Unos viven en la burbuja de los dólares, otros de una caja de CLAP
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Unos viven en la burbuja de los dólares, otros de una caja de CLAP

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Dos países paralelos cohabitan en la Venezuela de la hiperinflación y la crisis migratoria
Se van definiendo dos maneras de sobrevivir: la de las remesas o los trabajos en divisa extranjera y la de los planes sociales y subsidios del gobierno. En el medio, queda la estampida
Tras haber ocupado el puesto en 2010 como el país más igualitario de Latinoamérica, expertos señalan que hoy Venezuela es el segundo más desigual, solo detrás de Brasil

MIENTRAS LA CARNE REGULADA POR EL GOBIERNO de Nicolás Maduro está en 90 bolívares soberanos y no se consigue en mercados y carnicerías, cada mañana llega este mensaje vía Whatsapp: “Buenos días: Mechada, molida y Guisar 245 Bs Soberanos, Pulpa negra 250, Bistec de Solomo 260, Muchacho Redondo 270, Punta 260, Pellejo a 20, Costillas 190, Lomito 310”. Es carne a precio de revendedores, para los que ganan mucho más de los 1.800 soberanos del sueldo mínimo.

A otro teléfono, en otro lugar, llega un mensaje que parece salido de un doblez de la misma realidad: “Buenos días, les informo que en reunión sostenida el día de ayer de la mesa agroalimentaria se nos informó que habrá un retraso de la entrega de las CLAP ya que en La guaira se encuentran los productos pero no hay suficientes cajas para el embalaje de los mismos lo cual retrasó por una semana más el despacho. Se autoriza el cobro de la caja CLAP a 0.25 soberanos, más 0.10 de gastos administrativos para un total 0.35”.

La información la envía la jefa de calle de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción. Desde la reconversión monetaria, la zona en la que trabaja no ha recibido aún las cajas de alimentos subsidiados por el gobierno y, además, aumentaron de los 0,35 soberanos (35 millones fuertes) que dice el mensaje, a 100 soberanos.

Estas dos realidades funcionan en paralelo. La crisis económica ha llevado a la sociedad y la economía venezolana a ser dual: unos muy pobres, otros muy ricos, con características tan distintas y distantes entre sí que parece que cada grupo vive en un país paralelo.

En al aeropuerto de Maiquetía hay un enorme aviso que da la bienvenida a los viajeros. Dice que en el año 2010 Venezuela era uno de los países con menor desigualdad del continente. Hace ocho años el Coeficiente Gini -que mide la desigualdad, siendo más iguales las sociedades que más se acercan al cero- calculado por el Instituto Nacional de Estadísticas, era de 0,380. Esta medición dejó de publicarse en 2015, el año en que la crisis económica incrementó el crecimiento de la brecha. A pesar de que ese año el Gini fue de 0,381, las variaciones entre los quintiles demostraron el incremento de los quintiles más pobres y la disminución de los más ricos.

En la actualidad, con base en los datos recabados por la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) el profesor y sociólogo Luis Pedro España ha afirmado que Venezuela es el segundo país más desigual de la región. De acuerdo a las cifras de la encuesta, que difieren de las previas oficiales, el coeficiente de Gini pasó de 0,407 en 2014 a ubicarse en 0,681 en 2017.

“Yo no había visto nada parecido. Venezuela está transitando la trayectoria de un país como Haití: una élite con acceso a dólares, con una pequeña porción de la economía donde puedes encontrar todo lo que quieres y servicios de primer mundo, y fuera de esa burbuja es la nada, es como un capítulo de The Walking Dead”, dijo el economista Omar Zambrano a Runrun.es.

La sociedad venezolana, explicó Zambrano con más detalle, se divide en dos polos opuestos. Uno de ellos está conformado por la clase media alta y alta, personas que tienen mecanismos para soportar de mejor manera la crisis. “Estas clases tienen mejores accesos al sistema financiero, a bancos seguros, tienen ahorros en moneda extranjera y tienen activos; es decir, que tienen propiedades y activos que pueden vender en tiempos malos”.

En el otro polo está la clase media baja y baja, las clases que más se han empobrecido en los últimos cinco años, quienes no cuentan con ningún activo que les permita soportar la hiperinflación, y solo cuentan con el salario que ganan si es que trabajan, y con los beneficios que les brinda el Estado. Por ello, la única forma de soportar la crisis para las personas de bajos ingresos ha sido la migración para tener ingresos en otras monedas y ayudar a sobrevivir a los seres queridos que les queden en el país.

El “polo Patria”

Para Zambrano, este polo es la debacle total. “Es una sociedad que soporta la inflación nadie sabe cómo, con ingresos que desaparecen al instante y que van cayendo durante el día”. Esta porción de la sociedad, que de acuerdo al Encovi es el 87% de los venezolanos que se encuentran en estado de vulnerabilidad económica y social, no tiene garantizados sus derechos.

Las CLAP y el carnet de la patria: En Venezuela, cada quien busca la manera de sobrevivir como puede. Los menos favorecidos son aquellos que dependen de subsidios y planes sociales como los que se pagan a través del carnet de la patria, los bonos de “ayuda y protección” que lanza el presidente mensualmente y la caja de alimentos Clap, que según el gobierno llega a unos tres millones de familias.

Joselyn Peña (37) es madre soltera de dos niños de nueve y dos años de edad. No tiene un trabajo fijo que le alcance para satisfacer sus necesidades más básicas de alimentación, vive en el Barrio El Nazareno de Petare y para ella la caja del Clap es la que la salva de pasar hambre.

“No me sirve trabajar ahorita por un salario mínimo y con dos hijos que mantener, me gano la vida secando cabello y planchando ropa.La caja de comida que da el gobierno y los bonos me ayudan mucho a resolver; mis hermanos también me tienden la mano con lo que pueden, porque no cuento con el apoyo del padre de mis hijos”, dijo Peña.

Para Domingo Castañeda, un abuelo de 63 años, la historia no es distinta. Depende solo de la pensión del seguro social, de los bonos y de la caja. “Nunca tuve hijos y mi mamá, que era mi única compañía, se murió hace más de cinco años. Soy un hombre solo y ya bastante mayor, no me van a dar trabajo en ningún lado”, aseguró.

Cuando se les preguntó desde hace cuánto no comían pollo o carne, ninguno de los dos recordaron la última vez que lo hicieron. Solo huevos y mortadela es lo que pueden adquirir en pequeñas cantidades y muy de vez en cuando. Ni Peña ni Castañeda pueden pagar la carne a precios de revendedor.

Para Raúl Urbina, un mecánico de 43 años de Filas de Mariches, la caja Clap “le saca la pata del barro” cuando no puede comprar comida. “Siempre me salen trabajos de mecánica y puedo decir que tengo para alimentar a mi familia, pero como hay días buenos, hay días malos y en esos días malos la caja nos salva”, dijo.

Urbina es padre de cuatro niñas y, como son una familia de seis personas, le entregan dos cajas Clap. La esposa de Raúl no trabaja, se dedica al cuidado de las pequeñas, ya que un sueldo mínimo -que anteriormente era de Bs.S 50, no le alcanzaba ni para un kilo de queso, dijo. “Prefiero quedarme en mi casa”.

El efectivo que se duplica en los mercados: Un billete vale mucho más de lo que expresa el número impreso en el papel. Actualmente, un producto puede tener un precio hasta cinco veces mayor si se paga a través de transferencia o punto de venta.  Poseer, el ahora escaso, efectivo se ha convertido en una fuente de ingresos extra para unos pocos y en una opción de supervivencia para otros.

Luz Marina Hernández, aragüeña de 61 años, dice no vender el efectivo que consigue gracias a su pensión de la tercera edad por nada del mundo. “Gracias a eso que recibo puedo comprar más verduras en el mercado popular (de la ciudad de Maracay). El aguacate cuesta Bs.S 10 el kilo si lo compro en efectivo y 15 si lo pago con tarjeta de débito. Así pasa también con la yuca que cuesta 7 bolívares en efectivo pero 13 pagando por punto de venta. A veces no comprendo por qué la diferencia es tan grande”, comenta Hernández.

Una de las razones que argumentan los vendedores en los mercados populares sobre este diferencial es que los productores en los campos venezolanos son los primeros en solicitar el pago en efectivo, ya que algunos ni siquiera tienen cuentas bancarias.  Se ha convertido en una cadena en donde también conviven las mafias de venta de efectivo.

Aunque los pensionados forman parte de la pequeña parte de la población venezolana beneficiada con la posibilidad de conseguir efectivo, no es una tarea fácil. Muchos se ven en la obligación de pasar hasta tres días antes del pago de la pensión haciendo la cola a las afueras de los bancos. “Conseguí a alguien que hace la cola por mí pero a cambio de que le lleve comida mientras espera. El banco queda cerca de mi casa así que cada par de horas bajo y le llevo una arepita o café”, explica Hernández.

Además de la pensión, otro factor que ayuda a Luz Marina es que una de sus hijas trabaja en un banco como cajera y le permiten sacar 10 mil bolívares diarios. De esa manera, poco a poco, va juntando el dinero para hacer mercado. Aún así hay ciertos productos que están fuera de su alcance. “El tomate está impagable inclusive en efectivo. Igual la papa, el kilo está en más de 35 bolívares soberanos. Ni hablar del queso y la carne, hace rato me olvidé de eso”.

El polo de las divisas

Existe una burbuja económica a la que no todos los venezolanos pueden acceder. La entrada está garantizada para todos aquellos que tengan acceso a una moneda fuerte con la que puedan conservar el poder adquisitivo. El economista Francisco Zambrano explica que en esta burbuja existen bienes y servicios orientados a las personas que reciben, producen y consumen en dólares.

Alberto -un empresario quien pidió no ser identificado- es un ejemplo de ello. El hombre de 33 años de edad despierta a las siete de la mañana, se pone su ropa deportiva marca Nike, su Apple Watch en la muñeca derecha, prepara su bebida especial de proteínas, guarda su Iphone X en el bolsillo y sale en su camioneta año 2017, conducida por uno de sus escoltas, a uno de los gimnasios más exclusivos de la ciudad, donde su entrenador personal lo espera para comenzar su rutina de ejercicio.

El inicio de las jornadas del dueño de una empresa que goza de ocasionales contratos con el gobierno bolivariano es una muestra de la emergente clase alta formada en los últimos 20 años. Una clase que, por sus altas ganancias tanto en bolívares que convierten en dólares a través del mercado negro, o ganancias directas en dólares mediante exportaciones o contratos en el exterior, escapan de los corrosivos aspectos de la hiperinflación.

Desde la comida que consume, el seguro de salud que mantiene y los carros que compra, todo lo paga en divisas, en lugares que aseguran la disponibilidad, pero a precios que resultan inalcanzables para las personas fuera de la burbuja, indicó el economista.

Otra escena que ilustra este polo ocurrió en un centro comercial en una privilegiada zona de la Gran Caracas. Cuatro empleados atendían a la clientela de un negocio de venta y mantenimiento de teléfonos móviles y computadores de alta gama. En el centro de la tienda una tablet exhibe los precios de los productos, la mayoría con tres y cuatro cifras, pero los montos no corresponden a bolívares soberanos, sino a dólares. Allí los precios discriminan el método de pago: es más barato pagar con cash que con una transferencia, y de no tener efectivo, el monto se paga a la tasa de cambio paralela del día.

Un hombre de 27 años se acerca al mostrador para pedir el correo electrónico y pagar el arreglo de su smartphone. Es un ingeniero informático que diseña programas y páginas web como freelance, con clientes dispersos por todo el globo que depositan el pago de sus servicios en una cuenta en dólares en el exterior. “No gano lo mismo como si trabajara como programador en Estados Unidos, pero gano lo suficiente como para poder vivir bien aquí, sin preocuparme por la escasez y esos problemas”, detalló.

Lo que gana le permite comprar algunos de los productos básicos escasos, como harina o desodorante. Le permite ahorrar y le permite pagar los pasajes de su padre y madre para España a visitar a su hermana, quien emigró hace tres años.

Alejandra Díaz también ocupa esa burbuja. La chica de 25 años trabaja como asistente virtual para un artista en Estados Unidos, un trabajo que amerita estar 10 horas al día cerca de la computadora y su telefóno móvil haciendo llamadas u ocupándose de los asuntos pendientes de su jefe. Los dólares que recibe como sueldo superan incluso los salarios mínimos de otros países latinoamericanos, y en la Venezuela de la hiperinflación, le permiten mantener una vida alejada de las colas para comprar comida o para sacar dinero en efectivo de los bancos, pudiendo disfrutar de las compras internacionales que llegan a su puerta y los servicios de revendedores de billetes.

Aunque esta economía sea tan pequeña que no genera empleos en el país, el economista indica que hay una capa de gente que está orientando sus esfuerzos productivos hacia los que ganan en moneda fuerte.

El viernes se transforma en sábado y en una discoteca de Caracas, la gente sigue bailando. En el local nocturno, que funciona desde hace años en una de las zonas más costosas de la ciudad, Las Mercedes, la mayoría de las cuentas superan los antiguos millardos, unos cinco dígitos tras la reconversión monetaria. Los clientes como Alberto, que se manejan en otras monedas, también lo hacen para dar propinas. Uno de los mesoneros, quien trabaja allí desde julio de 2015, explica que las propinas son la razón por la que mantiene su trabajo. “Lo que gano aquí no me lo va a pagar nadie en otro lugar”.

En la fronteriza ciudad de San Cristóbal, en el estado Táchira, Juan Salazar trabaja como mesonero de un popular sitio nocturno, donde recibe todos los fines de semana propinas en alguna moneda extranjera. En su mayoría son pesos colombianos, traídos por los miles de venezolanos que realizan algún tipo de actividad económica en la frontera con Colombia y en otras ocasiones son dólares. Al final de la jornada de un viernes o un sábado, aseguró el hombre de 27 años, sus bolsillos terminan con un promedio equivalente a 20 dólares, mucho más de lo que le paga el local en una quincena, y si tiene una muy buena noche, puede ganar hasta 100.

Las propinas en moneda extranjera le dan la posibilidad de tener un estilo de vida que no muchas personas de su edad pueden permitirse: salidas en sus días libres, comer afuera y comprar botellas de licor, ropa nueva, y adquirir alimentos para su familia a sobreprecio en el mercado negro. Esos billetes extranjeros son también lo que le permite ahorrar para irse del país, y afirma que en los cuatro meses que lleva trabajando, ha reunido más de 500 dólares.

En esa burbuja también entran las personas que reciben remesas del exterior, una consecuencia del gran flujo migratorio que solo continúa creciendo, y que para este año se estima alcanzará los $6 mil millones en ingresos recibidos por cerca de 10 % de la población, indicó el director de Ecoanalítica, Asdrúbal Oliveros.

Ana y Humberto, de 68 y 73 años, destapan una lata de salmón para agasajar a sus invitados en una poco frecuente reunión, de esas que antes eran semanales y ahora se distancian por meses. Acompañado de un picadillo de vegetales y galletas de soda, el lujoso plato para muchos de los venezolanos que afrontan la crisis económica otrora fue un ingrediente común en la alacena de la casa de la pareja italiana, llegada a Venezuela en los años 50.

El embutido es una de las delicateses embaladas por su hijo mayor, un ingeniero de unos 45 años que emigró a Estados Unidos cuando los dos negocios familiares dejaron de producir lo suficiente para mantener a flote a sus padres y dos hermanos, quienes al momento de la visita se preparaban para pasar unos meses trabajando en el país norteamericano y regresar con ahorros.

En la misma caja venía un par de botellas de champú y acondicionador, algunos jabones, alimentos básicos y un par de exquisiteces más, que como el salmón, son un tesoro para el matrimonio, una comida que admiten, antes daban por sentado. Cada mes también reciben un par de cientos de dólares transados a bolívares para mantener a flote la casa y lo que queda de los negocios, comenta Ana.

El caso de Fernanda Gámez no es muy diferente. La joven de 26 años quedó embarazada hace cuatro años, a pocos semestres de graduarse de la universidad. Cuando ella y su pareja, otro universitario de su edad, se dieron cuenta de que a pesar de sus trabajos y la ayuda monetaria de sus familias no podrían mantenerse en el país, su pareja decidió emigrar para mantenerlos desde afuera.

Su hijo tiene ahora cuatro años, y su ahora expareja, envía regularmente unos 100 dólares cada dos semanas para los gastos usuales: comida, transporte, educación privada, deportes y las regulares consultas médicas.

La vida de Fernanda es mucho más fácil de lo que sería sin remesas. Trabaja en “tigres” cuando se presenta la oportunidad, ya que nunca pudo terminar su carrera, puede dedicar la mayor parte de su tiempo a su hijo y su familia, aunque no escapa de las colas por alimentos, de la búsqueda en el mercado negro por los alimentos que no consigue fácilmente, y de los problemas de transporte público que la llevan a depender de servicios de taxi.

 

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