La caída del dictador

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@albertoyajure

Hace frío, es 21 de diciembre de 1989, y Nicolae Ceaușescu pronuncia su último discurso. El dictador no lo sabe aún —ni siquiera lo intuye— pero cuatro días después será juzgado y ejecutado por los militares que todavía hoy le apoyan. Sus asesores han hecho enormes esfuerzos para llenar la plaza central de Bucarest. Miles de trabajadores han llegado en autobuses, como un rebaño coaccionado por el partido, desde las centrales industriales y fábricas.

Nicolae viste un abrigo negro. Le acompañan en el balcón su esposa Elena, sus guardaespaldas, y un grupo pequeño de dirigentes que conforma la cúpula del partido. En la plaza se observan pancartas, banderas rojas y grandes fotografías del “padre y la madre” del pueblo rumano. Tres días antes, los militares y la Securitate —la temida policía secreta— han disparado contra cientos de hombres, mujeres y niños en Timisoara, a 533 kilómetros de la capital. El discurso que pronuncia hoy el dictador busca apaciguar la revuelta.

“Queridos camaradas y amigos, ciudadanos de Bucarest, capital de la Rumania socialista. Permítanme enviar mis sinceros saludos revolucionarios a todos los que participan en esta gran demostración”, dice. La alocución es transmitida en vivo a todo el país. En muchos hogares no se han enterado aún del levantamiento de ciudadanos en las calles de Timisoara que fue sofocado tras la masacre.

 

 

No son tiempos buenos para Nicolae. Los rumanos padecen de hambre. Hambre de libertad y de sosiego. Los más afortunados han sobrevivido 42 años bajo una feroz y brutal dictadura. La intervención del Estado en cada aspecto de la vida de los ciudadanos —cuántos niños puede tener una familia, qué se lee en las escuelas, qué libros se publican, quién sale o entra en el país, qué se ve en la televisión, qué se imprime en los periódicos— ha sido fundamental en el colapso.

El endeudamiento había alcanzado niveles históricos, comprometiendo el futuro de varias generaciones de rumanos, pero Nicolae dio con una fórmula para pagar, de una vez por todas, la deuda externa. Ya ha enmendado la Constitución y ordenado que casi la totalidad de las cosechas y producción del país sea exportada hacia países acreedores. Paga afuera y mata a su gente adentro. El resultado es una hambruna descomunal y el empobrecimiento acelerado de la población.

En las calles, los comercios se han convertido en espacios oscuros, vacíos, con maniquíes paupérrimos que visten ropa gris y zapatos maltrechos confeccionados en serie. En las puertas se exhiben carteles con los rostros de los enemigos del Estado. Las largas colas para comprar alimentos se extienden a lo largo varias cuadras. El racionamiento se ha impuesto como método para el acceso a bienes básicos. En las plantas, los obreros comen pedazos de tocino que han envuelto en papel periódico, tienen que rasparlos un poco para quitarles la tinta. Prosperan el mercado negro y los funcionarios con privilegios.

En las cadenas de establecimientos regidos por el Estado se han congelado en grandes bloques de hielo las cabezas, patas y piezas de aves que se expenden al público. Las miradas se pierden en las bolsas que chorrean sangre por toda la calle. Muchos se preguntan: ¿Cuánto más alcanzará el bloque?

El adoctrinamiento ha permeado todas las áreas de la vida, especialmente en el lenguaje. En las escuelas, a los niños se les enseña que Nicolae y Elena son los padres de la gran familia rumana, que es la patria. Se paran rectos como velas y ladran como autómatas el nuevo himno nacional, que ahora tiene nueve estrofas. El dictador ha suprimido la navidad porque la considera una celebración occidental. Pero la nomenklatura sí conserva en sus hogares pinos vistosamente adornados, y en sus cocinas abundan artículos y alimentos traídos de contrabando desde occidente.

La Securitate es el segundo cuerpo de inteligencia más grande de Europa del este. Cuenta con miles de agentes, colaboradores e informantes en las calles y fábricas. Se ha extendido en el país el miedo colectivo. Los securist entran a los domicilios, instalan micrófonos, intervienen las comunicaciones, arrestan a poetas, escritores, críticos y disidentes. Interrogan constantemente, confiscan manuscritos y papeles, persiguen, agobian. No sorprende que al volver a casa del trabajo, una silla del comedor aparezca en la habitación o en el baño. La han dejado allí a propósito, para que se sepa que la Securitate le vigila.

El poder se ha ejercido con terror, con detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos. Los disidentes han sido encarcelados o colgados por la policía política en sus viviendas. A otros tantos los han lanzado por una ventana o empujado a las vías del tren. En los informes se coloca “suicidio” con la anuencia de forenses en la nómina de los servicios secretos. No se permiten las autopsias.

Con sus leyes, el dictador ha colmado los cementerios. A los que intentan escapar huyendo por la frontera yugoslava se les persigue con perros de caza, los cuerpos destrozados son luego hallados por campesinos. A los que intentan desesperadamente cruzar a nado el Danubio se les dispara o se les tritura con las hélices de los botes para que sirvan de comida a los peces.

Al hospital de Timosoara han llegado más de 100 cadáveres con disparos. Los servicios secretos orquestan un apagón y aprovechan la oscuridad para sacar, ocultos en un camión frigorífico que trasladaba cerdos, cuarenta cuerpos que van a dar a fosas sin nombre en el cementerio de los pobres. El dictador lo sabe, pero hoy no hablará de eso.

En un instante, como un chasquido, cunde el pánico. Nicolae habla, pero la multitud habla más alto. Las primeras filas han sido reservadas para los más leales. Atrás, en el público, se gesta una rebelión. El dictador observa atónito, no puede entender lo que está ante sus ojos. Levanta el brazo para intentar calmar a la masa. Las cámaras dejan de transmitir durante unos segundos.

“Cálmense, cálmense”, repite al menos diez veces. Golpea el micrófono, exige que le escuchen, pero grandes grupos comienzan a abandonar la plaza, mientras otros braman “Ti-mo-so-ara”, la ciudad donde el gobierno abrió fuego contra los manifestantes. Elena interrumpe también, demanda orden. Las cámaras apuntan al cielo gris. “Camaradas, siéntense y cálmense”, grita Nicolae. “Qué es lo que pasa con ustedes”, increpa Elena. El dictador se queda sin habla en medio de una frase. Mueve su mano, estupefacto.

“Habla ahora”, le ordena Elena. Y Nicolae continúa: “Quiero destacar de nuevo que debemos demostrar fuerza y unidad por el bien de la independencia de Rumania, por la integridad y la soberanía”. Anuncia un aumento en 10% para las pensiones, las ayudas sociales también tendrán un alza, pasarán de 500 lei a 800 lei. Afirma que las medidas demuestran el fortalecimiento y crecimiento de la economía rumana.

Ahora viene a explicar la matanza en Timisoara: “Es claro que hay una acción conjunta de círculos que quieren destruir la integridad y soberanía de Rumania para detener la construcción del socialismo, para de nuevo poner a nuestra nación bajo la dominación extranjera”. Habla del pasado, de las gestas heroicas de hace más de dos décadas. Pide a los hambrientos que actúen con unidad y firmeza.

“Debemos actuar con fuerza contra cualquiera que intente debilitar la unidad de nuestra nación, porque ellos están del lado de los imperialistas y de varios servicios de inteligencia que buscan dividir a Rumania, para esclavizar de nuevo al pueblo”, machaca aferrado al poder. Sus guardaespaldas lo resguardan dentro del edificio. Pero al dictador se le han visto las cartas, ha mostrado su debilidad.

Al día siguiente, el alzamiento se extiende en las ciudades. El ministro de defensa muere en extrañas circunstancias, con un tiro en el corazón. Nicolae asume el liderazgo de las fuerzas armadas. Los soldados, al sospechar que el ministro fue ejecutado, se suman a la rebelión. La sede del partido, desde donde habló el dictador, es asaltada por civiles. Los rumanos descubrirán que mientras el pueblo moría de hambre, en el palacio presidencial había grifería y juegos de cubiertos de oro.

Nicolae y Elena suben con sus guardaespaldas a la azotea del edificio central del partido. Logran abordar un helicóptero. Escapan en el último minuto de la ira de una muchedumbre que ya se abrió paso por los salones. Son capturados luego y procesados en un juicio sumario. “Es mentira que hice morir de hambre a la gente”, dice Nicolae en su defensa. Tras 90 minutos, ambos son condenados a pena de muerte el día de Navidad de 1989. Elena protesta, se rehúsa a que la aten de brazos, grita y amenaza. “No nos aten, no nos ofendan… No me toques. Pero si yo te he criado como una madre”, dice a un soldado. Ambos piden morir juntos. Nicolae repite una y otra vez: “Vergüenza, vergüenza, vergüenza”.

Uno de los soldados que lo conduce a la muerte le responde: “Nadie puede ayudarle ahora”.

 

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El dictador Nicolae Ceauşescu y su esposa Elena fueron fusilados por crímenes

contra el pueblo rumano el 25 de diciembre de 1989

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