Juan Manuel Laguardia: carrera camaleónica

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En su temprana vida estudiantil, cuando aún sus pasos se adentraban dubitativamente en la formación religiosa, Juan Manuel Laguardia acostumbraba escabullirse hacia el teatro de su colegio con la excusa de limpiar el escenario. Una vez sobre las tablas, daba rienda suelta a lo que ya en ese entonces era una habilidad innata para el desdoblamiento histriónico. Una mañana, en mitad de una espontánea representación, escuchó sorprendido el aplauso del cura Fontana, quien no sólo alabó su talento, sino que le pidió hablar con su representante. El padre de Juan Manuel había peleado en la Guerra Civil Española y soñaba con que su hijo se dedicara al sacerdocio, quizá como una manera de protegerlo de las crueldades del mundo. Sin embargo, al reunirse con Fontana tuvo que aceptar el verdadero destino de su hijo: “Aquí no tenemos un problema, tenemos un descubrimiento. Juan Manuel nunca será cura. Será un buen creyente, pero nunca vestirá los hábitos. Su hijo es un artista”.

Nacido el 1 de enero de 1946 en la ciudad de Cádiz, el futuro locutor, actor y productor Juan Manuel Laguardia, mejor conocido en el país como Fullchola, viviría sus primeros dos años de vida en Marruecos. Luego emigraría a Venezuela con sus padres, huyendo de una Europa arrasada por la guerra. Laguardia recuerda esos años como una etapa accidentada, de difícil adaptación, sobre todo por sus problemas con el lenguaje y los diversos cambios de colegios. Reconoce haber sido un alumno académicamente regular cuyo verdadero anhelo era ser trompetista. En lo que sí destacaba era en las bromas. Sus profesores decían “que era simpático aunque pesado, porque interrumpía mucho las clases”. Pese a que estudió para seminarista en los salesianos del Don Bosco –más por cumplir con un deseo paterno y no por vocación–, Laguardia terminaría eligiendo la senda de la comunicación y el espectáculo.

A los 18 años su carrera alza literalmente el vuelo en Radio Caracas Radio, cuando le tocó subirse a una avioneta y ser el reportero del tráfico caraqueño. De allí proviene el nombre por el que se haría conocido hasta hoy: el Sargento Fullchola. Fiel a las alturas, trabajaría luego en la Torre Oeste de Parque Central, como conductor del programa El nido del halcón. La radio empieza a ocupar un lugar importante en su vida, y su voz, un lugar privilegiado entre los oyentes venezolanos, quienes lo han seguido por Radio Maracay 9:30 am, Rumbera 104.5 FM, Onda, emisora perteneciente al Circuito Unión Radio en Caracas, entre otros diales. Asimismo, Laguardia formó parte del programa La hora del Camaleón, transmitido por Radio Capital 7:10 am, junto a Graterolacho, Lumute y Adelita. Gracias a este programa se convirtió en una celebridad entre los humoristas del patio, tanto en radio como en televisión. Laguardia ha sido director de la radio deportiva Tiburón 94.9 FM y conductor de uno de los programas radiales más sintonizados del país: La Fiesta de Fullchola, transmitido por Fiesta 106.5 FM del Circuito FM Center, donde no sólo ofrece una revista de variedades, sino que mantiene con vida el legendario género de la radionovela, con una masiva aceptación del público.

Su presencia en la televisión nacional ha sido constante y versátil. Laguardia fue anfitrión del show de concursos La gran pirámide, y a finales de los años 90 llegó a tener su propio programa, El show de Juan Manuel, donde entrevistó a figuras del espectáculo, el arte y la política. En 2007, salió al aire Aló Fullchola, un programa humorístico que llegaba a todo el país. De igual modo, la gran pantalla no ha sido ajena a su carrera. En 1982 actuó en el filme venezolano Domingo de Resurrección, escrita y dirigida por César Bolívar, y ha formado parte del elenco de las cintas Una noche oriental, Seguro está el Infierno y Muerte en alto contraste. Como era de esperarse, el teatro ha contado también con su aporte actoral. Esperando al zurdo, Locos de este mundo y La firma, así como las producciones Fullchola sin frenos y Fullchola sin censura, son algunas de sus participaciones teatrales.

El hombre de las mil caras y las mil voces, hábil para la improvisación, los desdoblamientos y el humor popular; el locutor que ha despertado a varias generaciones de venezolanos a través de su programa radial, tiene mucho que agradecerle a ese cura salesiano que supo ver con claridad lo que para el joven Laguardia era una vocación aún inadvertida: su talento comunicativo. Un ejemplo de que muchas veces son los profesores quienes descubren la madera oculta con la que están hechos sus alumnos.

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