Andrés Volpe, autor en Runrun

La tercera guerra mundial, Daesh y Nicolás Maduro por Andrés Volpe

AtentadosParísFrancia#13N

 

 

Después de ocurridos los hechos terroristas en París el pasado viernes 13, la opinión pública ha abiertos múltiples debates sobre múltiples temas relacionados entre sí. Entre los más importantes están las diferencias y distancias que el mundo musulmán quiere poner entre los fundamentalistas religiosos y los demás musulmanes. Esto, por supuesto, es lo correcto. Arropar a todos los musulmanes bajo el manto del terrorismo, sin distinguir entre los fundamentalistas y los demás, es una acción tan ignorante como violenta.

Más allá de esta temática importante, está el debate que ha surgido alrededor del uso propio de los conceptos y nombres con los cuales se discute y habla sobre este grupo terrorista. Llamarlos Estado Islámico es un error conceptual, ya que al reconocerlos con este nombre se permite el uso del concepto de Estado para nombrar a un grupo terrorista que carece de legitimidad frente al mundo. Quizás peor aún sea el hecho de que ese es el nombre que estos fundamentalistas religiosos se han otorgado a sí mismos, ya que ellos pretenden ser un califato regido por un califa que, supuestamente, es el sucesor directo de Mahoma. La aberración terminológica ha sido reconocida por los líderes del mundo y estos han comenzado a utilizar la palabra Daesh. Este nombre, debido a un juego de palabras en árabe, puede referirse al Estado Islámico de Irak y el Levante, o puede referirse a pisotear o aplastar, o a un intolerante que impone por la fuerza su punto de vista sobre los demás. Para comprobar la importancia de este debate, que para algunos pueda ser una cuestión irrelevante, solo basta con saber que los terroristas que conforman este grupo han amenazado con cortar la lengua de cualquiera que se atreva a llamarlos Daesh. Esto ocurre porque los términos construyen narrativas que afectan nuestro proceso cognoscitivo y, por lo tanto, la misma realidad de las cosas y, por eso, a todo hay que llamarlo por su nombre.

Los mismos errores terminológicos, para aquellos que entiendan este debate como abstracto y ajeno, se han venido dando en la situación venezolana. El régimen chavista ha tratado, mediante la apropiación de la gran mayoría de los medios de comunicación, de imponer su propia terminología sobre los fenómenos que ocurren en la realidad venezolana. La hegemonía comunicacional del chavismo en Venezuela ha hecho posible la existencia de narrativas incoherentes para favorecer al régimen. Ejemplo primordial de ello ha sido la difícil lucha que ha tenido que darse para lograr enmarcar al régimen de Nicolás Maduro como una dictadura que, mediante un terrorismo de Estado, somete a toda una nación. Lamentablemente, muchas muertes y muchos presos han sido necesarios para que el país y el mundo entiendan de manera absoluta el carácter antidemocrático del régimen chavista.

Los términos que construyen las narrativas latinoamericanas son importantes para que los mecanismos internacionales puedan activar sus mecanismos de rechazo y presión. Una de las victorias más importantes en este sentido ha sido la carta de Luis Almagro, el secretario general de la OEA, en contra del régimen. No obstante, el daño causado en Latinoamérica por la narrativa que el comunismo ha infiltrado en la región contra las ideas liberales y del libre mercado ha estado vigente a lo largo de muchas décadas. Las consecuencias más atroces de lo que burdamente puede designarse como un lavado de cerebro por parte de la izquierda las vemos hoy en día en Venezuela y, en menor medida, en otros países de América del Sur. Aquel fanatismo político en favor de las ideas de la izquierda, apoyadas en una falsa narrativa sobre la superioridad ética de sus postulados, ha sido lo que ha asegurado el poder a regímenes corruptos.

Por otro lado, el otro debate que ha despertado como consecuencia de los ataques en París es aquel sobre la tercera guerra mundial. Algunos intelectuales y figuras públicas así lo han afirmado y, entre ellos, se encuentra el papa Francisco. El papa habla de una guerra mundial en trozos y Arturo Pérez Reverte advertía en 2014, al referirse al Daesh, que estábamos ante la antesala de la tercera guerra mundial. Sin embargo, adoptar esta narrativa sería un grave error por parte de Occidente.

Al hablar de una guerra mundial, se estarían trayendo al imaginario colectivo imágenes que no corresponden con la realidad del conflicto que se vive contra Daesh en el presente. Esta organización terrorista no posee la misma capacidad militar de los poderes militares de Occidente, por lo que no sería un conflicto entre poderes mundiales, sino una guerra contra el terrorismo y el fundamentalismo religioso. De la misma manera, una guerra mundial siempre ha sido un conflicto entre Estados o imperios que gozan de reconocimiento internacional como tales y  siempre con el propósito de expandir su dominio sobre otros territorios. Dicho esto, hay que aclarar que los horrores del exterminio llevado a cabo por el nazismo fueron conocidos a posteriori  por el mundo y no fueron parte de las motivaciones presentes en la declaración de guerra de ninguno de los países aliados. Por lo tanto, la Segunda Guerra Mundial no inició como una guerra para combatir crímenes contra la humanidad, ya que fue solo después, al derrotar al nazismo, que se comprendió la naturaleza de los crímenes que se habían llevado a cabo.

Así las cosas, resulta evidente que la guerra que se lleva a cabo contra el Daesh es de una naturaleza muy diferente, aunque el mundo entero se sienta involucrado en esta lucha. Los motivos principales de este grupo terrorista no son la expansión territorial, sino la dominación de la humanidad por medio de una interpretación fanática de una religión. El conflicto es el de la civilización moderna contra el barbarismo, el cual siempre se ha hecho presente en diferentes formas a lo largo de la historia. Por ello, la civilización moderna debe combatir de forma contundente y decisiva a este grupo terrorista, ya que la existencia de la humanidad tal y como la conocemos está siendo cuestionada por un grupo minoritario, pero organizado, de fundamentalistas religiosos. Olvidar estas diferencias equivale a ser derrotados por el miedo, el arma más eficiente, ya que así ellos mismos lo han declaro, del Daesh.

Todo lo contrario ocurre en Venezuela. Para hacer más claro este argumento hay que reafirmar que el Daesh es un grupo terrorista organizado, y no un Estado; allí radica pues la importancia en la implementación de la terminología, porque el régimen chavista, al contrario del Daesh, ha tomado posesión del Estado por vías inicialmente democráticas para utilizar todos sus órganos para el ejercicio del terror. Esta es la diferencia fundamental entre estos dos grupos criminales y, quizás, la semejanza entre el régimen nazi y el chavista. El régimen de Nicolás Maduro es una dictadura criminal que ha convertido al Estado en una máquina para perpetrar actos de terrorismo a nivel interno y asegurar una red de narcotráfico a nivel, al menos, regional.

Más allá de hacer analogías incompatibles entre el régimen chavista y el Daesh por sus obvias diferencias en su naturaleza, es importante reconocer que estos grupos organizados, estas bandas criminales, atentan contra los valores democráticos y de libertad que Occidente se ha esforzado en propagar por el mundo entero. La narrativa del progreso de la humanidad hacia algo mejor es contrariada por el comunismo y por el fundamentalismo religioso. Son esos valores universales, los que nacieron en Occidente, por los que los venezolanos hoy en día dejan el pellejo al enfrentarse ante un régimen narcotraficante y criminal. Son esos mismos valores universales por los que los poderes europeos se preparan para una guerra con un final incierto. Pero lo más importante, al fin y al cabo, es que todos libramos la misma batalla contra el mismo mal.

 

@andresvolpe

El Nacional

Oct 29, 2015 | Actualizado hace 4 años
Más torcido que un lebranche por Andrés Volpe

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La verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad, rezan las palabras de Epicteto de Frisia, dichas hace incontables siglos atrás. Pocas cosas pueden ser tan ciertas como estas palabras que hoy en día reflejan a la perfección lo que ocurre con el caso de Leopoldo López a causa de las confesiones del fiscal Franklin Nieves. La corrupción en el Poder Judicial, para todos los venezolanos fieles a la verdad y la libertad, siempre ha sido un hecho notorio. No hacía falta la voz trémula de un Eichmann de nuestras tierras para que supiéramos sin duda alguna que el régimen es el dueño y señor de todas las instituciones del Estado. Ese monstruo, por tanto mentir, va arrastrando la lengua por la mugre.

La confesión del corrupto fiscal no fue necesaria para que la verdad fuese de conocimiento público, pero sí fue la baraja que ocasionó el desplome de la torre de mentiras que protege la putrefacción moral del chavismo. Una vez que el penitente decide delatar frente al mundo su complicidad con los mandamases del hamponato rojo para la realización de actos que atentan contra los derechos fundamentales de Leopoldo López, la mentira cruje y se hunde entre los océanos profundos de la infamia.

Liberar al hombre virtuoso, luego de escuchar a Nieves, sería un paso hacia la reivindicación de la lógica democrática y la moral que el chavismo ha destruido. Nada más podría pedirse después de que la verdad ha abofeteado groseramente al rostro tragicómico del régimen. Sin embargo, sería una novatada ingenua asumir que el régimen obedecerá a la lógica que conduce al reconocimiento de la verdad y, mucho peor, sería creer en la repentina recuperación de una moral chavista que nunca jamás de los jamases han poseído los hampones que desde Miraflores ordenan la destrucción de los inocentes.

Lo que si resulta evidente, además de que por fortuna no se ve afectado por el cinismo de la oficialidad, es que el caso de Leopoldo López se ha convertido en el evento que ha expuesto ante el mundo la ruina moral del chavismo. El mundo, al contrario del chavismo, no realiza esfuerzos titánicos por ignorar la verdad. El sacrificio de Leopoldo López, Lilian Tintori y su familia, no ha sido en vano.

Franklin Nieves ha decidido, independientemente de sus motivos cuestionables, sucumbir frente a la moral y, en un acto que confunde el ánimo de los que hoy sufren al régimen, decir la verdad de sus crímenes. Él ha renunciado al régimen y, como lo hiciese Patricio Aragonés en los momentos de su muerte en El otoño del patriarca, novela escrita por el gigante Gabriel García Márquez, le ha dicho al chavismo que “ahí lo dejo por poco tiempo con su mundo de mierda… porque el corazón me dice que nos vamos a ver muy pronto en los profundos infiernos, yo más torcido que un lebranche con este veneno y usted con la cabeza en la mano buscando dónde ponerla”.

@andresvolpe

Oct 22, 2015 | Actualizado hace 4 años
La convicción de los suicidas por Andrés Volpe

PSUV

 

Nosotros siempre la hemos tenido difícil. Los seres humanos somos de condición frágil, susceptibles a enfermedades, y comparándonos con la naturaleza, de vidas cortas. Somos seres destructibles. La existencia de la vida no es incondicional; al contrario, la existencia del individuo depende de la realización de acciones que garanticen su mantenimiento en la realidad. Por eso, nosotros siempre enfrentamos y tomamos decisiones basadas en alternativas que se hacen presentes. Normalmente, nos decantamos por la opción que, a excepción de los suicidas, nos prometen la supervivencia. Nuestra naturaleza siempre será la de sobrevivir, ya que es la condición intrínseca de todo organismo vivo. Esta condición nos lleva a concluir que nosotros, los seres humanos, debemos tener la vida como valor absoluto.

Al tener un valor absoluto claramente identificado, discernir entre el bien y el mal se convierte en una tarea relativamente fácil. La evaluación del bien y del mal se hace en relación con cómo una opción o acción que realizamos nos ayuda a preservar y/o mejorar nuestra vida. De esta manera, nuestra vida se convierte en el patrón de valor con el cual analizaremos al mundo. Esta lógica desata inmediatamente una multitud de conclusiones posibles en los diferentes campos de pensamiento, en las ciencias y, sobre todo, en nuestra manera de comprender la sociedad.

Groseramente se resume de esta manera parte de la filosofía de Ayn Rand como ella la escribiera en The Virtue of Selfishness en 1964. La escritora de origen ruso, llega a Estados Unidos en 1925 para años después ser una de las escritoras más influyentes luego de publicar The Fountainhead y Atlas Shrugged. En sus obras siempre está presente la lucha del individuo contra el colectivismo, narrando de esta manera una filosofía que busca enaltecer la existencia del individuo como esencia de toda sociedad y la libertad como condición necesaria para la realización del ser humano. Su genio prodigioso la lleva a escribir, como consecuencia de la publicación y éxito de sus novelas, ensayos en los cuales explica con un lenguaje certero su propia filosofía: el objetivismo

El objetivismo plantea, entre otras cosas, lo siguiente:

“El principio moral básico de la ética objetivista consiste en que, así como la vida es un fin en sí mismo, también lo es cada ser humano y este nunca podrá ser un medio para garantizar el bienestar de otros. Por lo tanto, el hombre debe vivir por su propio bien sin sacrificarse a sí mismo por otros ni a los otros por él; vivir por su propio bien significa que la consecución de su propia felicidad es el propósito moral más alto para él”. (Traducción propia; The Virtue of Selfishness, 1964).

Ayn Rand, por lo tanto, establece que el individuo es la unidad social más importante y no, como se empeñan en decir los colectivistas, el colectivo. Esta máxima nos lleva a analizar al Estado y la justificación de su existencia en la sociedad. Habría entonces que preguntarse, ¿cual es el propósito moral del Estado dentro de la filosofía objetivista? Por supuesto que en ningún momento puede ser el de implementar un plan de ingeniería social, tal y como presumen los filósofos que aseguran que el Estado es un fin en sí mismo. Aquellos que sostienen este postulado, lógicamente aceptan la existencia de regímenes totalitarios, por lo que lógicamente aprueban la existencia de regímenes como el chavista. La revolución chavista, al menos en el plano ideológico, siempre ha abogado por el chavismo como fin en sí mismo. Esto puede verse reflejado en la realidad ineludible del venezolano. El bienestar del individuo, entendido como el ciudadano venezolano, ha sido reemplazado por el bienestar del chavismo como élite que ejerce la violencia. No obstante, lo más triste e insólito es que a lo largo de la historia venezolana la mentalidad colectivista, expresada siempre por un rechazo hacia el individualismo en todas sus formas, ha sido la filosofía preponderante.

No obstante, el propósito moral del Estado según la filosofía objetivista es el de proteger los derechos del individuo, lo cual incluye protegerlo de la violencia física. El Estado debe ser el que garantice la vida del individuo, su libertad, la capacidad de hacer valer sus derechos de propiedad y coadyuvarlo en la persecución de su propia felicidad. Por lo tanto, el Estado existe solamente para permitir al individuo disfrutar de sus derechos inalienables y, al momento de fallar en estos cometidos, deja de justificar su existencia por el solo hecho de que los derechos del individuo originan por su propia naturaleza y no por acción del Estado.

Esto, por supuesto no ocurre en Venezuela. El chavismo siempre ha actuado de manera contraria a estos postulados. El Estado para ellos, según han demostrado, es un instrumento por medio del cual ellos ejercen violencia sobre el individuo y garantizan su propia supervivencia en detrimento de la vida de los demás. La anarquía que han desatado por consecuencia de su actuar criminal atenta contra el valor absoluto del objetivismo: la vida. La grave crisis económica que han causado y que ha forzado a los venezolanos a las calles para soportar largas horas de colas para conseguir alimentos, así como la reducción del poder adquisitivo, entre otras catástrofes económicas, atenta contra la dignidad de la vida y el propósito legítimo de todo individuo en conseguir su propia felicidad.

Por lo tanto, Ayn Rand nos brinda una herramienta para analizar la realidad del país de una manera racional y coherente con nuestra condición. El objetivismo nos permite ver claramente que todo aquel que siga apoyando al chavismo por convicción propia de sus postulados es un suicida o un necio. El chavismo ha puesto en peligro la vida de todos los venezolanos que hoy en día se mueven nerviosos, atentos al olor a pólvora, o temiendo el hambre que amenaza con propagarse desde el vacío de los anaqueles. Apoyar el chavismo, hoy en día, es atentar contra la supervivencia del venezolano.

@andresvolpe

 

Oct 08, 2015 | Actualizado hace 4 años
Antigobierno por Andrés Volpe

Antigobierno3

 

Al chavismo se le sigue enmarcando dentro de una narrativa que lo denomina como gobierno. Esto es un error fatal, porque pretender que el chavismo es el que ejerce el poder político en Venezuela es atribuirle cualidades y funciones que ha dejado de realizar satisfactoriamente hace mucho tiempo. El poder político lo perdieron justo cuando perdieron la legitimidad frente a los venezolanos y frente al mundo, evidenciando que la política para ellos no es cuestión de servir a la sociedad, sino cuestión de someter y dominar al adversario.

El gobierno, normalmente en sociedades democráticas, está encargado de satisfacer las necesidades de la sociedad, mediante la utilización de las instituciones del Estado para garantizar su prosperidad y supervivencia. Lo que deja claro que el gobierno es el encargado de garantizar el futuro de una sociedad, ya que en él recae la responsabilidad de administrar los recursos que ella produce. Nada de esto hace el chavismo. Este movimiento, inspirado en el marxismo-leninismo, solo procura garantizar su futuro en detrimento del bienestar de la sociedad venezolana. El chavismo siempre ha pretendido aniquilar el futuro del país. Ellos son una organización que ha destruido las instituciones del Estado, precisamente para poder realizar los actos criminales con los cuales amasan sus riquezas y garantizan su control sobre la sociedad.

Es innegable que el chavismo, acusado de narcotráfico y, recientemente, violador de los derechos humanos, no solo de los venezolanos, sino de otros pueblos, es una banda organizada de criminales marxistas. Ellos, bien es cierto, se amparan bajo el concepto de gobierno para justificar el monopolio que tienen sobre la violencia, así como para vivir bajo una pretensión de legalidad y autoridad con la que enfrentan a la sociedad venezolana y el mundo. Esto, sin embargo, es la mentira más brutal de todas, aquella que sirve como base para todas las demás mentiras que dan vida a la gran ficción del chavismo. Por ello, es vital que la neolengua sea derrotada y se comprenda finalmente la naturaleza verdadera del chavismo. Ellos son el antigobierno.

Solo mediante la aceptación de esta realidad es que se pueden empezar a evaluar las acciones del chavismo por lo que son. Basta ya de entender eventos como el cierre de la frontera como acciones del gobierno, ya que ello implicaría que existe una política pública que justifica tal decisión. El cierre de la frontera, solo por nombrar un ejemplo, es una acción del antigobierno chavista para continuar con su plan de sometimiento y control. La misma lógica aplica en el caso de Leopoldo López, ya que su sentencia no fue dictada por una jueza que representa al Estado venezolano, sino por un miembro de la banda criminal marxista que ejerce el antigobierno en Venezuela. Así podrían nombrarse múltiples eventos en los cuales, si se asume que el chavismo es gobierno, se crean falacias que atentan contra la verdad.

Debido a esto, es de vital importancia que en esta confrontación de narrativas se dejen de utilizar los conceptos erróneos para poder, mediante la utilización de los conceptos adecuados, empezar a dar más claridad sobre la naturaleza de la organización que somete al país. Es solo mediante el entendimiento certero de la naturaleza de las cosas que se pueden empezar a realizar estrategias que satisfactoriamente nos devuelvan la democracia que hemos perdido a manos del antigobierno chavista.

@andresvolpe

El Nacional

Sep 03, 2015 | Actualizado hace 4 años
El socialismo caribeño por Andrés Volpe

socialismo

“Podrá estar seguro el pueblo de una cosa,

que es que podemos equivocarnos una y muchas veces,

lo único que no podrá decir jamás de nosotros es que robamos,

que traicionamos,

que hicimos negocios sucios”.

Fidel Castro,  1º de enero de 1959.

 

El discurso se les acaba. La narrativa de izquierda de la que hacen uso se les empieza a deshacer por la disyuntiva que existe entre lo que dicen y lo que hacen. La mentira se hace demasiado grande como para taparla con un dedo y el cinismo se hace burdo, evidente y grosero. El discurso del socialismo caribeño se ha ido muriendo.

La ironía les ha jugado una mala pasada, porque los que se hacen llamar hijos de Bolívar, defensores de su pensamiento, los revolucionarios bolivarianos, han cerrado el puente internacional Simón Bolívar, aquella línea de asfalto que se eleva sobre el río Táchira para unir físicamente a las dos naciones que le costaron más que la sangre a Simón. El chavismo ha hecho lo que Bolívar nunca quiso, por lo que luchó tanto en el Congreso Anfictiónico de Panamá; la infamemente llamada revolución bolivariana ha fomentado el distanciamiento entre países que se afanaban en llamarse hermanos. Por supuesto que la separación no se limita al alambre de púas que ahora le cierra el paso a venezolanos y colombianos, sino que se extiende a la discriminación inhumana del colombiano que hacía vida en Venezuela. Nicolás Maduro se ha dedicado a deshumanizar no solo al venezolano que piensa diferente, sino a todo ser humano que le resulte inconveniente de acuerdo con su estrategia comunista de dominación y destrucción.

Las acciones que se han llevado a cabo en la frontera contra los nacionales del país, aún hay que decirlo, hermano son actos de odio e ilegales. Por supuesto que ya poco importa denunciarlos como técnicamente ilegales, porque, aparte del desdén que siempre han tenido los chavistas desde su origen por el Estado de Derecho, ahora hay que elevar la voz para denunciarlos como aborrecibles, brutales y comparables con las actos llevados a cabo por los Khmer Krahom, comunistas de Camboya que exterminaron más de 1 millón de personas en los que, hoy en día, son conocidos como los campos de la muerte. Pol Pot, líder de los Khmer Krahom, ordenó la muerte de extranjeros, entre ellos, tailandeses, chinos y vietnamitas, para asegurar sus planes comunistas basados en una ingeniería social utópica. Son, al final, estas similitudes históricas las que producen en la lógica la fatal alarma de lo inevitable. Nicolás Maduro sigue, cada vez con más brío, los caminos ya transitados por los genocidas que surgen en la historia bajo el engaño de una izquierda supuestamente más humana y protectora de los desposeídos.

Ese discurso socialista caribeño, que arbitrariamente se dirá empezó en 1959 con el primer pronunciamiento público de Fidel Castro al tomar Santiago de Cuba, ya no causa el mismo efecto al salir de la boca de un Nicolás Maduro que, en medio de una crisis política y diplomática, se empeña en bailar “La pollera colorá”. La izquierda ya no puede pretender ser el guardián de los derechos de los pobres, porque el chavismo ha dejado bien claro que para ellos el que vive en la miseria es un instrumento político susceptible de manipulación, sujeto al antojo de una élite rancia que busca llenarse los bolsillos de unos reales que le dejan los pantalones llenos de sangre ajena.

 

@andresvolpe

Los chavistas y la filosofía kantiana por Andrés Volpe

AdolfEichmann

 

En 1961, Eichmann, oficial nazi responsable de llevar a cabo el Holocausto, confesaba frente a un tribunal israelí que la filosofía kantiana siempre había guiado sus acciones. Hannah Arendt, una de las más importantes filósofas del siglo pasado y estando presente en el juicio, expresaba entonces incredibilidad al describir al oficial nazi como un hombre de modestos dotes intelectuales y como el último ser que pudiera tratar de guiar su vida de acorde a los altos preceptos morales de la filosofía kantiana. La monstruosidad de sus crímenes impedía que se tomaran en serio sus declaraciones, ya que los genocidas eran bestias brutas incapaces de desarrollar el entendimiento sutil de las cultas ideas de la filosofía alemana. Los criminales, se creía y quizás aún se crea, no filosofan.

Sin embargo, el juez Raveh, al escuchar semejante declaración, decidió interrogar a Eichmann sobre el asunto. Conocer el razonamiento de un genocida que aplicaba el imperativo categórico kantiano al cometer crímenes contra la humanidad era un asunto sumamente interesante o indignante para dejarlo pasar desapercibido.

Fue así como Eichmann proporcionó una definición del imperativo categórico que se adaptaba fielmente a las tres formulaciones, diciendo que su observación sobre Kant se refería a que el principio motivador de su voluntad siempre debía ser aquel que pudiera convertirse en el principio motivador de leyes universales. Esta declaración eliminaba cualquier duda que pudiera tenerse sobre el conocimiento que tuviera Eichmann sobre la filosofía kantiana. Ahora bien, él continuó diciendo que cuando le fue asignada la misión de llevar a cabo la solución final supo que no podría regir su vida de acorde al imperativo categórico, porque, según escribe Hannah Arendt en su obra, ¿qué criminal quiere que las leyes le otorguen el derecho a los demás de robarlo o asesinarlo? El criminal nunca podría, se asume racionalmente, desear que toda la sociedad se convierta en lo que él es, ya que entonces correría el mismo peligro de sus víctimas y podría pasar de victimario a víctima en cuestión de momentos. El criminal necesita del orden legal del Estado, tanto como todos los demás ciudadanos.

Esta contradicción fue reconocida por Eichmann y confesó que, mientras enviaba a millones de judíos a la muerte, se decía a sí mismo que ya no era dueño de sus propias acciones y que era incapaz de realizar un cambio en su situación, debido a que él le debía absoluta obediencia a Adolf Hitler y su régimen. Eichmann se veía a sí mismo como una pieza más de las muchas que conformaban la máquina de terror que era el Estado Nazi, reconociendo haber vivido durante un periodo en el cual ciertos crímenes habían sido legalizados por el Estado. Él no tenía ningún poder para impedir el genocidio. Eichmann argüía entonces que su voluntad había sido anulada por la obediencia debida a Adolf Hitler y, por lo tanto, le había sido imposible disfrutar de la capacidad de actuar de acuerdo a preceptos kantianos. Le era imposible ser un legislador universal.

Es en este momento cuando Hannah Arendt escribe brillantemente que Adolf Eichmann, quizás sin ser consciente de ello, deformó el imperativo categórico kantiano para dar paso a algo macabro, propiciándole la muerte no solo a millones de personas, sino también a cualquier idea sobre el individualismo: el imperativo categórico del Tercer Reich. Esta formulación puede leerse como el deber de actuar de acuerdo a como actuaría el Führer o, actuar de una manera que, de el Führer ver tus acciones, éstas serían aprobadas por él. Por lo tanto, bajo este argumento, el líder del régimen se convierte en el legislador universal.

Esta distorsión del imperativo categórico hace posible que en regímenes criminales, el asesino que actúa bajo el mandato de la ley sea considerado como un ciudadano respetuoso de esta, ya que los crímenes que se llevan a cabo han sido legalizados por el Estado. Es por esto que,  durante su juicio, Adolf Eichmann siempre insistió en haber sido un hombre que cumplió con su deber cabalmente, así como considerarse a sí mismo como un ciudadano respetuoso de la ley. Su obediencia frente al legislador universal de la Alemania nazi, Adolf Hitler, había sido siempre impecable y como prueba nos queda la memoria del Holocausto.

¿Cuántos chavistas que ahora cometen crímenes contra los venezolanos dirán, cuando todo acabe, que ellos solo actuaron de acorde a la legalidad del Estado revolucionario? ¿No da el Tribunal Supremo de Justicia sesudas interpretaciones legales que, dentro de la lógica chavista, se adaptan al deseo del legislador universal revolucionario, pero que a la vez cercenan los derechos naturales que garantizan la libertad y la vida? Hay que admitir, junto con todas sus consecuencias, que en Venezuela se vive, así como lo dijo Adolf Eichmann alguna vez sobre Alemania, un periodo en el cual los crímenes que ayuden al régimen a mantenerse en el poder han sido legalizados.

Un ejemplo reciente de este fenómeno fue el que vivió María Corina Machado al no poder postular su candidatura para las próximas elecciones parlamentarias. En este caso, más allá de las razones obvias, la explicación oficial dada por el Consejo Nacional Electoral al negarle el derecho de postularse fue que ella no contaba con la planilla necesaria que es emitida por el ente electoral. Así las cosas, podría decirse que el burócrata que le impidió la postulación actuaba de acorde a los deseos del legislador universal revolucionario. Pero, ¿sería esto una explicación satisfactoria para la realidad que busca esconder esta conducta? ¿Hubiese podido Eichmann argumentar que él siempre cumplió perfectamente con los reglamentos que regulaban el procedimiento de traslado de los judíos hacia los campos de concentración como defensa contra el crimen que cometía al obedecer la ley del régimen nazi?

Otro ejemplo sería el fenómeno que puede apreciarse al ver cómo todos los burócratas del Estado chavista siguen aplicando las disposiciones económicas que están llevando no solo al país a la ruina, sino a todo un pueblo hacia el hambre y la muerte. ¿Podría el burócrata que llevó a cabo la expropiación de los galpones de distribución de alimentos de la Polar argumentar su inocencia ya que él solo estaba cumpliendo con la ley? ¿Podría él decir que su inocencia se debe a que él siempre actuó de acuerdo a un principio filosófico de obediencia hacia el legislador universal, incluso sabiendo que eso ponía en riesgo el abastecimiento de alimentos en el país?

Surge, además, una interrogante mucho más importante. ¿Cuántos, entre los burócratas chavistas, argüirán que ellos no tenían ningún poder para cambiar las cosas? ¿Cuántos Guardias Nacionales se consuelan a sí mismos, luego de disparar contra un ciudadano que protesta pacíficamente, con el pensamiento de que ellos no tienen ninguna manera de cambiar el régimen que le da unas órdenes que, es posible, no quieran cumplir? ¿Qué diferencia hay entre un Adolf Eichmann que organizaba la logística que hizo posible el Holocausto y el Guardia Nacional Bolivariano que organiza las colas a las afueras de los supermercados venezolanos? ¿No puede decir el Guardia Nacional, al igual que Adolf Eichmann, que él solo seguía órdenes y que solo trataba de desempeñar su labor de la manera más eficientemente posible?

¿Cuántas personas hoy en día en Venezuela aplican el imperativo categórico del Tercer Reich, tal como lo hizo Adolf Eichmann al enviar a millones de personas a la muerte, sin percatarse de ello?

@andresvolpe

El Nacional

Maduro, las parlamentarias y su narrativa heroica por Andrés Volpe

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No pasó ni un solo día, una vez anunciadas las fechas de las elecciones parlamentarias, para que Nicolás Maduro nos recordara que él es el representante de la dictadura chavista que ha destruido al país. En lo que pretendía ser una demostración de poder, el dictador alzó la voz con intenciones de transmitir su furia frente al “supuesto negado, negadísimo, anulado y rechazado” de que la oposición “tomara” la mayoría en la Asamblea Nacional. Él dejó claro que si el chavismo pierde las elecciones, saldrá a la calle de cuerpo entero a defender unos presuntos derechos sociales que pueden reducirse a, por una imposición evidente de la realidad, continuar haciendo las colas de la miseria para comprar alimentos escasos.

Ahora bien, ¿saldría Maduro a la calle para defender la revolución? La reacción eufórica de los que estuvieron presentes cuando daba su discurso parece señalar que así lo creen algunos, pero nunca se ha visto a ningún dictador pelear en las calles junto a los “procesos de confrontación social de calle” y mucho menos lo haría él, incluso cuando al parecer siempre está listo para la acción con su mono de deporte. Por el contrario, Nicolás Maduro se limitaría, como el imaginario popular también ha retratado a Nerón, a ver desde la distancia al país arder por culpa de sus discursos de odio y deshumanización del otro.

No obstante, ya es un lugar común que Maduro, estudiante y heredero fiel de Hugo Chávez, utilice la narrativa heroica para azuzar a sus seguidores. El desafío al establishment y a todas sus reglas en pleno discurso resulta un leitmotiv en el chavismo, así como el aseguramiento de la revolución por medio del uso de la fuerza, personificada en la figura de un supuesto héroe dispuesto a sacrificarse por un concepto trastornado de bien común y de reivindicación social. Nicolás Maduro pretende hacerse a sí mismo el héroe de la revolución al enmarcar las elecciones parlamentarias como un combate contra el mal haciendo uso de una narrativa heroica que le permita presentar a la oposición como un ente depredador, como el enemigo malvado. Así lo dijo en su discurso cuando expresa que si llegase a caer la Asamblea Nacional en las manos de la MUD se desataría un caos que él lideraría, porque el pueblo, supuestamente, luchará en las calles junto a él, ya que, también supuestamente, el pueblo no se va a entregar y no se dejará quitar los derechos sociales que el chavismo le ha dado. Habría que preguntar de nuevo, ¿cuáles derechos sociales?

 Este discurso es una modificación triste de la narrativa de la supuesta guerra económica que se viene utilizando para evitar confrontar la grave realidad de la crisis económica que viene disminuyendo la calidad de vida del venezolano y la ineptitud de los chavistas para solucionarla. ¿Pretende Maduro que este discurso sea efectivo para garantizarle un aumento en su apoyo popular? ¿Pueden seguirse reciclando los discursos que no obedecen a las necesidades reales del presente venezolano? Todos los discursos chavistas tienen como punto de origen la cuarta república, aquella que ahora brilla gozosamente cuando se compara con la infame quinta república chavista. El verbo se les extingue.

Tomando en cuenta estas consideraciones, poco puede celebrarse como victoria política que el Consejo Nacional Electoral haya anunciado las fechas de las elecciones parlamentarias. Nicolás Maduro hace tiempo ha renunciado al discurso democrático, aquel que hubiese asumido el reto de ganar las elecciones parlamentarias de una manera legítima, presentando la situación por su propia naturaleza, la de una competencia política y de ideas enmarcada dentro del Estado de Derecho. El dictador manejará el tema electoral como un dictador, por lo que la oposición y la sociedad civil organizada deben exigir que las condiciones para evitar violaciones y trampas en las elecciones se den y sean garantizadas por árbitros internacionales legítimos.

Pensar que la dictadura actuará democráticamente frente a los resultados de las elecciones es engañarse profundamente, por lo que asegurar que el voto es suficiente para garantizar el cambio en el país es prometer algo que se sabe es una mentira cruel, aun cuando se quiera motivar la participación ciudadana y la esperanza dentro de la oposición.

 

@andresvolpe

Jun 11, 2015 | Actualizado hace 5 años
La ignorancia atrevida del chavismo por Andrés Volpe

PSUV

 

Muchas acusaciones se han hecho sobre el irrespeto que expresa el chavismo hacia el conocimiento y la ciencia. Normalmente, la duda queda suspendida por falta de confirmación, ya que, si bien se sospecha la ignorancia de los líderes de la dictadura, son ellos los que siguen ejerciendo el poder político en Venezuela. Al pasar el tiempo, poco a poco la duda se ha ido despejando para dar paso hacia la confirmación de la sospecha. Somos conducidos hacia la afirmación que nos hace creer enteramente en el hecho de que la nueva élite política de la dictadura está conformada por ignorantes atrevidos que, envalentonados por su falta de conocimiento, agreden la inteligencia sobre la cual se apoya la dignidad de la humanidad.

No me refiero a las múltiples ocurrencias del dictador Nicolás Maduro, porque estas son harto conocidas. De ellas se tiene un gran inventario que causaría vergüenza en cualquier líder político, aunque este se empeñe en hacernos creer que son actos inteligentes para distraer la atención de los problemas que generan la crisis venezolana. Me estoy refiriendo a las palabras de la precandidata del PSUV, Rona del Valle Gómez, al proponer sembrar “maticas de Acetaminofén” con una energía en su discurso que emulaba al difunto y supuesto líder galáctico. Sin embargo, la culpa no es enteramente suya, debido a que sus ideas y su actitud discursiva son el reflejo del movimiento al cual pertenece, ya que ellos, en todos los niveles, promulgan el culto a la ignorancia. La culpa es, por lo tanto, compartida.

La agresión fundamental es conceptualizar la ignorancia como una virtud, ya que esto atenta contra la idea misma del hombre como ser diferenciado entre los demás seres de la naturaleza por su inteligencia y su capacidad de generar conocimiento. El chavismo propone la ignorancia como una bandera política que debe levantarse frente a la ciencia, ya que, según el discurso de Rona del Valle Gómez, el venezolano se ha vuelto dependiente del conocimiento ajeno, así como, de la misma manera, se ve aquejado por ello. Esto es solo una ramificación más del discurso común promovido por el dictador Nicolás Maduro, y el chavismo en general, de una guerra económica por parte de un enemigo omnipresente. Lo que lleva a la irremediable conclusión de que el chavismo no solo ha buscado el empobrecimiento material del país al implementar un sistema económico socialista, sino también trabaja hacia el empobrecimiento mental de los ciudadanos mediante la promoción de la ignorancia como virtud de un pueblo.

La campaña política contra el conocimiento y la ciencia es típica de los regímenes totalitarios, ya que, como establece Friedrich A. Hayek en Camino de servidumbre, los dictadores necesitan de una masa ignorante para moldearla de acuerdo con una voluntad única que sirva como arma política en el aseguramiento y mantenimiento del poder. La eliminación del individuo para supeditarlo a la masa es esencial para garantizar la existencia en el tiempo de un régimen totalitario, porque solo mediante la organización de un grupo de ignorantes dispuestos a perpetuar el mal es que los dictadores logran dominar a la sociedad.

@andresvolpe

El Nacional