a Buenos Aires, hace ya 7 años, muchos amigos argentinos no entendían por qué algunos venezolanos llamaban represor a un gobierno civil y de izquierdas como el madurista. Hoy, ya muchos años después y tras varias investigaciones (y visitas de misiones internacionales que demostraron torturas y desaparecidos) entendieron que los gobiernos represores no tienen ideología política.

Pero ¿por qué Maduro es Videla? Ya sé que muchos saldrán a decir que Maduro llegó al gobierno por elecciones y Videla es un dictador, cosa que es cierto. Pero también ambos tienen sobre sus hombros acusaciones por crímenes de lesa humanidad.

Lo paradójico de esto es que el gobierno de Venezuela apoya a organizaciones como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, pero persigue a activistas de organizaciones que defienden los derechos humanos en Venezuela.

En varias conversaciones con compañeros y amigos hemos debatido del tema Venezuela y su semejanza con las dictaduras de Argentina y Chile. Y por fortuna, coincidimos en que torturar, desaparecer o anular al otro porque no piensa como uno es un crimen atroz.

Lamentablemente un grupo grande de la sociedad ha caído en el juego politiquero de ver el debate de ideas como un Caracas Vs. Magallanes o un Boca River, cuando la realidad es que el mundo no es blanco ni negro, sino lleno de matices. Muchos justifican la represión de Maduro porque “esos estudiantes son agentes de la derecha”, mientras que en tiempos de Videla y también actualmente, muchos justifican la dictadura militar porque los jóvenes de esa época eran “unos tirabombas”. Pues en ambos casos está todo mal.

¿Viene o no viene Maduro? Para el momento que escribo esto es lunes 23 de enero, son las 3 de la tarde en Buenos Aires. Y hay un fuerte rumor que indica que el presidente de Venezuela no vendrá.

Y ¿cuándo volveré yo a Caracas? Creo que después de este artículo la respuesta es nunca.

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¡Cuando calienta el sol!, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Imagínense el calor que hacía en Argentina que un maracucho se deshidrató. Yo obviamente al ver esto corrí despavorido porque hay algo que marca el apocalipsis

 

@SoyJuanette

Son las 6 de la tarde del lunes y estoy escribiendo esta columna ya con las últimas fuerzas que le quedan a mi cuerpo. Y es que estos días son muy difíciles para mí porque es verano, y particularmente en Argentina debe ser el más caliente de la historia. Ojo no estoy hablando de economía sino de meteorología.

¿Cómo me di cuenta de que este verano será más caliente que el de otros años? El primer indicio de que se viene un verano muy “hot”, lo note hace unas dos semanas, cuando salí a comprar unas frutas y vi a mi verdulero Julio, que es misionero, es decir, nació en la provincia de Misiones, abanicándose con un cartón. Cosa que era imposible de ver en Buenos Aires porque:  

  • Misiones es una provincia donde hace mucho calor y los misioneros, que son las personas que nacieron allá (y no los curas), no sufren las altas temperaturas.
  • Todos los que vivimos en Buenos Aires sabemos que, si agarras un cartón para abanicarte, los cartoneros, que son quienes recolectan este material para venderlo, no te dejarían vivo.

Luego de hacer las compras, y ya de regreso a casa, vi como ante mí se desmayó un hombre como de dos metros de alto y cuatro de ancho. Al verlo varias personas fuimos a socorrerlo y cuando volvió en sí dijo en perfecto acento: “Vergación mi hermano qué pasó” ¡Sí!, era un maracucho. Imagínense el calor que hacía que un maracucho* se deshidrató. Yo obviamente al ver esto corrí despavorido porque hay algo que marca el apocalipsis, y es justamente que un maracucho se desplomé por el calor. *Maracucho: dícese del nacido en Maracaibo, el lugar más cálido de Venezuela, y creo yo del mundo.

Y por si la ola de calor no fuera suficiente, comenzaron a faltar los servicios de agua, electricidad e Internet; algo que enloqueció a mucha gente y salieron a las calles a protestar. Cabe destacar que acá son tan organizados que no hizo falta que nadie les dijera “Mire, mire, mire, tome la sartén y péguele con arrechera”; acá la gente se arrechó sola al pasar hasta 48 horas sin luz ni agua. Los venezolanos que vivimos en Buenos Aires los veíamos con ternura y empatía como diciéndoles “amigos yo estuve ahí”. 

Pero ¿cómo se convirtió Argentina en el lugar más caluroso del mundo? ¿Acaso Dios nos odia? ¿Los otros países nos envidian y nos hicieron una brujería porque somos campeones del mundo? Por lo visto yo no fui el único que se hizo estas preguntas. Incluso el mismo presidente Alberto Fernández dijo: “Ya no sé qué más nos va a pasar en la Argentina”.

Estos días he tratado de entender el origen de las altas temperaturas. Además del cambio climático, creo que hay alguna otra razón que cause estas altas temperaturas. Por lo que me puse a escribir algunas hipótesis: 

  • El Fondo Monetario Internacional no creo que sea el causante, porque si nos morimos todos de calor ¿Quién les va a pagar? (aunque acá entre nos, no sé si se le pueda pagar a esa gente alguna vez).
  • Los chinos construyeron un sol artificial. Y como a mí no me gusta acusar sin pruebas, dejo acá un par de documentos que lo demuestran:

Para más pruebas les dejo un video donde lo explica:

Y por último la teoría que tiene más sentido: engordamos mucho en diciembre, y por eso diosito está haciendo del mundo una sauna, que sin duda nos ayudará a bajar esos kilitos de más que modelamos con dignidad.

Bueno, los tengo que dejar, el cubo de hielo donde estaba sentado mientras escribía estas líneas se derritió, así que debo ir al cajero, retirar mil dólares y comprar una bolsita pequeña de hielo.

Hasta la semana que viene.

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La valija de Lionel, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Quiero iniciar esta, mi primera columna del año, compartiéndoles un fragmento de La valija de Lionel, el texto aparecerá completo en la próxima edición de la revista Orsai

 

@SoyJuanette

La tercera copa mundial para la Argentina sigue emocionándonos a todos, porque en este país el fútbol no es solo un deporte, sino un fenómeno sociocultural. Es algo que atraviesa la historia, la política y hasta la literatura. Y hablando de literatura, en la columna de hoy quiero hablarles de un escrito de Hernán Casciari que hizo emocionar al mismísimo Lionel Messi.

El texto de Casciari es una historia de migración, de conservar la identidad a pesar de los años que tenga uno fuera de la tierra. Pero también es un escrito de pertenencia, de aprender a querer el nuevo país que te da cobijo.

Quiero iniciar esta, mi primera columna del año, compartiéndoles un fragmento de La valija de Lionel, el texto que aparecerá completo en la próxima edición de la revista Orsai:

“Los sábados de 2003 por la mañana, TV3 de Cataluña transmitía en directo los partidos de las inferiores del Barça. Y en los chats de argentinos emigrados se repetían dos preguntas: cómo hacer del dulce de leche hirviendo latas de leche condensada, y a qué hora jugaba el chico rosarino de quince años que hacía goles en todos los partidos.

En la temporada 2003-2004, Lionel Messi jugó treinta y siete partidos y convirtió treinta y cinco goles: el rating matutino de la TV catalana, esos sábados, superó al nocturno. Ya se hablaba de ‘aquest nen’ en las peluquerías, en los bares y en las tribunas del Camp Nou.

El único que no hablaba era él: en las entrevistas pospartido a todas las preguntas el adolescente las respondía con un «sí», un «no» o un «gracias», y después bajaba la vista. Los argentinos emigrados hubiéramos preferido un charlatán, pero había algo bueno: cuando hilvanaba una frase se comía las eses, y decía ful en lugar de falta.

Descubrimos, con alivio, que era de los nuestros, de los que teníamos la valija sin guardar.

Había dos clases de inmigrantes: los que guardaban la valija en el ropero ni bien llegaban a España, decían «vale», «tío» y «hostias». Y los que teníamos la valija sin guardar manteníamos las costumbres, como por ejemplo el mate o el yeísmo. Decíamos yuvia, decíamos caye.

Empezó a pasar el tiempo. Messi se convirtió en el 10 indiscutido del Barça. Llegaron las ligas, las Copas del Rey y las Champions. Y tanto él como nosotros, los inmigrantes, supimos que el acento era lo más difícil de mantener.

A todos nos costaba mucho seguir diciendo gambeta en vez de regate, pero al mismo tiempo sabíamos que era nuestra trinchera final. Y Messi fue nuestro líder en esa batalla. El chico aquel que no hablaba, nos mantenía viva la forma de hablar.

Así que, de repente, ya no solo disfrutábamos al mejor jugador que habíamos visto en la vida, sino que también vigilábamos que no se le escapara un modismo español en ninguna entrevista.

Además de sus goles, celebrábamos que, en el vestuario, siempre tuviera el termo y el mate. De repente era el humano más famoso de Barcelona pero, igual que nosotros, nunca dejaba de ser un argentino en otra parte.

Su bandera argentina en los festejos de cada copa europea. Su desplante cuando fue a los Juegos Olímpicos a ganar el oro para Argentina sin permiso de su club. Sus navidades siempre en Rosario, a pesar de que tenía que jugar en enero en el Camp Nou. Todo lo que hacía era un guiño para nosotros, para los que, en el año 2000, habíamos llegado con él a Barcelona.

Es difícil explicar cuánto nos alegró la vida a los que vivíamos lejos de casa. Cómo nos sacó del hastío de una sociedad monótona y nos justificó. De qué manera nos ayudó a no perder la brújula. Messi nos hizo felices de una forma tan serena, y tan natural, y tan nuestra, que cuando empezaron a llegar los insultos desde Argentina no lo podíamos entender.

Pecho frío.

Solamente te importa la plata.

Quedáte allá.

No sentís la camiseta.

Sos gallego, no argentino.

Si alguna vez renunciaste, pensálo otra vez.

Mercenario.

Viví quince años lejos de Argentina, y no se me ocurre pesadilla más espantosa que escuchar voces de desprecio que llegan del lugar que más querés en el mundo.

Ni dolor más insoportable que oír, en la voz de tu hijo, la frase que escuchó Messi de su hijo Thiago: «Papá, ¿por qué te matan en Argentina?».

Se me corta la respiración cuando pienso en esa frase de un chico a un padre. Y sé que una persona corriente terminaría invadida por el rencor.

Por eso la renuncia de Messi en 2016 a la selección Argentina fue casi un alivio para nosotros, los inmigrantes. No podíamos verlo sufrir así, porque sabíamos cuánto amaba a su país y los esfuerzos que hacía para no romper el cordón umbilical.

Cuando renunció, fue como si, de repente, Messi hubiera decidido sacar un rato las manos del fuego. No solamente las suyas. A nosotros también nos quemaban esas críticas.

Ahí ocurre, creo yo, el hecho más insólito del fútbol moderno: la tarde de 2016 en que Lionel se cansó de los insultos y decidió renunciar, un chico de quince años le escribió una carta por Facebook que terminaba diciendo: «Pensá en quedarte. Pero quedate para divertirte, que es lo que esta gente te quiere quitar». Siete años después, Enzo Fernández, el autor de la carta, resultó el jugador revelación del Mundial de Lionel Messi.

Messi volvió a la selección (lo dijo él mismo) para que esos chicos que le mandaban cartas no creyeran que rendirse era una opción en la vida.

Y al volver, ganó todo lo que le faltaba y cerró las bocas de sus detractores. Aunque algunos lo encontraron «por primera vez vulgar» frente a un micrófono. Fue cuando dijo: «Qué mirá’, bobo, andá payá». Para nosotros, los que vigilamos su acento durante quince años, fue una frase perfecta, porque se comió todas las eses y su yeísmo sigue intacto.

Nos alegra confirmar que sigue siendo el mismo que nos ayudó a ser felices cuando estábamos lejos.

Ahora algunos inmigrantes ya volvimos; otros se quedaron. Y todos disfrutamos ver a Messi volver a casa con la Copa del Mundo en su valija sin guardar. Esta historia épica no hubiera ocurrido nunca, si el Lionel de quince años hubiera escondido su valija en el ropero. Si de chico hubiera sucumbido al «vale» y al «hostia, tío». Pero nunca equivocó su acento ni olvidó su lugar en el mundo.

Por eso la Humanidad entera deseaba el triunfo Lionel con tanta fuerza. Nunca nadie había visto, en la cima del mundo, a un hombre sencillo.

Y ayer, como cada año, Messi volvió de Europa para pasar la Navidad con su familia en Rosario, para saludar a sus vecinos. Sus costumbres no cambian.

Lo único que cambia es lo que nos trajo en la valija”.

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La final de Peñaflor, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
En el parque Peñaflor me tuve que conformar con oír la final del Mundial Qatar 2022. Sí, oírlo y no verlo

 

@SoyJuanette

Se suponía que el domingo 18 de diciembre nos quedaríamos en casa de mi hermano para ver la final del mundial entre Francia y Argentina, pero el destino me tenía preparada otra cosa: ir a un parque de agua infantil a pasar el día. Sí, como están leyendo: ¡el mismo día de la final!

Traté de zafar lo más que pude, busqué miles de excusas para quedarme, pero la culpa de no pasar tiempo con mi familia, a quienes no veía desde 2019, pudo más. Así que, tras ayudar a mi hermano y cuñada a cargar las camionetas, nos subimos a los carros y viajamos desde la zona metropolitana de Santiago de Chile hasta el Aquapark de Peñaflor, un parque que queda en Peñaflor (obvio, por eso se llama Aquapark de Peñaflor, sino se llamaría de otra manera).

Durante el trayecto, que fue de unos 40 minutos, solo rezaba pidiendo a Dios que el lugar tuviera TV para poder ver el último partido de Qatar 2022. Al llegar al parque de agua, me sentí invadido por la naturaleza, el sonido de las aves y los animales de granja, solo fue interrumpido por el ruido de más de 100 niños de todas las edades que corrían por todo el lugar. Sé que eran más de 100 porque los conté varias veces durante mi estadía en el Aquapark.

Sin duda las instalaciones eran maravillosas, diría que ideales para pasar el día en familia pues, además de contar con varias piscinas y granja de contacto, también tiene muchos parques, una pista de cuatrimotos y hasta caballos.

Ahora bien, si necesita wifi o un televisor para ver una final del mundial, el parque de Peñaflor no es una opción… si no entendió, amigo lector, le aclaro que el lugar no cuenta con esos servicios. Por lo que tuve que primero ubicar señal, luego conectarme a YouTube y encontrar un canal que transmitiera el partido. Pero sepa usted que como los derechos de transmisión son carísimos, me tuve que conformar con oírlo, sí, oírlo y no verlo.

Afortunadamente el narrador era un streamer argentino que le metía pasión a la historia, lo que me permitió vivir e imaginar lo que pasaba en el estadio de Lusail en Catar. Para los que no vieron el partido, Argentina avanzó en el marcador gracias a un penal que marcó Lionel Messi. Poco después el Fideo Di María anotó el segundo tanto.

Hasta ese momento la alegría se apoderó de todos los que estábamos en el parque… bueno en realidad de mí y de mis hijos, que de vez en cuando venían a preguntarme cómo iba el marcador. Solo espero que migraciones argentinas no lea esto, porque seguro les sacan el documento a mis hijos por preferir un tobogán con piscina en vez de un partido de la Scaloneta.

Entre tanto mi hermano, que no es nada futbolero, trataba de calmarme diciendo cosas como “tranquilo tienen a Messi, así que van a ganar caminando”. La cosa es que ya pasada la mitad del segundo tiempo Francia descontó con un penal marcado por Kylian Mbappé, quien minutos después marcaría el empate. Ahí mi hermano cambió su speech por frases como: “bueno, es solo un juego”, “lo importante es la salud”, “está bonito el parque”, “hace calor ¿verdad?”. Pero yo sinceramente no estaba escuchando.

Luego se vino la prórroga, donde hubo un par de acciones que casi infartan al narrador que nos relataba el partido por YouTube. Y finalmente los penales. Y acá quiero hacer una aclaración: si les parece agónico ver la tanda de penales por televisión, solo escucharlos es otro nivel de estrés. Más si quien lo narra se queda callado, se priva y hasta llora mientras canta los goles.

Pero finalmente, después de 36 años, Argentina se convirtió por tercera vez en campeón de un mundial de fútbol. Y mientras todos en el país de Messi, Di María, Scaloni y compañía copaban las plazas y avenidas con banderas y camisetas de la selección. El Aquapark de Peñaflor se convirtió, al menos por 10 minutos, en el Obelisco de Buenos Aires, porque la gente que estaba en aquel parque de agua chileno gritaba y festejaba el triunfo de su país vecino como propio.

Sin duda la final de Qatar 2022 pasará a la historia. Pero como la vivimos en el Aquapark será algo que le contaré a mis nietos.

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Buscando a Miguel Littín, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
El director de películas como Tierra de Fuego y Allende en su laberinto concede pocas entrevistas. Pero no quiero entrevistarlo, solo felicitarlo por Tierra de Fuego, y contarle que ya sé quién es

 

@SoyJuanette

Aquel martes de diciembre del año 2001 Ana Julia, Yimer y el Chino me buscaron en casa para avisarme que se exhibiría una película de Jorge Perugorría en el Cine Chaplin. La proyección de la cinta formaba parte de la selección oficial de la 21 edición del Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. La cinta llevaba por título Tierra de Fuego, y estaba dirigida por el director chileno Miguel Littín.

Hacía ya algunas semanas que yo había terminado mis clases de guion en la Escuela de Cine de San Antonio de Los Baños, por lo que mi vida en aquel diciembre consistía en ir por todos los cines de La Habana, tratando de ver la mayor cantidad de películas posible.

Arreglé con Ana Julia, Yimer y el Chino para ir al Coppelia, conocida también como “la catedral del helado en Cuba”, tomar un sorbete de guayaba y luego irnos al Cine Chaplin para ver si teníamos suerte, y podíamos pedirle un autógrafo y hasta hacernos una foto con Perugorría. 

Hicimos alrededor de dos horas de cola en Coppelia, compramos los helados, los devoramos rápidamente y nos fuimos al cine. Lamentablemente llegamos sobre la hora, por lo que no pudimos sentarnos juntos, sino donde cada uno pudo. A mí me tocó junto a un señor canoso que comenzó a buscarme conversación y a preguntarme si me gustaban las películas de Littín.

Le aclaré que no conocía a Miguel Littín, que estaba ahí con mis amigos para ver a Jorge Perugorría, el actor cubano que se hizo famoso internacionalmente por Fresa y chocolate.

Convengamos que era 2001 y no existían las redes sociales, por lo que ni siquiera sabía cómo era la cara del director chileno.

El hombre me seguía dando detalles de Tierra de Fuego, me explicó que contaba la historia del Julius Popper y cómo en 1860 conquistó las costas del fin del mundo, para buscar oro. Mientras seguía con el relato, se apagaron las luces y comenzó la proyección.

La cinta, que dicho sea de paso fue muy entretenida, duró unas dos horas y, al terminar, uno de los organizadores del festival llamó al director al centro de la sala a decir unas palabras; tras el llamado, el hombre canoso que estaba junto a mí se levantó y todos lo recibieron con un aplauso. Sí, vi Tierra de Fuego junto a Miguel Littín sin saberlo. Luego traté de buscarlo para felicitarlo, pero desapareció.

Ahora, 21 años después, estoy viajando a Chile para visitar a mi familia, quien vive en ese país desde hace algún tiempo. Pero no solo voy a visitarles a ellos, estoy también tras la pista de Miguel Littín. Ya hice gestiones con algunos colegas periodistas; de hecho, di con el contacto de un sobrino del director de cine, gracias a una colega venezolana que trabaja con el familiar del director.

Fue a través de este sobrino de Littín que me enteré de que ahora el director de películas como Tierra de Fuego, El recurso del método, y Allende en su laberinto, entre otras, vive en el campo y concede pocas entrevistas. Pero yo no quiero entrevistarlo. Solo quiero felicitarlo por Tierra de Fuego, y contarle que ya sé quién es. Y si se puede pedirle un autógrafo y hacerme una foto.

Alguien en Chile: ¿le puede hacer llegar este escrito a Miguel Littín?

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Un trago con Subiela en La Habana, pero no en Buenos Aires, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
A Subiela lo conocí tras la proyección de La Aventuras de Dios. Al final terminamos todos recibiendo una clase magistral de cine y tomando mojitos frente al malecón de La Habana

 

@SoyJuanette

La historia que estoy por narrar trata de esos regalos que a veces te da la vida, pero que el destino, o no sé qué, te los quita. Comienza hace más de 20 años en el Cine Chaplin de La Habana, cuando el director argentino Eliseo Subiela presentó su película Las aventuras de Dios.

El trabajo de Subiela lo conocí gracias a mi profesor de Cine Julio Cesar Aguilera, quien nos mostró en una clase la película Hombre mirando al sudeste, que dirigió Eliseo en 1986. Creo que la vimos una noche de viernes del año 99. Lo que no sabía es que, un año después, yo estaría en la edición número 21 de Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, gracias a una beca del CNAC que me llevó a la EICTV a estudiar guion.

Aquel viaje fue un descubrimiento en muchos sentidos: fue la primera vez que viajé fuera del país y además lo hice solo. Recuerdo que en aquel entonces pensaba que estudiar cine era como estudiar medicina: estudiabas, te graduabas y te dan dinero para hacer una película ¡Dios, que equivocado estaba!

Participar de un festival de cine internacional es algo maravilloso. Un sueño cumplido que todavía hoy, pasado más de 20 años, me emociona. Recuerdo que salíamos de la escuela ubicada en San Antonio de Los Baños hasta el Hotel Nacional de La Habana, centro neurálgico del festival.

El día se nos pasaba yendo del cine Chaplin, corriendo al Yara, volviendo al Chaplin y haciendo alguna parada en las salas de La Rampa y “El 23 y 12”. La meta era ver la mayor cantidad de películas posibles, para luego terminar en la noche tomando mojitos en el lobby del Hotel Nacional.

Subiela en La Habana

Durante los 10 días que duró el festival de 2001, por esas fiestas se pasearon Pedro Almodóvar, Cecilia Roth, Fito Páez, Al Lewis (el Abuelo de los Monster), Francisco Lombardi, Miguel Littín y, por su puesto, el gran Eliseo Subiela.

A Eliseo lo conocí en la fiesta tras la proyección de La Aventuras de Dios. Recuerdo que un grupo de estudiantes lo abordamos para hacerle preguntas, pero como yo no tenía ninguna solo dije:

–Me gustó mucho “Hombre mirando al sudeste”

Y él contestó:

–¿Esta no te gustó entonces?

Fue un momento incómodo. Comencé a balbucear y asentí con la cabeza. Pero Eliseo soltó una carcajada y agregó:

–Tranquilo pibe, soy muy jodón.

Al final terminamos todos recibiendo una clase magistral de cine y tomando mojitos frente al malecón de La Habana. El tema es que en aquel tiempo yo no era tan ducho con la bebida, y cuando ya tenía varios mojitos entre pecho y espalda vomité cerca de los pies de Eliseo.

¿Qué paso después? Dos décadas pasaron.

Buenos Aires, 20 años después

Como ya he contado muchas veces en esta columna, llegué a Buenos Aires el 7 de noviembre de 2016 y luego de ubicar un trabajo o dos para poder traer a mi familia, y arreglar otros detalles, un día recordé que Eliseo había fundado una Escuela de Cine acá en la capital argentina. Por lo que me puse como meta ubicarlo, pues yo cargaba con un sentimiento de culpa por el episodio aquella noche en el Hotel Nacional de La Habana.

La realidad, quería encontrarme con Eliseo no solo para saludarlo sino también para disculparme. Llamé a personas en Venezuela, España, México, y hasta Argentina, para dar con su paradero. Y justamente un colega de la agencia de noticias Telam me consiguió el mail.

Le escribí explicándole quién era, y sorpresivamente me contestó el correo escribiendo: “Vomitín, ¿cómo vas pibe? Jajaja claro que te recuerdo che. Te dejo mi número, agéndame y conversamos”. Lo guardé entre mis contactos y quedé en llamarlo a principio de año, cuando pasaran las fiestas y ambos estuviéramos más desocupados para tomarnos algo.

Lamentablemente, el 25 de diciembre de 2016 la muerte le llegó a Eliseo Subiela… no pude disculparme, ni mostrarle algún guion mío, y mucho menos demostrarle que había aprendido a beber.

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Pasión argentina o una relación tóxica, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Cierro los ojos y veo en la pantalla del televisor NEC de 14” a Diego Maradona levantando y besando la copa del mundo. Aquella imagen hizo que me enamorara del fútbol

 

@SoyJuanette

Hoy les quiero contar de una relación que comencé en junio de 1986, cuando yo tenía 7 años. Y como todo cuento de hadas, comenzó con muchas risas, suspiros y admiración; pero durante estos 36 años no todo ha sido color de rosas. En esta oportunidad les quiero hablar del amor, pero también del sufrimiento que me ha dado la selección argentina.

El primer recuerdo que tengo de esta, es la del final de México 1986. Ese partido lo vimos en familia en la casa de mi abuela Rosa, en Los Magallanes de Catia, en el lugar donde tuve una infancia muy feliz. Cierro los ojos, me transporto hasta ese momento y veo en la pantalla del televisor NEC de 14 pulgadas color blanco, a Diego Maradona levantando y besando la copa del mundo. Aquella imagen hizo que me enamorara del fútbol.

Obviamente la previa del Italia 90 la pasé en el patio de la casa de mi abuela jugando con un pequeño balón Tamanaco, que creo era de mi tío Enrique. Uno de los partidos más sufridos de aquel mundial en Italia fue el de Italia-Argentina, donde finalmente los capitaneados por Maradona dejaron en el campo a la Italia de Salvatore “Toto” Schillaci, para luego perder la final ante la Alemania de Franz Beckenbauer en la tanda de penales… esa fue la primera vez que la selección me rompió el corazón.

Por fortuna, llegaron algunas alegrías con la Copa América de 1991, cuando los comandados por Coco Basile se alzaron con el trofeo, tras estar 32 años sin ganarla. Las figuras del momento fueron El Cholo Simeone y Gabriel Omar Batistuta. Y qué decir de la que se ganó en el 1993, cuando aquella selección nos dio la alegría de obtener la insignia de Campeones de América de forma consecutiva. Con ese panorama todo estaba dicho: USA 94 sería el mundial de Argentina ¿Qué podría malir sal?

Los once del Coco Basile llegaron a Estados Unidos y golearon 4 a 0 a Grecia, en un partido donde los asistentes al Foxboro Stadium de Boston fueron testigo de un Diego Maradona en su mejor momento. En el segundo partido ante Nigeria, Caniggia marcó los dos goles que dieron la victoria a la albiceleste. 

Al terminar ese partido, la enfermera Sue Ellen Carpenter entró al campo y buscó a Diego Armando Maradona para llevarlo a un control antidoping. Días después la alegría se convertiría en lágrimas. Tras dar positivo por Efedrina, el Pelusa se retiraba del mundial y de la selección. Aquel golpe anímico dejaba a la argentina fuera de la carrera mundialista aquel año.

Luego vinieron los mundiales de 1998, donde se llegó a cuartos y se perdió con Holanda; Corea y Japón 2002, donde se perdió ante Inglaterra, se empató con Suecia y se tuvo que volver en la fase de grupos. Y qué decir de Alemania 2006, donde Argentina fue eliminada una vez más por la selección anfitriona.

Hasta aquí todo era sufrimiento. Pero, por alguna razón inexplicable, yo seguía apoyando a la selección argentina en una Venezuela previnotinto, donde la mayoría alentaba a Brasil. Pero todo sacrificio tiene su recompensa. Aunque a veces no…

En Sudáfrica 2010 Argentina llegaba con mucho ímpetu y con dos figuras claves: Diego Maradona como director técnico y Lionel Messi como el mejor jugador del mundo. Ante este panorama ningún equipo nos podía vencer, al menos eso creíamos; pero una vez más Alemania nos dejaba en el camino.

A los cuatro años eliminamos a Brasil en su casa. Y hasta se llegó a la final. Pero nuevamente Alemania, específicamente un gol de Mario Götze en la prórroga, acabaría con la ilusión de los hinchas argentinos en todo el mundo. Otra vez nos quedamos sin la copa mundial.

Y se vino Rusia 2018

El mundial de Rusia tiene para mí un recuerdo especial. Sí, ya sé que Argentina fue eliminaba en octavos de final por Francia. Sin embargo, fue mi primer mundial en suelo argentino. Y fue justamente en ese mundial que entendí por qué amo (sí, dije amo) a esta selección. Y es porque en Argentina el fútbol es una pasión que traspasa fronteras.

Para que entiendan bien, cuando juega la selección no funcionan ni los bancos, ni los entes privados o públicos (bueno estos no funcionan en casi ninguna parte del mundo, pero eso es otra historia). De hecho, trata de que no te pase nada durante un partido de la selección, porque el médico puede tardar más de lo previsto.

Las calles quedan desiertas y el silencio se hace presente. Solo aparece el ruido transformado en un grito de ¡Gol! Puedo tratar de describirlo todo lo que quieran, pero mi recomendación es que traten de vivir un mundial en suelo argentino, al menos una vez en la vida.

La Copa América y Qatar 2022

Ya a estas alturas de mi vida, y no esperando nada, la selección de Lionel Scaloni revivió en mí la fe cuando ganó la Copa América 2021. Fue una experiencia maravillosa ver a todo un país festejando en las calles, vestidos con la camiseta de la selección, llenando de papelitos blanco y celeste el cielo de Buenos Aires. Nuevamente los fanáticos de la selección volvimos a creer que es posible… Y así llegamos a Catar.

En Qatar 2022, la selección argentina llegó como favorita, pero tras el primer partido ante Arabia Saudita, La Scaloneta (así llaman a la selección), perdió el invicto tras perder 2 goles por 1. Esto puso sobre todos la espada de Damocles… por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de estar fuera en la primera fase se hizo presente.

Luego se vino el partido contra México, donde me atrevería a decir que los fanáticos de argentina sufrimos terriblemente. Pero bueno, el amor es así, unas son de cal y otras son de arena.

Para el momento en que escribo este artículo Argentina acaba de ganarle a México 2 goles a 0, después de un partido superdifícil, donde el primer gol llegó al minuto 64, y el segundo en el 86.

Ahora se viene Polonia, nuevamente toca sufrir. Pero cada partido de Argentina es como un rito religioso. De hecho, hay fanáticos que prometen cosas, si la selección llega a ganar. Y ustedes se preguntarán ¿Por qué apoyas a un equipo que te ha hecho sufrir desde tu infancia? Bueno, porque así es el amor por la selección: te da sufrimiento, pero también alegrías.

Probablemente nos toque sufrir, esperemos que no sea tan pronto. Pero si llega a pasar lo que no queremos que pase, igualmente siempre tendremos la alegría de otro mundial dentro de cuatro años.

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