Juan E. Fernández, autor en Runrun

Juan E. Fernández

¿Por qué es tan cruel el humor?, por Juan E. Fernández “Juanette”

Fotograma de El gran dictador, filme con el despiadado humor de Charles Chaplin.

Por culpa del humor la vida se hace más llevadera. Y tiene que hacerse la vida llevadera si todos dicen que al mundo se viene a sufrir

 

Pensando en Reuben Morales, Napoleón Rivero y Kurda Konducta

@SoyJuanette

Estos días he reflexionado que, tal vez, todos los que han perseguido y persiguen al humor no son realmente villanos sino más bien héroes. ¿Por qué digo esto? Pues porque por culpa del humor la vida se hace más llevadera y porque tiene que hacerse la vida llevadera si todos dicen que al mundo se viene a sufrir.

Ya lo decía el gran filósofo alemán Nietzsche: “el hombre tuvo que inventar el humor para tratar de palear el sufrimiento de vivir…”. Pero y eso de qué sirve si igual vamos a morir ¿verdad? Imagino yo que esos perseguidores del humor lo que quieren es hacernos ver que no tiene ningún sentido reírse para no llorar sino, más bien, lo recomendable es llorar de un solo tirón para no ver las cosas buenas de la vida.

La verdad es que no podía dormir tratando de escrutar la mente de esos hombres que hasta ayer pensé malvados por perseguir a los caricaturistas, cómicos y malabaristas, pero luego de investigar exhaustivamente descubrí la pura verdad: el humor es malo porque nos hace pensar. ¿Y para qué necesitamos pensar o trabajar si en el mundo estamos de paso y ya todo está hecho?

Otra de las verdades que descubrí, y que la historia ha querido tapar, radica en el hecho de que todos los humoristas son, en su interior, masoquistas que no solo nos hacen sufrir cuando nos hacen reír, sino que también encuentran placer en la autoflagelación. Pero mi comentario no es vacío, más bien cuenta con toda la comprobación histórica:

En una entrevista que realizara Emilio Santana a Aquiles Nazoa, este le dijo: “Todos los buenos humoristas, tarde o temprano, terminaban en la cárcel”. Entonces, si lo sabía él, y lo saben todos ¿Por qué siguen en su cruel misión de matarnos de la risa?

Afortunadamente en la historia también se evidencian actos de justicia, como el castigo merecido que se le propinó a Charlie Chaplin cuando fue deportado por atreverse a salir disfrazado de Hitler en el El gran dictador, condenando el racismo y llamando a luchar por la paz… Ciertamente el castigo fue poco comparado con tal vileza.

Video en Youtube: Charles Chaplin – Discurso El gran dictador | Canal TV Universidad Austral

Menos mal que ya se están tomando cartas en el asunto y se está reactivando la persecución a los humoristas, caricaturistas y también malabaristas (cuídense los taxistas, economistas y también los masajistas, pues han cometido el delito de que sus profesiones tengan la terminación “ista”). Pero el Estado no puede solo, es necesaria la ayuda de todos. Así que, si ven a alguien contando un chiste, por favor denúncielo.

Bueno quiero terminar con una idea para ayudar a frenar la inseguridad, que es (después del humor) otro de los problemas que aqueja a muchas sociedades (y seguramente es culpa del chiste o la risa, segurito): eduquemos a los malhechores para que sean humoristas.

¿Por qué es tan cruel el humor? Porque no nos deja llorar…

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

No es el fin del mundo, por Juan E. Fernández “Juanette”
La semana que viene inauguraremos, con su ayuda, una nueva etapa en esta columna que es publicada en varios medios del mundo desde hace 4 años

 

@SoyJuanette

Hola amigo lector, primero que nada, quería contarte que ya estoy mucho mejor que cuando recibí el alta. Como podrás ver en el video que acompaña esta nota, ya hablo fluidamente y no me canso.

Quería contarte que esta es una columna para cerrar un ciclo. Ojo, esto no quiere decir que voy a dejar de escribir ni nada por el estilo, sino que quiero cortar acá los textos que vengo escribiendo desde hace casi dos años y que tienen como eje central la pandemia de covid-19.

Como recordarás (o si hay alguien que no las leyera le invito a que lo haga), desde que llegó la pandemia comencé a escribir artículos humorísticos para alivianar un poco esta especie de apocalipsis que se nos vino encima; además todas ellas fueron ilustradas por mi hermano de la vida, el ilustrador y caricaturista Alexander Almarza.

Durante toda esta época hablé de cómo conviví con la covid. También di algunos tips alimenticios en época pandémica que titulé La dieta del barbijo, saqué a pasear a mi licuadora y hasta concreté una bonita amistad con mi ventilador, que propició obviamente el vivir solo durante la cuarentena; eso entre muchas otras historias que puedes conocer a través de esta web clicando en la categoría opinión, o simplemente escribiendo “Juanette” en la lupa de este sitio.

Igualmente, si te da flojera hacer la búsqueda, tengo un anuncio para ti: en unos meses publicaré junto con Alexander Almarza el libro Este no es el fin del mundo. Allí no solo encontrarás todas las columnas escritas por mí en este tiempo, sino también las maravillosas caricaturas que dibujó Alexander para acompañarlas.

Espacio publicitario.

Les recuerdo también que pueden descargar gratis mi primer libro, No se puede vivir sin humor, en este link: https://lektu.com/l/juanette-el-inmigrante/no-se-puede-vivir-sin-humor/8283

Fin del espacio publicitario.

¿Por qué parar ahora? Bueno me parece un cierre elegante culminar esta etapa creativa, centrada en la pandemia, con el escrito “Respira o cómo la covid cambió el guion de mi película”. En el mismo cuento no solo que me contagié de covid, sino cómo transité los días en el hospital.

Ahora me encuentro en una encrucijada creativa a la que de vez en cuando vuelvo pues, como comprenderán, escribir humor no solo es un trabajo dificilísimo, sino que, tal y como va el mundo a veces, simplemente no se puede.

Es por eso que quiero hacer este experimento social y acudir a mi audiencia, tal y como aconsejan los expertos en marketing. Es por eso que quisiera preguntarles: ¿Qué tipo de escritos les gustaría leer? Y ¿cuáles son los temas que debería tratar?

Para ello dejo a disposición mi cuenta en Instagram, @soyjuanette, y en Twitter, que también es @soyjuanette (como ven soy poco creativo para los nombres), para que me dejen sus sugerencias.

Bueno aho, ahor, ahora (perdón es que los dedos se me quedaron sin aire), voy a descansar porque la doctora así me lo recetó.

Hasta la semana que viene, cuando inauguraremos, con su ayuda, una nueva etapa en esta columna que es publicada en varios medios del mundo desde hace cuatro años.  

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Respirar o cómo la covid-19 cambió el guion de mi película, por Juan E. Fernández “Juanette”
No nos detenemos a pensar, a menos que pases por un episodio de salud, en lo importante que es respirar. Vacúnense, esto no es juego, existe y puede matar

 

@SoyJuanette

Comienzo a escribir esto un martes a las 13:34 horas de Buenos Aires. Lo hago desde mi cama número 0315 del pabellón para contagiados de covid-19 del Hospital Ramos Mejías. Hoy es 24 de agosto y estoy cumpliendo 9 días internado.

Obviamente he tenido tiempo para pensar y descubrir lo volátil que es todo. Hace dos fines de semana había hecho un show de stand up y al día siguiente visité el cuartel general de Editorial Orsai en Villa Urquiza para recibir el bono que me acreditaba como productor asociado de la película La uruguaya.

Ese sábado estaba contento y no evidenciaba ningún problema de salud, así que luego de recibir el bono me fui a casa y adelanté algunas cosas de trabajo. Ya en la noche comencé a sentir algo de fiebre, pero como el viernes me había mojado con la lluvia pensé que se trataba de un simple resfriado.

Ya para el lunes me sentía bastante mal, y una amiga con la que me vi el jueves al final de la tarde me dio la noticia: “Juanette me voy a hisopar, hazlo tú también porque mi hermana tiene covid y creo que yo también”.

Confieso que tuve mucho miedo, pero traté de no entrar en pánico. Luego me cambié y me fui hasta el centro de testeo ubicado en el Movistar Arena, justo al lado de Atlanta. Simplemente, entré, me hisopé y salí. No me tomó ni 5 minutos.

Fue el martes 10 de agosto a las 14:47 que recibí el resultado: “Positivo por Sar-Cov-2, y ahí si lloré, tuve mucho miedo. Poco después me repuse pues recordé que tenía ya una dosis de Astra y no tenía enfermedades preexistentes, por lo que pensé que la pasaría en casa sin contratiempos.

Pasaron algunos días y por suerte mi familia me acercaba a casa todo lo que necesitaba, por lo que ese fin de semana la pasé muy tranquilo. Anímicamente estaba mal pues justo ese 14 de agosto, mi hijo Roberth cumplió 14 años y por supuesto no lo pude festejar con él.

La noche del 15 de agosto fue terrible, la peor de todas diría yo, creo que me desmayé camino al baño. Como pude regresé a la cama y al medir mi saturación estaba en 94. Pero al día siguiente cuando volví a medirme ya saturaba 91, por lo que me vestí como pude, armé una bolsa con una muda de ropa y tomé un taxi hasta el hospital.

Apenas llegué y me vieron en la UFI me hicieron pasar, y luego de hacerme algunos estudios me dijeron que me internarían. Esperé durante 45 minutos y tras ese tiempo apareció un enfermero con una silla de ruedas y me dijo: “Hola amigo, comenzamos el viaje”. Me sonreí y me subí a la silla.

El pobre hombre era bajito y delgado por lo que le costó empujarme, yo trataba de ayudarlo con mis pies, como quien se desliza en patines o en una patineta, pero el asfalto irregular del estacionamiento no ayudaba; sin embargo, a los pocos minutos cumplimos con la meta y llegué al pabellón.

Ya en mi cubículo conocí a mi primer compañero de internación, su nombre era Mariano, yo lo apodé Capitán Respiración.

El Capitán Respiración

Mariano ocupaba la cama 0313 y era profesor de yoga. Un tipo con grandes rastas que escuchaba rock nacional todo el día. Algo que agradecí porque como me hubiese tocado un compañero reguetonero creo que hubiese pedido la inyección letal. Sin duda pasar la internación escuchando a Charly, Fito, Spinetta, Fabi Cantilo, y Zumo es otra cosa.

El tipo de las rastas fue sin duda mi gurú no solo respiratorio sino que inyectó esa paz y buena energía que hace tanto bien cuando estás en un hospital. “El aire debe entrar en tus pulmones cuando sea el momento preciso. No desesperes, el cuerpo es sabio, tu solo espera” (claro que las primeras veces estaba yo morado, sin oxígeno, pero después aprendí).

Sin duda el encuentro con El Capitán Respiración me ayudó un montón, sobre todo anímicamente.

El abuelo Juan

«No está tan mal vivir lo que se pueda», me dijo el abuelo Juan tras confesarme que había intentado suicidarse.

Otro de mis compañeros en el hospital fue mi tocayo Juan, un jubilado de 78 años que no solo tenía covid, sino que por la pandemia había perdido su trabajo como pintor en una constructora después de décadas.

Poco después Juan me confesaría (y me autorizó a contarlo) que había tratado de quitarse la vida, no solo por la desesperación de la falta de laburo, sino por el miedo de llegar a viejo. Se le tiró a un colectivo, pero afortunadamente solo le golpeó la pierna.

Mientras me lo contaba me dijo “Igual es una boludez Juancito porque todos vamos a parar a viejos, al menos que te mueras antes, obvio. Pero, pensándolo bien, no está tan mal vivir lo que se pueda”.

Pasaron los días y Juan vivió una transformación. Con la ayuda de psicólogos y trabajadores sociales, lo convencieron de irse a un geriátrico, algo que asumió como “una aventura más de las muchas que he vivido”.

“Capaz en el geriátrico me engancho una vieja, y vos hacé lo mismo, aprovecha y ponete de novio con una de estas doctoras, no te quedés solo, no seas tan boludo”.

Antes de irse, me dejó un consejo de oro: che, a la vida hay que bailarla no al ritmo que te tocó, hay que tratar de bailar lo que a uno le guste. Y si te equivocás, cambiá el disco y seguí bailando”.

Cuando la fe asusta

Respirar o cómo la covid-19 cambió el guion de mi película, por Juan E. Fernández “Juanette”
Cuando la fe asusta… no está bueno decirle a un internado por covid, con oxígeno y saturando 92, “Dios te está llamando”. Eso no se hace…

Diría que hubo dos momentos que sentí que estaba a punto de morir. Una fue la noche antes de internarme y la segunda el día que me visitó el cura del hospital. Ocurrió el segundo o tercer día de mi internación, a eso de las 14 horas. Yo estaba durmiendo cuando de repente sentí que me movieron la cama y al abrir los ojos ahí estaba el padre Fernando quien me dijo: “Estoy acá por vos, porque Dios te ha llamado”.

Como un acto reflejo le contesté “Pero yo ahora no puedo ir”. El padre sonrió y me aclaró que venía a visitar a todos los enfermos, que no me estaba muriendo ni nada por el estilo. Quiero darle un consejo a los pastores y religiosos: usen las palabras correctas cuando hablen con un enfermo porque no está bueno decirle a un internado por covid, con oxígeno y saturando 92, “Dios te está llamando”. Eso no se hace.

La soledad

Hay algo innegable cuando estás hospitalizado y más si es por covid: pasas mucho tiempo solo. Los primeros días todo el mundo escribe y está pendiente, pero como la recuperación es lenta, el mundo afuera sigue su camino y ya el contacto con las personas es cada vez menor. Es como que la vida sigue su curso, pero tú estás en la banca por lesión.

La clave para sobreponerse a esto es entender que si la gente no te escribe todo el tiempo no es porque no te quiera o se preocupe, sino porque tiene que seguir con su cotidianidad, cosa que está muy bien.

La soledad siempre se ha estigmatizado, se ve como algo malo, te dicen que está mal estar solo; pero la verdad, a veces la soledad es buena consejera, y te ayuda a pensar y repensar lo que será tu vida de ahora en adelante.

Respirar

Ya finalmente estoy en casa, recuperándome. La doctora me dice que voy a tardar en recuperar mi condición cardiopulmonar pero que en unos meses estaré, como dicen acá, “10 puntos”. La verdad el haber salido ya es suficiente regalo, ahora toca recuperarse.

Es muy loco, pero algo tan importante como respirar es percibido por lo seres humanos mecánicamente, y no nos detenemos a pensar, a menos que pases por un episodio de salud, en lo importante que es.

Poco a poco vamos a ir retomando, es paciencia y tiempo, gracias a todos por leerme siempre y por sus muestras de cariño. Y tal como dije en el video “vacúnense, esto no es juego, existe y puede matar”.

Quiero despedir esta columna con una frase de una canción de Cerati que remite al logro tras el esfuerzo. “Tarda en llegar, y al final, y al final hay recompensa”.

Cuídense, y Dios los bendiga.

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Volver al futuro, por Juan E. Fernández “Juanette”
Si alguien ve un Delorian mal parado, avísenme, para ver si aprovecho el aventón hasta 1998 y hacemos que gane Irene

 

@SoyJuanette

Si Marty McFly hubiese llegado de verdad (recuerden que Back to the future era una película), seguramente se habría molestado mucho porque, aunque hay por allí algunos prototipos de carros voladores, no es cierto que todos tengamos uno, como sí ocurría en la cinta. Otra de las cosas que le molestaría es el tema de las corbatas, pues nadie usa dos corbatas para ir al trabajo. De hecho, ya casi nadie usa corbata, a excepción de los políticos y banqueros, pero solo la usan porque es un accesorio de los ladrones de cuello blanco.

Es más, si al llegar le da por buscar la patineta voladora y los zapatos ajustables, lo que va a descubrir es que las personas de este milenio son un poco flojillas pues, a pesar de que hace 30 años se anunciaron estas ideas a través de la película, fue hace poco que Lexus desarrolló un prototipo de patineta que flota, es decir, que ni siquiera vuela.

Nike, por su parte, anunció que lanzaría los zapatos para conmemorar la llegada de Marty pero solo se ha visto el modelo en foto. En conclusión: “esta gente dejó para el futuro lo que pudieron hacer hoy”.

Aunque Marty en realidad no viajó al futuro, quien sí viajó fui yo. Pues en 1999 me fui a estudiar cine a La Habana y en mi periplo por Cuba todo el mundo me decía (al identificarme como venezolano) lo siguiente: “Óyeme tú” (poner acento del cangrejo de la Sirenita), “como sigan así en tu país las cosas se van a poner colol de hodmiga. Van a hacer cola para absolutamente todo”…

Déjenme decirles con orgullo, amigos cubanos, que estaban bien equivocados, pues en Venezuela ya no se hace cola para todo, solo para la gasolina, comida, medicina, cauchos… ah sí, y para baterías de carros, pero no son todos, solo la mayoría, ya que otros afortunadamente pueden comprar en bodegones y hasta tienen un Ferrari.

Por cierto, si alguien ve un Delorian mal parado, avísenme dónde está estacionado, para ver si aprovecho el aventón hasta 1998 y hacemos que gane Irene.

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¿Murió el periodismo?, por Juan E. Fernández “Juanette”
El periodismo no murió para mí, solo estábamos peleados. Me tomé unos vinos con él y ya somos amigos de nuevo

 

@SoyJuanette

Quienes me conocen saben que desde hace unos años me alejé del periodismo. No solo por la migración sino también por la decepción. De hecho, me refugié en la comedia porque creo que es uno de los géneros más genuinos y al servicio de la sociedad que cualquier otra profesión o disciplina. Porque “jodiendito” (bromeando) podemos marcarle al poder sus errores, aunque eso tenga como consecuencia boicot, multas, demandas y a veces hasta prisión.

Pero ¿por qué me divorcié del periodismo? Sin duda fue por mi culpa, por comenzar a ejercerlo desde la adolescencia en el diario del liceo y no parar; es decir, ejercí el periodismo más de la mitad de mi vida. Hacerlo por tanto tiempo me llevó al detrás de escena, a descubrir que, sea que escribas para un diario del gobierno o de la oposición, eres solo un peón que defiende los intereses de alguien. No del pueblo o del oprimido, sino de alguien poderoso.

Sin embargo, esta semana recibí dos señales que me hicieron ver que el periodismo idealista, ese por el que decidí ejercer la carrera, no ha muerto. La primera de ellas ocurrió el martes, cuando mi amigo comediante argentino, Nico, decidió entrevistarme para un examen final “por mi carrera periodística”. Créanme que traté de convencerlo de que buscara a otra persona, pero mi amigo es terco.

Durante la conversación Nico me hizo viajar a las redacciones que pisé, a la gente que entrevisté, a los profesionales con los que trabajé y a los sueños que cumplí gracias al periodismo.

En este ofició conocí a cineastas, deportistas, ministros, políticos (de esto no me siento orgulloso) y hasta un premio nobel de literatura. Pero lo más importante es que pude hablar con el obrero que vivía a cuatro horas de su trabajo y tenía que levantarse temprano para ganar una miseria, a la madre soltera que debía tener dos empleos para mantener a sus hijos, y a mujeres que, por mucho que lo intentaron, no lograron sacar a sus hijos de la delincuencia y tuvieron que llorarlos.

En fin, gracias a Nico redescubrí (porque en algún momento lo había olvidado) que existen varias caras del periodismo: la más terrible es esa que pone a “la profesión más bonita del mundo” al servicio de los poderosos, ya sean de izquierda o derecha; y el otro periodismo, ese que visibiliza los problemas que no vemos o no queremos ver.

Y afortunadamente de esos periodistas todavía quedan muchos. Me siento agradecido porque me crucé con alguno de ellos, como Norma Rivas, Gisela Rodríguez, Yudeima Sotillo, Gabi Rojas, Olga Maribel Navas, Hugo Vílchez, y muchos otros que, en un país donde el manejo de las influencias campea, lucharon y siguen luchando para reseñar los problemas de las comunidades más golpeadas.

Pero no solo en la fuente «comunidad» existen buenos periodistas; de hecho me crucé con muchos en las fuentes de cultura, radio, deporte y sucesos. Todo joven periodista (porque yo una vez lo fui) tuvo buenos y grandes maestros. En mi caso fueron Humberto Márquez “el bueno”, Enrique Rondón y Jaime Barres. Aprovecho este espacio para enviarles un abrazo.

La segunda señal me llegó ayer, cuando, buscando qué ver, me topé con el documental de HBO Breslin and Hamill Deadline artist. En esta maravillosa pieza de los directores Jonathan Alter, John Blocky y Steve McCarthy, se cuenta la historia de los columnistas de la ciudad de Nueva York Jimmy Breslin y Pete Hamill, quienes marcaron un estilo distinto de periodismo, dando voz al desvalido, luchando contra la corriente y ganando, en los años duros que se vivieron en EE. UU. Es un viaje por el periodismo desde mediados del siglo pasado y hasta las torres gemelas.

En fin, el periodismo no murió para mí, solo estábamos peleados; pero me tomé unos vinos con él y ya somos amigos de nuevo.

Hasta la próxima semana, ¡seguiremos informando!

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Días de subte, barba y laburo, por Juan E. Fernández “Juanette”
A eso de las 6:30 pm de un domingo de noviembre, vio por última vez la costa venezolana desde la ventanilla del avión. Vendrían los días de barba, subte y laburo

 

@SoyJuanette

Él nunca imaginó lo que cambiaría su vida aquel día, cuando hizo clic en el botón “comprar” de la página de Conviasa. Esa tarde, luego de varios intentos infructuosos por hacerse con un boleto a Buenos Aires, finalmente lo había conseguido.

Aquella fue una decisión consultada con su esposa y sus hijos, la separación, al menos por unos meses, era la única solución para escapar de la crisis. Venezuela ya no era un lugar seguro pues, si no te mataba un delincuente para robarte, podías morir por falta de medicina o hasta de hambre. Irse a otro país y enviar dinero unos meses para luego mandar a buscarlos era la solución.

Ya con el pasaje en la mano, venía la segunda etapa, tal vez la más fuerte: la despedida. En ese trance comenzó a extrañar absolutamente todo y a todos, incluso al malandro que todas las noches se paraba a la puerta del edificio a pedirle plata.

Decirles a sus padres, a su hermano y al resto de la familia fue otro momento difícil.

Otro momento duro fue dejar un buen empleo en una cadena de noticias de Estados Unidos, haciendo lo que más le gustaba: Producir para la televisión.

La noche previa al viaje, no pudo dormir. Se la pasó asomado en el balcón contemplando, al menos en las primeras horas, una Caracas aparentemente tranquila; ya llegada las 4 de la mañana comenzaron a aparecer las colas. Una en la panadería, otra en la farmacia, y otro en el CDI. Aquellas colas ya se habían hecho parte del paisaje.

Después de desayunar y pasar revista del equipaje para que no se le quedara nada, tomó una ducha. A las 9:00 a. m. irían unos compañeros a entrevistarle para un especial web donde entrevistarían a venezolanos que se iban del país. Por paradojas de la vida, esos compañeros que harían la entrevista, meses después también dejarían Venezuela para labrarse un futuro.

A eso de las 11 de la mañana llegó Andreu, su compañero de la universidad y mano derecha en la época de la lucha estudiantil. Él sería el encargado de llevarlo hasta el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Por más que él le dijo a su esposa que no quería que bajaran a despedirlo, ella se impuso y bajaron a La Guaira, tanto ella como los niños.

Luego de despachar el equipaje, se abrazaron y, aunque él no quería tomarse la trillada foto en el piso de Cruz Diez, Andreu no solo lo convenció, sino que tomó la que sería la última foto de la familia reunida en Venezuela.

De repente un nudo en la garganta se apoderó de él, las piernas no respondían, el miedo lo tomó por sorpresa. Le dio un beso a su esposa, un abrazo a sus hijos y otro, por supuesto, a su compañero de mil batallas, a su hermano de vida. Se dio media vuelta y cuando fue a pasar la puerta, sintió cómo unos brazos bordearon su cintura, era su hijo quien llorando le decía “no te vayas papá”… aquella imagen lo proseguiría todas las noches durante 6 largos meses.

Después de pasar los controles, y de contestar la pregunta “¿motivo del viaje?”, quiso comprar algunas cosas con los 20.000 bolívares en efectivo que le habían quedado. Tal vez alguna botella de ron, una caja de Toronto o algunos dulces abrillantados de Mérida, pensó. Pero al final se conformó con 3 chocolates Cricrí, y un chocolate de leche, de Savoy, por supuesto.

Afortunadamente el avión despegó a la hora, y a eso de las 6:30 p. m. de un domingo del mes de noviembre, vio por última vez la costa venezolana desde la ventanilla del avión. En aquel momento todos sus recuerdos pasaron frente a él. Solo la voz de la aeromoza indicando que colocaran los asientos en posición vertical lo sacó del trance. Se tocó la barbilla y notó que no se había afeitado… ¿Será que me dejo la barba? Pensó.

Él no se imaginaba todo lo que pasaría meses después… la distancia tiene un precio, y él lo pagaría caro. Vendrían los días de subte, barba y laburo.

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Claves para resistir la invasión, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Acá les escribe algo cansado, luego de unas semanas de ejercicios militares quien suscribe, el soldado Juanette. Quiero compartir con usted amigo lector, algunas claves para resistir a una cada vez más posible (y cercana) invasión de algún país extranjero, o tal vez de la “Invasión Sensacional” del maratónico de los sábados.

Pero primero lo primero, después lo segundo y luego lo tercero… esto de las invasiones a nuestro país, Venezuela, no es nuevo. Se remonta al momento en el cual esta nación apareció en el radar de las carabelas de Colón (bueno de los reyes, pero que le prestaron al navegante italiano). El imperio, en aquel entonces el español, trató primero de conquistarnos pacíficamente cambiándonos espejitos por oro… y al que no lo quiso cambiar, le dieron de coñaz… pasando a la fase que se denominó “Conquista a la fuerza”.

Luego de las guerras de independencia que, fueron un poco más cortas que “Las guerras de las galaxias”, mandando el presidente Cipriano Castro, se aliaron Italia, Inglaterra y Alemania para bloquear las costas venezolanas (según las malas lenguas, las potencias actuaron en conchupancia con un banquero, no sé, a mí no me consta pues no estaba allí)… pero Cipriano con la ayuda de algunos caraqueños que desde el Ávila movieron matorrales (para hacer creer que era un gran ejército el que bajaba hasta La Guaira a repeler el bloqueo), hicieron que aquella “planta insolente” se fuera con su música a otra parte (el cuento no es exacto, pero es algo así).

Lo importante de este preámbulo histórico es hacerle ver, amigo lector y amigo invasor que nos leen, que invadir Venezuela no será nada fácil, porque lo más probable es que, al entrar a esta tierra de gracia, usted termine enamorado de una venezolana o por lo menos con un millón de amigos como dice aquella famosa canción de los cantantes brasileros Roberto&Carlos.

Claves para contrarrestar la invasión

 Invasión marítima

Por videos que vimos durante los ejercicios pudimos notar que los marines son unos bichos catires como de dos metros que van a bajarse del portaaviones, con intenciones de darnos hasta con el tobo. Por ello, la Armada venezolana tiene que tratar de desviar el USS George HW Bush CVN-77 hasta Higuerote o “La Costa”; esto para que, cuando se bajen los gringos coincidan con la fiesta de San Juan y terminen bailando tambores, bebiendo, comiendo, jugando dominó y no quieran volver al norte.

 Invasión aérea

Si la fuerza aérea norteamericana se atreviese a surcar rasante el cielo de Venezuela con sus F-16, nuestros Sukhoi deben repeler el ataque, derribar los aviones y hacer que los pilotos se eyecten cerca de Maracaibo. Una vez en tierras marabinas, apresarlos y someterlos a una dieta que no podrán resistir para quebrar su espíritu. La misma consta de patacones, “agüita e sapo” (arepa de pernil), huevos chimbos (es un dulce, no somos tan sanguinarios como para darles de comer huevos podridos), mandocas (con queso chillón), cepillados, papelón, cuatro tequeños y tres yoyos (deben comer seis veces al día). Luego de tamaña ingesta, el piloto americano será obligado a tratar de despegar en su avión… pero el pobre no va a caber; así que lo más probable es que decida quedarse y monte un tarantín en el mercado de las pulgas.

 Invasión terrestre

De llegar los invasores a Caracas, es importante tener la capacidad de producir algún evento como “Suena Caracas” o La “Bailanta Sensacional” (para los lectores no venezolanos, esto es un concurso de baile que producía en el maratónico de los sábados Súper sábado sensacional). Así cuando estos soldados invasores quieran atacarnos, se encuentren con tremenda fiesta y sus pies se muevan al son de la música, deponiendo así sus armas, pero no para huir sino para unirse a la fiesta.

Bueno, me despido con una nota importante para los invasores: vengan cuando quieran que los estamos esperando, eso sí, nosotros ponemos la música y la gente. Ustedes por favor traigan la comida, el hielo y la bebida.

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La “neuroalimentación” llegó para salvarnos, por Juan E. Fernández “Juanette”

@SoyJuanette

Lo bueno de las maromas que debimos hacer algunos venezolanos cuando vivíamos en Venezuela (y que siguen haciendo los que se quedaron) para conseguir productos y alimentos, es que, como pasamos largas horas haciendo cola, aprovechamos ese tiempo para hacernos preguntas trascendentales para la humanidad, como por ejemplo:

¿Será que llegaré al champú?

¿Y si me meto a bachaquero?

¿Con qué era que hacían el jabón en Cuba?

¿Será que Camilo Sesto y Felipe Sexto son familia?

Un día, en una de esas colas, escuché a dos personas hablando acerca de los famosos videos de Tasty creados por Buzzfeed. Esta fue la conversación donde descubrí que todo se trata de un experimento:

Señora 1: Chama, mira este video, acá te van diciendo los ingredientes y mira lo fácil que se hace todo.

Señora 2: Sí, chica. Yo el otro día hice unos calamares rebosados siguiendo el video. Bueno, solo hice el rebosado porque calamares no conseguí, pero me quedó rico.

Señora 1: Claro, vale, es que tenemos que adaptarnos pues. Y será que tendrán el video de cómo hacer paella, pero sabes, sin arroz, sin los mariscos.

Señora 2: Seguro, es facilísimo y lo puedes hacer sin necesidad de usar ningún ingrediente.

Señora 1: ¿En serio? ¿Cómo lo haces?

Señora 2: Solo tienes que meterte en Google y escribir: “¿Cómo preparar paella+buzzfeed?” y te sale el video. Le das clic, lo ves la primera vez y se te hará agua la boca. Pero después de verlo unas 47 veces ya te sientes llena y se te quita el hambre.

Señora 1: Oye, qué buena idea, pero ¿de verdad funciona?

Señora 2: Claro, y lo mejor es que adelgazas y bueno tienes mucha variedad de platos.

Luego de aquella revelación, y de interrogar a las señoras (quienes por cierto me dieron la receta de las rosquitas de naranja, sin naranja claro), comencé a investigar, hice encuestas y hasta di con un científico (sí, todavía quedan algunos), y me confesó que efectivamente se están haciendo estudios de “neuroalimentación”, que, según deduje, no es otra cosa que “comer con los ojos”.

La idea es que, cuando una persona tiene hambre, busca en Internet un video de Tasty y lo reproduce muchas veces, hasta que se le quite el apetito. Los beneficios son, como decía la señora (y me aseguró el científico), que la persona baja de peso, tiene la variedad y la cantidad de productos que quiera, desde la comodidad del hogar, y solo necesita una conexión a Internet (como Open English, pero gratis, claro).

Además, ayuda al presupuesto familiar, ya que no gastas en comida y lo mejor: acaba con las colas de gente comprando alimentos.

Debo confesarles que luego de entrevistarme con el científico me voy esperanzado, pues me comentó que están haciendo experimentos similares para buscar solución a la escasez de agua y luz… amanecerá y veremos.

Aunque también, me da algo de tristeza, porque si se acaban las colas mi reality show Los juegos del hambre Caracas, tiene los días contados.

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