Protestas 2017 | Jairo Johan Ortiz: La noche en la que asesinaron al poeta de Montaña Alta

Familiares de la primera víctima que cayó en medio de las movilizaciones antigobierno del año pasado esperan, desde noviembre, la fecha del juicio al uniformado que disparó contra el joven de 19 años. Un año después de su muerte, admiten que Jairo sí participaba en la manifestación

Lorena Meléndez G.

@loremelendez

Había algo en la mirada de Jairo Joan Ortiz Bustamante que lo hacía ver como un joven dulce. Enmarcada en esas cejas pobladas, esa mirada que demostraba inocencia –como dijo su madre, Carolina Bustamante– fue la que se quedó en las imágenes suyas que hoy, a un año de su asesinato en medio de las protestas de 2017, circulan por las redes y por la web. El suyo es el primer nombre que aparece en las listas de las víctimas del año pasado, porque fue el primero que cayó entre las barricadas y la represión. La noche de aquel 6 de abril, lo mató de un balazo en el pecho un funcionario de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) que se acercó sigilosamente hacia la barricada donde estaba, a unos cuantos metros de los edificios de Montaña Alta, en Carrizal, estado Miranda, donde vivía.

“Él se la daba de rudo, pero muy dentro de él era muy sentimental”, rememoró su madre desde Aruba, donde reside desde 2016. Recordó lo mucho que le gustaba leer, escribir poesía y saborear el café. Aseguró que, de haber estado junto a él esa noche, también se hubiese ido a manifestar.  Admitió que todos los aspectos de su vida se trastocaron luego la muerte de su primogénito, el primero que a diario le deseaba los buenos días, vía telefónica; el que se despedía de ella sin falta cada noche, y el que le decía constantemente que la amaba porque, como él le repetía, “esas cosas tenían que expresarse”. “Lo que hago es escuchar sus mensajes de voz. Leer sus poemas, porque lo que me quedaron fueron sus poemas”, afirmó.

Esa sensibilidad de Jairo Johan –quien estudiaba para entonces tercer semestre de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Nacional Experimental Politécnica “Antonio José de Sucre” en La Yaguara– también la citó Alexander Sirit, su mejor amigo, el mismo que estaba a su lado cuando se desplomó por el tiro. “Él era muy espontáneo, bastante misterioso. Él era muy profundo, le gustaba mucho escribir, era muy correcto. Era bastante culto y valiente, era una persona extraordinaria”, señaló el joven que vivió la peor noche de su vida cuando comprobó que quien había sido su más leal compañero desde 4to grado de primaria había sido asesinado. “Yo siento que voy a estar afectado toda la vida por esto”, apuntó.

Esa noche, la del 6 de abril de 2017, Montaña Alta era noticia. Se había transformado en un vecindario convulso. Tras el estallido de las protestas, seis días atrás, las calles se habían convertido en zonas de manifestaciones, en terrenos del descontento y de la crítica antigubernamental que los cuerpos de seguridad del Estado reprimían con gases lacrimógenos y perdigones. Eran alrededor de las 7:00 pm cuando Jairo Johan decidió bajar de su apartamento para unirse a los jóvenes que habían cerrado la vía principal que conducía a su casa: la carretera Panamericana. Todo lo hacía para reivindicar una frase que siempre pronunciaba: “No me quiero ir sin antes haber luchado por mi país”.

Jairo Johan tenía planes de emigrar a Colombia en noviembre de 2017 junto a su novia. El día que lo mataron, no había podido conseguir la cita para apostillar sus documentos académicos, un paso imprescindible para poder continuar sus estudios, tal como quería, en la nación vecina. Karina Bustamante, la tía con quien vivía desde hace un año, contó que la frustración por no haber logrado la fecha para hacer el trámite pudo haber impulsado a su sobrino a salir a manifestar.

Alexander relató un detalle crucial de aquel día: ambos se habían hecho una promesa antes de encapucharse. “Siempre vamos a estar juntos y no vamos a hacer nada estúpidamente peligroso como, por ejemplo, colocarnos entre los primeros manifestantes”, acordaron los compañeros. Allí estuvieron en protesta durante un par de horas en medio de las barricadas. Corrieron cuando la Guardia Nacional quiso acorralar al grupo, admiraron a un muchacho que se había negado a retirarse pese a las heridas de perdigón que tenía en el cuerpo, gritaron contra los uniformados que los atacaban. Jairo Johan le había dicho a Alexander que se irían cuando empezaran a lanzarles “gas del bueno”. Pero antes de que eso sucediera vino la tragedia.

Al victimario lo habían visto en una actitud que les pareció sospechosa: el PNB, cubierto con su equipo antimotín, empezó a avanzar lentamente hacia quienes protestaban. Los jóvenes, al darse cuenta, le respondieron con insultos. Jairo Johan lo maldijo.

Mientras los ánimos se caldeaban, y el cielo se cubría de piedras y bombas molotov, Alexander y Johan decidieron retroceder y ubicarse en la mitad de la manifestación. El primero, de brazos cruzados, pensaba en varias conversaciones previas que había tenido con el segundo: desde creerle o no a la fiscal su posición antigobierno, hasta la advertencia que uno de sus amigos le había hecho al verlos encapuchados. “¡Mosca!”, les había gritado para alejarlos del peligro inminente. Fue justo en medio de ese recuerdo cuando escuchó la detonación. Jairo Johan, a su lado, comenzó a desplomarse. Cayó al suelo su gorra, luego, sus rodillas; luego, el resto de su cuerpo boca abajo. De inmediato, cuando su amigo lo tomó de los hombros para levantarlo, comprobó que estaba inconsciente y con los ojos cerrados. Entre él y varios manifestantes se lo llevaron a una clínica que quedaba a pocos metros de las barricadas. En el camino, un paramédico descubrió la herida que había perforado el tórax de la víctima. En el centro de salud intentaron revivirlo, pero ya era demasiado tarde.

Cuanto todo pasó, no había nadie en la casa de Jairo Johan. Su tío político, Julio Grillet, estaba con su madre en Los Teques; su tía, Karina, con sus padres en Guarenas. A ambos los llamaron para avisarles, pero la impresión era tal que ninguno lo creyó de buenas a primeras. Minutos después, el nombre y las fotos del muchacho estaban en las redes sociales. A las 9:40 pm de ese 6 de abril, había muerto la primera víctima en medio de las protestas de 2017.

Lo siguiente fue la llegada de la familia entre las alfombras de vidrio y los cartuchos de perdigones en que se habían convertido las vías por las botellas quebradas en la refriega, las explicaciones a los uniformados que no permitían el tránsito por la Panamericana, los trámites entre la clínica y la morgue de Los Teques, en Miranda; las llamadas de los familiares que, desde otras latitudes, se habían enterado vía Twitter del suceso. En medio de todo, estuvo el momento de avisarle a la madre de Jairo Johan que su primogénito había sido asesinado cuatro días antes de que ella viniera a Venezuela a visitarlo. Cuando la contactaron, ella ya llevaba rato tratando de comunicarse con su hijo porque no había recibido sus buenas noches y no había escuchado su voz desde las 5:00 pm. Sabía que Montaña Alta estaba en llamas, pero no que había perdido a su muchacho.

Tanto Karina como Carolina recordaron que, al día siguiente, no pudieron llevar a Jairo Johan a la funeraria de Carrizal. El sitio había sido rodeado por motorizados encapuchados. Los colectivos paramilitares de la zona habían amenazado con incendiar el lugar si recibían el cuerpo de la víctima. La carroza fúnebre tuvo que desviarse hacia una sala velatoria en El Tambor, estado Miranda, para que allí su familia pudiera decirle adiós.

Juicio sin fecha

Un año después de la muerte de Jairo Johan, la dinámica de la familia ha cambiado. Ya no están en Montaña Alta, sino que viven en Guatire, a donde los abuelos del joven –que ayudaron en su crianza– se habían retirado unos meses antes de la tragedia por problemas de salud. A esto se une su lucha por lograr justicia en el caso del muchacho. Julio Grillet, tío político del joven y esposo de Karina, ha sido la cara más visible del proceso judicial, el pariente que se ha hecho cargo de hacer las diligencias ante las instituciones mientras que el resto del grupo se recupera del golpe. Ha sido él quien ha aclarado que la víctima no simpatizaba con el gobierno, como lo quiso hacer entender el padre de Jairo a través de una llamada que hizo a Venezolana de Televisión.

Rohenluis Leonel Rojas Mara es el nombre del victimario de Jairo Johan. Fue detenido la misma noche del asesinato y se declaró culpable del crimen desde el principio, acción que podría rebajarle los años de cárcel a los cuales lo deben sentenciar. A pesar de la admisión del delito, la audiencia preliminar –que debe efectuarse en un lapso máximo de 20 días de despacho, según el Código Orgánico Procesal Penal– tardó siete meses, entre mayo y noviembre del año pasado, en llevarse cabo. Desde entonces, los familiares no han sido notificados de cuándo comenzará el juicio contra el policía.

Karina, que echa de menos a diario a ese sobrino “familiar e introvertido” que un balazo le arrebató, cuestiona la actuación de la justicia en el país. Se pregunta por qué ha tardado tanto el proceso, por qué no se han hecho señalamientos contra la cadena de mando de la PNB. “Yo también pienso en la familia del muchacho que lo asesinó, porque al final todos somos víctimas de este régimen”, dijo.

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