Crédito de la Foto Lisseth Boon @boonbar

La tierra de mineros donde ganó Trump quiere limpiarse el óxido

El llamado Rust Belt (cinturón del óxido) donde triunfó el candidato republicano las pasadas elecciones mantiene la esperanza de que el presidente número 45 regrese la prosperidad perdida a las ciudades industriales ahora arruinadas. A 100 días de haber asumido el poder, el oeste de Pennsylvania aún le otorga tiempo a Trump para cambiar el destino de la región

Texto y fotos @boonbar

Pittsburgh, Pennsylvania

El aire tiznado en la calle principal raspa la respiración. Una planta de carbón que expulsa una espesa fumarola y un inquietante mechurrio junto con trenes cargados de coque conviven al lado del centro cívico, un supermercado con escasos compradores, edificios administrativos con cerrojos oxidados, tiendas de vitrinas opacas que ya nada exhiben, casas de madera con ventanas selladas, fábricas con vigilantes malencarados.

“Es un pueblo fantasma, ya lo ves. Esta es una de las vías más transitadas que hace años estaba llena de comercios, cines, restaurantes. Todo eso se acabó. Ya no hay trabajo”, comenta al pasar Mike, propietario de una tienda de artículos de belleza  mientras señala a la calle Schoomaker, una de las arterias principales de la ciudad con letreros de neón apagados, puertas cerradas y vitrinas llenas de polvo. El sexagenario describe a Monessen, la ciudad industrial que a comienzos del siglo XX conoció el auge de la explotación de acero y carbón convirtiéndola en una pujante zona en el Mon Valley al oeste de Pennsylvania.

Incluso las verdes colinas de Monessen a donde no llega el olor bituminoso, albergan las marcas de la desolación: casas de tablas con puertas y ventanas bloqueadas, viviendas de vidrios rotos tragadas por la hiedra.  “Se la vendo por 50 mil dólares”, ofrece un anciano con barba gris y cabello desordenado, sin moverse de  un sofá de tela curtida adosado al porche de su casa, al detectar el acento de los forasteros.

En el condado de Westmoreland al que se circunscribe Monessen, Donald Trump arrasó en las pasadas elecciones presidenciales. Obtuvo 63,5% de los votos mientras que la favorita en los sondeos estatales, Hillary Clinton, logró 32,5% (116.427 votos contra 59.506). Es uno de los 57 condados de un total de 67 que conforman el estado de Pennsylvania que apoyaron al ahora presidente número 45 de los Estados Unidos. En esa tierra de mineros el neoyorquino  obtuvo  los 20 votos electorales correspondientes a esa entidad.

Pero Pennsylvania no siempre fue tan rotundamente rojo. Es uno de los llamados “swing states” (estados oscilantes), cuyos resultados fueron decisivos en las elecciones del 8 de noviembre de 2016, al desmontar todos los pronósticos y tendencias. Por primera vez desde 1992, los demócratas perdieron en ese estado del Rust Belt donde los candidatos del partido azul habían triunfado durante 6 comicios presidenciales consecutivos.

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Monessen, que toma el nombre del río Monongahela y la ciudad industrial alemana de Essen, es una urbe del condado de Westmoreland que bien hace honor al mote de “Rust Belt” (cinturón del óxido), que identifica a los estados industriales del noreste de Estados Unidos venidos a menos en las últimas décadas. El auge de la explotación de las minas de acero y carbón de principios del siglo 20 en una región altamente conectada por vías fluviales y avanzada red ferroviara, atrajo a inmigrantes no solo de las zonas aledañas del propio Estados Unidos sino también de Europa impulsando el crecimiento vertiginoso de la población. Pero ahora sus días se tornaron cenizos.

En 1930 el pujante distrito convertido en ciudad llegó a tener  20.268 habitantes. Pero en los años 80, con el cierre de las acerías y la desaparición de los empleos mineros que motivaron migraciones a otros estados, la población comenzó a decaer hasta llegar a 11.928 habitantes. Según la última medición de la Oficina del Censo de Estados Unidos, en 2015 se achicó  a 7.720 personas. En cuestión de 9 décadas, Monessen perdió  tres veces su tamaño.

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Aún quedan señales de la prosperidad extinguida. Una valla de “welcome to Monessen” a la entrada de la ciudad mantiene los emblemas del Club de Leones, el Rotary Club y la Cámara de Comercio. Templos de iglesias católica romana, luterana y ortodoxa hablan de las comunidades que se asentaron en la región para trabajar en las minas de acero y carbón desde que fuera fundada en 1898. Un restaurante italiano, reminiscencia de la variada migración europea que pobló Monessen hasta mediados del siglo pasado, permanece cerrado a la hora del almuerzo en un día de semana.

Las promesas electorales de Trump de revivir la industria minera y regresar la actividad manufacturera a la región sedujo a los habitantes de los estados del Rust Belt, agobiados por la crisis económica, el desempleo y  la falta de oportunidades. Cuando se cumplen los 100 días de Trump en la presidencia, se respira en sus pueblos  una mezcla de cautela y confianza en que el presidente de Estados Unidos reactivará la economía y volverán los empleos. Que América volverá a ser grande otra vez.

“Creo que será difícil rescatar aquella actividad. No hay trabajo, los jóvenes se han ido de aquí”, comenta Angelo Louis, un jubilado y viudo de 71 años que emigró de Grecia y que trabajó durante 40 años en una planta de acero. Hasta que cerró en 1986. “Veremos si Trump puede rescatarlo, aunque no me interesa la política”.

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En territorio rojo, a los “Blue collar” -como se les llama en inglés a los obreros de industria manufacturera -, poco les inquieta que Trump demonice a los medios de comunicación como “enemigos de los americanos” o las polémicas órdenes ejecutivas dictadas contra los inmigrantes. Su preocupación principal es la economía y el rescate del empleo, coincidiendo con las preocupaciones de los republicanos, según sondeo de abril de 2017 del Instituto Pew de Investigación

“Los seguidores de Trump en el Rust Belt no hablan de globalización, sino de problemas locales y las necesidad trabajadores”, analiza Jeffrey Schott, del Instituto Peterson de Economía Internacional con sede en Washington..

Monessen corre con una suerte similar a la de otros pueblos mineros de Westmoreland como Charleroi y Donora, cuyas calles exhiben afiches con fotos de los veteranos locales que combatieron en diferentes guerras de EEUU. A lo largo de sus principales vías también se observan comercios cerrados y casas con techos de dos aguas  abandonadas. En algunos patios frontales aún siguen enterrados los letreros “Make America great again” de la campaña electoral,  cuatro meses después de que Trump ganara las elecciones.

Estas tierras de verdes colinas, edificios grises y calles desoladas no sólo se despoblaron sino que se tornaron más pobres con la desindustrialización de los últimos 30 años. El ingreso promedio anual por familia es de $35.447 dólares (2015) -muy por debajo de la media nacional de $56.516- mientras que el grado de instrucción no es competitivo: sólo 16,3% tiene algún título técnico o universitario frente al 29,8% del promedio nacional, según el Census Bureau de 2015.

En un contexto de desempleo y bajas expectativas, el consumo y tráfico de drogas como la heroína resalta en las conversaciones con los vecinos como uno de los principales problemas de la región. Precisamente Pennsylvania es uno de los 19 estados que tuvieron mayor incremento de muertes por sobredosis: entre 2014 y 2015 creció 20%, según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC).

A orillas del río Monongahela  rara vez se escucha otro idioma que no sea el inglés. 83,2% de la población en Monessen es blanca, según la oficina del Censo de Estados Unidos (2015). Los que nacieron en países extranjeros, hoy en día apenas abarcan 0,8% de la población. La inmigración, otrora activa y proveniente de los países de Europa del Este y Central, ahora es prácticamente nula, al contrario de estados como California, Texas y Nueva York que concentran la mayor cantidad de inmigrantes en el país con mayor población inmigrante del mundo, según registra el Instituto Pew de Investigación y el Migration Policy Institute (Instituto de Política Migratoria). La falta de empleos, escasos servicios  y dificultades de transporte no son precisamente un incentivo para atraer a nuevos pobladores.

La isla azul en el mar rojo

Aunque Monessen se encuentra apenas a 44 kilómetros de Pittsburgh, la principal ciudad del oeste de Pennsylvania, el contraste entre ambas poblaciones es notoria. La llamada ciudad de los puentes luce en el mapa electoral como una isla azul en medio de un mar rojo: en el condado de Allegheny, Hillary Clinton ganó con 367.617 votos (55,9%) frente a 259.480 (39,5%) de Trump en las elecciones de 2016.

Después de conocer la ruina  a partir  del cierre de las plantas de acero en la década de los 80, Pittsburgh ha sabido reinventarse en los años recientes. Atrás dejó el título de “steel city” o ciudad de acero para convertirse en un centro para el desarrollo de la medicina, tecnología, informática y robótica. Sus universidades -que organizan frecuentes protestas contra Trump- reciben a investigadores de todas partes del mundo. Corporaciones como Google abre oficinas y Ford invierte millones en el Carnegie Mellon para desarrollar carros eléctricos sin conductor. Hay quienes se les   antoja llamarla “La Sillicon Valley del Noreste”.  En un punto magnetizado que atrae a los white collar o personal altamente especializado, al otro extremo de la capacitación de los blue collar.

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Desde el centro de Pittsburgh, el miembro del Consejo de la ciudad Gan Gilman, ofrece un análisis sobre el triunfo de Trump en Pennsylvania. “No fue sorpresa. La economía es una de las principales razones por las que ganó Trump. El es un buen vendedor, un hombre de negocios que supo hablarle a las comunidades del acero y el carbón y les dijo lo que la gente quería escuchar. Acusó al tratado de libre comercio Nafta como el causante de la pérdida de sus empleos cuando en realidad no fue así. Las acerías de la región cerraron en los 80, 15 años antes de la llegada del Nafta. Sin embargo, Trump les convenció de que iba a arreglar eso, que daría prioridad al “american first job. Y el mercadeo funcionó, aunque nunca explicó cómo lo iba a hacer”.

Para Gilman, Clinton se confió en la base demócrata en Pennsylvania y nunca visitó esos condados, se concentró en áreas más urbanas.

Miembro del partido demócrata, Gilman advierte que no es realista pensar en la recuperación de la industria regional o volver a la política económica de los 80. “Hay grandes retos que atender. Es imprescindible crear trabajos, invertir en educación, entrenamiento, adaptarse a la economía del siglo XXI y la desautomatización de la industria. Es absurdo querer solo darle trabajo a los norteamericanos ante la dinámica de la inmigración y sus aportes en el mundo de hoy”.

 

Esperanza en tiempos rudos

A lo largo del río Allegheny se extiende la ciudad de cuatro calles de Ford City, en el condado de Armstrong. La quietud de la plaza principal desdice el movimiento fabril que tenía 30 años atrás, cuando aún era sede de la Pittsburgh Plate Glass Company (hoy PPG), una de las fábricas de placas de vidrio más grandes del mundo. Su nombre rinde honor no a la afamada marca de carros, sino a su fundador, John Baustiste Ford (1811-1903), propietario de la factoría que surtió de vitrinas a buena parte de los rascacielos de Nueva York a comienzos del siglo XX.

El crecimiento de Ford City comenzó a estrellarse en los años 90 cuando cerró la compañía PPG, principal empleadora de este pueblo del oeste de Pennsylvania fundado en 1889. Continuó en 2008 al apagarse la planta de materiales de plomería  Eljer Plumbing. El empleo se esfumó y su población cayó a 2.928 habitantes, según la Oficina del Censo en 2015.

Es una tierra de blancos americanos (91,6% de su población lo es), donde los  inmigrantes son una excentricidad, con un nivel de ingresos por debajo de la media nacional ($36.071 anuales por hogar frente $56.516)  y conocedores de la mano de obra pesada, que quiere volver a tener oportunidades.

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“La desindustrialización durante décadas fue una de las cruciales fuentes de molestias de la clase trabajadora norteamericana”, escribieron los investigadores Mark Muro y Siddharth Kullkarni el pasado mes de marzo. Los Estados Unidos han perdido 7 millones de trabajos de manufactura desde 1980, “un declive que ofrece una expansión del populismo que permitió llevar a Donald Trump y Bernie Sanders (como senador de Vermont) a la victoria”.

“Yo siempre voté por el partido demócrata, estoy registrado como demócrata, pero esta vez voté por los republicanos porque quiero que esto cambie” comenta John Miller, un vecino de 61 años en una cafetería mientras espera que le preparen un sandwich para llevar. “Claro que quiero que Ford City se reactive, que vuelvan los trabajos. Hay que esperar por Trump”.

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En el mismo edificio donde funciona la Policía está el despacho del alcalde de Ford City, Jeff Cogley. Por la mañana, este militar retirado y ex trabajador de una fábrica de plomería se ocupa de sus labores administrativas en el condado y por la tarde trabaja en una planta de acería, ejerciendo un cargo especializado. Reconoce que es un trabajo rudo, así como también tener que rodar una hora en carro diaria hasta su puesto de trabajo en ATI Technologies, en el pueblo de Latroub. Los habitantes de Armstrong no cuentan con  transporte público.  

“Después de que cerraron las fábricas de Ford City y alrededores como en la que yo trabajaba, en Leechburg, la ciudad cayó en depresión por lo que nos vimos obligados a buscar trabajo en las afueras. Probablemente tenemos unos ingresos por debajo del promedio nacional porque no tenemos industrias aquí”, observa Cogley.

Pero eso comienza a cambiar, piensa el alcalde que fue miembro del poderoso sindicato de los trabajadores del acero (SteelWorkers Union): “ahora tenemos un consejo municipal muy proactivo que promueve el desarrollo de nuevas oportunidades para atraer personas y negocios. No creo tanto en las grandes industrias como si en el comercio y servicios, aprovechando por ejemplo las ventajas de tener el río Allegheny. Hay un plan de tratamiento de agua potable a desarrollar”.

A 100 días de Trump  haber  tomado el poder, Cogley  mantiene sus expectativas. “Necesita un poco más de tiempo para ver qué va a pasar. Esperemos que traiga empleos de nuevo. Las minas de carbón decayeron con las limitaciones impuestas por Obama, que Trump acaba de levantar. Esperamos que eso contribuya a generar trabajos mejor pagados, podamos comprar casas y ayude a rescatar el futuro. Hay que atender eso porque la gente está envejeciendo y no hay fuerza laboral”.

El aire de abandono de Ford City lo respiran sus habitantes. “Es duro para las pequeñas ciudades ver que los fondos federales se quedan en las ciudades más grandes como Pittsburgh. Lamentablemente dependemos de las industrias que ahora no están”.

Cogley es de los que vota por individuos y no partidos. Está registrado como republicano y nunca ha votado por candidatos demócratas. Como evangélico,  se sintió identificado con algunos de los principios pregonados por Trump. “Creo que Trump es un buen cristiano, con valores. Si tu lo eres, sigues su línea”.

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Jeff Pyle, miembro del partido republicano de la Cámara de Representantes por el estado de Pennsylvania, mantiene grandes expectativas sobre todo el condado de Armstrong con la llegada de Trump a la presidencia. Conoce bien Ford City, donde vive con su familia y también fue alcalde en 2004 y 2008.

Plye aplaude la orden ejecutiva de Trump firmada a finales de marzo que elimina la regulación de las emisiones de CO2 de las centrales térmicas decretada por Barack Obama, con el fin de acabar con “la guerra contra el carbón” y las regulaciones que matan empleos”, una las banderas del partido republicano desde antes de que el candidato conservador llegara al poder. “Trump va en la dirección correcta”.

El representante republicano basa sus expectativas en la cantera minera del condado y las políticas de Trump de regresar el empleo manufacturero a la región. “Las regulaciones de Obama no nos ayudaban. Contamos con muchas fuentes naturales en los alrededores: acero, gas natural, vidrio, carbón y el río Allegheny con todas sus potencialidades. Ford City cambió mucho cuando clausuraron las empresas. Se perdieron muchos empleos con el cierre de grandes industrias como PPG en 1991 (304 mil puestos) o Eljer en 2008 que dejó sin trabajo a unas 3 mil personas. Representaban el 49% del presupuesto de la ciudad. También perdimos muchos servicios”.

En la potencialidad de explotación las fuentes naturales  también confía Tyson Kuklan, miembro del Consejo de Ford City. Este republicano de 25 años fue uno de los que formó parte del grupo de mineros de Pennsylvania que estuvo presente en la firma de la orden ejecutiva de Trump a finales de marzo en la Casa Blanca. “Hay que apuntar a trabajos en el sector energético, como el gas natural, carbón, el gas de lutita o esquisto, del cual existe una de las mayores reservas del país en esta región. Incluso aprovechar las ventajas del río y sumarla al desarrollo tecnológico porque el mundo se mueve más hacia la robótica y tecnología. Todo está listo para un boom económico”.

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Klukan confía en el retorno de los trabajos para los americanos prometidos por Trump. “El levantamiento de las restricciones a la industria del carbón, por ejemplo, generará más trabajo y mejorará la economía. Abrirá espacio para diferentes negocios. En definitiva, le pondrá de nuevo la comida a la gente en la mesa”.  No ve a los inmigrantes -prácticamente inexistentes en la región- como competidores, siempre y cuando cumplan con los procesos legales y legalicen su situación. “Aplicando el lema “Make America great Again”, queremos hacer que ‘Ford City vuelva a ser grande otra vez’.  Trump es el presidente que necesita Estados Unidos. No es un político, es un hombre de negocios”, insiste Klukan. A 100 días de la llegada de Trump a la Casa Blanca, la esperanza por el renacer del Rust Belt continúa.

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