Gualberto Ibarreto: el último hombre a rayas

GualbertoIbarreto

 

Gualberto Ibarreto es un hombre que canta, así el cuerpo no siempre lo acompañe en la tarea. Un hombre que suena. Suena incluso desde el susurro. Lo que sigue es una entrevista inédita que concedió en 2016; y que hoy, cuando Gualberto 70 años, traemos para ustedes.

 

Por: Willy Mckey/ Guataca

Escuchar esa ronquera única, poniendo énfasis en que el aire que empuja a la voz le alcance para todo lo que quiere decir, se parece a la marea de madrugada. Es como escuchar a un mar enorme pero que no se ve. Un mar que está ahí, tanto como ha estado desde que el mundo es mundo y tanto como va a estar ahí siempre.

Su voz es única, pero el hijo de Cruz Ibarreto y de Miguelina cree que cada cantante tiene voces distintas. “Uno cuando canta solo canta distinto, canta para uno. Sea la canción que sea, porque al final las canciones no son de nadie, son de quien la esté cantando”.

Esa frase parece sacada de algún párrafo blindado o de una versión oriental de Il postino, pero es Gualberto quien la dice  en un solo golpe de aire. Y como quien tiene canciones suficientes para burlarse de las distancias, remata su idea diciendo “Al final la música es algo que está en el aire, ¿no?”

¿Y dónde están esos sonidos en el aire, maestro?

Los que a mí más me gustan están en los pájaros, en los ríos…

Gualberto, con su franela a rayas y el sombrero de palma tejida, se volvió un arquetipo del hombre oriental en el imaginario pop venezolano. Y llama la atención que ese hombre no tenga en su partitura inmediata los sonidos del mar. Pero tiene sentido. Los arquetipos suelen ser espejismos con los cuales pactamos para que el mundo resulte más fácil de entender. Pensar un poco deja ver que es natural que los sonidos del agua fresca, el trinar empotrado en las ramas de los árboles y la sombra sean la música que sirva de alivio, después de tanto sol, después de tanta sal.

¿Para qué canta el hombre, Gualberto?

Bueno, pichón, el hombre canta para distraerse, para elevar su estado de ánimo ya sea tristeza o de alegría. Ahora, a nivel profesional cantar son algunas cosas más, porque el intérprete tiene que transmitir los sentimientos que están encerrados en la música y en la poesía.

Gualberto Ibarreto ha cantado lo que quizás fueron las mejores letras de Luis Mariano Rivera, de Enrique Hidalgo, de Manuel Graterol y de Simón Díaz. Y casi siempre lo hizo en los territorios de la tradición, pero cuando decidió probar con la balada lo hizo por todo lo alto. Por ejemplo: él fue el primer cantante que logró interpretar el tema de una telenovela estelar y de su secuela. Y ambas baladas estuvieron en lo más alto de las principales carteleras radiales del continente. Y así pudo visitar varios países, donde siempre llegaba a cantar con su cuatro y el repertorio más contemporáneo de la música oriental venezolana.

No habría sido el intérprete que fue sin esa conexión con los espacios emocionales de la tradición, esa conexión singularmente orgánica por real, por verdadera. No se trataba de un descubrimiento naif, de esos que abundan hoy en los reality-shows que intentan descubrir talentos. Ésta era la voz de alguien que desde su infancia sentía un profundo respeto por los sonidos que lo rodeaban, pero también por la investigación y por la memoria colectiva que siempre ha sido su orgullo.

No muchos de quienes llegaron a ser los intérpretes de temas de telenovelas estelares durante los años setenta y ochenta tenían el respeto que usted por esas canciones que están antes de nosotros. Alguna vez lo hablamos cuando hicieron el homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, poniendo casos como, por ejemplo, “El Gallo Enano” o las jotas.

¡Es verdad! Me contó mi hijo Cruz que hasta buscaste los datos de una tía mía en el CNE para averiguar quién era el compilador de “El Gallo Enano”.

¡Es que en todos los discos donde sale esa canción dice “compilación de Guillermina y Gualberto Ibarreto”! Nadie me sabía dar seña alguna de esa Guillermina, así que le conté a Héctor Molina y él me ayudó a llegar hasta Cruz.

Y te lo agradezco, pichón. Fíjate: Guillermina es una tía mía, la última que me queda viva. Ella vive en El Pilar, que es donde yo nací. El cuento es así: yo era joven todavía y un día escuché a mi tía cantar aquello de “En el camino ‘e Valencia/ en tiempos que yo erte los datos de una t en Contratiempo hablamos de lo que pasa, por ejemplo, con canciones como a arriero/ mataron un gallo enano/ pa’ servirle a un caballero” y después venían unas exageraciones muy divertidas: “Del hígado del enano/ hicieron cuatro guisa’os./ Comieron dos mil personas,/ fuera de los invitados”; otra decía “Y del pico del enano/ hicieron una canoa./ Navegan doscientos curas/ tan solamente en la proa”. Y entonces yo le dije que eso había que grabarlo. Ella se la sabía y yo no. Entonces la recogimos, averiguamos, investigamos y por eso yo siempre pongo que somos los compiladores y no tiene autor. Porque eso también es un trabajo, ¿sabes? Un trabajo difícil, pichón: ir por ahí hablando con los campesinos, los pescadores, recogiendo y oyéndolos… oyendo lo que cantan para que no se pierda.

A Gualberto le gustó saber que en ese concierto se hubiera cantado “El Gallo Enano”. También le gusto haber estado ahí al menos por vía telefónica. Después de que Horacio Blanco cantara “El Sancocho”, entró a la escena del Teatro Chacao Rafael “El Pollo” Brito con su teléfono en speaker y todos pudieron oír la voz de Gualberto, con la misma ronquera de hoy y venciendo las mismas distancias de la memoria. “Yo a El Pollo lo quiero mucho y aquella llamada me emocionó. Se oía la gente aplaudiendo y después callaíta, escuchándolo a uno. Fue muy bonito”.

Luego de aquella llamada, Brito volvió al backstage con los ojos aguados. Y ahí detrás, hablando con Soraya Rojas, Marianne Malí y Hana Kobayashi, “El Pollo” soltó sin miedo una afirmación que Gualberto llegó a escuchar de retruque: “Hay cuatro cosas que no le pueden dar pena a ningún venezolano en el mundo gracias a que Gualberto las defendió como nadie: la franela a rayas, el sombrero de cogollo, nuestro cuatro y cantar la música popular”.

La imagen es clara, pero hay que evitar cualquier olvido. Gracias a YouTube usted, esté donde esté, puede mostrarle a quien quiera un tesoro de nuestra memoria audiovisual que se transmitió por señal abierta y todavía resuena de vez en cuando en la memoria sonora del 2.0. Se trata de la ocasión en que Simón Díaz pudo sorprender a Luis Mariano Rivera llevándole a su casa a Gualberto Ibarreto, sin duda el más destacado de sus intérpretes. Gualberto cantó “La Guácara”. En aquella ocasión nadie tenía estas ronqueras ni estos silencios. Luis Mariano daba la bienvenida a su rancho en Canchunchú, Simón Díaz hablaba a diario de nuestra música por la tele y el talento clarito de Gualberto salía detrás de las matas de cayena, tocando y cantando una canción que entonces tenía unos 25 años de edad, pero que hoy son más de cuarenta. Aquel homenaje que Gualberto recuerda constantemente y donde lamenta no haber podido estar es un ejemplo reciente de que cada uno de los participantes tenía encima sus rayas, su sombrero o su cuatro bien puesto.

 

 

¿Cómo es que un teatro entero se sabe canciones que desde hace rato ninguna radio suelta? Pues porque esas canciones están resguardadas por el alma popular, pero no como una ruina abandonada. La metáfora correcta sería la de un manglar: raíces expuestas y desnudas, pero bien afianzadas y dispuestas a que la vida crezca abrigada en ellas. Propuestas tan disímiles como La Puta Eléctrica o C4 Trío han podido revisitar y expandir la obra de El Pichón.

¿Cuáles proyectos de música venezolana de hoy en día lo entusiasman, Gualberto?

Son varios, pero sobre todo los experimentos en los que los artistas más jóvenes toman nuestra música como base. En la música está una generación como la de Rafael “El Pollo” Brito y Huáscar Barrada, que hacen cosas distintas pero conectadas por nuestra música. Y entre los más jóvenes están cada uno de los C4 Trío, juntos o por separado, Rastamaika, Guasak4, Laura Guevara, Amaranta, Jorge Torres con la mandolina … hay muchas cosas haciéndose. ¡Y de las que uno no se entera! Yo tuve la suerte de sonar en las radios, pero no fue fácil. Así como tampoco está siendo fácil para ellos. Pero cuando oigo, por ejemplo, una canción de Laurita sonando por ahí uno se emociona porque la reconoce y sabe que lo que hace es de verdad. Y no solamente la música, sino hasta en el arte callejero, como por ejemplo un grafitero que se llama Badsura que ha hecho cosas buenas.

¿Usted no siente que la gente canta menos que antes?

A lo mejor. Es que hemos cambiado nuestra relación con el tiempo, pichón. Y no sólo aquí en Venezuela, sino en todos lados. El mundo se ha empeñado en el asunto material y ha dejado de lado las cosas más sencillas, pero también más bonitas. El ser humano tiene muchos cantos de trabajo, pero la gente ahora siempre está ocupada. Porque una cosa es trabajar y otra estar ocupado. No hay tiempo para distracción y a veces las circunstancias y las angustias no permiten cantar un poquito, al menos para eso que te decía antes: elevar su estado de ánimo … pero además conectarse con lo que es uno, con sus sonidos.

Pero usted nos ha ayudado a cantar. Y esas canciones que todo el público del Teatro Chacao cantaba ya forman parte de los repertorios de más y más artistas.

¡Qué bueno! Eso me alegró y me alegra mucho. Si la gente canta, eso quiere decir que las cosas pueden mejorar.

Pero díganos algo: ¿cuál es esa canción que usted grabó y que quisiera que todos los venezolanos cantáramos, al menos de vez en cuando?

“Presagio”, pichón. Sin duda que ésa: “Presagio”.

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