Juan E. Fernández, autor en Runrun

Juan E. Fernández

Ser o no ser youtuber, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Todo el mundo me pregunta a cada rato: Juanette ¿cuándo te haces youtuber? Y la verdad no sé si me lo dicen porque quieren ver despegar mi carrera o si en realidad están pensando en destruirla, porque esto de ser creador de contenidos en YouTube no es nada fácil.

Podría decirse que es un asunto de vocación, pues detrás de la fama y los likes hay muchas horas de trabajo duro, tal y como pasa con la comedia.

Si hoy le preguntas a un adolescente a qué se quiere dedicar, la mayoría te dirá que quiere ser Tik Toker o youtuber. Los días de ser doctor, ingeniero o periodista quedaron en el pasado; y esto es así porque los chicos pueden ver cómo viven sus influencers durante todo el día gracias a las redes sociales.

Pero lo que no cuentan, y mucho menos postean los influencers, son esas horas que pasan sin dormir porque el bloque creativo no los deja; o porque tienes cuentas que pagar y este mes no vendiste tantas stories de Instagram; ni tampoco tuviste muchos intercambios publicitarios. Y toca tener otros trabajos para poder mantener “la pantalla”, no solo del YouTube, sino de la vida en el mundo digital.

Pero esto no pasa solo con YouTube, pasa también con la comedia: muchos quieren ser el Jerry Seinfield latinoamericano, o el Kevin Hart latino y pavonearse por las calles con sus collares de diamantes, y ojo, tal vez pueda ocurrir. Pero solo si pasas muchos años presentándote en pequeños bares, y si logras volantear por horas para que alguien entre a tu show (tal y como han hecho los grandes que hoy son exitosos, y hacemos todos los que amamos la comedia).

Y acá un consejo de oro: “Si quieres vivir de la comedia, trata de no vivir de la comedia”. Ten trabajos alternativos, pues no siempre tendrás un show que te pague las cuentas.

Esto aplica también para eso de ser youtuber: si realmente lo deseas de corazón, lánzate a la piscina y comienza a subir tus videos. Pero no lo hagas por hacerlo, piensa bien lo que quieres decir y, aunque no tengas una cámara o un micrófono último modelo, exprésate. Si produces contenido de calidad, con originalidad y gancho, verás cómo poco a poco, con paciencia, pero sobre todo con mucho trabajo, lograrás tus primeros 100K suscriptores.

Hace exactamente un año tuve la fortuna de ver a Daniel Samper, periodista colombiano cuya columna leí en la Revista Semana durante mis años de estudiante de periodismo. El destino quiso que 20 años después, y en la ciudad de Buenos Aires, Samper me contara cómo incursionó en el mundo del YouTube y se convirtió en “El youtuber de 40”. Acá tres lecciones que saqué de aquella conversación:

1. YouTube es un medio, y merece el mismo respeto que cualquier otro. Por eso es importante pensar bien en una idea divertida, vendedora y que aporte algo a tu audiencia.

2. Nunca se es demasiado viejo para abrir tu propio canal de YouTube.

3. No le temas a la tecnología, y si se te dificultan los programas de edición de video y sonido, aplica lo que me sugirió Daniel Samper: “Cómprese un millennial, Juanette”

Y acá un consejo final: hagas lo que hagas, trabaja duro, invierte muchas horas y sé persistente. Esa es la única manera de lograr lo que te propones.

En cuanto a si seré o no seré youtuber… solo el tiempo lo dirá.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El billete roto, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Hoy quiero levantar mi voz por aquellos que no pueden hablar. Hay algunos que estuvieron de moda, que causaron furor, que despertaron pasiones, pero hoy son rechazados… los billetes rotos.

Hoy recibí una lección de “El Rosas” y “El Profesor”. Aclaro que no es el de La casa de papel, sino otro: Juan Manuel de Rosas, mejor conocido como el del billete de 20 pesos; y de Domingo Faustino Sarmiento (quien era maestro), también llamado “el señor del billete de 50 pesos”.

Todo ocurrió la mañana del lunes, cuando me levanté temprano y caminé a la carnicería para comprar algo de pollo para la semana, pues, para alguien que vive solo, lo mejor es comer lo mismo todos los días. De esta manera la neurona que usarías para decidir qué vas a comer cada día, la puedes enfocar en alguna idea por la que sí te pagan las compañías para las que trabajas.

En fin, cuando fui a la carnicería hice mi pedido y pagué con 200 pesos, que en dinero de Argentina son “dos evitas” o “dos rocas”, que no es por el actor de La falla de San Andrés sino por Julio Argentino Roca, el presidente que sale en los billetes viejos de 100 pesos. Luego de pagar, el carnicero me regresó un billete de 50 pesos (un sarmiento o un profesor ¿recuerdan?), pero demasiado enrollado para mi gusto, así que lo desplegué y vi que estaba roto. Acto seguido ocurrió esto:

Juanette: ¿Disculpa, me puedes cambiar este billete? está en mal estado.

Carnicero: La verdad yo no lo veo mal

Juanette: Está roto, le falta un pedazo

Carnicero: Cuando vayas a pagar lo enrollas y no se dan cuenta.

Juanette: Es decir, si yo te pagara con este billete ¿me lo recibirías?

Carnicero: Bueno ya no porque el billete ahora es tuyo así que agárralo y vete.

Juanette: Mejor hagamos algo, toma tus pechugas (bueno las del pollo), tu billete roto y dame mis dos evas…

Carnicero: Vas a dejar de comer por un billete roto ¿en serio?

Juanette: No, creo que llegó la hora de meterme a vegetariano.

Luego de tomar de dejar mi compra y tomar mis 200 pesos, dejé la carnicería de un portazo. Caminé unos metros y entre en la verdulería, compré algunos vegetales, una tapa de tarta y pagué con mis 200 pesos ¿Adivinen cuánto fue el cambio? Exacto, 50 pesos. Así que tomé mi sarmiento, bastante más derruido que el que me había dado el carnicero y me fui a mi casa.

En el camino me encontré en el piso un billete de 20, o un rosas ¿por qué nadie lo recogía? Porque no vale un carajo, pero como soy una persona de buen corazón lo recogí… obviamente también estaba en mal estado.

Chicos hoy les dejo dos lecciones: los vegetales no son más ricos que la pechuga grillada… y si te dan un billete roto, recíbelo porque si el destino quiere que sea tuyo, lo será.

Ahora que lo pienso, este sería un buen momento para ir a misa; tal vez pueda dejar a rosas y sarmiento en la cesta de la limosna y salir corriendo antes de que el cura me los quiera regresar.

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Distancia social, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Desde hace 6 meses muchos en Argentina estamos confinados por el Decreto Nacional de Urgencia de dictó el Gobierno. Y sí, estamos cansados; muchos sin trabajo y tratando de sobrevivir. Para algunos el aislamiento preventivo y obligatorio es una pérdida de tiempo, mientras para otros es la posibilidad de ganar tiempo para evitar que se colapse el sistema de salud.

Es terrible la cantidad de gente que ha muerto por el coronavirus, y seguramente algunos dirán que el aislamiento no sirvió para nada. Pero la verdad fue que se dilató la llegada del pico de contagio. ¿Qué pasará ahora? Nadie lo sabe, todos esperan que en algún momento aparezca una vacuna.

Creo que, en este tiempo, al menos yo, he aprendido a cultivar dones como la paciencia y la templanza; y cada día trato de hacerle más llevadero a mis hijos este trance. Pero no desde la confusión o de la desinformación, sino ayudándoles a entender que tenemos que cuidarnos, y tomar todas las medidas para evitar el contagio.

Usted amigo lector se estará preguntando ¿por qué este tipo escribe de esto ahora? Porque, desde este fin de semana, en la ciudad de Buenos Aires ya se permite tomar una café en la vereda (acera), lo que está bien si se hace con distanciamiento social, pero mi preocupación es que esa distancia depende de cada uno de nosotros.

No es por ser desconfiado, pero dejar el destino de la humanidad en manos de la humanidad históricamente no ha salido bien.

Y antes que de empiecen a atacarme les aclaro que el problema, a mi parecer, no es que podamos salir; el inconveniente pasa porque “sepamos salir” y no solo a la calle sino de la pandemia. Y la verdad es preocupante, pues la actitud de muchos gobiernos del mundo es: “Bueno chicos nosotros llegamos hasta acá”, y me parece que por esta vez tienen en parte razón, pues depende de cada uno el cuidado. Esa frase que se ha vuelto trillada en este tiempo y que dice: “Cuídate y cuídanos” tiene que estar más vigente que nunca.

Por naturaleza, a los seres humanos no nos gusta hablar de la muerte, pero como dice el músico venezolano Mauri Mix en su canción Distancia social, “Este virus te puede matar”.

Y acá me quiero detener, porque el tema de Mauri demuestra que los humanos somos capaces de adaptarnos y hacer cosas maravillosas sin salir de nuestras casas. Acá les dejo el video de Distancia social, no solo para que lo escuchen, ni para qué bailen, sino también para que entiendan el mensaje:

No se trata de no salir chicos, no pasa por ahí. Pasa por saber salir, pero no solo a la calle a tomar una cerveza, se trata también de saber cuidarnos y cuidar a los demás.

 

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El humor como problema, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

El otro día escuché en el pódcast Que se vayan todos , que cada vez son más las personas que se informan a través de los humoristas. Y no solamente estoy de acuerdo con ese comentario, sino que soy una prueba viva de eso.  

Desde hace unos meses me informo únicamente por pódcast de humor, tipo el Pulso de la república, PDB, Reporte semanal, etc. Porque la verdad no soporto los noticieros… Sí, sé que soy periodista y también sé que hacer esta afirmación podría costarme espacios en alguno de los medios que publica mi columna, pero la verdad estoy un poco cansado.

Les pido disculpas por hacer de esta columna un espacio para desahogarme, pero cuando decidí escribir me puse como objetivo que solo fuesen textos graciosos; claro, la idea del humor es hacer reír mientras se invita, como quien no quiere la cosa, a la reflexión.

Toda esta introducción la hago para decirles: Señoras y señores, ¡está pasando! El humor, que es un un ejercicio tan peligroso, invadió los espacios de los medios de comunicación.

Y ya las personas, sean de izquierda o de derecha, se darán cuenta de que muchas de las cosas que se dicen o escriben (capaz también esta columna), sirven para mostrar una sola cara de la verdad ¿Cuál? La que más les convenga a los políticos de su preferencia. Pero ahora que el humor está tomando el lugar de los medios, todo se puede ir al garete. Imagínense ¿qué pasaría si los políticos no pudieran manipular a las masas? Justo por eso es que los humoristas son perseguidos, porque hay que evitar ese nuevo “desorden mundial”.

Ahora quiero mencionar un libro de Teodoro Petkoff que leí hace mucho. El libro me ayudó a entender que la política no es un dogma religioso, y que la mayoría de las veces los políticos se equivocan (aunque ellos, sus partidos y sus fanáticos digan lo contrario).

Teodoro también me enseñó la importancia de aprovechar el tiempo a través de una frase: “Bueno, muévete carajo, que no tengo todo el día”… pero eso se los contaré en otra ocasión.

Perdón, me desvié. Les decía que había leído un libro que me enseñó a entender la política: Checoslovaquia: el socialismo como problema, publicado por Teodoro en 1968, el mismo año del Mayo francés. En sus páginas Petkoff cuenta cómo, a partir de la invasión a Checoslovaquia, el socialismo soviético mostró lo que pasaría con el resto de los países que terminaron “invitados amablemente” a pertenecer a la Unión Soviética.

En aquel entonces nadie dijo nada, pues, “El comunismo no se equivoca” se decía en aquel tiempo. Y ahora se repite que “El Capitalismo es la única solución”. Así que quiero decirles algo: el mundo es más que un juego de Caracas Magallanes, o de un Boca Vs. River. ¿Saben cómo me di cuenta? Por dos cosas: primero, porque cubrí política algunos años, y conozco a muchos de un lado y del otro. Y segundo por culpa del humor, pues cuando eres comediante aprendes a cuestionarte todo.

Además, el humor es un antipoder, lean bien, no solo contra el gobierno de turno, sino de cualquier poder que quiera trastocar la sociedad. El humor es una alarma que nos avisa sonreídamente que algo no está bien…

Lo que pasa es que, en este contexto de todos contra todos, muchos humoristas se han convertido, casi sin querer, en la única guía para saber qué está pasando realmente.

Así que el llamado es a que cada cual retome su rol: los políticos a presentar propuestas serias para solucionar los problemas, las personas siendo críticas y cuestionando todo y a todos. Y los humoristas a hacer bromas. De no pasar esto, y tal como va el mundo, ¡todo terminará siendo un chiste!

Hasta la semana que viene (eso espero).

 

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Un adulto responsable, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Hoy quiero aprovechar este espacio para contarles que no lo logré… crecí en una sociedad que me formó para que fuese un tipo con un buen trabajo, capaz de generar riqueza, de triunfar, de verse bien y obviamente tener una casa grande y un auto del año. Siempre escuché a mucha gente decirme: “Qué bien lo estás haciendo, sin duda alguna serás un adulto responsable”.

Los que me conocen saben que tuve una carrera extensa en el periodismo. Comencé a los 12 años en el diario del liceo Jesús Obrero, se llamaba Voz Estudiantil, y luego colaboré en la revista Marcas, primero como fotógrafo y luego como redactor.

Con el paso del tiempo, me convertí en productor de televisión, trabajé en medios internacionales como CNN, Poder y Negocios, y en otros grandes medios. Y desde ahí pude conocer a políticos, artistas, presidentes y hasta me colé en una fiesta para entrevistar y fotografiar a un nobel de literatura que estaba de paso por Caracas.

Es verdad, puedo decir que tuve una carrera exitosa en el periodismo. Pero debo confesarles que el pasado fin de semana me di cuenta de que todo eso se había ido al garete. Ya no era más un adulto responsable, y lo que es peor: capaz nunca lo fui, por eso les digo ¡No lo logré! Aunque les cuento que “no lograrlo” es algo que me hace muy feliz.

¿Saben cómo noté que ya no era más un adulto responsable? Todo comenzó cuando decidí cambiar mi desvencijada billetera de cuero, negra y sin gracia. Al principio pensé que sería bastante rápido, pero la verdad es que, después de navegar por todas las tiendas digitales de Mercado Libre, no encontré nada que me convenciera.

Pasé noches sin dormir, y sin salir, porque además de que no se puede por el coronavirus, las salidas cortas al chino eran muy peligrosas, pues, andar por ahí con el dinero en una bolsa de plástico, además de ser inseguro, era una falta de elegancia total.

Pero todo cambió el sábado pasado cuando caminaba por la avenida Medrano de Buenos Aires, y a la altura del 500 me topé con “Big Bang Rock”, una tienda que, además de vender instrumentos musicales, vende todo tipo de accesorios vinculados a la música. Y justo en la vitrina de esa tienda estaba ella: una billetera, pero no una billetera cualquiera, sino una con muchos colores.

Destacaba entre todas, porque, aunque estaba dentro de un estuche gris, tenía tantos tonos que la verdad brillaba. Sin pensarlo entré a la tienda, despojado de cualquier duda, y la compré.

Debo confesar que ya en casa comencé a cuestionarme muchas cosas, como, por ejemplo: ¿Qué pensará el chino del supermercado cuando la saque para pagar? ¿Y si un día pasa todo este virus, y mientras estoy sacando la tarjeta del tren le parezco guapo a una chica, pero al ver mi billetera sigue de largo? o peor ¿si cree que soy un tonto?

Aunque hubo algo que me tranquilizó: el virus no terminará aún (ojo, no le quiero pinchar el globo a nadie, pero es algo que ya sabemos).

Otra cosa: mi tarjeta del tren no tiene saldo, porque no me subo al subte desde marzo, por lo que no podría viajar. Entonces me relajé.

Al día siguiente al despertar, vi mi billetera de colores en la mesita de luz, y descubrí que ese solo había sido el primer paso; tenía que seguir haciendo cosas que me hicieran feliz.

Desde que tengo mi billetera de colores ya no veo el noticiero todo el día, solo lo hago unos minutos para saber cómo está el mundo.

Y les tengo que contar que no ha cambiado nada. Luego escucho pódcast mientras teletrabajo.

Les puedo recomendar algunos, por ejemplo: La vida moderna, Nadie sabe nada, Que se vayan todos y Últimos cartuchos. Ahí pueden ver temas varios, que tienen que ver con la realidad española, argentina, y venezolana. Es una manera de informarse, pero con humor.

Y tal vez decepcioné a mucha gente (y los seguiré decepcionando), porque no fui esa gran promesa del periodismo y la literatura. Pero la verdad me siento tranquilo y feliz siendo un comediante, que extraña volantear en la calle para meter gente a un show… y que lucha por adaptarse a este orden digital. En el fondo sé que regresaremos. Pero, por lo pronto, el show debe continuar. Así sea por Zoom.

Ciertamente mi billetera de colores fue el punto de partida de este nuevo estilo de vida, porque la verdad no sé cuánto tiempo voy a estar aquí, por lo que quiero hacer cosas que me agraden. Además de tratar que la gente se ría, pero si no se puede y aunque suene un poco egoísta, al menos reírme yo.  

 

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El rey de la casa, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

 

@SoyJuanette

Y acá estoy sentado en mi trono escribiéndoles desde mi reino de 35 metros cuadrados ubicado en el barrio porteño de Almagro. Ahora mismo llevo puesta ropa cómoda y me estoy tomando un café con chocolate y comiendo 3 trozos de torta de desayuno. ¿Saben por qué? porque en mi reino mando yo, así que puedo comer y hacer lo que quiera.

Seguramente después de desayunar dejaré los platos acumularse en la cocina. ¿Saben por qué? porque en mi reino se hace lo que yo digo, pues para eso soy el rey de la casa. Probablemente ahora suba a la terraza del edificio a tomar sol, o puede que me meta a remojarme en la tina con mucha espuma, ¿saben por cuánto tiempo? El tiempo que quiera porque básicamente soy el mandamás, la única figura de autoridad que existe en esta casa.

Y es que en mi hogar se hace lo que yo diga. Acá todos los que viven conmigo, hasta Malbec, esa especie de “Wilson” que fabriqué con almohadas y un balón de Racing como cabeza, hace lo que yo le diga. Y sin decir ni pío.

Hace algún tiempo, cuando estaba junto a la reina consorte (que desde que nos separamos todos le dicen “Reina con suerte”), trataban de mantenerme a raya. Imagínense, tenía la osadía de que hiciera la cama, pero para qué, si igual íbamos a dormir ahí de nuevo. Además, me mandaban a comer ensaladas… sí, ¡ensaladas! Porque la comida chatarra no era comida; la verdad era un suplicio, ni siquiera me dejaban cenar helado.

Pero yo pude contra la opresión y fundé un nuevo reino, donde como y hago lo que me plazca y donde la libertad, la mía, es la única ley…

¡Ups!, ahora que digo mía… Ya hoy es viernes y este fin de semana viene mi hija La Princesa Mía, así que debo cerciorarme de que cada cubierto esté en su lugar, que los platos estén bien lavados y en el lugar donde ella dispuso que deben guardarse.

¿Dónde estará la escoba? Porque también tengo que barrer, limpiar el piso, lavar el baño y quitar el polvo de todas partes. Porque si ella llega a encontrar una pizca del polvo arderá Troya. Ella, cuando llega, se para en la puerta de mi departamento, se pone un guante blanco, y va pasando su mano por los muebles, la mesa, la biblioteca, por todos lados. Y Dios libre que encuentre polvo o algo sucio.

Ojo, si usted llega a percibir que, en el momento que escribí esta columna estaba nervioso, se lo confirmo: ¡estaba nervioso! Porque usted no sabe cómo se pone mi niña si está algo desordenado. Bueno, ahora voy a tener que dejar de escribir, porque debo ir a comprar harina Pan, pues si no tiene sus arepas de desayuno, mi reino se va a tambalear este fin de semana.

Ahora quiero confesarles algo: no hay nada mejor para un rey que obedecer a su pequeña princesa.

 

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Ganar el año, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Podría iniciar esta columna semanal a las puteadas porque ya no sé cuántos días llevamos encerrados. Pero la verdad, aunque mucho crean que lo de la pandemia es algo montado por los medios y exhortan a que salgamos a la calle de una vez bajo el lema “sálvense los que puedan”, les digo que es una cosa real y tenemos que cuidarnos. Si, ya sé que muchos se han quedado sin trabajo, y que tenemos que arrancar de una buena vez con la normalidad porque ya la economía no aguanta más. Pero como decía mi abuelita: “Con salud, se consigue todo”

Ojo, no quiero hacer de este espacio un texto de autoayuda ni mucho menos. Sin embargo considero que, en medio de tanto drama, y con la sobreexposición que tenemos de todo lo que pasa en el mundo, está bueno detenerse a pensar y sopesar qué cosas hemos ganado este año. No me volví loco, estoy hablando del 2020.

Ya sé que mucha gente dirá “Pero Juanette, si estamos viviendo la pandemia más grande de la humanidad! ¡No ha ocurrido nada tan terrible como esto, Juanette! Esto es el Apocalipsis…”. Chiques, lamento desilusionar a los fatalistas, pero no es así.

Paso a argumentar mi punto, antes de que me linchen públicamente:

¿Estamos viviendo una época terrible con esto de la pandemia? Claro, sin duda, un momento con muchas personas muertas, con índices de desempleo altísimos, y con una economía que se derrumba. Una gran tragedia. Pero el punto es que no es la única de la historia.

La frase “Esta es la peor época en la historia de la humanidad” se ha dicho siempre. La dijeron en el siglo XIV con la peste negra, la dijeron durante la I y II guerras mundiales. También en 1929, cuando se desplomaron las bolsas (la de valores, no las de plástico), y seguramente en 200 años lo seguiremos diciendo.

Hay un pasaje escrito por Ernesto Sábato en El Túnel que dice así: “La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa en el olvido”. Yo coincido con este vecino de Santos Lugares ¿Y ustedes?

Les diría que ya es tiempo de sobreponernos. Tenemos que aprender a vivir con el virus, al menos hasta tener la vacuna.

Así que dejemos de despotricar del 2020, porque fuimos nosotros los que le dijimos “2020 sorpréndenos”. ¡Y vaya que lo hizo! ¿No?

Comencemos a ver el vaso medio lleno, y hagamos un balance de las cosas positivas que logramos en este tiempo. Yo, por ejemplo, tenía esta columna abandonada, porque, según, tantos shows no me dejaban tiempo para escribir (pero quién me creía). Entonces ¿saben qué descubrí? Que no estaba organizando mi tiempo para ser más efectivo. Simplemente me metí en un torbellino de cosas, que muchas veces no podía manejar. En resumen, aproveché este tiempo para detener el balón y repensar hacia dónde va mi vida. Y la verdad ahora me siento muy enfocado.

Por último, quiero aclarar que no estoy de acuerdo con aquel adagio cuarentenal que dice: “Si en este tiempo no sales con un libro nuevo, un proyecto nuevo, un idioma nuevo o algo nuevo, entonces perdiste el tiempo”.

La verdad es que si usted se tomó esta etapa para ponerse al día con las series, o simplemente ver el techo, es cosa suya; eso no lo hace un mal ser humano.

El llamado es a no dejarse llevar por la frase “Se perdió este año” Más bien pregúntese ¿qué he ganado?

 

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Los cómicos también lloran, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Esta semana recibí la noticia de que Luis, uno de mis amigos de la infancia, falleció el miércoles pasado.

He pasado unos días de m… porque Luis murió por esa terrible enfermedad que es el cáncer. Sumen a la ecuación que mi amigo transitó la enfermedad en Venezuela y justo con una pandemia en pleno desarrollo… Bueno, me prometí que rendiría este pequeño homenaje a Luis tal y como vivió: haciendo chistes todo el tiempo (o tratando).

A Luis Figueroa lo conocí en primer grado del Instituto Técnico Jesús Obrero, en la zona “F” del barrio 23 de Enero. Corría 1985. Compartimos paseos, vacaciones y hasta juegos de fútbol; pero él dentro de la cancha y yo fuera de ella. Paso a explicar: yo nunca he estado ganado a hacer deportes, y por ende al resto de los compañeros no les gustaba tenerme en su equipo; pero Luis siempre, para hacérmela más fácil, me decía “Tranquilo Juancito, tú eres el director técnico, solo tienes que gritar a los jugadores lo que tienen que hacer”. Yo gritaba como un loco y nadie me hacía caso, pero la verdad me sentía bien.

Y así era él, un tipo que tenía unas salidas geniales a través del humor. Con decirles que me contó Pedro Luis, otro de nuestros compañeros del colegio, que hace unos años, cuando Luis era cajero en un banco y comenzaba a faltar el dinero en efectivo en Venezuela, Luis vio a Pedro en una fila enorme para hacer un retiro de plata, entonces Luis se acercó y le dijo: “¡Pero dónde estaba metido, señor! Pase, que lo estábamos esperando”. Mientras entraban al banco, Luis les decía a los clientes “a todos los vamos a atender, pero el señor es VIP.

La verdad es que, si nos ponemos a enumerar todas las historias de este tipo, protagonizadas por Luis Figueroa, nos da para escribir un libro como la Biblia o El Quijote.

Luis enfermó hace casi 4 años. De hecho, la última vez que lo vi fue antes de irme de Venezuela. Lo fui a visitar al hospital y casi nos echan porque durante las dos horas que estuve ahí, nos reíamos a carcajadas. No me acuerdo de qué hablábamos, pero sí que le dije: “Ya chamo, no te agites, que te puede hacer mal”, a lo que él contestó: “Pero guebón, tengo un tumor cerebral no insuficiencia respiratoria, mientras no me pegues en la cabeza está todo bien”.

Seguimos hablando y riendo a más no poder, al punto de que una enfermera entró y dijo: “Señores bajen la voz, esto es un hospital; si siguen con el desorden los mando a sacar”. Entonces Luis le dijo: “Señora no me diga eso, porque con las ganas que tengo de irme de aquí, nos ponemos a cantar y a saltar en las camas…”. La enfermera no aguantó la risa, y sinceramente yo tampoco. Esa fue la última vez que nos vimos en persona.

Cuando me mudé a la Argentina, nos escribíamos, pero cada vez menos, pues, el día a día y otras cuestiones de la migración que ahora no vienen al caso, consumían el tiempo. Hace unas semanas supe por tu mamá, mi querido Luis, que tenían que operarte de vuelta, pero no quisiste esperar, preferiste irte. Sé que ahora estás tranquilo, haciendo reír a todos allá arriba.

Y sí, gente, les cuento que los cómicos a veces también lloramos… es más, siempre lloramos; el tema es que no lo hacemos en público porque podría afectar nuestra imagen… A menos que seas Buster Keaton.

Hasta la semana que viene.

 

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