Aquel día, todos los días por Carolina Jaimes Branger

Estrés

Un día en nuestro país es una pesadilla:

6:00 am. El portero de mi edificio me llama: “baje, que le rompieron el carro y se robaron el equipo de sonido”. El ladrón entró a pesar del cerco eléctrico y de la vigilancia. No solo fue mi carro. El carro de otros vecinos también fue desvalijado. Llamamos a la policía y la respuesta fue de antología: “vienen sólo si los ladrones están todavía en el edificio”… Ahh, ok, gracias. Los ladrones los están esperando.

6:30 am. Leo en el Whatsapp sobre el secuestro el día anterior de una amiga y su esposo. Se los llevaron a pleno día, saliendo de un restaurant en Las Mercedes. Los ruletearon, les vaciaron las tarjetas de débito, las de crédito, les saquearon la casa, y como si esto fuera poco, los “vendieron” a otra banda, se quedaron con su carro y –por supuesto- cobraron rescate. Más de doce horas de angustia. Y terminaron agradecidos de que no les habían hecho daño. Así de locas están las cosas en este país.

7:00 am. Una alumna llega a su oficina y la consigue totalmente saqueada. No solo cargaron con las computadoras, destrozaron lo que quedó. Pero no era la primera vez que pasaba. Era la tercera. Ese sentimiento de vulnerabilidad en cualquier parte donde uno se encuentre, es terrible.

7:15 am. Otra alumna que sacó a pasear a su perro casi la secuestra un hombre que la esperaba en un carro frente al parque. Dos vecinos que pasaron impidieron el secuestro.

9:00 am. Llego a la panadería de un amigo y me dice que está a punto de cerrar por la falta de harina. Años de trabajo y sacrificios echados por la borda. Me siento a conversar con él y logro calmarlo cuando llega un señor que acaba de cerrar su oficina de ingeniería. “Es imposible: los guardias nacionales nos cobran peaje por todo, cemento, cabillas, cerámicas, tubos… encima de que los precios se han ido por las nubes, la matraca nos castiga aún más”. Una empresa que comenzó su padre hace más de cincuenta años, cierra impotente ante la avasallante corrupción. Por supuesto, todo lo que había logrado calmar a mi amigo se fue al saco roto con la historia del ingeniero.

11:15 am. Voy al banco a sacar veinte mil bolívares y me dicen que lo que tienen son billetes de a dos. ¿Y no tienen de a veinte? ¿Cómo un banco no va a tener billetes de mayor denominación? Alguien me comenta más tarde que es una táctica del gobierno para desestimular a los bachaqueros. Desisto: yo no voy a salir del banco con un fajo de diez mil billetes de a dos bolívares para que me maten creyendo que saqué un dineral.

12 m. Llego al CICPC a poner la denuncia del robo y me dicen que ya ellos no toman ese tipo de denuncias “porque no se dan abasto”. Sí, me imagino que ante las denuncias de secuestros y asesinatos, que uno llegue a decir que le robaron el reproductor, es una idiotez. Me explican que la nueva forma es que yo vaya al seguro, ponga la denuncia y luego ellos la sellan. Cuando regreso al CICPC, el funcionario la sella sin verla.

1:30 pm. Comienza el periplo para buscar el vidrio del carro. Las distribuidoras que trabajan con el seguro no lo tienen. No hay, no hay, no hay.

4:00 pm. Finalmente consigo un taller que tiene el vidrio y vuelo para allá.

5:50 pm. Llego a la oficina de seguros a llevar la factura, pero ya habían cerrado, a pesar de que el horario dice “hasta las 6:00”.

6:30 pm. Llego a mi casa, exhausta y me encuentro a una vecina llorando porque la acaban de asaltar a punta de pistola.

Y eso no fue “aquel día”. Pasa todos los días, en todas partes, a toda hora. ¡Pobre Venezuela!

@cjaimesb

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