La noche del 27 de febrero de 1933, la sede del parlamento alemán, Reichstag, fue destruida pasto de las llamas provocadas por miembros de la Sturmabteilung, una milicia de asalto adscrita al partido Nazi conocida como SA. La deflagración fue planeada y ordenada por Hitler, Göering y Goebbels para endilgársela a los comunistas.

Los nazis obtuvieron el mayor provecho del siniestro, pues a partir de ese momento la represión y persecución de la oposición encontró fundamento “legal” en el llamado decreto para la protección del pueblo y del Estado que suspendía los derechos de reunión, la libertad de expresión y de prensa, la inviolabilidad de la correspondencia y otras garantías constitucionales.

El aparato propagandístico bolivariano, manejado por los cubanos e inspirado en las prácticas nacionalsocialistas que aconsejaba Goebbels (un perverso que comparó a Hitler con Cristo y lo llamó redentor) no cesa de adulterar los hechos para endosar a la oposición los actos vandálicos cometidos por los grupos oficialistas desde que la oposición solicitó una auditoría de la votación efectuada el 14 de abril.

Con la mediación del G2, ese engendro perseguidor de disidentes y heredero del Ministerium für Staatssicherhei, es decir la temible Stasi que en Alemania Oriental, a partir de los despojos de la Gestapo, se convirtió en el más implacable de los cuerpos policiales tras la cortina de hierro, el Gobierno vomita un rosario de falsedades que busca empañar la imagen, credibilidad y trayectoria del candidato opositor y del movimiento que le apoya.

Esa manera de actuar conforma un modelo propagandístico de inspiración estalinista -adoptado por los nazis y que evidencia que no hay diferencia entre los totalitarismos de izquierda y de derecha- se basa en un precepto repugnante por el cinismo que destila: más vale una mentira que no puede ser desmentida que una verdad inverosímil.

La presunta quema de los CDI por parte de los opositores podría ser esa falacia irrefutable, sobre todo si se cuenta con una plataforma mediática, como la red nacional de radio y televisión que le garantiza al Gobierno su difusión masiva.

¿Una verdad inverosímil? Cualquiera declaración de la oposición puede ser considerada como tal, si se dispone de los canales apropiados para, a punta de reiteración, desacreditarla. Y aquí entra en acción Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

La frase en realidad es de Lenin, como lo demostró Joachim Fes, experto alemán en el tema del nazismo. Goebbels se apropió de ella y elaboró decenas de variaciones, que en esencia significan lo mismo: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”.

No nos extrañe, pues, que entre Maduro y la fracción parlamentaria del PSUV hagan aprobar su propio decreto para la protección del pueblo y del Estado. ¿Quiénes son, entonces, los fascistas?

Fuente: El Nacional