Juan E. Fernández, autor en Runrun

Juan E. Fernández

El árbol de los payasos, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Cuando tenía cinco años sentí miedo por primera vez. Fue en la fiesta de cumpleaños de mi primo Daniel. Recuerdo que nos mandaron a hacer un círculo a todos los niños de la fiesta para darnos “una sorpresita”. Y cuando estábamos preparados para recibir aquel regalo misterioso, las luces se apagaron y comenzó la pesadilla.

Todos nos quedamos congelados cuando escuchamos una macabra carcajada y un hombre con peluca verde, nariz roja y enormes zapatos del mismo color, brincó al centro del círculo, haciéndonos correr a todos despavoridos. Después descubrimos que aquel payaso era nada más y nada menos que el tío Enrique, pero el mal ya estaba hecho. Así comenzó mi miedo a los payasos.

Poco después, ya en el colegio, cuando tenía 10 u 11 años, se organizó una comparsa para las fiestas de Carnaval y ¿adivinen de qué nos disfrazamos? Sí, de payasos. Recuerdo que me sentí ridículo, casi no voy a la escuela ese día. Fui creciendo y poco a poco descubrí que los payasos son necesarios, pues nos divierten y hacen reír.

El otro día, cuando iba camino a mi trabajo, vi colgada en un árbol (como si se tratara de una fruta) la cabeza de un payaso de juguete. Casi sin pensar en el peligro que constituye sacar el teléfono en una ciudad como Caracas, tomé una fotografía y la titulé “el árbol de payasos”. Subí la imagen a mis redes sociales con el siguiente texto: “Ojalá y sigan sembrándose muchos árboles de payasos, para que el mundo ría más y llore menos”

Muchos compartieron mi ideal, pero otros en cambio, confesaron que, aún hoy, seguían sintiendo algo de temor por los payasos. Al parecer la película de Stephen King, It, no ayudó mucho…

Afortunadamente, hoy el clown (arte de ser payaso) tiene el puesto que se merece. De hecho, en nuestro país tenemos a personajes como Tirro e plomo, un superpayaso que a través de su arte lleva el nombre de Venezuela por todo el mundo.

También están el gran Domingo Mondongo, fundador de Doctor Yaso, de Improvisto y Papapayaso, un papá que además es payaso. Jorge hace una excelente labor a través de sus cuentas @soypapapayaso en Instagram y Twitter, sirviendo de guía a los padres o más bien ayudándonos a criar a nuestros hijos con buen humor.

Criar a nuestros hijos con humor es una manera de sembrar muchos árboles de payasos. Este tipo de árboles no da tanto oxígeno como uno convencional, pero sí hace del mundo un lugar no solo divertido, sino tolerante.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Magallanes/Chacaíto, por Juan Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me monté en uno. Seguramente de bebé, cuando mi mamá hizo el tradicional viaje desde la parada que está frente al Hospital José Gregorio Hernández, mejor conocido como “El Hospital de Los Magallanes”, hasta la Av. España. Pero de lo que estoy seguro es que, si algún día llego a escribir mi biografía, el autobús Mercedes Benz que cubre la ruta Magallanes/Chacaíto, en Caracas, será uno de los protagonistas principales de mi historia.

¿Por qué escribir de esto ahora? Dicen que los viajes te disparan los recuerdos, y fue lo que me ocurrió la semana pasada cuando fui a conocer El Parque de la Memoria en Buenos Aires, que es un lugar dedicado a las víctimas de la última dictadura militar en Argentina. Para trasladarme al sitio hice un recorrido de 45 minutos desde casa hasta mi destino. Ese era el mismo tiempo que se tomaba El Magallanes/Chacaíto desde una punta a la otra. 

Uno de los primeros viajes que hice solo, cuando tenía 12 años, fue a bordo de un Magallanes/Chacaíto. Aquella salida consistía en volver del Instituto Técnico Jesús Obrero en Los Flores de Catia, hasta Vista al Mar. La cosa era así:yo salía de clases a la 1:45 p. m., y me iba caminando desde el liceo, por toda la zona industrial de Los Flores, hasta llegar a la estación Gato Negro. Cruzaba la calle, y me tomaba el Magallanes/Chacaíto en la puerta del colegio “Miguel Antonio Caro”. Luego, cuando me cambié de colegio, también tomaba ese mismo transporte para ir y volver desde Catia hasta la avenida Andrés Bello. 

Aquel autobús no lo usaba solo para ir y venir del liceo. También lo tomaba cuando quería ir al centro, ya fuese a caminar, o a ver alguna película en el Cine Ayacucho si era un estreno; o en El Principal si quería ver una peli mexicana o algún clásico. Para ir a Capitolio simplemente me subía en la parada de La Jungla, me bajaba en Santa Capilla y caminaba un par de cuadras.

Pero el Magallanes/Chacaíto no era únicamente un medio de transporte; muchas veces fue mi momento para estar concentrado pensando en mi próxima historia, cuando estaba comenzando a escribir. También sería el lugar donde besé por primera vez a una chica.

Fue una historia de amor tortuosa, de esas tipo Romeo y Julieta donde todos se oponían; bueno no todos, solo la madre de mi novia de entonces. Así que para vernos ella se subía al Magallanes/Chacaíto iniciando al recorrido, y yo tomaba el mismo autobús un par de paradas después para finalmente reunirnos. 

Ya en el autobús, nos sentábamos juntos y nos tomábamos de la mano mientras transitábamos por las avenidas Sucre, Urdaneta, Andrés Bello, pasábamos por La Florida, bajábamos a El Bosque y finalmente llegábamos a nuestro destino: el Beco de Chacaíto, donde comíamos helados y soñábamos en cómo seríamos dentro de 20 años.

Ya casado y con hijos, me mudé a la avenida Andrés Bello y tomaba ese mismo autobús para visitar a mi madre en Catia. Era supercómodo pues lo tomaba frente a mi casa, y al regreso me dejaba en la puerta. Recuerdo que los domingos en la tarde iba prácticamente solo, por lo que me ponía a hablar con el chofer de turno, llegué a conocerlos a todos.

Viéndolo a la distancia, podría concluir que el Magallanes/Chacaíto es como una especie de transición en cada etapa de mi vida. Para mí es más que un medio de transporte, lo veo más bien como una máquina del tiempo que ha sobrevivido a todo. Imagínense que en la Venezuela dolarizada y con escasez de combustible, me cuentan que es uno de los pocos autos que todavía circulan por la ciudad.

Solo espero que, en unos años, cuando vuelva a visitar a esa nueva Venezuela próspera que todos anhelamos, pueda tomar un Magallanes/Chacaíto desde El Hospital de Los Magallanes hasta la última parada… Sin duda será como viajar a través de la historia de mi vida… Literal. 

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Reír es la única salida, por Juan Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Ya es trillado decir que 2020 es un año para el olvido, hemos escuchado hasta el hastío que este momento es el peor de la historia. Aunque si investigamos un poco descubriremos que eso mismo se dijo en otros periodos de la humanidad, como la peste negra o las guerras mundiales, entre muchas otras terribles que han ocurrido desde que el mundo es mundo. Pero en esta, mi primera columna del año, no voy a hablarles de lo malo; más bien quiero hacer un balance de lo positivo que me ocurrió en este confinamiento pandémico de 2020.

Mi sueño de tener un show en La Calle Corrientes de Buenos Aires se hizo realidad, pero también se truncó por la pandemia. Pude haberme encerrado a llorar y no hacer nada, pero me adapté y busqué otra beta para hacer comedia. Ojo, no soy un campeón por eso, fueron muchas personas las que decidieron reinventarse y seguir adelante.

Una de las primeras cosas que me regaló esta época fue mi reencuentro con la escritura, y con uno de mis grandes maestros de periodismo, Enrique Rondón. Fue él quien primero me dio un espacio para publicar mi columna, y que hoy día se publica desde varias ciudades del mundo. Además, otro de mis hermanos de la vida, Alexander Almarza, se ofreció para ilustrar mi columna, lo que además de ser un honor para mí, se lo agradeceré siempre, pues es la excusa perfecta para hablar con él cada semana. Y ni hablar de mi querido Daniel Benavides, quien desde Barcelona me convenció para lanzar mi web.

El asilamiento preventivo y obligatorio me permitió también leer todos los libros que tenía pendientes, y reconectarme con espectáculos y programas de comedia como La hora chanante, Les Luthiers, Muchachada Nui, entre otros. También volví a escuchar artistas que forman parte del soundtrack de mi vida, entre ellos, Charly García, Spinetta, Fito, Caramelos, Amigos Invisibles y hasta Simón Díaz, lo que me trasladó a los viajes al campo con mi papá y mi abuelo en Venezuela.

Otro de los hermosos dones del confinamiento fue la oportunidad de conectar con personas de mi pasado y mi presente, a las que tenía olvidadas, por la tonta limitante de “estar tapado de trabajo”. Y qué decir de las amistades nacidas este año, relaciones que nacieron en el encierro y que se abrieron camino ante los obstáculos, como ciertas conversaciones culinarias, sobre todo de pastelería, que ahora van decantando algo maravilloso (¿no es cierto “C”?).

Pero el regalo más hermoso sin duda alguna es haber podido pasar más tiempo con mis hijos y ser testigo de cómo se adaptaron y triunfaron. Ellos dos me enseñaron y aún me enseñan que todo lo que vivamos juntos será parte de nuestro tesoro; que está bueno trabajar y poder comprar lo que uno quiera, pero es aun mejor disfrutar del tiempo y la compañía de las personas que amamos. 

Ahora viene párrafo bajón, pero no tan bajón: muy a mi pesar creo que 2021 no será muy distinto a 2020 en cuanto a la cuarentena, la pandemia y todo eso.

Pero lo positivo es que ya aprendimos a surfear la ola, por lo que obviamente será más llevadero. Viviremos momentos de felicidad, pero también algunas cosas no tan gratas. Mi receta para la primera es aprovecharlos al máximo, y para la segunda aprender de ellos.

En la entrada (que también es la salida) de mi departamento tengo un cuadro de Andreu Buenafuente sosteniendo una obra suya que dice “Reír es la única salida”… y no puedo estar más de acuerdo con Andreu, pues hasta en el apocalipsis nuclear, la pandemia o cualquier otra vicisitud, la risa es ese escape que nos hace saber no solo que somos humanos, sino que esto también pasará y podremos seguir adelante.

Que tengan un 2021 de muchas enseñanzas y, sobre todo, mucha salud.

Dios nos bendiga.

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Navidad a 40 grados, por Juan Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Cuando viví mi primera Navidad en Argentina me arrepentí de no haber pasado alguna vez las fiestas en Higuerote o en el desierto del Sahara para estar preparado. Justamente ese es el entrenamiento que se necesita para sobrevivir al último mes del año en el hemisferio sur.

¿Recuerdan las patinatas, las luces, las bufandas, los suéteres tejidos, y a Pacheco bajando de El Ávila cuando llegaba la Navidad a Caracas? Bueno eso acá en Argentina no existe. Ojo y no es porque la gente sea mala onda y no les guste celebrar la Navidad, sino porque tienes que decidir si celebras las fiestas o te ocupas de colocarte protector solar y talco en partes del cuerpo por las que no sabías que se podía sudar.

Y acá quiero hacer una mención especial a esos paisanos venezolanos que se sacrifican para mantener nuestras tradiciones vivas, a pesar del clima. Son admirables aquellos que se reúnen en un monoambiente de 20 metros cuadrados para hacer 250 hallacas, que posteriormente serán cocinadas en una ollita donde caben dos hallaquitas. Y en una cocina eléctrica. Obviamente tendrán que trabajar todo el año para pagar la luz que gastaron ese día.

Y ni hablar de aquellos venezolanos que se visten en Nochebuena y Año Nuevo con ropa de fiesta, es decir, trajes largos, camisas mangas largas, corbatas, flux, pantalones de vestir, lentejuelas, escarcha, y por supuesto la gorra tricolor que no puede faltar; mientras los argentinos o quienes ya llevamos tiempo acá, nos ponemos ropa fresca para soportar el calor decembrino de esta tierra.

No solo es la tolerancia al calor. Otro de los puntos que resalto es la resistencia física de los venezolanos. En las navidades argentinas uno se sienta a la mesa y conversa con los amigos, obviamente de política. La mesa navideña argentina es el campo de batalla de los tíos fachos y los sobrinos progres que, aunque se gritan y debaten sus distintas visiones del mundo, tratan de no gesticular mucho (que para los genes italianos de un argentino es un montón) en las acaloradas discusiones. Pero no por la polémica, sino porque la temperatura es muy alta.

Mientras que los venezolanos a 40 grados bailan merengue, salsa, bachata, cumbia, tambores, reguetón, salsa casino, danza árabe, gaita, polo margariteño, tamunangue y algún otro ritmo, sin perder la compostura ni sudar.

Pero lo que más disfruto es el timming que tienen mis compatriotas el 31, no solo en Argentina sino en todo el mundo. ¿Por qué? Porque el venezolano se da el feliz año dos veces; el primero cuando son las 12 de la noche en Venezuela, y el segundo cuando son las 12 en el país donde viven. Es decir, que los argentinos saben que falta una hora para saludar al nuevo año, cuando ven a los venezolanos dando la vuelta a la cuadra con la maleta en la mano.

En fin, fue un año bastante raro, donde todos teletrabajamos. Así que, si en esta Navidad no ve a Santa surcando los cielos, entre a su casa, encienda el Zoom, verifique su conexión de internet y espérelo.

Y ahora un consejo final: por favor, no le pida al 2021 que lo sorprenda. Con que sea un año más normal que 2020 me doy por servido.

Felices fiestas.

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El día que me quedé ciego, por Juan Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Nunca antes había experimentado tanto miedo. Sentir que abres los ojos lo más que puedes y sin embargo no es posible ver nada, aterra a cualquiera. Al final aprendí que no todo es como parece… o más bien como se ve.

Esto me ocurrió cuando era más joven, específicamente tenía 20 años y ese sábado había discutido otra vez con mi novia; creo que la razón fue que aún no sabía que no estaba bueno llevarle la contraria.

Tras la discusión, mi hermano me pidió que lo acompañara al campo, a una casa que papá tenía en los Valles del Tuy, en el centro norte de Venezuela, para pasar el fin de semana, y también el mal trago de aquel desacuerdo con mi novia de entonces.

Fue así como subimos al auto de mi papá, un Ford Conquistador (el auto, no mi papá). A medio camino paramos en una licorería y luego tomamos la autopista rumbo a los Valles del Tuy (al sur de Caracas).

En el trayecto me vi obligado a tomar algo para calentarme. Ese día había llovido y el clima era superfrío. Entonces, si darme cuenta, “me bajé” la primera botella.

Cuando ya habían transcurrido unos 40 minutos de camino, paramos a comer, y fue justo en ese momento que me comenzó a fallar la vista.

Hablaba con mi cuñado al pie del camino (creo que le preguntaba por qué su hermana era tan complicada) y creí ver un muro, pero cuando fui a apoyarme en él me di cuenta de que era un espejismo. Ahí noté que definitivamente me estaba quedando ciego. Me levanté. Y, ayudado por mi cuñado, me metí o más bien me metieron en el auto.

Recuerdo que el Conquistador año 89 comenzó a avanzar, y que solo escuchaba las voces de mi hermano, mi cuñado, un primo… también de fondo había música. Creo que era salsa, merengue o Soda Stereo; bueno, la verdad no me acuerdo, pero puedo dar fe de que reguetón no era, pues gracias a Dios aún no lo habían inventado.

Bueno, volviendo a la historia, comencé a abrir los ojos y veía todo negro. Los trataba de abrir lo más que podía, pero era inútil. Solo gritaba “¡me quedé ciego, me quedé ciego!”, pero no me oían.

Afortunadamente recuperé la visión cuando llegamos a casa de papá. Pero ¿cómo me había quedado ciego? Resulta que cuando mi cuñado y mis primos me metieron en el carro (sí, cuando me caí tratando de apoyarme en el muro imaginario), me acostaron en el piso del Conquistador, y mi cara quedó bajo el asiento. Por eso, cuando abría los ojos lo único que veía era oscuridad.

De aquel episodio de juventud me quedaron dos enseñanzas:

1. Cuando bebas no manejes (aclaro que mi hermano, que era quien manejaba, no bebió; pero se rio mucho con los que sí lo hicimos).

2. Cuando montes a alguien en el carro, asegúrate de que su cara no quede bajo el asiento del conductor, pues eso le podría generar fallas de visión.

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¿Quién es más venezolano?, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Cuando por el año 1995 yo cursaba cuarto año de Humanidades, en la Unidad Educativa Nuestra Señora de Las Mercedes, mi profesor de francés Carlos Álvarez nos habló de un refrán muy bonito que dicen mucho los franceses y que sugiere “A donde fueres haz lo que vieres”.

Aquel dicho galo era una invitación a dejarse llevar por las costumbres y la cultura del país a donde uno viajara o incluso migrara. Y es una cosa que en mi caso particular me marcó la vida, cuando me tocó migrar.

Los que me conocen saben que siempre quise a la Argentina, no hablo de una chica (que también) sino del país. Así que cuando vine por primera vez tomé mate, comí asado, bailé tango y todos esos clichés turísticos que te ofrece Buenos Aires.

Pero ahora que ya llevo años viviendo aquí, suplanté la arepa, las caraotas y el huevo frito por las tostadas, las medialunas, las facturas o simplemente un mate a la mañana; y eso no me hace menos venezolano que nadie.

Decidí escribir de este tema porque, hablando con compatriotas que también son migrantes, me contaron que reciben ataques de otros paisanos que seguramente migraron hace más tiempo que ellos, pero se creen más venezolanos que nadie (esos que no se quitan la franela de la Vinotinto ni para bañarse). Pero ¿por qué los atacan? Porque no comen comida venezolana con regularidad o tienen amigos que no son venezolanos. Y capaz hasta incorporaron a su vocabulario palabras del país donde viven.

Quiero aclarar que cuando desayuno mate con medialunas, en lugar de arepa con caraotas y café con leche, no estoy infringiendo ninguna ley; tampoco cuando escucho Soda, Fito o Drexler, en vez de escuchar a Gualberto Ibarreto, Guaco o Caramelos de Cianuro (músicos que obviamente también escucho porque son parte de mi historia de vida).  

A todos esos compatriotas que creen que adoptar nuevas costumbres es un delito, solo les quiero decir: es bonito mostrar lo de uno, ofrecerles una arepita o un tequeño a los otros ciudadanos del mundo; pero no insulte la comida del otro porque “lo nuestro es lo mejor”. Más bien atrévase a probar nuevos sabores.

Y comentarios como: “No sé cómo pueden comer eso, en vez de mandarse una buena arepa”, guárdeselos para usted. Aprenda del extranjero que sin prejuicios se comió una hallaca, una arepa o un tequeño; y acéptele la invitación de probar la comida local.

Dejemos de una vez por todas de creernos el ombligo del mundo. Porque ciertamente nuestra comida es rica, como lo es también la de otros países. Esto aplica también a la música y las costumbres.

Hablando de costumbres, quiero escribir acerca de la Navidad venezolana: es verdad que nuestras navidades son maravillosas y está bueno cantar la gaita onomatopéyica en su casa, y comer hallacas recordando la tierra, porque hace falta; eso no está en discusión. Pero la invitación es que lo haga desde el respeto, es decir con un volumen adecuado; porque no está bueno obligar a los no venezolanos a escuchar nuestra música si no quieren.

Acá sería genial evitar comentarios como “esta gente es muy aburrida” o “yo en Venezuela amanecía con la música a todo volumen y nadie me decía nada”. Porque recuerde: ¡ya no está en Venezuela! Más bien invite a un amigo extranjero a vivir nuestras navidades, pero sea recíproco y viva también la Navidad del lugar donde vive.

Por último, quiero hacer una reflexión: puedo comprender que algún venezolano de los que se quedaron en el país, luchándola como nadie en esa terrible crisis que se vive, me reproche algo. Pero que me diga apátrida alguien que se fue mucho antes que yo y me condene porque no como arepa todos los días es hasta risible… Si usted es de esos, solo le quiero decir: ¡usted no es más venezolano que yo!

Sea feliz, y no le haga caso a los comentarios que restan. Haga como decía San Martín: “Sea libre (y feliz) y lo demás no importa”. Pero respetando a los demás.

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El casete donde vivía Mazinger Z, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Todos los domingos, cuando íbamos a visitar a mis tíos Luis y Delia, al llegar a su casa les saludaba rapidito y me iba hasta el cuarto de mi primo Luis, quien tenía no solo una envidiable biblioteca nutrida con cuentos de piratas, caballeros y hasta fantasmas, sino también una colección enorme de suplementos de superhéroes que escondía bajo su cama. La verdad me encantaba mirar las ilustraciones, pues a los 5 años aun no sabía leer; no era que no quisiera, sino que siempre he sido muy distraído y me la pasaba (y aun me la paso) viviendo en la luna.

A mí me encantaba visitar la casa de mis tíos, pero a mis primos más grandes no les agradaba tanto porque, como yo era tan curioso, nos solo fisgoneaba en su habitación, sino que los atiborraba con preguntas. Interrogantes que casi nunca eran contestadas, y que invariablemente terminaban con la frase: ¿Por qué no vas a ver si el gallo puso?, seguido de un portazo que me dejaba fuera de la habitación. Este ritual se repetía fielmente cada vez que yo irrumpía en el cuarto de mis primos.

Hasta que un día, justo cuando mis primos me mandaban al exilio, iba pasando por el pasillo mi tía Delia, la hermana mayor de mí mamá. La tía me tomó de la mano y me llevo a otro cuarto, me sentó en una butaca, encendió el televisor e introdujo un casete gigante dentro de una caja cuadrada llena de luces verdes.

Cuando la cinta se puso en marcha, comencé a ver en la TV a Mazinger Z, peleando con todos los monstruos que usualmente querían apoderarse del mundo. Pero justo cuando la película estaba más emocionante, mi papá entró en el cuarto para avisarme que nos teníamos que ir. El berrinche que armé no fue normal, tanto, que mi tío, quien por lo general era un hombre bastante sereno, se incomodó bastante.

La tía, por el contrario, me levantó del piso, secó mis lágrimas y me propuso un trato que le agradeceré toda la vida:

– Si aprendes a leer, el betamax es tuyo.

Yo me paralicé, no dije una sola palabra y así permanecí todo el trayecto hasta mi casa.

Ya en mi cuarto, tome el libro Ya sé leer, cuyo título no se identificaba para nada conmigo, y comencé a repasar la lección de “mi mamá me mima”, todo un bestseller de los lectores principiantes. Pero, la verdad, por más que trataba era inútil; así que esa noche tomé una decisión casi suicida: le pedí a mamá que me llevara con Nina; si ella no me ensañaba a leer, nadie podría.

La Nina era la abuela de mi primo Alfredo, famosa por sus métodos estrictos de enseñanza. Un solo grito de su parte te dejaba petrificado. Pero La Nina era la única opción que tenía para hacerme con el casete donde vivía Mazinger Z.

Luego de un periodo bajo el estricto método de enseñanza de mi querida Nina, a quien recuerdo con mucho amor y adoración, finalmente aprendí a leer. ¿Me regalaron el Betamax? Obvio que sí, pero no solo eso. Gracias al incentivo de mi tía no solo conocí a Mazinger Z, sino a los Cazafantamas, Mi amigo el Dragón, entre otras joyas que papá me traía del videoclub cuando regresaba del trabajo.

Si tengo que agradecer a dos personas por aprender a leer y escribir, sin duda son mi tía Delia y mi querida Nina. Cada vez que tecleo una letra, es gracias a ellas.

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Vive como un mendigo, baila como un rey, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Si hay algo que me enseñó la pandemia es que debemos darnos algunos gustos mientras podamos. Y una de mis grandes pasiones, además de la comedia, ¿saben cuál es? Leer libros de comedia. Soy muy admirador del humor español, desde los tiempos del Hostal Royal Manzanares, pasando por La hora chanante y, obviamente, por Buenas noches y buena fuente.

Así que cuando supe que Ignatius Farray, “El loco de las coles” de La hora chanante y protagonista de El fin de la comedia había sacado un libro, enseguida supe que lo tenía que comprar. Ustedes se preguntarán ¿qué dificultad hay en comprar un libro? Pues, si vive en Venezuela o Argentina, traer un libro desde España es sin duda una proeza.

Pero como “querer es poder”, me enfrenté al coronavirus, al cepo cambiario y cometí la locura de comprar la biografía de Ignatius Farray. No me arrepiento. Nacho, como me enteré que le llaman sus amigos, es el cómico más transgresor de España. Para que se entienda bien, es como Migue Granados (para los argentinos) o José Rafael Guzmán (para los venezolanos).

Pasaron 30 días desde que hice la compra, y Correos Argentinos me entregó Vive como un mendigo y baila como un rey en tiempo y forma. Y desde que abrí el libro ya no pude parar de leer; en serio les digo que hace mucho no encontraba un libro tan atrapante. (Desde Alcatraz)

Vive como un mendigo y baila como un rey para mí es el primer libro de autoayuda para comediantes. Allí se explican emociones muy recurrentes en los cómicos, como la soledad, la melancolía y, por supuesto, el bullying escolar; en nuestra época no se llamaba así, sino “desaparece de aquí, gordito”.  

En este libro, que fue producto del encierro por la pandemia, Ignatius Farray nos presenta a Nacho, un chico canario (de las islas Canarias, no es que sea un pájaro o se lo crea), que era visto como “el distinto”; ese compañero “raro” que todos conocimos alguna vez, y que a través del humor pudo contar, a través de Ignatius, lo que no se atrevía a decir Nacho.

Para que se entienda mejor, Ignaitus es para Nacho lo que era Tony Clifton para Andy Kaufman; si no sabe de qué hablo, deje de leer ahora mismo y busque la película de Milos Forman Man on the moon, el protagonista es Jim Carrey.

A través de sus páginas Ignatius te habla. ¡¡Sí, te habla!! Es como el Señor Miyagi, que te va dando lecciones no solo de comedia, sino de vida, en cada una de las páginas. Pero ¿cuál es la más grande de todas?

“Vive como mendigo y baila como un rey” que para mí significa: lo material es importante, tener un techo, comida y salud. Pero la verdadera riqueza está en ser feliz haciendo lo que a uno le gusta.

También te enseña que la constancia y la fe en uno mismo, sin importar lo que te digan o pase a tu alrededor, es el único motor que necesitas para alcanzar cualquier meta o sueño que te propongas.

Bueno ahora los tengo que dejar, pues llegó la hora de ponerme mis medias de colores, irme a una plaza, abrir el libro e invocar a Ignatius Farray para que me susurre sus lecciones de vida.

Hasta la semana que viene 😉

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